El rostro de Aezel desapareció de la pantalla, dejando tras de sí un
zumbido de estática que parecía taladrar los tímpanos. Luego, la señal
internacional de emergencia cortó la estática con un pitido agudo y
monótono. Un texto rojo parpadeaba sobre un fondo negro:
ALERTA DE IMPACTO NUCLEAR INMINENTE. BUSQUE REFUGIO INMEDIATO. ESTO NO
ES UN SIMULACRO.
En la sala de los Astor, el tiempo parecía haberse congelado, pero el
mundo exterior se estaba desmoronando a una velocidad vertiginosa.
Las sirenas antiaéreas, reliquias de la Guerra Fría que la ciudad nunca
pensó que volvería a usar, aullaban con una cadencia fantasmal, cortando
la noche en pedazos.
Nirian seguía de pie frente al televisor. El pitido de la alarma de
emergencia le zumbaba en los oídos, compitiendo con el latido desbocado de
su propio corazón. Su mente, habitualmente rápida y pragmática, estaba
atrapada en un bucle de negación absoluta.
Es él. Está vivo. Nos mintió. Va a matarnos a todos.
—¡No! —El grito desgarrador de su madre rompió el hechizo. Estaba
arrodillada en la alfombra, tirándose del cabello, con los ojos
desorbitados—. ¡No es él! ¡Es un truco, tiene que ser un montaje! ¡Mi hijo
está muerto! ¡Lo enterramos, Arthur, lo enterramos!
El padre de Nirian, Arthur, seguía pegado a la pared, pálido como el
mármol. Temblaba de pies a cabeza, incapaz de articular una sola palabra.
En el sofá contiguo, los abuelos se aferraban el uno al otro; el abuelo
murmuraba una oración ininteligible mientras miraba la pantalla roja con
ojos vidriosos.
El instinto de supervivencia, crudo y primitivo, golpeó a Nirian como un
balde de agua helada. La parálisis se desvaneció, reemplazada por una
descarga de adrenalina pura que le quemó las venas. Ya no había tiempo
para llorar al hermano que había regresado de la tumba. Si se quedaban
allí, se convertirían en cenizas.
—¡Papá, reacciona! —rugió Nirian, girándose hacia él y agarrándolo por
los hombros. Lo sacudió con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Tenemos
que irnos! ¡Ahora!
Arthur parpadeó lentamente, como si despertara de un sueño
profundo.
—Nirian... los misiles... Aezel...
—¡Olvídate de Aezel! —gritó Nirian, aunque pronunciar el nombre le dolió
en el pecho como una puñalada—. ¡No hay tiempo! ¡Toma las llaves de la
camioneta!
Nirian soltó a su padre, quien finalmente pareció conectar con la
realidad y corrió tropezando hacia el recibidor. Nirian se agachó junto a
su madre, tomándola por los brazos para ponerla de pie. Ella se resistía,
sollozando, con la mirada perdida en la estática del televisor.
—Mamá, mírame. ¡Mírame! —Nirian le sujetó el rostro con ambas manos,
obligándola a clavar sus ojos bañados en lágrimas en los suyos avellana—.
Tenemos que sacar a los abuelos de aquí. Te necesito fuerte. ¿Me escuchas?
¡Te necesito ahora!
El tono autoritario y desesperado de Nirian surtió efecto. Su madre tragó
aire de golpe, asintió frenéticamente y corrió hacia el sofá para ayudar a
los ancianos a levantarse.
Afuera, la calle residencial que minutos antes era un remanso de paz, se
había convertido en un infierno de pánico humano. A través de la ventana,
Nirian vio a sus vecinos corriendo sin rumbo. Los motores de los autos
rugían, los neumáticos chirriaban contra el asfalto. Hubo un estruendo
metálico cuando un sedán chocó contra una camioneta que intentaba salir
marcha atrás de su entrada. La gente gritaba, cargando cajas, niños,
mascotas. Era el caos absoluto de una especie que acababa de descubrir que
tenía los minutos contados.
