Determinismo: Zero Variable - Capítulo 2: "Coeficiente de Restitución"


El cementerio de Aethelgard no era un lugar para el descanso; era un recordatorio del triunfo de la geometría sobre la muerte. Las lápidas de mármol gris se alineaban con una precisión milimétrica, formando una cuadrícula perfecta que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Para Leo Nader, aquel lugar no evocaba paz, sino una profunda irritación técnica: el coeficiente de utilización del suelo era ineficiente y el diseño de los senderos obligaba a los visitantes a realizar giros de noventa grados que desafiaban la fluidez del movimiento humano.

Mientras el sacerdote recitaba versos sobre el alma y el reencuentro en un plano metafísico, la mente de Leo operaba en un plano mucho más concreto. Estaba calculando la tasa de transferencia de calor desde la superficie del ataúd de roble hacia el suelo húmedo, considerando la conductividad térmica de la madera y la presión ejercida por los dos metros de tierra que pronto cubrirían a su hermana.

No era que no sintiera nada. Era que sentía demasiado en las frecuencias equivocadas. El llanto de los asistentes, una mezcla desordenada de frecuencias entre 200 Hz y 800 Hz, se filtraba en su cerebro como ruido blanco estático. Para Leo, el duelo era un sistema de baja entropía donde la gente gastaba energía cinética en sollozos que no devolvían ninguna constante útil al universo.

—¿Ni una sola lágrima, Leo? —La voz de su tía, cargada de un reproche húmedo y oliendo a un perfume floral barato que irritaba sus fosas nasales, lo sacó de su cálculo mental sobre la densidad ósea.


Leo ajustó sus gafas, sintiendo el metal frío contra el puente de su nariz. No miró a su tía; mantuvo los ojos fijos en el ataúd de Maya, que descendía lentamente mediante un sistema de poleas que chirriaba por falta de lubricación.

—Las lágrimas son una respuesta galvánica al estrés emocional que drena electrolitos innecesarios, tía —respondió Leo con una voz plana, desprovista de cualquier inflexión—. Maya apreciaría más que alguien revisara si el ángulo de las cuerdas es el adecuado. Si el ataúd golpea la pared de la fosa, la integridad estructural de la madera se verá comprometida antes del sellado. Eso sería un error de cálculo imperdonable.

Su tía soltó un jadeo ahogado y se alejó, santiguándose como si hubiera hablado con un autómata. Leo suspiró. No entendía por qué la verdad técnica resultaba tan ofensiva para los vivos. Para él, Maya ya no era su hermana mayor; era una ausencia de masa en su configuración familiar. Un hueco en la ecuación de su vida diaria. Y lo que realmente le quemaba por dentro, lo que le impedía simplemente "estar despreocupado" y volver a sus libros de texto, era que esa ausencia había sido provocada por una mano externa que había manipulado las constantes universales para fabricar un accidente.



El sol de la tarde golpeaba el cementerio con una intensidad de 1,000 W/m², creando un espejismo de calor sobre las lápidas. Cuando la multitud empezó a dispersarse, dejando tras de sí un rastro de flores que morirían según la inevitable segunda ley de la termodinámica, Leo se quedó atrás. Detestaba las aglomeraciones de personas; el flujo de peatones a la salida siempre generaba cuellos de botella ineficientes y colisiones innecesarias.

Se sentó en un banco de piedra fría, observando cómo los sepultureros comenzaban su trabajo. Para ellos, era solo una jornada laboral; para Leo, era el cierre de una variable. Fue entonces cuando una sombra alargada se proyectó sobre el asfalto frente a él.

Era Elena.

Ya no llevaba la chaqueta de cuero; vestía un abrigo negro largo que la hacía parecer una mancha de tinta en el paisaje gris del cementerio. Su cámara Nikon seguía colgada del cuello, oculta bajo el abrigo, pero sus ojos verdes mantenían esa capacidad de enfoque que hacía que Leo se sintiera como una muestra bajo un microscopio de electrones.

—Sabía que te quedarías hasta que el último bit de información fuera procesado —dijo ella, sentándose al otro lado del banco, respetando el espacio personal que Leo tanto valoraba—. Los tipos como tú no se van hasta que el sistema llega al equilibrio.


—Solo esperaba a que la densidad de personas por metro cuadrado bajara a niveles aceptables —replicó Leo, aunque sus dedos jugueteaban nerviosamente con un bolígrafo en su bolsillo—. ¿Qué haces aquí, Elena? ¿No has tenido suficiente con las fotos de la tragedia?

Elena miró a su alrededor, asegurándose de que el viento fuera el único testigo de su conversación. Metió la mano en su abrigo y sacó un objeto pequeño, envuelto en un pañuelo de microfibra. Lo dejó sobre el banco, entre ambos.

