El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - Capítulo 2: "El cielo en llamas"


El rostro de Aezel desapareció de la pantalla, dejando tras de sí un zumbido de estática que parecía taladrar los tímpanos. Luego, la señal internacional de emergencia cortó la estática con un pitido agudo y monótono. Un texto rojo parpadeaba sobre un fondo negro: ALERTA DE IMPACTO NUCLEAR INMINENTE. BUSQUE REFUGIO INMEDIATO. ESTO NO ES UN SIMULACRO.

En la sala de los Astor, el tiempo parecía haberse congelado, pero el mundo exterior se estaba desmoronando a una velocidad vertiginosa.

Las sirenas antiaéreas, reliquias de la Guerra Fría que la ciudad nunca pensó que volvería a usar, aullaban con una cadencia fantasmal, cortando la noche en pedazos.

Nirian seguía de pie frente al televisor. El pitido de la alarma de emergencia le zumbaba en los oídos, compitiendo con el latido desbocado de su propio corazón. Su mente, habitualmente rápida y pragmática, estaba atrapada en un bucle de negación absoluta.

Es él. Está vivo. Nos mintió. Va a matarnos a todos.

—¡No! —El grito desgarrador de su madre rompió el hechizo. Estaba arrodillada en la alfombra, tirándose del cabello, con los ojos desorbitados—. ¡No es él! ¡Es un truco, tiene que ser un montaje! ¡Mi hijo está muerto! ¡Lo enterramos, Arthur, lo enterramos!


El padre de Nirian, Arthur, seguía pegado a la pared, pálido como el mármol. Temblaba de pies a cabeza, incapaz de articular una sola palabra. En el sofá contiguo, los abuelos se aferraban el uno al otro; el abuelo murmuraba una oración ininteligible mientras miraba la pantalla roja con ojos vidriosos.

El instinto de supervivencia, crudo y primitivo, golpeó a Nirian como un balde de agua helada. La parálisis se desvaneció, reemplazada por una descarga de adrenalina pura que le quemó las venas. Ya no había tiempo para llorar al hermano que había regresado de la tumba. Si se quedaban allí, se convertirían en cenizas.

—¡Papá, reacciona! —rugió Nirian, girándose hacia él y agarrándolo por los hombros. Lo sacudió con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Tenemos que irnos! ¡Ahora!

Arthur parpadeó lentamente, como si despertara de un sueño profundo.

—Nirian... los misiles... Aezel...

—¡Olvídate de Aezel! —gritó Nirian, aunque pronunciar el nombre le dolió en el pecho como una puñalada—. ¡No hay tiempo! ¡Toma las llaves de la camioneta!

Nirian soltó a su padre, quien finalmente pareció conectar con la realidad y corrió tropezando hacia el recibidor. Nirian se agachó junto a su madre, tomándola por los brazos para ponerla de pie. Ella se resistía, sollozando, con la mirada perdida en la estática del televisor.

—Mamá, mírame. ¡Mírame! —Nirian le sujetó el rostro con ambas manos, obligándola a clavar sus ojos bañados en lágrimas en los suyos avellana—. Tenemos que sacar a los abuelos de aquí. Te necesito fuerte. ¿Me escuchas? ¡Te necesito ahora!


El tono autoritario y desesperado de Nirian surtió efecto. Su madre tragó aire de golpe, asintió frenéticamente y corrió hacia el sofá para ayudar a los ancianos a levantarse.

Afuera, la calle residencial que minutos antes era un remanso de paz, se había convertido en un infierno de pánico humano. A través de la ventana, Nirian vio a sus vecinos corriendo sin rumbo. Los motores de los autos rugían, los neumáticos chirriaban contra el asfalto. Hubo un estruendo metálico cuando un sedán chocó contra una camioneta que intentaba salir marcha atrás de su entrada. La gente gritaba, cargando cajas, niños, mascotas. Era el caos absoluto de una especie que acababa de descubrir que tenía los minutos contados.