Nirian corrió hacia la cocina, abrió los gabinetes a tirones y empezó a
meter todo lo que encontró en una mochila de senderismo que siempre
guardaban allí: botellas de agua, latas de conservas, un botiquín de
primeros auxilios, linternas. Sus manos se movían por instinto, rápidas y
precisas.
De repente, la casa entera tembló.
No fue un terremoto. Fue una vibración profunda, un ronroneo de baja
frecuencia que hizo vibrar los cristales de las ventanas y los platos
dentro de las alacenas. Nirian se detuvo en seco, con una lata de frijoles
en la mano.
Ya están cayendo.
—¡A la camioneta! ¡Todos! —bramó Nirian, colgándose la pesada mochila al
hombro y corriendo hacia la puerta principal.
Salieron a trompicones al aire helado de la noche. El cielo, que debería
haber estado negro y salpicado de estrellas, tenía un extraño y enfermizo
tinte anaranjado hacia el horizonte este. La capital del país, a unos cien
kilómetros de distancia, era el objetivo lógico.
Arthur ya había encendido la camioneta todoterreno de la familia. El
motor rugía con impaciencia. La madre de Nirian empujó a los abuelos hacia
los asientos traseros con una fuerza nacida de la histeria, cerrando la
puerta de un portazo. Nirian saltó al asiento del copiloto justo cuando su
padre pisaba el acelerador.
El vehículo salió disparado hacia la calle, esquivando por milímetros a
un vecino que corría desorientado por el medio del asfalto.
—¿Hacia dónde, Arthur? ¿Hacia dónde vamos? —gritó la madre desde el
asiento trasero, abrazando a los abuelos que temblaban en silencio.
—¡A las montañas! —respondió el padre, con los nudillos blancos aferrados
al volante, los ojos muy abiertos reflejando el pánico de las luces de los
otros autos—. La cabaña del tío Robert. Está lejos de la ciudad, hay un
sótano...
—¡Cuidado! —gritó Nirian.
Un auto cruzó la intersección sin respetar el semáforo (que ya había
dejado de funcionar, parpadeando en rojo). Arthur dio un volantazo brutal.
La camioneta patinó, los neumáticos aullaron, y lograron estabilizarse
apenas rozando un buzón de correo que salió volando por los aires.
La carretera principal era un río de metal estancado. Cientos de luces
traseras rojas brillaban en la oscuridad. Nadie avanzaba. Todos habían
tenido la misma idea: huir de los centros urbanos. El sonido ensordecedor
de cientos de bocinas se mezclaba con las sirenas que no dejaban de aullar
desde las torres de la ciudad.
—Maldita sea... —susurró Arthur, golpeando el volante con desesperación—.
Estamos atrapados. No vamos a salir.
Nirian miró por la ventana, viendo los rostros aterrorizados de las
personas en los vehículos contiguos. Algunos rezaban, otros lloraban
golpeando el tablero, y otros simplemente miraban al cielo, esperando la
muerte.
En ese instante, la radio de la camioneta, que solo emitía estática,
cobró vida con una voz que hizo que a Nirian se le helara la sangre en las
venas. No era una transmisión de emergencia del gobierno. Era él.
—El primer impacto ha sido confirmado —La voz de Aezel, fría,
incorruptible y perfecta, llenó la cabina del vehículo, colándose por
todas las frecuencias de radio civiles—. Londres, Washington y Moscú han
dejado de existir. La purificación ha comenzado.
—¡Apaga eso! —gritó la madre de Nirian tapándose los oídos—. ¡Apágalo,
por Dios!
Nirian golpeó el botón de la radio hasta hundirlo, cortando la
transmisión. Su respiración era agitada. Miró hacia el este.
El horizonte anaranjado desapareció de golpe.
Fue reemplazado por un destello blanco. Un fogonazo de luz tan puro, tan
absoluto y cegador, que por un instante, la noche entera se convirtió en
pleno mediodía. Nirian tuvo que cubrirse los ojos con el antebrazo. El
resplandor iluminó cada hoja de los árboles, cada rostro petrificado en la
carretera, pintando el mundo con sombras nítidas y antinaturales.
