Determinismo: Zero Variable - Capítulo 3: "Coeficiente de Restitución"


La habitación de Leo Nader era un monumento a la entropía contenida. En las paredes, las pizarras blancas estaban tan saturadas de cálculos que el marcador negro parecía haber formado una costra sobre el acrílico. Ecuaciones de Maxwell, transformadas de Fourier y esquemas de circuitos integrados se entrelazaban en un caos que solo Leo podía navegar. Para cualquier otra persona, aquello era un desorden patológico; para él, era un sistema de archivos de acceso aleatorio. Sabía exactamente que el osciloscopio estaba bajo una pila de manuales de termodinámica de 1984 y que el soldador de estaño descansaba junto a su cafetera, la única máquina en su vida que no funcionaba con precisión matemática.

Desde que regresó del cementerio, Leo no había dormido. No era por insomnio provocado por el duelo —el cual seguía procesando como una simple pérdida de datos en su red social primaria—, sino por una obsesión técnica. La cifra 1420.4 MHz estaba grabada en su retina.

—Si quieres esconder un mensaje en el ruido del universo, usas la frecuencia del hidrógeno —murmuró Leo, con los ojos inyectados en sangre. Sus dedos, manchados de pasta térmica, manipulaban una placa de circuito impreso con la precisión de un relojero.

Aquella era la frecuencia de la vida, la constante que los radioastrónomos usaban para buscar inteligencia en las estrellas. Usarla en Aethelgard para activar pernos de resonancia era una declaración de principios. Quienquiera que hubiera diseñado el sistema de "accidentes" no era un criminal común; era un académico, un purista. Alguien que consideraba que la ciudad era un laboratorio y sus habitantes, simples partículas en un experimento de colisión.

El objetivo de Leo era construir lo que él llamaba el "Sniffer V1". Un sintonizador de radio definido por software (SDR) modificado para actuar como un detector de proximidad. Necesitaba que fuera lo suficientemente sensible como para captar una señal de milivatios en una sala llena de interferencias, pero lo suficientemente pequeño como para pasar desapercibido bajo la ropa. Mientras pelaba un cable coaxial con los dientes, Leo sentía una extraña calma. Por primera vez en meses, no estaba "despreocupado" por falta de interés; estaba enfocado porque el mundo le había presentado un problema que no podía resolver con una simple búsqueda en Google.



Dos horas antes de la gala en la Gran Academia, Elena apareció en su puerta. Leo no la dejó pasar de inmediato; estaba demasiado ocupado calibrando la antena fractal que había diseñado sobre una placa de cobre flexible.

—Dime que no planeas ir así —dijo Elena, entrando sin permiso y apartando un montón de cables para poder apoyar su maletín.


Leo la miró por encima de sus gafas. Llevaba una camiseta con la frase "La entropía ya no es lo que era" manchada de estaño y unos pantalones que habían visto mejores décadas. Elena, en cambio, vestía un traje de gala negro, sobrio pero costoso, que la hacía parecer una persona completamente distinta a la periodista de campo del cementerio.

—La estética es una variable cosmética que no influye en la ganancia de la antena, Elena —replicó Leo, volviendo a su soldadura.

—En la Gran Academia, la estética es la única variable que te permite cruzar la puerta sin que la seguridad te rompa las costillas —respondió ella, sacando una bolsa de una tienda de ropa de lujo—. Te he traído un traje. Pruébatelo. Y lávate el estaño de las manos. Necesito que parezcas un estudiante de postgrado brillante, no un superviviente de una explosión en una tienda de electrónica.

Leo refunfuñó. Odiaba los trajes. La ropa formal era una restricción innecesaria a sus grados de libertad de movimiento. Sin embargo, sabía que ella tenía razón. Si querían rastrear la señal de 1420.4 MHz, tenían que mimetizarse con el entorno.

—Este es el dispositivo —dijo Leo, señalando un pequeño estuche de plástico negro con un único auricular inalámbrico—. Lo he programado para que emita un tono de 440 Hz —una nota 'La' pura— cuando detecte una emisión en la banda del hidrógeno en un radio de veinte metros. Cuanto más agudo el tono, más cerca estaremos de la fuente.

Elena tomó el auricular. Era ligero, casi invisible.

—¿Y si la fuente es el propio sistema de seguridad de la Academia? —preguntó ella.

—Entonces el tono será constante en todo el edificio. Pero si mi teoría es correcta, la señal solo se activa cuando alguien quiere "ajustar" una variable. Como la viga que mató a Maya.



La Gran Academia de Aethelgard era el epicentro del intelecto mundial. Un edificio de mármol blanco y cristal reforzado que parecía flotar sobre el distrito financiero. Al entrar, Leo sintió una opresión inmediata. No era miedo, sino sobrecarga sensorial. Los perfumes caros de los asistentes, la iluminación LED mal calibrada que parpadeaba a una frecuencia molesta para su nervio óptico y el murmullo de cientos de voces hablando de inversiones y progreso científico.

—Mantén la calma —susurró Elena, tomándolo del brazo. Sus dedos apretaron su bíceps de forma protectora—. Camina como si este lugar te perteneciera.


