Determinismo: Zero Variable - Capítulo 1: "La Anomalía de los 4.3 Metros"


El universo no tiene piedad, solo tiene leyes.

Para la mayoría de los habitantes de la metrópolis de Aethelgard, el azar era una fuerza mística, una entidad caprichosa que dictaba si llegarían tarde al trabajo o si encontrarían al amor de su vida en una cafetería abarrotada. Para Leo Nader, el azar era simplemente el nombre que los ignorantes le daban a una variable que no se habían molestado en calcular. Desde que tenía uso de razón, Leo no veía objetos; veía vectores. No escuchaba música; escuchaba frecuencias y armónicos. Su cerebro era un procesador que no descansaba, traduciendo cada interacción física en una ecuación de balance de energía que mantenía la realidad en un equilibrio precario.

Aquella tarde, Leo se encontraba en el Laboratorio de Óptica de la Universidad de Aethelgard. Era un sótano profundo, aislado de las vibraciones de la ciudad por cimientos de hormigón reforzado que absorbían el ruido del metro y el pulso constante del tráfico exterior. El aire allí siempre olía a ozono y a metal frío, un aroma que para Leo era más reconfortante que cualquier perfume humano. Estaba solo, ajustando un interferómetro de Michelson. Sus dedos, largos y firmes, giraban los tornillos micrométricos con una delicadeza tal que parecía estar operando el tejido mismo de la realidad.

—Un cuarto de vuelta más... —susurró para sí mismo. Observaba cómo las franjas de interferencia se desplazaban en la pantalla traslúcida, creando un patrón de cebra carmesí bajo el haz del láser.

En ese pequeño espacio, el mundo era perfecto. Las leyes de la reflexión y la refracción no fallaban. La luz no mentía. Si el patrón cambiaba, era porque una fuerza externa, cuantificable y lógica, lo había provocado. Era un sistema cerrado, predecible, hermoso. Leo encontraba paz en la idea de que, si conoces las condiciones iniciales de un sistema, puedes predecir su futuro con una precisión absoluta. Pero la paz de un laboratorio es, por definición, un estado de equilibrio inestable. Basta un pequeño impulso para que todo el sistema colapse hacia el caos.

El silencio fue perforado por la vibración de su teléfono sobre la mesa de acero. El sonido, una frecuencia de aproximadamente 150 Hz amplificada por la resonancia de la superficie metálica, le produjo una punzada de irritación en la base del cráneo. Leo miró la pantalla: un número desconocido con el prefijo de la policía metropolitana.

Al contestar, el mundo exterior —ese lugar ruidoso, sucio y mal calculado que Leo intentaba evitar— entró a raudales por el auricular.

—¿Leo Nader? —La voz era ronca, cargada del cansancio crónico de un hombre que ha dejado de creer en la justicia—. Habla el Inspector Miller. Necesito que vengas a la calle 42. Hubo un... "incidente" en la zona de construcción del Complejo Varkas. Tu hermana... Maya Nader... estaba en el lugar cuando ocurrió un fallo estructural.

Leo no sintió un golpe en el pecho. Sintió una desconexión sistémica. Fue como si un cable de alta tensión se hubiera cortado dentro de su conciencia, dejando sus extremidades frías y su percepción del tiempo suspendida en un bucle infinito.

—¿Fallo estructural? —logró articular. Su propia voz le sonó extraña, como si viniera de otra habitación, o quizás de otra dimensión.

—Una viga de acero se soltó del piso doce. Ven rápido, chico.

Leo colgó. Se quedó mirando el láser rojo que seguía proyectando su patrón de interferencia en la pared. Por un segundo, pensó en apagarlo siguiendo el protocolo de seguridad. Pero luego se dio cuenta de que el protocolo de su propia vida acababa de ser invalidado por una variable externa que no había previsto. Salió corriendo del sótano, dejando tras de sí un sistema perfecto por uno que acababa de romperse de la forma más violenta posible.



Aethelgard era una ciudad de acero y cristal, un monumento a la estabilidad diseñado bajo los principios de Julian Varkas, el hombre que había prometido que la ingeniería podía erradicar la incertidumbre humana. Sus calles eran canales de viento perfectamente calculados y sus edificios eran proezas que desafiaban la entropía. Sin embargo, cuando Leo llegó a la calle 42, la ciudad le pareció una maqueta rota, un sistema que había fallado en su función primordial: proteger la vida.

