El viento aullaba contra los inmensos ventanales de la Aguja de Defensa
Global, el rascacielos más inexpugnable del planeta, diseñado para
resistir el fin de los tiempos. Ahora, esa seguridad no era más que una
ilusión. El suelo de mármol pulido estaba sembrado de guardias de élite
inconscientes. Las alarmas habían sido silenciadas desde sus cimientos
antes de tener la oportunidad de sonar.
En el centro de la inmensa sala de control, iluminado únicamente por el
resplandor frío de decenas de monitores gigantes, estaba Aezel
Astor.
Tenía veinticinco años. Su rostro pálido y de facciones afiladas parecía
esculpido en hielo. No mostraba ni un atisbo de duda, ni una gota de
sudor. Estaba vestido con un abrigo largo y oscuro de cuello alto,
impecable, exactamente igual que el día de su funeral, cinco años atrás.
Lo único diferente era el abismo indescifrable que ahora habitaba en sus
ojos, tan negros que parecían absorber la luz de las pantallas. Sus dedos,
largos y precisos, bailaban sobre el teclado principal con una letalidad
silenciosa. Estaba hackeando el sistema de transmisión de emergencia
planetaria.
—Conexión global establecida —susurró una voz sintética desde los
altavoces de la sala.
Aezel se irguió con una postura de autoridad natural, miró directamente a
la lente de la cámara principal y presionó la tecla de ejecución.
En ese mismo instante, en cada rincón de la Tierra, las pantallas
cobraron vida. Los inmensos carteles luminosos de las metrópolis, los
televisores en los suburbios, los teléfonos móviles en las calles y los
monitores de seguridad en las zonas más remotas; todos, sin excepción,
mostraron el rostro impasible de Aezel.
—Habitantes de este mundo —su voz resonó limpia, serena, aterradoramente
calmada, traducida en tiempo real a todos los idiomas—. Durante milenios,
han caminado a ciegas, creyendo que su existencia tiene un propósito. Han
construido civilizaciones sobre la base de una mentira fundamental.
Aezel no parpadeó. Su expresión era la de alguien que enuncia una ley
matemática irrefutable.
—He visto el fondo del abismo. He descifrado la verdadera naturaleza de
nuestra especie y el destino que nos aguarda si continuamos respirando. No
es una cuestión de política, ni de recursos, ni de moralidad. Es una
cuestión de diseño. La humanidad es una anomalía grotesca. Un error de
cálculo que ha infectado este planeta.
El silencio que se apoderó del mundo entero fue absoluto. Nadie
respiraba. Las calles bulliciosas se habían convertido en cementerios de
estatuas humanas mirando las pantallas.
—Este sistema no puede ser reparado. No hay redención posible —continuó
Aezel, moviendo su mano derecha hacia un panel rojo parpadeante—. Por lo
tanto, debe ser erradicado. A partir de este momento, yo, Aezel Astor,
asumo la responsabilidad de corregir este error. Para que el universo
recupere su equilibrio, el viejo mundo debe arder. Que el fuego los
purifique de su propia existencia.
Presionó el botón.
A sus espaldas, los monitores tácticos mostraron mapas satelitales
enrojeciéndose de golpe. Decenas de puntos de lanzamiento se encendieron
en silos ocultos bajo los océanos y las montañas. Los misiles nucleares
habían abandonado sus cunas. Las trayectorias cruzaban el globo como
cicatrices de luz. El fin de miles de millones de vidas estaba a solo
minutos de distancia. Aezel observó las líneas rojas en las pantallas con
la misma calma con la que observaría la lluvia caer por la ventana.
A miles de kilómetros de allí, en una casa a oscuras, una familia entera
estaba paralizada frente al televisor de su sala.
La madre de Aezel cayó de rodillas, emitiendo un sollozo ahogado,
llevándose las manos al rostro. El padre retrocedió hasta chocar con la
pared, con la respiración cortada. Pero era Nirian, a sus veinte años,
quien estaba de pie frente al televisor, a escasos centímetros de la
pantalla.
Su complexión robusta y curtida estaba tensa como la cuerda de un arco.
Sus manos se cerraron en puños tan apretados que las uñas se clavaron en
sus palmas hasta hacerlas sangrar. Su cabello castaño y revuelto caía
sobre sus ojos avellana, que ahora estaban inundados de lágrimas
calientes. No lloraba por las sirenas antiaéreas que comenzaban a aullar a
lo lejos, rasgando la noche. Lloraba por el rostro que estaba
viendo.
El rostro del hermano que él mismo había ayudado a enterrar. Su pilar. Su
héroe personal, vivo, y convirtiéndose en el mayor genocida de la
historia.
—Aezel... —murmuró Nirian, con la voz rota por el dolor y la
incredulidad—. ¿Qué te pasó?