Nirian corrió hacia la cocina, abrió los gabinetes a tirones y empezó a meter todo lo que encontró en una mochila de senderismo que siempre guardaban allí: botellas de agua, latas de conservas, un botiquín de primeros auxilios, linternas. Sus manos se movían por instinto, rápidas y precisas.

De repente, la casa entera tembló.

No fue un terremoto. Fue una vibración profunda, un ronroneo de baja frecuencia que hizo vibrar los cristales de las ventanas y los platos dentro de las alacenas. Nirian se detuvo en seco, con una lata de frijoles en la mano.

Ya están cayendo.

—¡A la camioneta! ¡Todos! —bramó Nirian, colgándose la pesada mochila al hombro y corriendo hacia la puerta principal.

Salieron a trompicones al aire helado de la noche. El cielo, que debería haber estado negro y salpicado de estrellas, tenía un extraño y enfermizo tinte anaranjado hacia el horizonte este. La capital del país, a unos cien kilómetros de distancia, era el objetivo lógico.

Arthur ya había encendido la camioneta todoterreno de la familia. El motor rugía con impaciencia. La madre de Nirian empujó a los abuelos hacia los asientos traseros con una fuerza nacida de la histeria, cerrando la puerta de un portazo. Nirian saltó al asiento del copiloto justo cuando su padre pisaba el acelerador.

El vehículo salió disparado hacia la calle, esquivando por milímetros a un vecino que corría desorientado por el medio del asfalto.


—¿Hacia dónde, Arthur? ¿Hacia dónde vamos? —gritó la madre desde el asiento trasero, abrazando a los abuelos que temblaban en silencio.

—¡A las montañas! —respondió el padre, con los nudillos blancos aferrados al volante, los ojos muy abiertos reflejando el pánico de las luces de los otros autos—. La cabaña del tío Robert. Está lejos de la ciudad, hay un sótano...

—¡Cuidado! —gritó Nirian.

Un auto cruzó la intersección sin respetar el semáforo (que ya había dejado de funcionar, parpadeando en rojo). Arthur dio un volantazo brutal. La camioneta patinó, los neumáticos aullaron, y lograron estabilizarse apenas rozando un buzón de correo que salió volando por los aires.

La carretera principal era un río de metal estancado. Cientos de luces traseras rojas brillaban en la oscuridad. Nadie avanzaba. Todos habían tenido la misma idea: huir de los centros urbanos. El sonido ensordecedor de cientos de bocinas se mezclaba con las sirenas que no dejaban de aullar desde las torres de la ciudad.

—Maldita sea... —susurró Arthur, golpeando el volante con desesperación—. Estamos atrapados. No vamos a salir.

Nirian miró por la ventana, viendo los rostros aterrorizados de las personas en los vehículos contiguos. Algunos rezaban, otros lloraban golpeando el tablero, y otros simplemente miraban al cielo, esperando la muerte.

En ese instante, la radio de la camioneta, que solo emitía estática, cobró vida con una voz que hizo que a Nirian se le helara la sangre en las venas. No era una transmisión de emergencia del gobierno. Era él.

—El primer impacto ha sido confirmado —La voz de Aezel, fría, incorruptible y perfecta, llenó la cabina del vehículo, colándose por todas las frecuencias de radio civiles—. Londres, Washington y Moscú han dejado de existir. La purificación ha comenzado.

—¡Apaga eso! —gritó la madre de Nirian tapándose los oídos—. ¡Apágalo, por Dios!

Nirian golpeó el botón de la radio hasta hundirlo, cortando la transmisión. Su respiración era agitada. Miró hacia el este.

El horizonte anaranjado desapareció de golpe.

Fue reemplazado por un destello blanco. Un fogonazo de luz tan puro, tan absoluto y cegador, que por un instante, la noche entera se convirtió en pleno mediodía. Nirian tuvo que cubrirse los ojos con el antebrazo. El resplandor iluminó cada hoja de los árboles, cada rostro petrificado en la carretera, pintando el mundo con sombras nítidas y antinaturales.

