El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - El trono de silencio
Autor: Kevin Vega | Género: Thriller Psicológico, Ficción Bélica y Apocalíptica, Acción, Misterio, Tragedia
Sinopsis de El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre
Aezel Astor era el pilar de su familia, un joven de inquebrantable calma. Hasta que un descubrimiento insondable lo obligó a fingir su propia muerte, sumiendo a los suyos en el luto. Cinco años después, el mundo se paraliza cuando Aezel reaparece en todas las pantallas del planeta. Ya no es el hijo perfecto, sino el verdugo de la humanidad: con solo presionar unos botones, desata un infierno nuclear y declara una guerra total. Ahora, sobre las cenizas del viejo mundo, su hermano menor, Nirian, es el único decidido a cazar al genocida más despiadado de la historia... aunque eso signifique destruir a la persona que más admiraba.
El trono de silencio
La sala de mando en la cúspide de la Aguja de Defensa Global se había convertido en un mausoleo digital. Afuera, más allá de los inmensos ventanales blindados, la atmósfera terrestre estaba envenenada, teñida de un violeta amoratado y gris ceniza. Adentro, el único sonido era el zumbido hipnótico de los servidores cuánticos y el sistema de ventilación purificando el aire. Aezel Astor estaba de pie frente a la pantalla panorámica principal. Llevaba las manos entrelazadas a la espalda, con una postura de absoluta e inquebrantable rectitud. Su abrigo oscuro, de cuello alto, seguía impecable, pero el costo de sus acciones empezaba a asomarse en detalles minúsculos que solo alguien que lo conociera íntimamente podría notar. Había unas sombras casi imperceptibles bajo sus insondables ojos oscuros. Llevaba más de cien horas sin dormir. No había sonreído, no había temblado y no se había permitido apartar la mirada de las pantallas ni un solo segundo. Sentía que debía ser el testigo absoluto de su propio pecado. El mapamundi digital frente a él era un mar de luces rojas intermitentes. Cada luz representaba un cráter donde antes latía una metrópolis. Norteamérica, Europa, gran parte de Asia... los pilares de la civilización humana habían sido reducidos a polvo radiactivo en menos de setenta y dos horas. Aezel parpadeó lentamente. Su rostro seguía siendo de hielo, pero su mente brillante y estructurada cargaba con el peso matemático de tres mil quinientos millones de almas extinguidas. Había hecho lo necesario. Había salvado a la especie de un destino infinitamente más cruel y oscuro, pero eso no lo eximía de ser un monstruo. Y él lo aceptaba. Soltó las manos de su espalda y se acercó a la consola principal. Con un par de tecleos rápidos, cerró el informe de bajas globales y abrió un canal encriptado directo a un satélite militar de órbita baja que había sobrevivido al pulso electromagnético. Ingresó unas coordenadas muy específicas: una cordillera boscosa, atravesada por una vieja vía de tren de carga, a cientos de kilómetros de una de las zonas cero. La pantalla cambió al espectro térmico. El bosque muerto apareció en tonos de azul y negro gélido. Aezel hizo zoom. El satélite atravesó la densa capa de cenizas en la atmósfera y enfocó la vieja estación de mantenimiento ferroviario. Dos firmas de calor residual, débiles y desvaneciéndose en el suelo, aparecieron junto al tanque de agua. Cadáveres recientes. Aezel movió el visor táctico unos doscientos metros hacia el…