La habitación de Leo Nader era un monumento a la entropía contenida. En
las paredes, las pizarras blancas estaban tan saturadas de cálculos que el
marcador negro parecía haber formado una costra sobre el acrílico.
Ecuaciones de Maxwell, transformadas de Fourier y esquemas de circuitos
integrados se entrelazaban en un caos que solo Leo podía navegar. Para
cualquier otra persona, aquello era un desorden patológico; para él, era
un sistema de archivos de acceso aleatorio. Sabía exactamente que el
osciloscopio estaba bajo una pila de manuales de termodinámica de 1984 y
que el soldador de estaño descansaba junto a su cafetera, la única máquina
en su vida que no funcionaba con precisión matemática.
Desde que regresó del cementerio, Leo no había dormido. No era por
insomnio provocado por el duelo —el cual seguía procesando como una simple
pérdida de datos en su red social primaria—, sino por una obsesión
técnica. La cifra 1420.4 MHz estaba grabada en su retina.
—Si quieres esconder un mensaje en el ruido del universo, usas la
frecuencia del hidrógeno —murmuró Leo, con los ojos inyectados en sangre.
Sus dedos, manchados de pasta térmica, manipulaban una placa de circuito
impreso con la precisión de un relojero.
Aquella era la frecuencia de la vida, la constante que los
radioastrónomos usaban para buscar inteligencia en las estrellas. Usarla
en Aethelgard para activar pernos de resonancia era una declaración de
principios. Quienquiera que hubiera diseñado el sistema de "accidentes" no
era un criminal común; era un académico, un purista. Alguien que
consideraba que la ciudad era un laboratorio y sus habitantes, simples
partículas en un experimento de colisión.
El objetivo de Leo era construir lo que él llamaba el "Sniffer V1". Un
sintonizador de radio definido por software (SDR) modificado para actuar
como un detector de proximidad. Necesitaba que fuera lo suficientemente
sensible como para captar una señal de milivatios en una sala llena de
interferencias, pero lo suficientemente pequeño como para pasar
desapercibido bajo la ropa. Mientras pelaba un cable coaxial con los
dientes, Leo sentía una extraña calma. Por primera vez en meses, no estaba
"despreocupado" por falta de interés; estaba enfocado porque el mundo le
había presentado un problema que no podía resolver con una simple búsqueda
en Google.
Dos horas antes de la gala en la Gran Academia, Elena apareció en su
puerta. Leo no la dejó pasar de inmediato; estaba demasiado ocupado
calibrando la antena fractal que había diseñado sobre una placa de cobre
flexible.
—Dime que no planeas ir así —dijo Elena, entrando sin permiso y apartando
un montón de cables para poder apoyar su maletín.
Leo la miró por encima de sus gafas. Llevaba una camiseta con la frase
"La entropía ya no es lo que era" manchada de estaño y unos pantalones que
habían visto mejores décadas. Elena, en cambio, vestía un traje de gala
negro, sobrio pero costoso, que la hacía parecer una persona completamente
distinta a la periodista de campo del cementerio.
—La estética es una variable cosmética que no influye en la ganancia de
la antena, Elena —replicó Leo, volviendo a su soldadura.
—En la Gran Academia, la estética es la única variable que te permite
cruzar la puerta sin que la seguridad te rompa las costillas —respondió
ella, sacando una bolsa de una tienda de ropa de lujo—. Te he traído un
traje. Pruébatelo. Y lávate el estaño de las manos. Necesito que parezcas
un estudiante de postgrado brillante, no un superviviente de una explosión
en una tienda de electrónica.
Leo refunfuñó. Odiaba los trajes. La ropa formal era una restricción
innecesaria a sus grados de libertad de movimiento. Sin embargo, sabía que
ella tenía razón. Si querían rastrear la señal de 1420.4 MHz, tenían que
mimetizarse con el entorno.
—Este es el dispositivo —dijo Leo, señalando un pequeño estuche de
plástico negro con un único auricular inalámbrico—. Lo he programado para
que emita un tono de 440 Hz —una nota 'La' pura— cuando detecte una
emisión en la banda del hidrógeno en un radio de veinte metros. Cuanto más
agudo el tono, más cerca estaremos de la fuente.
Elena tomó el auricular. Era ligero, casi invisible.
—¿Y si la fuente es el propio sistema de seguridad de la Academia?
—preguntó ella.
—Entonces el tono será constante en todo el edificio. Pero si mi teoría
es correcta, la señal solo se activa cuando alguien quiere "ajustar" una
variable. Como la viga que mató a Maya.
La Gran Academia de Aethelgard era el epicentro del intelecto mundial. Un
edificio de mármol blanco y cristal reforzado que parecía flotar sobre el
distrito financiero. Al entrar, Leo sintió una opresión inmediata. No era
miedo, sino sobrecarga sensorial. Los perfumes caros de los asistentes, la
iluminación LED mal calibrada que parpadeaba a una frecuencia molesta para
su nervio óptico y el murmullo de cientos de voces hablando de inversiones
y progreso científico.