Y entonces, el mundo entero se quedó en el más absoluto y sepulcral
silencio.
Las sirenas callaron. Los motores de los autos se apagaron
simultáneamente. Las luces de los faros, los postes de luz, los semáforos
y los teléfonos móviles murieron en el mismo milisegundo.
El Pulso Electromagnético de la detonación a gran altitud había frito
cualquier circuito no protegido en un radio de cientos de
kilómetros.
Nirian bajó el brazo lentamente. La camioneta de su padre estaba muerta.
La carretera estaba sumida en una oscuridad opresiva, iluminada únicamente
por el monstruoso pilar de fuego y humo que comenzaba a alzarse en la
lejanía, desgarrando la atmósfera.
Sabía lo que venía después de la luz.
—¡Cúbranse! —bramó Nirian, girándose en su asiento hacia su familia—.
¡Agáchense, ahora! ¡Viene la onda expansiva!
La advertencia de Nirian apenas abandonó sus labios cuando el mundo
pareció desgarrarse por la mitad.
No fue solo un sonido; fue una barrera física de aire súper comprimido
que viajaba a velocidad supersónica. La onda expansiva golpeó el mar de
vehículos atascados en la autopista con la fuerza de un huracán de
concreto sólido.
La pesada camioneta todoterreno de los Astor se sacudió violentamente,
levantándose unos centímetros del asfalto. Las ventanillas se curvaron
hacia adentro durante una fracción de segundo antes de explotar
simultáneamente en miles de diamantes irregulares.
Nirian se arrojó sobre sus propias rodillas, cruzando los brazos sobre la
cabeza para protegerse el rostro. El rugido ensordecedor de la detonación
le perforó los tímpanos, un sonido tan masivo y grave que dejó de ser
ruido para convertirse en pura y agónica presión física. El metal de la
camioneta crujió y chilló horriblemente al ser empujada lateralmente
contra el sedán de la izquierda.
Y luego, el viento infernal pasó de largo.
Lo que quedó atrás fue un zumbido agudo y persistente en los oídos,
salpicado por una sinfonía desquiciada de alarmas de autos que no habían
sido fritas por el pulso, gritos humanos y el crujir de incendios
distantes.
Nirian se desenrolló lentamente. Escupió una mezcla de polvo de vidrio y
sangre de un labio partido. Su complexión robusta había soportado el
impacto sin huesos rotos.
—¡Papá! ¡Mamá! —gritó, aunque su propia voz le sonó ahogada. Se giró
bruscamente en el asiento.
Arthur estaba desplomado sobre el volante, aturdido, con un fino hilo de
sangre bajando por su frente donde se había golpeado contra la visera.
Pero su pecho subía y bajaba. En el asiento trasero, la madre de Nirian
lloraba a gritos, con los brazos envueltos ferozmente alrededor de los
abuelos. Los ancianos estaban cubiertos de guijarros de cristal brillante,
pero milagrosamente intactos gracias al escudo humano que ella había
formado.
—Estamos... estamos vivos —tosió Arthur, incorporándose torpemente y
limpiándose la sangre de los ojos con el dorso de la mano.
Nirian no perdió ni un segundo en celebrar. Miró a través de lo que
quedaba de su ventanilla. La carretera era un cementerio de metal muerto.
Algunos vehículos más ligeros habían volcado. Decenas de personas
tropezaban fuera de sus autos como fantasmas desorientados, cubiertos de
polvo y sangre, gritando nombres hacia la oscuridad.
El cielo hacia el este ya no era de noche. Era una monstruosa herida
hirviente de color púrpura, negro y naranja. Una gigantesca nube en forma
de hongo, tan colosal que parecía tocar la estratosfera misma, dominaba el
horizonte. El pulso electromagnético había matado la camioneta. La
carretera estaba bloqueada por miles de autos muertos.
Nirian humedeció su dedo índice y lo levantó hacia el marco roto de la
ventana.
El viento soplaba hacia el suroeste. Venía directamente desde la zona de
la explosión hacia ellos. La lluvia radiactiva, las cenizas mortales de
millones de vidas incineradas, estarían cayendo sobre sus cabezas en menos
de una hora.