Cinco años y medio antes
La luz dorada del final de la tarde se filtraba por las cortinas de la
sala de los Astor. Era un martes cualquiera, impregnado de la rutina
pacífica que definía a la familia.
En el sillón de lectura, Aezel, con veinte años recién cumplidos,
sostenía un grueso libro de termodinámica avanzada. Estaba inmerso en la
lectura, con las piernas cruzadas y una inmovilidad casi estatuaria. No
movía un solo músculo de la cara; sus oscuros ojos simplemente escaneaban
las páginas con una velocidad asombrosa. Su suéter gris de punto fino
contrastaba con la palidez de su piel.
De pronto, la puerta principal se abrió de un golpe seco.
Nirian, de quince años, entró como un torbellino. Llevaba una sudadera
deportiva desaliñada, las zapatillas manchadas de barro y el cabello
castaño hecho un desastre. Tenía el ceño fruncido y tiró su mochila al
suelo con un ruido sordo, resoplando como un toro enjaulado.
Aezel no se inmutó. No dio un salto por el estruendo ni apartó la vista
de su libro. Solo cuando Nirian se dejó caer pesadamente en el sofá frente
a él, cruzándose de brazos, Aezel pasó la página con lentitud y habló sin
levantar la cabeza. Su tono era suave, un murmullo perfectamente
modulado.
—Esa es una forma muy poco eficiente de usar la puerta, Nirian. La
integridad estructural de las bisagras cederá prematuramente si sigues
aplicando esa cantidad de fuerza cinética cada vez que tu temperamento te
domina.
Nirian lo fulminó con la mirada. Sus ojos avellana brillaban con
frustración, aunque en el fondo sabía que la aplastante lógica de su
hermano mayor siempre terminaba por calmarlo.
—Guárdate la física para tus exámenes, Aezel. Tuvimos el partido
regional. El equipo rival sobornó al árbitro, estoy seguro. Nos anularon
dos goles legítimos. Es tan injusto... —Nirian se frotó la cara con las
manos, respirando hondo—. Odio que las cosas funcionen así. Odio que
alguien pueda simplemente manipular las reglas y salirse con la suya
mientras los demás nos esforzamos por hacer lo correcto.
Aezel cerró el libro con cuidado, marcando la página con precisión
milimétrica. Levantó la vista. Para el resto del mundo, Aezel Astor era
una máquina de hielo, un prodigio inalcanzable; pero cuando miraba a su
hermano menor, una fracción minúscula de esa frialdad se desvanecía.
—Lo correcto y lo incorrecto son construcciones humanas defectuosas,
Nirian —dijo Aezel, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando sus
largos dedos—. El universo no entiende de justicia, solo de sistemas. El
equipo rival no ganó por ser malo, ganó porque entendió cómo funcionaba el
sistema del árbitro mejor que tú.
Nirian resopló, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá.
—Siempre suenas como un villano de película cuando te pones filosófico.
Yo solo quería ganar un maldito partido jugando limpio.
Una levísima curva, un intento de sonrisa que apenas duró un segundo,
apareció en los labios de Aezel. Se puso de pie con un movimiento fluido y
silencioso, se acercó a su hermano y le dio un suave golpe en el
hombro.
—Ve a ducharte. Mamá llegará pronto y odia que llenes la alfombra de
barro. Y para el próximo partido, no te concentres en la pelota...
concéntrate en los puntos ciegos del árbitro.
Nirian soltó una carcajada breve, sintiendo cómo la furia abandonaba su
cuerpo. Aezel siempre tenía el mundo resuelto. Era su roca, una estructura
inquebrantable en la que siempre podía confiar.
Lo que Nirian no podía saber en ese momento, era que esa misma noche, la
estructura mental de su hermano se haría pedazos.
Horas más tarde, de madrugada, Aezel abriría un archivo encriptado en las
profundidades de la red que no estaba destinado a ser visto por ojos
humanos. El descubrimiento que fracturaría su alma para siempre.
El reloj digital sobre el escritorio de Aezel marcó las 3:14 a.
m.
La casa de los Astor estaba sumida en un silencio sepulcral,
interrumpido únicamente por el rítmico zumbido de los ventiladores de la
inmensa torre de procesamiento que Aezel había ensamblado con sus
propias manos. Su habitación, habitualmente ordenada de forma clínica,
estaba a oscuras, iluminada solo por el resplandor fantasmagórico de
tres monitores curvos de alta resolución.
Aezel llevaba más de setenta y dos horas sin dormir, sostenido por
tazas de café negro que ya se habían enfriado y una concentración que
rozaba lo inhumano. Durante los últimos tres meses, había estado
rastreando una anomalía en la red global. Lo que comenzó como un simple
ejercicio de criptografía para probar sus habilidades, se había
convertido en una obsesión devoradora. Había encontrado un eco de datos
masivos. Un flujo de información oculto bajo la infraestructura misma de
la internet superficial, la Deep Web e incluso las redes militares
cerradas. Era una arquitectura digital que, sencillamente, no debería
existir.
