El eco de las palabras de Nirian se estrelló contra las paredes de hielo
de la Sala de Mando Central como una condena de muerte.
Soy el hermano menor del Verdugo.
Durante dos largos segundos, el tiempo se detuvo. Nadie respiró. Luego,
el instinto militar de la Vanguardia estalló con una violencia predecible.
El sonido de los cerrojos de las armas resonó al unísono. Ocho rifles de
asalto pesados convergieron instantáneamente en la cabeza y el pecho de
Nirian.
El Sargento Kaelen retrocedió, con el rostro pálido bajo la luz de los
hologramas, mirando al joven que le había salvado la vida como si de
repente se hubiera quitado una máscara humana para revelar a un demonio de
metal debajo.
—¡De rodillas! ¡Manos en la nuca! —rugió uno de los guardias de élite,
empujando el cañón de su arma contra la sien derecha de Nirian.
Nirian no opuso resistencia. Sabía que esto pasaría; lo había calculado
con la misma frialdad que su hermano mayor usaría para un problema
aritmético. Dejó que la escopeta resbalara de su hombro y cayera al suelo
con un ruido sordo. Luego, se arrodilló lentamente sobre el metal helado,
entrelazando los dedos detrás de su cabeza, pero sin apartar sus ojos
avellana de la Comandante Lyra.
La líder de la Vanguardia no había retrocedido ni sacado un arma. Su
rostro estaba petrificado, su mente procesando la magnitud de lo que tenía
enfrente. El hermano de Aezel Astor. La misma sangre del hombre que había
incinerado a tres mil quinientos millones de personas.
—Registradlo —ordenó Lyra, su voz cortando el aire tenso como un
bisturí.
Dos guardias se abalanzaron sobre él. Le arrancaron la chaqueta de cuero,
vaciaron sus bolsillos y lo despojaron de los cartuchos de termita que le
quedaban y de un cuchillo de caza que llevaba oculto en la bota. Nirian
soportó el trato brusco en silencio, apretando la mandíbula.
—Comandante... —balbuceó Kaelen, dando un paso vacilante al frente—. Yo
no tenía idea. Mi escuadrón no...
—Cállate, Sargento —lo interrumpió Lyra sin mirarlo—. Quedas relevado de
tus funciones hasta que pase por la corte marcial por traer a este sujeto
al núcleo de nuestra base.
—Mis padres y mis abuelos no saben nada de la guerra, ni de lo que Aezel
planeaba —habló Nirian, su voz elevándose por encima del murmullo
enfurecido de los oficiales—. Llevan un año creyendo que Aezel murió en un
accidente antes de las bombas. No los castiguen por el apellido que
llevan.
Lyra rodeó la mesa holográfica y se detuvo a medio metro de Nirian. Se
inclinó ligeramente, mirándolo desde arriba. Su ojo gris estaba lleno de
un odio gélido y ancestral.
—Tú no estás en posición de dictar términos, Astor. Estás en la fortaleza
de las personas a las que tu hermano intenta exterminar —susurró Lyra. Su
brazo protésico zumbó mientras levantaba la barbilla de Nirian con dos
dedos de metal frío—. Llevadlo al Nivel Subcero. Celda de aislamiento
pesado. Y asegurad a los ancianos en la zona médica bajo vigilancia
armada. Que nadie los toque, pero que nadie se acerque a ellos.
Los guardias agarraron a Nirian por los brazos y lo levantaron del suelo
a tirones, arrastrándolo hacia los pasillos de máxima seguridad. Nirian no
luchó. Sabía que la confianza en el apocalipsis no se regalaba; se pagaba
con sangre.
El Nivel Subcero no era una prisión convencional. Eran bóvedas de
concreto excavadas directamente en el permafrost, diseñadas originalmente
para almacenar material radiactivo, ahora reconvertidas en celdas de
interrogatorio. El frío allí abajo no era simplemente climático; era una
presencia física que mordía los huesos y entumecía la mente.