El sol de la tarde se filtraba entre los rascacielos, creando un efecto de lente que distorsionaba las sombras y hacía que el aire pareciera espeso, casi líquido. El ambiente estaba saturado de polvo de construcción y el sonido de las sirenas —una cacofonía que Leo identificó automáticamente como un efecto Doppler en movimiento— llenaba el ambiente con una urgencia ensordecedora.

La zona de construcción estaba acordonada. En el centro del pavimento, hundida en el asfalto como una lanza de hierro caída del Olimpo, estaba la viga. Dos toneladas de acero en forma de I, cuya superficie oscura contrastaba con el gris pálido de la calle.

Leo se detuvo ante la cinta amarilla. Sus ojos no buscaron a los paramédicos, ni la sábana blanca que cubría un bulto pequeño a unos metros de distancia. Su mente, en un acto de autopreservación radical y fría, se centró en los datos brutos. No podía permitirse sentir el dolor, porque el sentimiento era una variable que nublaría el cálculo. Y en ese momento, el cálculo era lo único que le quedaba para no desmoronarse.

—Fue el viento, muchacho —dijo el Inspector Miller, apareciendo a su lado y quitándose la gorra en un gesto de respeto vacío—. Una ráfaga descendente golpeó el andamio del piso doce. El perno de sujeción tenía una micro-fractura por fatiga de material. Se soltó en el peor momento posible. Mala suerte. Una variable estadística de una en diez millones.

Leo no respondió de inmediato. Cruzó la cinta, ignorando los gritos de los oficiales de policía que le pedían que retrocediera. Se arrodilló sobre el asfalto granulado, sintiendo las pequeñas piedras clavarse en sus rodillas. Sus dedos rozaron la superficie de la viga, sintiendo el calor residual del impacto, una energía cinética que acababa de ser disipada en forma de calor y deformación mecánica. Luego, miró hacia arriba, hacia el hueco vacío en el piso doce del edificio, una herida abierta en la estructura.

—No —susurró Leo, y su voz sonó tan afilada como un vector de fuerza—. El viento no puede hacer esto. Las leyes de la naturaleza no son tan descuidadas.

Sacó un trozo de tiza de su mochila y comenzó a dibujar líneas y ecuaciones sobre el pavimento sucio. Sus movimientos eran rápidos, precisos, casi espasmódicos, como si estuviera exorcizando un demonio a través de la geometría analítica.

—Inspector, escúcheme bien —dijo Leo, levantándose con los ojos encendidos por una lógica furiosa—. La altura de caída desde el punto de anclaje es de exactamente 42 metros. Suponiendo una aceleración gravitatoria de 9.81 m/s² y despreciando la resistencia del aire por el perfil aerodinámico de la caída... el tiempo de vuelo fue de exactamente 2.92 segundos.

—Chico, este no es el momento para una clase de física —bufó Miller, visiblemente molesto.

—¡Es el único momento que importa! —gritó Leo, señalando con el dedo el punto exacto donde la viga se había incrustado—. Si el perno se hubiera roto por fatiga natural, la viga habría caído con una velocidad inicial horizontal (v༝) de cero. Debido a la falta de momento lateral, debería haber aterrizado a menos de un metro de la fachada del edificio. Pero esta viga está a 4.3 metros de la fachada.

Leo dibujó un triángulo rectángulo masivo en el suelo, marcando la hipotenusa de la tragedia con trazos de tiza blanca.

—Para que un objeto de esta masa se desplace más de cuatro metros horizontalmente en menos de tres segundos, necesitó un impulso inicial deliberado. Alguien, o algo, aplicó una fuerza de lanzamiento de al menos 3 000 Newtons en el instante exacto en que el perno falló. Esta viga no cayó por accidente, Inspector. Fue proyectada con la intención de interceptar un objetivo.



—Un análisis cinemático impecable. Es una verdadera lástima que la policía de esta ciudad no sepa distinguir un vector de una opinión personal.