Sus largos dedos volaban sobre el teclado mecánico, el sonido de las
teclas amortiguado por su velocidad casi imperceptible. Estaba
atravesando la séptima y última capa de un cortafuegos que no tenía
firma humana ni lógica convencional. El código era fractal, mutaba cada
fracción de segundo, defendiéndose como un organismo vivo. Pero el
cerebro de Aezel estaba diseñado para encontrar patrones donde el resto
del mundo solo veía caos absoluto.
—Jaque mate —susurró Aezel, su voz apenas un hilo de aire frío en la
habitación vacía.
Presionó la tecla Enter.
Las tres pantallas parpadearon al unísono y luego se volvieron de un
blanco cegador.
El cortafuegos colapsó. Aezel se inclinó hacia adelante, entrecerrando
los ojos, su rostro de mármol tenso por la anticipación. Cuando el
resplandor blanco se disipó, no apareció una base de datos del gobierno.
No había archivos clasificados de inteligencia, ni secretos militares
convencionales.
Lo que apareció en la pantalla central fue un simple y único archivo.
Sin nombre, sin formato reconocible y sin rastro de autoría.
Aezel movió el ratón con precisión milimétrica y lo abrió.
Durante los siguientes quince minutos, el prodigio que nunca perdía la
calma, el hermano mayor inquebrantable que siempre tenía una respuesta
para todo, dejó de existir.
La luz cambiante del monitor se reflejó en sus pupilas dilatadas. Nadie
sabría jamás qué fue exactamente lo que sus oscuros ojos leyeron, ni qué
imágenes se proyectaron en esas pantallas durante aquella madrugada
solitaria. Pero la verdad que se descargó en su mente fue tan
infinitamente oscura, tan incomprensiblemente terrible, que destrozó
cada paradigma, cada ley física que había estudiado y cada creencia
sobre el futuro de su familia.
Todo lo que la humanidad creía saber sobre sí misma era una farsa. Un
espejismo macabro. Un escenario montado sobre un abismo.
Una presión aplastante le cerró la garganta. Por primera vez en toda
su vida, Aezel Astor sintió verdadero, puro y absoluto terror.
El aire escapó de sus pulmones en un jadeo rasposo, como si de pronto
hubiera olvidado cómo respirar. Sus manos, siempre firmes como las de
un cirujano experimentado, comenzaron a temblar violentamente. Intentó
apartar la vista de la pantalla, pero no pudo. Lo que estaba viendo lo
clavó en su silla, envenenando su mente brillante con una realidad que
nadie más en la Tierra podría soportar sin perder la cordura en el
acto.
De repente, una oleada de náuseas subió por su estómago con la fuerza
de un golpe físico.
Aezel se puso en pie de un salto, tirando la pesada silla de
escritorio hacia atrás con un estruendo sordo que resonó en el
silencio de la casa. Se tapó la boca con ambas manos, tropezó
ciegamente en la oscuridad de su habitación, chocando contra el marco
de la puerta, y entró a su baño privado. Cayó de rodillas frente al
inodoro y vomitó hasta que sintió que las entrañas le ardían y no le
quedó nada más que bilis.
El frío del suelo de baldosas contra sus rodillas era lo único real a
lo que podía aferrarse. Apoyó la frente contra la porcelana helada,
temblando incontrolablemente, con el sudor frío empapando su frente.
Su mente brillante estaba colapsando bajo el peso de la revelación. Si
esa información salía a la luz, el mundo enloquecería en cuestión de
horas. Las sociedades se harían pedazos. El caos sería absoluto.
Pero si no hacía nada... si permitía que la rueda siguiera girando, el
destino que aguardaba a la humanidad —a su madre, a su padre, a
Nirian— era infinitamente peor que cualquier infierno imaginable.
—Tengo que apagarlo... —murmuró entre arcadas, con lágrimas frías y
silenciosas resbalando por sus mejillas pálidas—. Tengo que borrarlo
todo.
Un suave pero claro golpe en la puerta de su habitación lo congeló en
el acto.
—¿Aezel? —La voz somnolienta y cargada de preocupación de Nirian sonó
desde el pasillo—. Escuché un golpe fortísimo... ¿Estás bien?
El pánico atravesó a Aezel como una corriente eléctrica de alto
voltaje. Miró su reflejo en el espejo del baño: estaba pálido como un
cadáver, cubierto de sudor frío, con los ojos inyectados en sangre y
una expresión de horror puro. Era un monstruo acorralado.
No puede saberlo. Nadie puede saberlo. Los destrozaría al instante.
