Bajo un cielo desconocido comienza mi viaje - Bajo los ojos de los dioses
Autor: Barws | Género: Fantasía, aventura
Sinopsis de Bajo un cielo desconocido comienza mi viaje
Despertar en un lugar que no reconoces ya es aterrador. Pero hacerlo en un cuerpo que no es el tuyo… en un mundo donde el cielo no sigue ninguna lógica… lo cambia todo. Sin un objetivo claro, sin una misión que cumplir, y sin respuestas sobre cómo llegó allí, un joven se ve obligado a avanzar en un entorno completamente desconocido. Lo que comienza como simple incertidumbre se transforma en algo más profundo: cada paso que da, cada persona que conoce y cada cosa que descubre, le muestran que este mundo no necesita un héroe… pero sí exige que tome decisiones. Guiado por alguien que parece conocerlo… pero que ya no lo reconoce como antes, deberá adaptarse a una realidad que no entiende, mientras poco a poco enfrenta una pregunta mucho más difícil que sobrevivir: ¿Qué voy a hacer ahora? Porque en un mundo desconocido… no hay caminos ya definidos.
Bajo los ojos de los dioses
Capítulo 17: Bajo los ojos de los dioses La mañana de la bendición amaneció con una luz distinta. No era más brillante. Ni más cálida. Si acaso, parecía más limpia. Como si la noche hubiera barrido parte del polvo del mundo para dejar solo piedra, aire frío y expectativa. Desde la ventana de la posada, Jerwis vio que Ciudad Esperanza estaba ya despierta mucho antes del alba. Se oían ruedas, pasos, voces contenidas y campanas lejanas, no como llamadas urgentes, sino como latidos que llegaban desde la catedral y se extendían por el resto de la ciudad. Nadie parecía caminar sin destino aquella mañana. Incluso quienes no iban a recibir bendición se movían como si fueran parte de algo solemne. Como si los dioses, o la idea de los dioses, hubiesen decidido acercarse tanto al mundo que todos tuvieran que enderezar un poco la espalda. La catedral dominaba la ciudad incluso desde la calle más humilde. No brillaba como un palacio nuevo ni imponía por belleza perfecta. Imponía por antigüedad. Por peso. Por la forma en que parecía haberse quedado allí mientras generaciones enteras nacían, suplicaban, recibían su marca o su decepción y terminaban desapareciendo sin moverle una piedra. Las torres, desiguales, se recortaban sobre el cielo pálido de la mañana con algo de vigilia. Había gárgolas gastadas por la lluvia, relieves de dioses casi borrados por el tiempo, columnas remendadas siglos atrás con una piedra distinta a la original, y ventanas tan altas y estrechas que parecían más ojos entreabiertos que aberturas. Quien la miraba demasiado acababa sintiendo lo mismo: que aquel lugar había visto pasar demasiadas vidas como para dejarse impresionar por una sola más. Bajaron a la calle junto con el resto del grupo, y el aire exterior estaba lleno de humo de velas, incienso, humedad fría y flores marchitas de gente que había ido dejando ofrendas en altares pequeños distribuidos por la ciudad. A un lado, una mujer remendaba la manga de un muchacho mientras le repetía instrucciones sin parar. Más allá, un noble menor con capa bordada reprendía a su hijo por no mantener la compostura al caminar. Cerca de una esquina, dos niños descalzos miraban pasar a las familias ricas con una mezcla de fascinación y rabia muda. Y, sin embargo, pese a toda esa diferencia visible, todos avanzaban hacia el mismo sitio. Eso era quizá lo más inquietante de la ceremonia: lo distintos que podían ser los caminos que llevaban hasta ella… y lo igual que pesaba en todos. El grupo de Cieldia caminó m…