Nirian fue arrojado al interior de la Celda 4. La pesada puerta de acero
sólido se cerró de golpe tras él, sumiéndolo en una oscuridad casi
absoluta, rota solo por una tenue luz azulada en el techo. No había cama,
ni silla, ni retrete. Solo el suelo de escarcha y concreto.
Vestido únicamente con su pantalón táctico y una camiseta térmica
rasgada, Nirian cruzó los brazos sobre el pecho y se sentó en el centro de
la celda. Controló su respiración. Inhalar en cuatro segundos, retener
dos, exhalar en cuatro. Tenía que conservar la energía calórica.
No supo cuánto tiempo pasó. En el Subcero, las horas se estiraban y se
congelaban. Podrían haber sido doce horas o dos días. La fatiga del viaje
y el enfrentamiento con el Cerbero comenzaron a pasarle factura. El sueño
lo arrastraba, pero el frío lo obligaba a despertar con espasmos
violentos.
Finalmente, el mecanismo de cierre de la puerta crujió.
La luz cegadora del pasillo entró a raudales, hiriéndole los ojos. Nirian
entrecerró los párpados. La figura de la Comandante Lyra se recortó en el
umbral, flanqueada por dos guardias inmensos. Lyra entró en la celda y
arrojó una silla de metal plegable frente a Nirian. Se sentó en ella,
apoyando los codos en las rodillas.
—Tus padres y abuelos están estabilizados en la zona médica. Están a
salvo —dijo Lyra, yendo directo al grano—. Pero los altos mandos del
consejo rebelde quieren ejecutarlos a todos. Creen que eres un caballo de
Troya enviado por la Égida para desmantelarnos desde adentro.
Nirian frotó sus manos entumecidas, su aliento formando nubes blancas en
el aire gélido.
—Si Aezel supiera dónde está esta base, no habría enviado a un espía
humano. Habría enviado una lluvia de misiles termobáricos —respondió, su
voz rasposa por el frío—. Él no confía en la biología. Solo en el
código.
Lyra lo estudió en silencio.
—¿Por qué te dejó vivo? Él sabía que estaríais en esa autopista. Las
rutas de escape civiles fueron los primeros objetivos de sus satélites,
pero las bombas nunca cayeron en la zona donde estabais.
—Aezel siempre tuvo una debilidad —Nirian levantó la vista, encontrándose
con los ojos implacables de la Comandante—. La lógica pura es solitaria.
Aezel creía que él era el único humano evolucionado, capaz de ver el mundo
como un sistema que necesitaba ser reiniciado. Pero, de una forma
retorcida, quería que alguien entendiera por qué lo hizo. Me dejó vivo
para que yo atestiguara su obra. Creía que si el mundo me golpeaba lo
suficiente, terminaría dándole la razón.
—¿Y se la das? —preguntó Lyra, acercando el rostro.
—Le rompí el cuello a un saqueador hace un año por una botella de agua, y
destruí la cabaña de mi familia esta mañana. El mundo que él creó me ha
obligado a ser un monstruo para sobrevivir —Nirian apretó los puños—. Pero
no comparto su visión. Voy a clavarle un cuchillo en el corazón para
terminar esta locura.
Lyra se puso de pie, su prótesis mecánica haciendo un clic
amenazante.
—Las palabras no valen nada en Bastión-Norte, Astor. He visto a hombres
jurar lealtad a la raza humana y luego vendernos al Pacto de Drovos por
una lata de combustible. Tienes el genio táctico de tu hermano, eso lo
demostraste en el bosque. Pero necesito saber si compartes su falta de
alma.
Lyra se hizo a un lado y asintió hacia los guardias.
—Levántalo. Es hora de tu juicio.
Los guardias agarraron a Nirian, cuyos músculos estaban rígidos por la
hipotermia, y lo arrastraron fuera de la celda. Lo llevaron por un
laberinto de pasillos aún más profundos, hasta llegar a una cámara de
contención de paredes transparentes de policarbonato, de diez centímetros
de grosor.