Con un esfuerzo sobrehumano, un acto de voluntad que requirió reunir
cada fragmento de su intelecto, Aezel cerró los ojos y obligó a su
ritmo cardíaco a disminuir. Inhaló profundamente por la nariz,
bloqueando la información recién adquirida, construyendo un muro
mental de acero fundido alrededor del abismo que acababa de descubrir.
Abrió la llave del lavabo, se enjuagó el rostro con agua helada y se
secó con rudeza con una toalla.
Cuando salió del baño y abrió la puerta de su habitación, la
inquebrantable máscara de hielo estaba de nuevo en su lugar.
Nirian estaba de pie en el pasillo, descalzo, frotándose los ojos
bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Llevaba
una camiseta arrugada y el cabello revuelto.
—Hermano, son más de las tres de la mañana —dijo el menor, tratando
de enfocar la vista en la penumbra—. ¿Te caíste? Pareces enfermo.
Aezel bloqueó instintivamente la línea de visión hacia sus monitores
utilizando su propio cuerpo. Se apoyó casualmente en el marco de la
puerta y esbozó esa pequeñísima y controlada sonrisa que siempre
usaba para calmar las ansiedades de Nirian. Su voz salió serena,
modulada, impecablemente perfecta.
—Estoy bien, Nirian. Disculpa haberte despertado con el ruido. Me
levanté demasiado rápido para estirar las piernas y tropecé con la
pata de la silla. Estaba repasando unos últimos cálculos para la
universidad y me distraje.
Nirian frunció el ceño, no del todo convencido por la fluida
explicación. Dio un paso más cerca, sintiendo el aire frío que
emanaba de la habitación.
—Estás helado. Y estás temblando, Aezel.
Antes de que Nirian pudiera hacer otra pregunta, o peor aún,
asomarse para ver las pantallas encendidas, Aezel hizo algo que dejó
a su hermano menor completamente paralizado por la sorpresa.
Dio un paso al frente y lo abrazó.
No fue un abrazo casual. Fue un agarre firme, profundo y
silenciosamente desesperado. Aezel hundió el rostro en el hombro de
su hermano menor, cerrando los ojos con una fuerza que le dolió.
Nirian, desconcertado por un contacto físico tan inusual y
vulnerable en su siempre distante y lógico hermano, tardó un segundo
entero en corresponder el gesto, palpándole la espalda con torpeza.
—¿Aezel...? En serio me estás asustando ahora. ¿Qué pasa? —preguntó
Nirian, con la voz repentinamente temblorosa, sintiendo el corazón
de su hermano latir desbocado contra su pecho.
—Nada, enano. No pasa nada —murmuró Aezel. Cada sílaba le desgarraba
la garganta, porque sabía con absoluta certeza que era la última vez
en su vida que le mentiría de esa forma—. Ve a dormir. Tienes
escuela mañana y necesitas descansar. Te prometo que todo estará
bien. Yo me encargaré de todo. Siempre lo hago, ¿verdad?
Nirian asintió lentamente contra su hombro, dejándose reconfortar
por esa promesa.
—Sí... Siempre lo haces. Descansa tú también, ¿sí? Pareces un zombi
de esas películas que odias.
Aezel lo soltó suavemente, dándole una palmada tranquilizadora en el
hombro, y se quedó en el marco de la puerta viendo a su hermano
menor caminar de regreso por el pasillo oscuro hasta que entró en su
propia habitación.
Una vez que escuchó el clic de la puerta de Nirian cerrarse, Aezel
dio media vuelta y volvió a su escritorio.
La pantalla central seguía brillando con el archivo abierto, como un
ojo divino e indiferente observándolo desde la profundidad de la
red. Pero al mirar el monitor esta vez, ya no había terror en la
mirada de Aezel Astor. El miedo primitivo había sido reemplazado por
una resolución fría, cortante, matemática y absolutamente letal.
Sabía exactamente lo que tenía que hacer.
Si la existencia humana era esa farsa macabra, si el destino que los
aguardaba era ese pozo de oscuridad ineludible, él no permitiría que
sucediera. Él mismo se convertiría en el punto y final. Él cargaría
con el pecado imborrable, absorbería el odio eterno de su hermano y
se empaparía con la sangre de miles de millones, todo para destruir
el tablero antes de que el juego terminara por sí solo.
Aezel levantó la mano derecha y, con un simple clic, cerró el
archivo y comenzó a encriptar los datos bajo algoritmos que nadie
más podría descifrar.
Esa fue la última noche que Aezel Astor durmió en esa casa. Dos
meses después, bajo una noche de tormenta, el coche que conducía
caería por un acantilado escarpado y estallaría en llamas, dejándolo
sin familia, sin nombre y totalmente libre para convertirse, cinco
años más tarde, en el verdugo del mundo.
Capítulo siguiente