El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - El cielo en llamas

Autor: Kevin Vega | Género: Thriller Psicológico, Ficción Bélica y Apocalíptica, Acción, Misterio, Tragedia

Sinopsis de El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre

Aezel Astor era el pilar de su familia, un joven de inquebrantable calma. Hasta que un descubrimiento insondable lo obligó a fingir su propia muerte, sumiendo a los suyos en el luto. Cinco años después, el mundo se paraliza cuando Aezel reaparece en todas las pantallas del planeta. Ya no es el hijo perfecto, sino el verdugo de la humanidad: con solo presionar unos botones, desata un infierno nuclear y declara una guerra total. Ahora, sobre las cenizas del viejo mundo, su hermano menor, Nirian, es el único decidido a cazar al genocida más despiadado de la historia... aunque eso signifique destruir a la persona que más admiraba.

El cielo en llamas

El rostro de Aezel desapareció de la pantalla, dejando tras de sí un zumbido de estática que parecía taladrar los tímpanos. Luego, la señal internacional de emergencia cortó la estática con un pitido agudo y monótono. Un texto rojo parpadeaba sobre un fondo negro: ALERTA DE IMPACTO NUCLEAR INMINENTE. BUSQUE REFUGIO INMEDIATO. ESTO NO ES UN SIMULACRO. En la sala de los Astor, el tiempo parecía haberse congelado, pero el mundo exterior se estaba desmoronando a una velocidad vertiginosa. Las sirenas antiaéreas, reliquias de la Guerra Fría que la ciudad nunca pensó que volvería a usar, aullaban con una cadencia fantasmal, cortando la noche en pedazos. Nirian seguía de pie frente al televisor. El pitido de la alarma de emergencia le zumbaba en los oídos, compitiendo con el latido desbocado de su propio corazón. Su mente, habitualmente rápida y pragmática, estaba atrapada en un bucle de negación absoluta. Es él. Está vivo. Nos mintió. Va a matarnos a todos. —¡No! —El grito desgarrador de su madre rompió el hechizo. Estaba arrodillada en la alfombra, tirándose del cabello, con los ojos desorbitados—. ¡No es él! ¡Es un truco, tiene que ser un montaje! ¡Mi hijo está muerto! ¡Lo enterramos, Arthur, lo enterramos! El padre de Nirian, Arthur, seguía pegado a la pared, pálido como el mármol. Temblaba de pies a cabeza, incapaz de articular una sola palabra. En el sofá contiguo, los abuelos se aferraban el uno al otro; el abuelo murmuraba una oración ininteligible mientras miraba la pantalla roja con ojos vidriosos. El instinto de supervivencia, crudo y primitivo, golpeó a Nirian como un balde de agua helada. La parálisis se desvaneció, reemplazada por una descarga de adrenalina pura que le quemó las venas. Ya no había tiempo para llorar al hermano que había regresado de la tumba. Si se quedaban allí, se convertirían en cenizas. —¡Papá, reacciona! —rugió Nirian, girándose hacia él y agarrándolo por los hombros. Lo sacudió con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Tenemos que irnos! ¡Ahora! Arthur parpadeó lentamente, como si despertara de un sueño profundo. —Nirian... los misiles... Aezel... —¡Olvídate de Aezel! —gritó Nirian, aunque pronunciar el nombre le dolió en el pecho como una puñalada—. ¡No hay tiempo! ¡Toma las llaves de la camioneta! Nirian soltó a su padre, quien finalmente pareció conectar con la realidad y corrió tropezando hacia el recibidor. Nirian se agachó junto a su madre, tomándola por los brazos para ponerla de pie. Ella se resistía, sollozando, con la…

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