Dentro de la cámara, suspendido en el aire y sujeto por cuatro inmensos
brazos magnéticos, había una unidad de la Égida. No era un Cerbero
terrestre, sino un dron aéreo Ícaro en forma de lanza negra. Su blindaje
estaba gravemente abollado y emitía chispas, pero su óptica roja seguía
viva, parpadeando débilmente.
—Lo derribamos hace tres horas sobre el Desfiladero del Eco —explicó
Lyra, deteniéndose frente al cristal—. Nuestras redes EMP lo desactivaron
parcialmente, pero su núcleo cuántico entró en bucle de
contingencia.
Un contador digital, proyectado en un panel lateral, marcaba los números
en descenso frenético. Quedaban menos de cinco minutos.
—Está sobrecargando su batería de plasma —continuó la Comandante—. Es un
protocolo de autodestrucción. Si ese núcleo estalla, el radio de la
explosión volará los soportes estructurales del Nivel Subcero. Enterrará a
quinientas personas bajo el hielo, incluyendo a tu familia en el Nivel
Uno.
Lyra se volvió hacia Nirian y le tendió una pequeña caja de herramientas
que contenía una cizalla de precisión, un puente térmico y un
destornillador sónico.
—Dices conocer cómo piensa el Verdugo. Dices conocer sus cortafuegos y su
lógica —Lyra lo miró con absoluta frialdad—. Entra ahí y desármalo.
Nirian miró el dron y el contador que bajaba rápidamente: 04:12...
04:11...
—Si te equivocas de secuencia de cables, la detonación será instantánea y
te evaporarás —advirtió Lyra—. Si eres un espía de la Égida, este es tu
momento para sacrificarte y hacerle daño a la Vanguardia. Pero si
realmente quieres matar a tu hermano, desactiva esa máquina y te daré mi
ejército.
Nirian no vaciló. Tomó la caja de herramientas de las manos de Lyra. El
frío en sus huesos desapareció, reemplazado por la ardiente presión de la
supervivencia.
—Abre la puerta —ordenó Nirian.
La pesada puerta de policarbonato se deslizó con un siseo neumático.
Nirian cruzó el umbral y la puerta se selló herméticamente a sus
espaldas.
El interior de la cámara de contención era asfixiante. A diferencia del
frío polar del Subcero, aquí el aire estaba cargado de estática y un calor
opresivo. Emanaba directamente del núcleo del dron Ícaro, cuyo caparazón
negro de aleación estaba al rojo vivo en las costuras.
03:45... 03:44...
Nirian se acercó a la máquina suspendida en los brazos magnéticos. El
zumbido de la batería de plasma sobrecargada le hacía vibrar los empastes
de los dientes. Dejó la caja de herramientas en el suelo metálico y tomó
el destornillador sónico.
—Muéstrame qué hiciste, hermano —murmuró Nirian, sudando a pesar de estar
solo en camiseta térmica.
Activó el destornillador sónico y lo pasó por la junta principal del
blindaje inferior del dron. La placa de titanio cedió con un chasquido,
revelando las entrañas de la bestia de la Égida. No había cables de
colores convencionales, ni circuitos simples. Era una red intrincada de
filamentos de fibra óptica que latían con luz roja, entrelazados alrededor
de un núcleo cuántico esférico que giraba furiosamente.
A través del cristal, Lyra y sus oficiales observaban en un silencio
sepulcral.
02:10... 02:09...
Nirian analizó el flujo de energía. Había un filamento primario, más
grueso que los demás, que bombeaba energía directamente de la batería al
detonador de plasma. El instinto militar básico dictaría usar la cizalla
para cortar esa línea y detener el flujo.
Nirian tomó la cizalla de precisión. La acercó al filamento
principal.
Los oficiales de la Vanguardia al otro lado del cristal contuvieron la
respiración.
Pero Nirian se detuvo. Sus ojos avellana se entrecerraron. Recordó las
tardes en el porche de su antigua casa, antes de que el cielo se
incendiara, cuando Aezel le enseñaba a resolver ecuaciones no lineales en
una pizarra.