—Maya me dio esto tres días antes de morir. Me pidió que lo guardara en una caja de seguridad si algo le pasaba. Dijo que era la "prueba de la anomalía" —susurró Elena.

Leo desenvolvió el pañuelo con una lentitud impropia de él. Dentro había un perno de sujeción. A simple vista, parecía una pieza ordinaria de acero industrial, pero cuando Leo lo tomó, notó que el peso no cuadraba con el volumen aparente. La densidad era excesiva. Lo acercó a sus ojos, analizando las marcas grabadas con láser en la base de la cabeza hexagonal.

—No es acero al carbono —murmuró Leo, y su voz recuperó ese brillo de intensidad que solo aparecía cuando resolvía un problema complejo—. Mira el color de la fractura en la rosca. Es una aleación de neodimio, hierro y boro. Elena, esto no es un perno estructural. Esto es un núcleo magnético de alta coercitividad.


—Habla en cristiano, Leo. ¿Qué hace eso en una viga de construcción?

Leo cerró el puño sobre el metal, sintiendo una ligera atracción magnética hacia el clip metálico de su bolígrafo.

—Significa que la viga no se soltó por "vibración ambiental" o viento —explicó Leo, y su mente empezó a proyectar diagramas de flujo magnético en el aire—. Si instalas estos núcleos en puntos críticos de una estructura, puedes convertir el esqueleto de acero de un edificio en un transductor gigante. Solo necesitas una señal de radio en la frecuencia de resonancia adecuada para que estos pernos comiencen a vibrar con una fuerza de miles de Newtons. Alguien pulsó un botón, Elena. Alguien emitió una onda que convirtió este tornillo en una bomba de vibración.

[DATOS TÉCNICOS RECUPERADOS - ELEMENTO 0-B1]

  • Material: Aleación NdFeB (Neodimio-Hierro-Boro).
  • Propiedad: Remanencia magnética de 1.2 Teslas.
  • Uso estándar: Motores de alto rendimiento / Aceleradores de partículas.
  • Uso detectado: Sabotaje estructural por inducción remota.
  • Estado: Activo bajo frecuencia específica.



El desapego que Leo sentía por el mundo exterior —esa burbuja de indiferencia que lo protegía del caos humano— se reventó en ese instante. No sintió tristeza, sino una indignación intelectual profunda. Alguien había usado la elegancia de la física, las leyes puras que él tanto amaba, para cometer un acto de una fealdad absoluta. Habían convertido el determinismo en un arma.

—Maya dejó una nota con el perno —continuó Elena, sacando un papel con una coordenada y una cifra—. Solo decía esto: 1420.4 MHz.

Leo se quedó petrificado. Sus labios se movieron sin emitir sonido antes de hablar.

—La línea de hidrógeno.

—¿La qué?

—Es la frecuencia más famosa del universo, Elena. Es la frecuencia a la que el hidrógeno neutro cambia su estado de energía. Es lo que usamos en radioastronomía para mapear las galaxias. Es el "lenguaje universal". —Leo apretó el perno magnético hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Usar esa frecuencia para asesinar a una administrativa de bajo nivel... es una firma. Es una burla. El que hizo esto no solo es un asesino; es alguien que se cree un dios de la física.

Elena asintió, y por primera vez, Leo vio miedo en sus ojos verdes.

—Mañana por la noche es la gala benéfica de la Fundación Varkas en la Gran Academia. El tema de la conferencia es "La Ciudad Sin Errores". Si esa frecuencia está siendo emitida desde algún lugar de la ciudad, ese es el mejor sitio para empezar a buscar la fuente.

Leo miró la tumba de su hermana una última vez. El sol se estaba poniendo, proyectando sombras largas y distorsionadas que parecían ecuaciones sin resolver sobre la tierra fresca. Su vida como estudiante despreocupado había terminado. Ya no era un observador pasivo del universo.

—La tercera ley de Newton dice que para cada acción hay una reacción igual y opuesta —sentenció Leo, poniéndose de pie con una rigidez que asustaría a cualquiera que lo conociera—. Ellos introdujeron una variable de muerte en mi sistema. Ahora, yo voy a introducir una variable de colapso en el suyo.

Elena lo siguió mientras caminaban hacia la salida. La ciudad de Aethelgard brillaba en el horizonte, una joya de orden y luz que, a los ojos de Leo, ahora parecía una inmensa trampa de resonancia esperando la señal adecuada para desmoronarse.



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Kevin Vega

Administrador principal de MangaLatam. Ingeniero industrial y escritor en mi tiempo libre. twitter instagram

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