Leo se giró bruscamente, con los nervios a flor de piel. Detrás de él, apoyada contra una patrulla con una elegancia que contrastaba con el caos de la escena, había una joven que parecía estar analizando la situación con la misma frialdad que él. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y una cámara Nikon profesional con un teleobjetivo enorme colgando de su cuello. Sus ojos verdes, inteligentes y penetrantes, observaban a Leo con una mezcla de curiosidad científica y respeto.

—Soy Elena, de la facultad de Periodismo de Investigación —se presentó, extendiendo una mano que Leo no tomó—. Tu hermana, Maya, era mi contacto principal en la administración municipal. Me llamó hace apenas dos horas. Estaba asustada. Decía que había encontrado una "anomalía estadística" en las licitaciones de mantenimiento de este mismo complejo. Decía que los números no cuadraban.

—¿Maya te llamó? —Leo sintió que el suelo bajo sus pies perdía su constante gravitatoria por un momento—. ¿Qué sabía ella exactamente?

—Sabía que los "accidentes" industriales en Aethelgard están empezando a seguir un patrón matemático demasiado perfecto para ser fruto del azar —respondió Elena, bajando la voz mientras se acercaba a Leo—. Mira esto.

Ella le mostró la pantalla de su cámara. Había una fotografía de alta resolución, tomada con un zoom potente, del perno que se había roto en el piso doce. Leo entrecerró los ojos para enfocar los detalles.

—Mira la superficie de la fractura, Leo. No hay deformación plástica, no hay estiramiento del metal, no hay las típicas "marcas de playa" que deja la fatiga convencional. Los bordes son granulares, casi cristalinos. El metal se rompió como si fuera una pieza de cerámica fría.

Leo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento de la tarde.

—Resonancia mecánica inducida —murmuró, casi para sí mismo—. Alguien utilizó un oscilador de alta frecuencia para hacer vibrar ese perno a su frecuencia natural de resonancia. Debilitaron los enlaces moleculares del acero desde adentro, sin dejar marcas externas, esperando el momento exacto en que la carga fuera máxima. Fue un asesinato ejecutado a través de la física de ondas.

Elena asintió solemnemente y sacó un ejemplar de bolsillo de "La Voluntad de las Constantes", el libro más vendido de Julian Varkas.

—Varkas sostiene que el universo es un mecanismo de relojería perfecto, y que el caos es solo el nombre que le damos a nuestra propia ignorancia. Dice que si algo no encaja en la armonía del sistema, debe ser removido para asegurar la estabilidad del todo. Maya creía que alguien está aplicando esa filosofía de la forma más sangrienta posible. Ella pensaba que alguien está "limpiando" las variables que estorban los planes de expansión de la ciudad.

Leo tomó el libro de las manos de Elena. Sintió el peso del papel, la textura de la portada con el nombre de Varkas grabado en letras doradas. Julian Varkas era el héroe de la facultad, el hombre que había prometido que la ciencia nos daría el control total sobre el futuro.

Leo miró de nuevo hacia la marca de tiza de los 4.3 metros. Su hermana no había muerto por un error de la naturaleza o un capricho del destino. Había muerto porque alguien había decidido que su posición en el espacio-tiempo era un estorbo para una ecuación mayor. Alguien que sabía de física tanto o más que él.

—Si la vida de mi hermana fue una variable eliminada para simplificar una ecuación —dijo Leo, apretando el libro con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—, entonces yo voy a ser el error de redondeo que haga colapsar todo el sistema de Varkas. No voy a parar hasta que el resultado final sea la justicia.

Elena lo miró fijamente. Por primera vez en su vida, Leo Nader no estaba simplemente calculando probabilidades. Estaba creando su propia constante universal. La noche empezó a caer sobre Aethelgard, y mientras la ciudad seguía su ritmo mecánico, ruidoso y predecible, dos sombras se alejaron de la escena, listas para introducir el verdadero desorden en un mundo que creía haber domesticado al azar.



Capítulo siguiente

Kevin Vega

Administrador principal de MangaLatam. Ingeniero industrial y escritor en mi tiempo libre. twitter instagram

Artículo Anterior Artículo Siguiente

ANUNCIO

ANUNCIO

نموذج الاتصال