El cementerio de Aethelgard no era un lugar para el descanso; era un
recordatorio del triunfo de la geometría sobre la muerte. Las lápidas de
mármol gris se alineaban con una precisión milimétrica, formando una
cuadrícula perfecta que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Para Leo
Nader, aquel lugar no evocaba paz, sino una profunda irritación técnica: el
coeficiente de utilización del suelo era ineficiente y el diseño de los
senderos obligaba a los visitantes a realizar giros de noventa grados que
desafiaban la fluidez del movimiento humano.
Mientras el sacerdote recitaba versos sobre el alma y el reencuentro en un
plano metafísico, la mente de Leo operaba en un plano mucho más concreto.
Estaba calculando la tasa de transferencia de calor desde la superficie del
ataúd de roble hacia el suelo húmedo, considerando la conductividad térmica
de la madera y la presión ejercida por los dos metros de tierra que pronto
cubrirían a su hermana.
No era que no sintiera nada. Era que sentía demasiado en las frecuencias
equivocadas. El llanto de los asistentes, una mezcla desordenada de
frecuencias entre 200 Hz y 800 Hz, se filtraba en su cerebro como ruido
blanco estático. Para Leo, el duelo era un sistema de baja entropía donde la
gente gastaba energía cinética en sollozos que no devolvían ninguna
constante útil al universo.
—¿Ni una sola lágrima, Leo? —La voz de su tía, cargada de un reproche
húmedo y oliendo a un perfume floral barato que irritaba sus fosas nasales,
lo sacó de su cálculo mental sobre la densidad ósea.
Leo ajustó sus gafas, sintiendo el metal frío contra el puente de su nariz.
No miró a su tía; mantuvo los ojos fijos en el ataúd de Maya, que descendía
lentamente mediante un sistema de poleas que chirriaba por falta de
lubricación.
—Las lágrimas son una respuesta galvánica al estrés emocional que drena
electrolitos innecesarios, tía —respondió Leo con una voz plana, desprovista
de cualquier inflexión—. Maya apreciaría más que alguien revisara si el
ángulo de las cuerdas es el adecuado. Si el ataúd golpea la pared de la
fosa, la integridad estructural de la madera se verá comprometida antes del
sellado. Eso sería un error de cálculo imperdonable.
Su tía soltó un jadeo ahogado y se alejó, santiguándose como si hubiera
hablado con un autómata. Leo suspiró. No entendía por qué la verdad técnica
resultaba tan ofensiva para los vivos. Para él, Maya ya no era su hermana
mayor; era una ausencia de masa en su configuración familiar. Un hueco en la
ecuación de su vida diaria. Y lo que realmente le quemaba por dentro, lo que
le impedía simplemente "estar despreocupado" y volver a sus libros de texto,
era que esa ausencia había sido provocada por una mano externa que había
manipulado las constantes universales para fabricar un accidente.
El sol de la tarde golpeaba el cementerio con una intensidad de 1,000 W/m²,
creando un espejismo de calor sobre las lápidas. Cuando la multitud empezó a
dispersarse, dejando tras de sí un rastro de flores que morirían según la
inevitable segunda ley de la termodinámica, Leo se quedó atrás. Detestaba
las aglomeraciones de personas; el flujo de peatones a la salida siempre
generaba cuellos de botella ineficientes y colisiones innecesarias.
Se sentó en un banco de piedra fría, observando cómo los sepultureros
comenzaban su trabajo. Para ellos, era solo una jornada laboral; para Leo,
era el cierre de una variable. Fue entonces cuando una sombra alargada se
proyectó sobre el asfalto frente a él.
Era Elena.
Ya no llevaba la chaqueta de cuero; vestía un abrigo negro largo que la
hacía parecer una mancha de tinta en el paisaje gris del cementerio. Su
cámara Nikon seguía colgada del cuello, oculta bajo el abrigo, pero sus ojos
verdes mantenían esa capacidad de enfoque que hacía que Leo se sintiera como
una muestra bajo un microscopio de electrones.
—Sabía que te quedarías hasta que el último bit de información fuera
procesado —dijo ella, sentándose al otro lado del banco, respetando el
espacio personal que Leo tanto valoraba—. Los tipos como tú no se van hasta
que el sistema llega al equilibrio.
—Solo esperaba a que la densidad de personas por metro cuadrado bajara a
niveles aceptables —replicó Leo, aunque sus dedos jugueteaban
nerviosamente con un bolígrafo en su bolsillo—. ¿Qué haces aquí, Elena?
¿No has tenido suficiente con las fotos de la tragedia?
Elena miró a su alrededor, asegurándose de que el viento fuera el único
testigo de su conversación. Metió la mano en su abrigo y sacó un objeto
pequeño, envuelto en un pañuelo de microfibra. Lo dejó sobre el banco,
entre ambos.