Y entonces, el mundo entero se quedó en el más absoluto y sepulcral silencio.

Las sirenas callaron. Los motores de los autos se apagaron simultáneamente. Las luces de los faros, los postes de luz, los semáforos y los teléfonos móviles murieron en el mismo milisegundo.

El Pulso Electromagnético de la detonación a gran altitud había frito cualquier circuito no protegido en un radio de cientos de kilómetros.


Nirian bajó el brazo lentamente. La camioneta de su padre estaba muerta. La carretera estaba sumida en una oscuridad opresiva, iluminada únicamente por el monstruoso pilar de fuego y humo que comenzaba a alzarse en la lejanía, desgarrando la atmósfera.

Sabía lo que venía después de la luz.

—¡Cúbranse! —bramó Nirian, girándose en su asiento hacia su familia—. ¡Agáchense, ahora! ¡Viene la onda expansiva!

La advertencia de Nirian apenas abandonó sus labios cuando el mundo pareció desgarrarse por la mitad.

No fue solo un sonido; fue una barrera física de aire súper comprimido que viajaba a velocidad supersónica. La onda expansiva golpeó el mar de vehículos atascados en la autopista con la fuerza de un huracán de concreto sólido.

La pesada camioneta todoterreno de los Astor se sacudió violentamente, levantándose unos centímetros del asfalto. Las ventanillas se curvaron hacia adentro durante una fracción de segundo antes de explotar simultáneamente en miles de diamantes irregulares.

Nirian se arrojó sobre sus propias rodillas, cruzando los brazos sobre la cabeza para protegerse el rostro. El rugido ensordecedor de la detonación le perforó los tímpanos, un sonido tan masivo y grave que dejó de ser ruido para convertirse en pura y agónica presión física. El metal de la camioneta crujió y chilló horriblemente al ser empujada lateralmente contra el sedán de la izquierda.

Y luego, el viento infernal pasó de largo.

Lo que quedó atrás fue un zumbido agudo y persistente en los oídos, salpicado por una sinfonía desquiciada de alarmas de autos que no habían sido fritas por el pulso, gritos humanos y el crujir de incendios distantes.

Nirian se desenrolló lentamente. Escupió una mezcla de polvo de vidrio y sangre de un labio partido. Su complexión robusta había soportado el impacto sin huesos rotos.


—¡Papá! ¡Mamá! —gritó, aunque su propia voz le sonó ahogada. Se giró bruscamente en el asiento.

Arthur estaba desplomado sobre el volante, aturdido, con un fino hilo de sangre bajando por su frente donde se había golpeado contra la visera. Pero su pecho subía y bajaba. En el asiento trasero, la madre de Nirian lloraba a gritos, con los brazos envueltos ferozmente alrededor de los abuelos. Los ancianos estaban cubiertos de guijarros de cristal brillante, pero milagrosamente intactos gracias al escudo humano que ella había formado.

—Estamos... estamos vivos —tosió Arthur, incorporándose torpemente y limpiándose la sangre de los ojos con el dorso de la mano.

Nirian no perdió ni un segundo en celebrar. Miró a través de lo que quedaba de su ventanilla. La carretera era un cementerio de metal muerto. Algunos vehículos más ligeros habían volcado. Decenas de personas tropezaban fuera de sus autos como fantasmas desorientados, cubiertos de polvo y sangre, gritando nombres hacia la oscuridad.

El cielo hacia el este ya no era de noche. Era una monstruosa herida hirviente de color púrpura, negro y naranja. Una gigantesca nube en forma de hongo, tan colosal que parecía tocar la estratosfera misma, dominaba el horizonte. El pulso electromagnético había matado la camioneta. La carretera estaba bloqueada por miles de autos muertos.

Nirian humedeció su dedo índice y lo levantó hacia el marco roto de la ventana.

El viento soplaba hacia el suroeste. Venía directamente desde la zona de la explosión hacia ellos. La lluvia radiactiva, las cenizas mortales de millones de vidas incineradas, estarían cayendo sobre sus cabezas en menos de una hora.