—Mantén la calma —susurró Elena, tomándolo del brazo. Sus dedos apretaron
su bíceps de forma protectora—. Camina como si este lugar te
perteneciera.
Leo se ajustó el auricular. Por ahora, solo escuchaba el siseo del
estático de fondo. Caminaron por el gran salón, bajo lámparas de araña que
pesaban varias toneladas. Leo levantó la vista hacia los soportes de las
lámparas. Allí estaban. Pernos de sujeción de Industrias Varkas, con ese
brillo metálico inusual que delataba la aleación de neodimio.
Estaban rodeados de trampas de resonancia. Miles de personas bebiendo
champán bajo toneladas de acero que podían ser desestabilizadas con un
simple pulso de radio.
—Esto es ineficiente —murmuró Leo—. Un solo pulso y este salón se
convertiría en una trituradora de carne. ¿Por qué arriesgarse a una
masacre aquí?
—Porque nadie sospecharía de un accidente en la propia casa de Varkas
—respondió Elena—. Mira allí arriba, en el balcón técnico.
Leo observó hacia la zona de control de iluminación. Había varios hombres
con uniformes de seguridad gris oscuro, moviéndose con una disciplina casi
militar. Pero no eran ellos quienes le preocupaban. Su mirada se centró en
un grupo de inversores extranjeros que rodeaban a un hombre mayor, un
decano de la universidad conocido por sus posturas radicales sobre la
eugenesia urbana.
De repente, el auricular cobró vida.
Un tono suave. Biiiip.
Leo se tensó. Su cuerpo se puso rígido como un poste de alta
tensión.
—Tenemos algo —susurró.
[MONITOR DE ESPECTRO - SCANNER V1.0]
- Frecuencia Central: 1420.4 MHz
- Nivel de Señal (Pᵣ): -95 dBm (Débil)
- Ancho de Banda: 12.5 kHz
- Estado: Intermitente. Barrido en curso.
—¿De dónde viene? —preguntó Elena, tratando de no parecer alarmada
mientras saludaba a un colega con un gesto rápido.
Leo comenzó a moverse, usando su cuerpo como una antena direccional. Se
giró lentamente. El tono en su oído subió de frecuencia.
—Hacia el ala oeste. Los laboratorios privados.
Caminaron esquivando a la multitud. A medida que se alejaban del salón
principal y se adentraban en los pasillos de mármol, el tono se volvía
más agudo, más persistente. 1420.4 MHz. Alguien estaba emitiendo en esa
frecuencia en este mismo instante.
Se detuvieron frente a una puerta de vidrio esmerilado con un lector de
tarjetas biométrico. El tono era ahora un pitido ensordecedor en el oído
de Leo.
—Está ahí dentro —dijo Leo—. Alguien está operando un oscilador de alta
potencia.
En ese momento, las luces del pasillo parpadearon. Una vibración sutil,
casi imperceptible para un oído humano normal pero evidente para alguien
que conocía la resonancia, recorrió las paredes del edificio. Un cuadro
en la pared se inclinó ligeramente.
—Están probando algo —dijo Elena, sacando su cámara—. Leo, si logramos
una foto de quién está operando ese equipo...
—No —interrumpió Leo, sintiendo un sudor frío—. La señal ha cambiado. No
es una prueba. Es un apretón de manos. El dispositivo está recibiendo
una orden externa.
Antes de que pudieran reaccionar, la puerta de vidrio se abrió. Leo y
Elena retrocedieron rápidamente hacia la sombra de una columna. Un grupo
de técnicos con batas blancas salió del laboratorio, hablando en voz
baja sobre "estabilización de armónicos" y "puntos de ruptura". Detrás
de ellos, escoltado por dos guardias de seguridad, apareció un hombre de
mediana edad, con el rostro oculto tras una tableta digital.
—El prototipo está listo —dijo el hombre de la tableta con una voz
desprovista de emoción—. Informen al Arquitecto. El azar ha sido
eliminado del sector 42. Mañana procederemos con el sector 43.
Leo sintió que el auricular se silenciaba de golpe. La señal había
desaparecido.
—¿El Arquitecto? —susurró Elena cuando los hombres se alejaron—. ¿Se
refieren a Varkas?
—No lo sé —respondió Leo, con la mente trabajando a mil por hora—.
Julian Varkas es un visionario, pero esto... esto es ingeniería militar
disfrazada de urbanismo. Quienquiera que sea el Arquitecto, está usando
las teorías de Varkas para algo mucho más oscuro.
Leo miró hacia el salón principal, donde Julian Varkas estaba a punto de
dar su discurso. Varkas representaba el orden, la luz, el futuro sin
accidentes. Pero en la oscuridad de los laboratorios de su propia
academia, alguien estaba construyendo un martillo invisible para golpear
la ciudad.
—Tenemos que entrar en ese laboratorio —sentenció Leo—. Si ese hombre es
el Arquitecto o solo un peón, no importa. Necesito ver los planos de esa
señal.
Elena lo miró preocupada. El Leo despreocupado que ella conoció hacía
unos días estaba muerto. El chico que ahora tenía delante estaba
dispuesto a hackear la ciudad entera para corregir un error en la
ecuación de su vida.
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