"La mente común ve un obstáculo y busca destruirlo, Nirian", había
dicho Aezel con esa voz fría y perfecta, dibujando un círculo en la
pizarra. "Pero los sistemas cerrados castigan la destrucción con el
colapso. Si cortas la línea, rompes el sistema. Un verdadero arquitecto
no destruye la línea; la redirige hasta que el sistema se asfixia a sí
mismo".
Aezel odiaba las variables sueltas. Si alguien cortaba la energía, el
algoritmo cuántico lo interpretaría como daño estructural crítico en
combate y activaría la detonación de emergencia por pérdida de señal.
Era una trampa para tontos.
Nirian soltó la cizalla de precisión. Dejó caer la herramienta al suelo
con un ruido metálico.
Lyra frunció el ceño, apretando su brazo mecánico. Faltaba menos de un
minuto. 00:58... 00:57...
Nirian tomó el puente térmico, una pieza de hardware diseñada para unir
circuitos y transferir calor. Sus manos, que antes temblaban por la
hipotermia, ahora se movían con una firmeza quirúrgica absoluta.
No iba a cortar la energía del detonador. Iba a redirigirla de vuelta a
la placa base del procesador cuántico. Un bucle infinito. Una paradoja
de hardware. Si la mente de Aezel exigía lógica absoluta, Nirian iba a
ahogar a la máquina en su propia perfección.
00:30... 00:29...
Nirian localizó el puerto de retroalimentación de la unidad central.
Estaba protegido por un pequeño cortafuegos físico. Usó sus dedos
desnudos, quemándose ligeramente las yemas con el metal incandescente,
para apartar la protección.
00:15... 00:14...
—Vamos, Aezel —gruñó Nirian, el sudor cayéndole por la frente e
irritándole los ojos—. Cómete tu propia cola.
00:08... 00:07...
Nirian encajó el puente térmico entre el filamento del detonador
y el puerto de la unidad central. Apretó el mecanismo de
sujeción.
00:03... 00:02...
El núcleo cuántico brilló con un destello blanco cegador.
Nirian cerró los ojos y giró el rostro, esperando que la
explosión lo desintegrara en átomos.
El pitido del contador se detuvo.
El zumbido asfixiante de la batería de plasma se apagó en un
quejido descendente y patético. Las luces ópticas rojas del
Ícaro parpadearon dos veces de forma errática antes de apagarse
por completo. La temperatura de la cámara comenzó a descender de
inmediato.
Nirian abrió los ojos. El contador digital del panel lateral
estaba congelado en 00:01.
El hermano menor exhaló un suspiro largo y tembloroso, apoyando
la frente contra el frío caparazón de metal negro del dron
muerto. Lo había logrado. Había descifrado la mente del
Verdugo.
Las puertas de policarbonato se abrieron.
Lyra entró sola en la cámara de contención. Observó el puente
térmico que Nirian había improvisado, el sudor en el rostro del
chico y las ligeras quemaduras en sus dedos. La Comandante miró
el dron inerte, dándose cuenta de que todos los ingenieros de la
Vanguardia habrían cortado el cable y habrían volado media base
en el proceso.
Nirian se dio la vuelta para encararla. Estaba exhausto, pero
su mirada seguía ardiendo.
—Aezel diseña sus máquinas para que sean impecables —dijo
Nirian, con la respiración entrecortada—. Ese es su defecto. La
perfección no sabe cómo lidiar con las paradojas.
Lyra mantuvo el silencio durante unos segundos. La frialdad
implacable de su ojo gris finalmente cedió, reemplazada por un
atisbo de respeto oscuro y genuino.
—Mis guardias te devolverán tu equipo y tu ropa —dictaminó
Lyra, dándose la vuelta para salir de la cámara—. Descansa seis
horas, come una ración caliente y ve a ver a tu familia al Nivel
Uno. Cuando termines, preséntate en la Sala de Mando
Central.
Lyra se detuvo en el umbral de la puerta y miró a Nirian por
encima del hombro.
—Has pasado el Juicio, Astor. Bienvenido a la Vanguardia de
Altair. Vamos a planear cómo asesinar a tu hermano.
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