—No podemos quedarnos aquí —dictaminó Nirian. Su voz había perdido cualquier rastro del adolescente impulsivo del pasado. Era fría, dura y absoluta. Era la voz de un sobreviviente.

—¿Qué? El auto no enciende, Nirian, estamos más seguros adentro de la cabina... —sollozó su madre, aferrándose al abuelo.

—¡Esto es un ataúd de metal, mamá! —replicó Nirian. El tono fue áspero, pero necesitaba romper el estado de shock de su familia—. El pulso electromagnético quemó el motor, al igual que los de todos los demás. Nadie va a salir manejando de aquí. Si nos quedamos, la radiación nos va a alcanzar o la gente se va a matar entre sí por una botella de agua en un par de horas. Tenemos que movernos. A pie.

Arthur miró a su hijo menor. A través de la penumbra y los destellos de los fuegos lejanos, vio los ojos avellana de Nirian. Ya no había rastro del chico que jugaba al fútbol. Estaban endurecidos, implacables. Arthur asintió lentamente, tragando saliva.

—Tiene razón. Salgan del auto. Con cuidado con los cristales cortados.

Nirian agarró la pesada mochila de senderismo que había llenado en la cocina y se la echó a sus anchos hombros. El peso en su espalda lo ancló a la realidad. Pateó la puerta atascada hasta abrirla y bajó al asfalto. El aire ya olía a ozono, plástico quemado y cobre. Era el inconfundible hedor del fin del mundo.

Ayudó a su padre a sacar a los abuelos. El anciano cojeaba levemente, y la abuela parecía estar en un estado de mutismo por el terror, pero ambos podían caminar.

A su alrededor, el tejido de la sociedad moderna se estaba desintegrando por segundos. Un hombre de traje le gritaba a una mujer, intentando arrebatarle una caja de suministros médicos de su baúl. Más adelante, resonó el estallido seco de un disparo al aire. El pánico era un virus mucho más rápido que la radiación.

—Por aquí —Nirian señaló el empinado terraplén boscoso a la derecha de la autopista—. Bajaremos por la colina hacia el bosque y seguiremos las viejas vías del tren de carga hacia el oeste. Evitaremos las carreteras principales a toda costa.

—Está muy oscuro, Nirian, tu abuelo apenas puede ver dónde pisa —suplicó su madre, sosteniendo el brazo del anciano.

Nirian metió la mano en un bolsillo lateral de su mochila y sacó una linterna táctica militar de carcasa pesada. Era analógica, un viejo modelo de dinamo y batería química, sin circuitos complejos que el pulso pudiera destruir. La encendió con un chasquido. Un potente haz de luz amarilla cortó la oscuridad del bosque.

—Yo los guiaré —dijo con firmeza.

Mientras sus padres y abuelos comenzaban a descender con torpeza por la hierba alta, alejándose del caos sangriento de la autopista, Nirian se detuvo un último segundo en el borde del asfalto.

Se giró para mirar hacia el horizonte este una vez más. La nube de hongo seguía expandiéndose, brillando con su propia luz demoníaca. Un monumento incandescente a la locura de su hermano. Millones de vidas extinguidas en un parpadeo, todo orquestado por las mismas manos largas y pálidas que le habían ayudado a estudiar matemáticas en la sala de su casa.

La inmensidad de la traición amenazó con aplastarle el pecho, pero Nirian cerró los puños. La mandíbula se le tensó hasta que le dolieron los dientes.

Aezel Astor, el frío y perfecto prodigio, había declarado la guerra a la raza humana. Pero Aezel había cometido un único y fatal error de cálculo: había dejado vivo a su hermano menor.

—Te voy a encontrar —susurró Nirian al cielo en llamas, con los ojos avellana reflejando el fuego del apocalipsis—. Juro por Dios que te voy a cazar, Aezel.

Le dio la espalda al fuego y descendió hacia el oscuro bosque. La Segunda Guerra Mundial acababa de comenzar.



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