Bajo un cielo desconocido comienza mi viaje - Contar monedas
Autor: Barws | Género: Fantasía, aventura
Sinopsis de Bajo un cielo desconocido comienza mi viaje
Despertar en un lugar que no reconoces ya es aterrador. Pero hacerlo en un cuerpo que no es el tuyo… en un mundo donde el cielo no sigue ninguna lógica… lo cambia todo. Sin un objetivo claro, sin una misión que cumplir, y sin respuestas sobre cómo llegó allí, un joven se ve obligado a avanzar en un entorno completamente desconocido. Lo que comienza como simple incertidumbre se transforma en algo más profundo: cada paso que da, cada persona que conoce y cada cosa que descubre, le muestran que este mundo no necesita un héroe… pero sí exige que tome decisiones. Guiado por alguien que parece conocerlo… pero que ya no lo reconoce como antes, deberá adaptarse a una realidad que no entiende, mientras poco a poco enfrenta una pregunta mucho más difícil que sobrevivir: ¿Qué voy a hacer ahora? Porque en un mundo desconocido… no hay caminos ya definidos.
Contar monedas
Capítulo 19 — Contar monedas Las monedas sonaron demasiado fuerte al caer sobre la mesa. No porque fueran muchas. Porque no lo eran. Sino porque, después de la catedral, después de la luz, los cantos, los sacerdotes y las bendiciones, escuchar metal sobre madera era como despertar de golpe. La mesa era vieja, pequeña y algo desigual, una de esas mesas de posada donde se apoyan jarras de cerveza barata, platos de sopa tibia y discusiones que nadie quiere oír desde la mesa de al lado. Y aun así, en aquel momento, para ellos fue casi un altar más cruel que el de los dioses. Allí no había incienso, ni símbolos sagrados, ni palabras hermosas. Solo monedas. Platas. Cobre. Un poco de oro. Y la realidad entera sentándose en círculo con ellos. , Jerwis vació primero su bolsa. Después lo hicieron Mirellis, Clara, Cloe, Elna y, con visible incomodidad, Alren. El noble tardó más. No porque no tuviera dinero, sino porque todavía no se había acostumbrado a la humillación concreta de tener que exhibirlo delante de esos “plebeyos”, como su vieja educación seguramente seguía llamándolos por dentro aunque ya no le sirviera de mucho. Cuando por fin dejó caer sus monedas, todos miraron un momento el pequeño montón como si eso pudiera arreglar algo por sí solo. No lo hizo. Las cuentas siguieron pareciendo cuentas. Y la ciudad siguió siendo cara. , —Contad otra vez —dijo Clara con esa calma cortante suya que no admitía dramatismos inútiles—. Si vamos a preocuparnos, al menos que sea con cifras correctas. Contaron una vez.Y otra.Y una tercera casi por pura necesidad de comprobar si la desesperación podía haber alterado la aritmética. No lo había hecho. La suma seguía siendo la misma. Mirellis apoyó los codos en la mesa y miró las monedas como si quisiera obligarlas a multiplicarse por presión de voluntad. —No está mal… —empezó Rosa, que todavía no se había ido del todo y seguía allí, demasiado blanda para marcharse sin mirar cómo quedaban los que se quedaban. Clara alzó una ceja. —No está bien. Rosa se encogió un poco. Fran, que seguía con ellos aún un rato más antes de terminar de moverse hacia su propio camino, se inclinó para mirar el montón. —¿Entonces cuánto es “no está bien” exactamente? Clara no respondió de inmediato. Lo hizo de la forma que más le gustaba: preguntando primero. Miró a cada uno. —Decidme qué es lo mínimo que necesitáis. Elna fue la primera en bajar la vista y hablar, casi como si pedir algo le diera vergüenza. —Un kit sencillo de costura… hilo bueno, aguj…