—Maya me dio esto tres días antes de morir. Me pidió que lo guardara en
una caja de seguridad si algo le pasaba. Dijo que era la "prueba de la
anomalía" —susurró Elena.
Leo desenvolvió el pañuelo con una lentitud impropia de él. Dentro había
un perno de sujeción. A simple vista, parecía una pieza ordinaria de acero
industrial, pero cuando Leo lo tomó, notó que el peso no cuadraba con el
volumen aparente. La densidad era excesiva. Lo acercó a sus ojos,
analizando las marcas grabadas con láser en la base de la cabeza
hexagonal.
—No es acero al carbono —murmuró Leo, y su voz recuperó ese brillo de
intensidad que solo aparecía cuando resolvía un problema complejo—. Mira
el color de la fractura en la rosca. Es una aleación de neodimio, hierro y
boro. Elena, esto no es un perno estructural. Esto es un núcleo magnético
de alta coercitividad.
—Habla en cristiano, Leo. ¿Qué hace eso en una viga de
construcción?
Leo cerró el puño sobre el metal, sintiendo una ligera atracción
magnética hacia el clip metálico de su bolígrafo.
—Significa que la viga no se soltó por "vibración ambiental" o viento
—explicó Leo, y su mente empezó a proyectar diagramas de flujo magnético
en el aire—. Si instalas estos núcleos en puntos críticos de una
estructura, puedes convertir el esqueleto de acero de un edificio en un
transductor gigante. Solo necesitas una señal de radio en la frecuencia de
resonancia adecuada para que estos pernos comiencen a vibrar con una
fuerza de miles de Newtons. Alguien pulsó un botón, Elena. Alguien emitió
una onda que convirtió este tornillo en una bomba de vibración.
[DATOS TÉCNICOS RECUPERADOS - ELEMENTO 0-B1]
- Material: Aleación NdFeB (Neodimio-Hierro-Boro).
- Propiedad: Remanencia magnética de 1.2 Teslas.
- Uso estándar: Motores de alto rendimiento / Aceleradores de partículas.
- Uso detectado: Sabotaje estructural por inducción remota.
- Estado: Activo bajo frecuencia específica.
El desapego que Leo sentía por el mundo exterior —esa burbuja de
indiferencia que lo protegía del caos humano— se reventó en ese instante.
No sintió tristeza, sino una indignación intelectual profunda. Alguien
había usado la elegancia de la física, las leyes puras que él tanto amaba,
para cometer un acto de una fealdad absoluta. Habían convertido el
determinismo en un arma.
—Maya dejó una nota con el perno —continuó Elena, sacando un papel con
una coordenada y una cifra—. Solo decía esto: 1420.4 MHz.
Leo se quedó petrificado. Sus labios se movieron sin emitir sonido antes de
hablar.
—La línea de hidrógeno.
—¿La qué?
—Es la frecuencia más famosa del universo, Elena. Es la frecuencia a la
que el hidrógeno neutro cambia su estado de energía. Es lo que usamos en
radioastronomía para mapear las galaxias. Es el "lenguaje universal". —Leo
apretó el perno magnético hasta que sus nudillos se pusieron blancos—.
Usar esa frecuencia para asesinar a una administrativa de bajo nivel... es
una firma. Es una burla. El que hizo esto no solo es un asesino; es
alguien que se cree un dios de la física.
Elena asintió, y por primera vez, Leo vio miedo en sus ojos verdes.
—Mañana por la noche es la gala benéfica de la Fundación Varkas en la
Gran Academia. El tema de la conferencia es "La Ciudad Sin Errores". Si
esa frecuencia está siendo emitida desde algún lugar de la ciudad, ese es
el mejor sitio para empezar a buscar la fuente.
Leo miró la tumba de su hermana una última vez. El sol se estaba
poniendo, proyectando sombras largas y distorsionadas que parecían
ecuaciones sin resolver sobre la tierra fresca. Su vida como estudiante
despreocupado había terminado. Ya no era un observador pasivo del
universo.
—La tercera ley de Newton dice que para cada acción hay una reacción
igual y opuesta —sentenció Leo, poniéndose de pie con una rigidez que
asustaría a cualquiera que lo conociera—. Ellos introdujeron una variable
de muerte en mi sistema. Ahora, yo voy a introducir una variable de
colapso en el suyo.
Elena lo siguió mientras caminaban hacia la salida. La ciudad de
Aethelgard brillaba en el horizonte, una joya de orden y luz que, a los
ojos de Leo, ahora parecía una inmensa trampa de resonancia esperando la
señal adecuada para desmoronarse.
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