El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - La ley de las cenizas
Autor: Kevin Vega | Género: Thriller Psicológico, Ficción Bélica y Apocalíptica, Acción, Misterio, Tragedia
Sinopsis de El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre
Aezel Astor era el pilar de su familia, un joven de inquebrantable calma. Hasta que un descubrimiento insondable lo obligó a fingir su propia muerte, sumiendo a los suyos en el luto. Cinco años después, el mundo se paraliza cuando Aezel reaparece en todas las pantallas del planeta. Ya no es el hijo perfecto, sino el verdugo de la humanidad: con solo presionar unos botones, desata un infierno nuclear y declara una guerra total. Ahora, sobre las cenizas del viejo mundo, su hermano menor, Nirian, es el único decidido a cazar al genocida más despiadado de la historia... aunque eso signifique destruir a la persona que más admiraba.
La ley de las cenizas
El tercer día después del resplandor, el sol no salió. En su lugar, el cielo de la Tierra se había convertido en una bóveda opresiva de nubes plomizas y tóxicas. Una fina capa de ceniza gris caía incesantemente sobre el bosque, cubriendo las hojas de los pinos y el suelo fangoso como si fuera una nevada fúnebre. El aire tenía un sabor metálico que raspaba la garganta con cada inhalación. Nirian Astor avanzaba abriendo camino a través de la maleza, siguiendo la línea oxidada de las viejas vías del tren de carga. Su robusta complexión estaba tensa, cargando no solo con la pesada mochila de senderismo, sino con el peso abrumador de mantener a cinco personas con vida. Llevaba en su mano derecha una gruesa barra de acero que había arrancado de los restos de una valla metálica el primer día. Sus nudillos estaban en carne viva por aferrarla con tanta fuerza. Sus ojos avellana, enmarcados por ojeras oscuras y manchas de hollín, escaneaban cada sombra, cada árbol caído y cada sonido del bosque. Detrás de él, el ritmo de su familia era agónico. Su padre, Arthur, cojeaba visiblemente. Se había torcido el tobillo al descender por el terraplén la primera noche y el dolor se había intensificado. Su madre caminaba con la mirada vacía, sosteniendo del brazo a la abuela, quien lloraba en silencio casi sin interrupción. Pero era el abuelo quien más preocupaba a Nirian. El anciano respiraba con un silbido húmedo y espeluznante, y cada diez o quince pasos, se detenía a toser violentamente, expulsando flemas oscurecidas por la ceniza. —Nirian... —susurró Arthur, deteniéndose y apoyándose contra el tronco de un roble muerto—. Tenemos que parar. Tu abuelo no puede más. Necesita agua. Nirian se detuvo y giró sobre sus talones. Observó a su familia. Parecían fantasmas arrancados de otra época. Estaban cubiertos de polvo gris, exhaustos, deshidratados. El instinto le gritaba a Nirian que seguir moviéndose era la única forma de sobrevivir, de alejarse lo más posible de la zona cero y de las ciudades donde el caos ya debía haber consumido a millones. Pero la lógica dictaba que, si forzaba a su abuelo a dar cien pasos más, el corazón del anciano se detendría. —Diez minutos —dictaminó Nirian, con voz ronca y tajante—. Quédense aquí, pegados a los árboles para que no nos vean desde las vías. No hagan ruido. Nirian se bajó la mochila de los hombros y la apoyó con cuidado en el suelo. La abrió apenas lo suficiente para meter la mano y sacar una de las tres botellas de agua que les quedaba…