Leo se ajustó el auricular. Por ahora, solo escuchaba el siseo del estático de fondo. Caminaron por el gran salón, bajo lámparas de araña que pesaban varias toneladas. Leo levantó la vista hacia los soportes de las lámparas. Allí estaban. Pernos de sujeción de Industrias Varkas, con ese brillo metálico inusual que delataba la aleación de neodimio.

Estaban rodeados de trampas de resonancia. Miles de personas bebiendo champán bajo toneladas de acero que podían ser desestabilizadas con un simple pulso de radio.

—Esto es ineficiente —murmuró Leo—. Un solo pulso y este salón se convertiría en una trituradora de carne. ¿Por qué arriesgarse a una masacre aquí?

—Porque nadie sospecharía de un accidente en la propia casa de Varkas —respondió Elena—. Mira allí arriba, en el balcón técnico.

Leo observó hacia la zona de control de iluminación. Había varios hombres con uniformes de seguridad gris oscuro, moviéndose con una disciplina casi militar. Pero no eran ellos quienes le preocupaban. Su mirada se centró en un grupo de inversores extranjeros que rodeaban a un hombre mayor, un decano de la universidad conocido por sus posturas radicales sobre la eugenesia urbana.

De repente, el auricular cobró vida.

Un tono suave. Biiiip.

Leo se tensó. Su cuerpo se puso rígido como un poste de alta tensión.

—Tenemos algo —susurró.

[MONITOR DE ESPECTRO - SCANNER V1.0]

  • Frecuencia Central: 1420.4 MHz
  • Nivel de Señal (Pᵣ): -95 dBm (Débil)
  • Ancho de Banda: 12.5 kHz
  • Estado: Intermitente. Barrido en curso.

—¿De dónde viene? —preguntó Elena, tratando de no parecer alarmada mientras saludaba a un colega con un gesto rápido.

Leo comenzó a moverse, usando su cuerpo como una antena direccional. Se giró lentamente. El tono en su oído subió de frecuencia.

—Hacia el ala oeste. Los laboratorios privados.

Caminaron esquivando a la multitud. A medida que se alejaban del salón principal y se adentraban en los pasillos de mármol, el tono se volvía más agudo, más persistente. 1420.4 MHz. Alguien estaba emitiendo en esa frecuencia en este mismo instante.

Se detuvieron frente a una puerta de vidrio esmerilado con un lector de tarjetas biométrico. El tono era ahora un pitido ensordecedor en el oído de Leo.


—Está ahí dentro —dijo Leo—. Alguien está operando un oscilador de alta potencia.

En ese momento, las luces del pasillo parpadearon. Una vibración sutil, casi imperceptible para un oído humano normal pero evidente para alguien que conocía la resonancia, recorrió las paredes del edificio. Un cuadro en la pared se inclinó ligeramente.

—Están probando algo —dijo Elena, sacando su cámara—. Leo, si logramos una foto de quién está operando ese equipo...

—No —interrumpió Leo, sintiendo un sudor frío—. La señal ha cambiado. No es una prueba. Es un apretón de manos. El dispositivo está recibiendo una orden externa.

Antes de que pudieran reaccionar, la puerta de vidrio se abrió. Leo y Elena retrocedieron rápidamente hacia la sombra de una columna. Un grupo de técnicos con batas blancas salió del laboratorio, hablando en voz baja sobre "estabilización de armónicos" y "puntos de ruptura". Detrás de ellos, escoltado por dos guardias de seguridad, apareció un hombre de mediana edad, con el rostro oculto tras una tableta digital.

—El prototipo está listo —dijo el hombre de la tableta con una voz desprovista de emoción—. Informen al Arquitecto. El azar ha sido eliminado del sector 42. Mañana procederemos con el sector 43.

Leo sintió que el auricular se silenciaba de golpe. La señal había desaparecido.

—¿El Arquitecto? —susurró Elena cuando los hombres se alejaron—. ¿Se refieren a Varkas?

—No lo sé —respondió Leo, con la mente trabajando a mil por hora—. Julian Varkas es un visionario, pero esto... esto es ingeniería militar disfrazada de urbanismo. Quienquiera que sea el Arquitecto, está usando las teorías de Varkas para algo mucho más oscuro.

Leo miró hacia el salón principal, donde Julian Varkas estaba a punto de dar su discurso. Varkas representaba el orden, la luz, el futuro sin accidentes. Pero en la oscuridad de los laboratorios de su propia academia, alguien estaba construyendo un martillo invisible para golpear la ciudad.

—Tenemos que entrar en ese laboratorio —sentenció Leo—. Si ese hombre es el Arquitecto o solo un peón, no importa. Necesito ver los planos de esa señal.

Elena lo miró preocupada. El Leo despreocupado que ella conoció hacía unos días estaba muerto. El chico que ahora tenía delante estaba dispuesto a hackear la ciudad entera para corregir un error en la ecuación de su vida.



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Kevin Vega

Administrador principal de MangaLatam. Ingeniero industrial y escritor en mi tiempo libre. twitter instagram

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