Wind: El viento de la esperanza - La enviada
Autor: Kuro Usagi | Género: Acción, Fantasía, Reencarnación
Sinopsis de Wind: El viento de la esperanza
Un ser ha robado el poder de los antiguos Custodios, entidades que protegían los pilares del universo, desatando el caos a través de las líneas del tiempo. Su nombre es Necroid, el falso Custodio de la Realidad. Y sin saberlo, una adolescente está destinada a detenerlo. En cada línea del tiempo, en cada mundo posible, Wind siempre existe. Y en cada uno, su destino es el mismo: enfrentar al invasor del multiverso, al destructor de todo lo que pudo haber sido. Cargando con un poder que nunca pidió, Wind posee el legado de los antiguos Custodios. Dos de ellos han depositado en ella lo último que les queda. A través de batallas devastadoras, traiciones, pérdidas y reencuentros, Wind deberá descubrir quién es en realidad… Y hasta dónde puede llegar una chica con el peso del multiverso sobre sus hombros.
La enviada
Me llamo Wind, pero en esta línea temporal, ese nombre aún no existe. No existe como hija, ni como hermana, ni como nada. Soy una desconocida caminando por los pasillos de mi propia historia, así que me presenté con otro nombre. —Pueden llamarme Mine —les dije. No sé por qué elegí esa palabra. Tal vez porque suena como una mentira suave, o tal vez porque era como un vacío, un eco de lo que soy cada vez que regreso. La casa de mi familia era modesta y algo deteriorada, con cicatrices de reparaciones a medio terminar. Se notaba que habían huido de algo, que estaban intentando reconstruir una vida desde las cenizas. Y no era una metáfora. Un par de años atrás, sobrevivieron al primer ataque de los secuaces de Necroid; una de esas masacres que la historia oficial decidió ignorar, como si taparse los ojos sirviera para alejar el desastre. En ese ataque murieron los abuelos que nunca llegué a conocer. Mis padres, entonces apenas unos adolescentes, escaparon con vida junto al hermano menor de mi padre: mi tío Ray, que en ese entonces solo tenía ocho años. Ahora, la familia era un núcleo extraño y frágil: una madre embarazada, un padre joven con demasiada culpa en el pecho, y un niño que se hacía el duro porque había aprendido que serlo era la única forma de no dar más problemas de los que ya tenían. Mi madre no tenía más de veinte años. Tenía el cabello corto y siempre alborotado; su mirada estaba cargada de un cansancio profundo, pero mantenía una ternura persistente, como si se negara a dejar que el miedo le arrancara la dulzura. Su vientre crecía poco a poco, y aunque no lo decía, yo podía oler su miedo. Mi padre, en cambio, casi no hablaba. No porque no tuviera nada que decir, sino porque las palabras le pesaban demasiado. Cargaba el mundo sobre sus hombros sin saberlo. De vez en cuando se sentaba en el umbral de la casa y miraba al cielo, esperando que algo cayera de las nubes. Tal vez esperaba algo como yo. Y luego estaba mi tío. El niño que en otra vida me crió, me protegió y me enseñó todo lo que sé. En esta línea, Ray era inquieto, irónico y desesperadamente terco. Me observaba todo el tiempo, dudando de cada uno de mis movimientos. Tenía razón en desconfiar: yo no era lo que decía ser. Era mucho más. —Dices que vienes del futuro —me soltó mi padre una noche, rompiendo el silencio. —Sí —respondí, sosteniéndole la mirada. —¿Y qué haces aquí? —Ayudar. —¿A cambio de qué? —De nada… y de todo. Mi madre desvió la mirada hacia su vientre, acariciándolo…