—No podemos quedarnos aquí —dictaminó Nirian. Su voz había perdido
cualquier rastro del adolescente impulsivo del pasado. Era fría, dura y
absoluta. Era la voz de un sobreviviente.
—¿Qué? El auto no enciende, Nirian, estamos más seguros adentro de la
cabina... —sollozó su madre, aferrándose al abuelo.
—¡Esto es un ataúd de metal, mamá! —replicó Nirian. El tono fue áspero,
pero necesitaba romper el estado de shock de su familia—. El pulso
electromagnético quemó el motor, al igual que los de todos los demás.
Nadie va a salir manejando de aquí. Si nos quedamos, la radiación nos va a
alcanzar o la gente se va a matar entre sí por una botella de agua en un
par de horas. Tenemos que movernos. A pie.
Arthur miró a su hijo menor. A través de la penumbra y los destellos de
los fuegos lejanos, vio los ojos avellana de Nirian. Ya no había rastro
del chico que jugaba al fútbol. Estaban endurecidos, implacables. Arthur
asintió lentamente, tragando saliva.
—Tiene razón. Salgan del auto. Con cuidado con los cristales
cortados.
Nirian agarró la pesada mochila de senderismo que había llenado en la
cocina y se la echó a sus anchos hombros. El peso en su espalda lo ancló a
la realidad. Pateó la puerta atascada hasta abrirla y bajó al asfalto. El
aire ya olía a ozono, plástico quemado y cobre. Era el inconfundible hedor
del fin del mundo.
Ayudó a su padre a sacar a los abuelos. El anciano cojeaba levemente, y
la abuela parecía estar en un estado de mutismo por el terror, pero ambos
podían caminar.
A su alrededor, el tejido de la sociedad moderna se estaba desintegrando
por segundos. Un hombre de traje le gritaba a una mujer, intentando
arrebatarle una caja de suministros médicos de su baúl. Más adelante,
resonó el estallido seco de un disparo al aire. El pánico era un virus
mucho más rápido que la radiación.
—Por aquí —Nirian señaló el empinado terraplén boscoso a la derecha de la
autopista—. Bajaremos por la colina hacia el bosque y seguiremos las
viejas vías del tren de carga hacia el oeste. Evitaremos las carreteras
principales a toda costa.
—Está muy oscuro, Nirian, tu abuelo apenas puede ver dónde pisa —suplicó
su madre, sosteniendo el brazo del anciano.
Nirian metió la mano en un bolsillo lateral de su mochila y sacó una
linterna táctica militar de carcasa pesada. Era analógica, un viejo modelo
de dinamo y batería química, sin circuitos complejos que el pulso pudiera
destruir. La encendió con un chasquido. Un potente haz de luz amarilla
cortó la oscuridad del bosque.
—Yo los guiaré —dijo con firmeza.
Mientras sus padres y abuelos comenzaban a descender con torpeza por la
hierba alta, alejándose del caos sangriento de la autopista, Nirian se
detuvo un último segundo en el borde del asfalto.
Se giró para mirar hacia el horizonte este una vez más. La nube de hongo
seguía expandiéndose, brillando con su propia luz demoníaca. Un monumento
incandescente a la locura de su hermano. Millones de vidas extinguidas en
un parpadeo, todo orquestado por las mismas manos largas y pálidas que le
habían ayudado a estudiar matemáticas en la sala de su casa.
La inmensidad de la traición amenazó con aplastarle el pecho, pero Nirian
cerró los puños. La mandíbula se le tensó hasta que le dolieron los
dientes.
Aezel Astor, el frío y perfecto prodigio, había declarado la guerra a la
raza humana. Pero Aezel había cometido un único y fatal error de cálculo:
había dejado vivo a su hermano menor.
—Te voy a encontrar —susurró Nirian al cielo en llamas, con los ojos
avellana reflejando el fuego del apocalipsis—. Juro por Dios que te voy a
cazar, Aezel.
Le dio la espalda al fuego y descendió hacia el oscuro bosque. La Segunda
Guerra Mundial acababa de comenzar.
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