Bajo un cielo desconocido comienza mi viaje - Caminos separados
Autor: Barws | Género: Fantasía, aventura
Sinopsis de Bajo un cielo desconocido comienza mi viaje
Despertar en un lugar que no reconoces ya es aterrador. Pero hacerlo en un cuerpo que no es el tuyo… en un mundo donde el cielo no sigue ninguna lógica… lo cambia todo. Sin un objetivo claro, sin una misión que cumplir, y sin respuestas sobre cómo llegó allí, un joven se ve obligado a avanzar en un entorno completamente desconocido. Lo que comienza como simple incertidumbre se transforma en algo más profundo: cada paso que da, cada persona que conoce y cada cosa que descubre, le muestran que este mundo no necesita un héroe… pero sí exige que tome decisiones. Guiado por alguien que parece conocerlo… pero que ya no lo reconoce como antes, deberá adaptarse a una realidad que no entiende, mientras poco a poco enfrenta una pregunta mucho más difícil que sobrevivir: ¿Qué voy a hacer ahora? Porque en un mundo desconocido… no hay caminos ya definidos.
Caminos separados
Capítulo 18 — Caminos separados La mañana después de la bendición no tuvo nada de gloriosa. No porque el cielo estuviera gris, ni porque la ciudad se hubiera quedado sin campanas, incienso o sacerdotes. Al contrario. Ciudad Esperanza seguía viva. Las escalinatas de la catedral seguían llenas. Las plazas seguían cargadas de gente hablando, llorando, rezando o intentando decidir qué significaba ahora su propia vida. Lo que había cambiado no era la ciudad. Eran ellos. El día anterior, todos habían entrado bajo la sombra de los dioses como un grupo.Como los muchachos de Cieldia.Como una sola caravana que compartía pan, camino y cansancio. Aquella mañana, en cambio, ya empezaban a parecerse más a lo que de verdad iban a ser: gente distinta, con bendiciones distintas, arrastrada hacia futuros que no siempre tenían sitio para todos. Se reunieron fuera de la catedral porque era lo natural. O porque ninguno quería admitir que, si no se veían en ese momento, quizá luego ya no sabrían cómo volver a hacerlo. Había demasiada gente a su alrededor. Jóvenes bendecidos con los ojos todavía hinchados de llorar. Padres con orgullo en la cara. Otros con decepción tan mal disimulada que hacía daño solo mirarlos. Sacerdotes de rango menor llamando nombres. Sirvientes recogiendo equipaje de nobles. Huérfanos esperando a que alguien les dijera en qué dirección debían caminar. La vida seguía, sí. Pero para ellos, por un momento, todo parecía haberse detenido. Fran fue el primero en hablar. Como siempre. Y, por primera vez en mucho tiempo, sus palabras no sonaron exactamente ligeras. —Bueno… —dijo, intentando una media sonrisa que no terminó de sostenerse—, supongo que aquí es donde dejamos de fingir que mañana y hoy siguen siendo la misma cosa. Nadie respondió de inmediato. No porque no entendieran lo que quería decir. Sino porque lo entendían demasiado bien. Fran metió las manos en el cinto y soltó el aire. —Me han ofrecido entrar con una cámara de comercio. No es gran cosa todavía… recados, cuentas pequeñas, asistir a otros, aprender cómo se mueve el dinero de verdad… pero si digo que no ahora, luego solo me quedará mirar escaparates desde fuera. Cloe alzó una ceja. —Eso te pega demasiado. —Lo sé —respondió él—. Y lo odio un poco por eso. Clara bufó por la nariz, pero no sonrió. Ya era bastante. Martin habló después. Sin rodeos. Como todo lo suyo. —Yo iré a los muelles. Mantuvo la vista al frente al decirlo, como si no necesitara confirmar nada más con nadie. —¿Tan decidido lo t…