El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - Capítulo 3: "La ley de las cenizas"


El tercer día después del resplandor, el sol no salió.

En su lugar, el cielo de la Tierra se había convertido en una bóveda opresiva de nubes plomizas y tóxicas. Una fina capa de ceniza gris caía incesantemente sobre el bosque, cubriendo las hojas de los pinos y el suelo fangoso como si fuera una nevada fúnebre. El aire tenía un sabor metálico que raspaba la garganta con cada inhalación.

Nirian Astor avanzaba abriendo camino a través de la maleza, siguiendo la línea oxidada de las viejas vías del tren de carga. Su robusta complexión estaba tensa, cargando no solo con la pesada mochila de senderismo, sino con el peso abrumador de mantener a cinco personas con vida.

Llevaba en su mano derecha una gruesa barra de acero que había arrancado de los restos de una valla metálica el primer día. Sus nudillos estaban en carne viva por aferrarla con tanta fuerza. Sus ojos avellana, enmarcados por ojeras oscuras y manchas de hollín, escaneaban cada sombra, cada árbol caído y cada sonido del bosque.

Detrás de él, el ritmo de su familia era agónico.

Su padre, Arthur, cojeaba visiblemente. Se había torcido el tobillo al descender por el terraplén la primera noche y el dolor se había intensificado. Su madre caminaba con la mirada vacía, sosteniendo del brazo a la abuela, quien lloraba en silencio casi sin interrupción. Pero era el abuelo quien más preocupaba a Nirian. El anciano respiraba con un silbido húmedo y espeluznante, y cada diez o quince pasos, se detenía a toser violentamente, expulsando flemas oscurecidas por la ceniza.


—Nirian... —susurró Arthur, deteniéndose y apoyándose contra el tronco de un roble muerto—. Tenemos que parar. Tu abuelo no puede más. Necesita agua.

Nirian se detuvo y giró sobre sus talones. Observó a su familia. Parecían fantasmas arrancados de otra época. Estaban cubiertos de polvo gris, exhaustos, deshidratados.

El instinto le gritaba a Nirian que seguir moviéndose era la única forma de sobrevivir, de alejarse lo más posible de la zona cero y de las ciudades donde el caos ya debía haber consumido a millones. Pero la lógica dictaba que, si forzaba a su abuelo a dar cien pasos más, el corazón del anciano se detendría.

—Diez minutos —dictaminó Nirian, con voz ronca y tajante—. Quédense aquí, pegados a los árboles para que no nos vean desde las vías. No hagan ruido.

Nirian se bajó la mochila de los hombros y la apoyó con cuidado en el suelo. La abrió apenas lo suficiente para meter la mano y sacar una de las tres botellas de agua que les quedaban. Tres litros para cinco personas. Era una sentencia de muerte matemática si no encontraban una fuente de agua limpia antes de que terminara el día.

Se acercó a su abuelo y le entregó la botella, desenroscando la tapa por él.

—Bebe despacio, abuelo. Solo dos sorbos.

El anciano asintió débilmente, con las manos temblorosas, y bebió. La madre de Nirian lo miró con ojos suplicantes.

—¿Cuánto falta para la cabaña de tu tío, hijo? —preguntó ella, en un susurro cargado de desesperación—. Llevamos caminando tres días. La comida se acaba. Hace frío.

—Un día más, quizás día y medio a este ritmo —mintió Nirian. En realidad, no tenía idea de cuán lejos estaban. Sabía que la cabaña del tío Robert estaba en la cordillera norte, pero moverse por el bosque sin puntos de referencia claros era desorientador—. Pero llegaremos, mamá. Te lo prometo.

Nirian tomó la botella, le dio un sorbo minúsculo para humedecer sus propios labios agrietados, y la guardó de nuevo en la mochila. Agarró su barra de acero.


—Voy a adelantarme unos doscientos metros por las vías para revisar el perímetro y ver si encuentro algún arroyo que no esté contaminado por la ceniza —les informó—. Papá, quédate con la barra.

Le tendió el arma improvisada a su padre. Arthur la tomó, pero sus manos temblaban tanto que casi se le resbala. Nirian apretó la mandíbula al ver la debilidad en los ojos del hombre que una vez había considerado invencible. El colapso del mundo había destrozado a Arthur, pero a Nirian lo estaba forjando.

—Vuelvo enseguida. Escóndanse.

Sin esperar respuesta, Nirian se apartó del grupo y avanzó sigilosamente en paralelo a las vías del tren, manteniéndose oculto entre la línea de árboles. Cada paso que daba era calculado para no pisar ramas secas. El silencio del bosque era antinatural; no había cantos de pájaros, ni insectos. Los animales que no habían muerto por la onda expansiva habían huido despavoridos.

Unos quinientos metros más adelante, la densa vegetación comenzó a clarear. Nirian se agachó detrás de un denso arbusto de moras y asomó la cabeza.

A un costado de las vías se erguía una antigua estación de mantenimiento de trenes. Era un edificio pequeño de ladrillo rojo, con el techo de chapa parcialmente oxidado y un par de vagones de carga abandonados en una vía muerta. Al lado de la estructura, había un viejo tanque de reserva de agua montado sobre pilares de madera.

El corazón de Nirian dio un vuelco. ¡Agua! Si el tanque estaba sellado, el agua en su interior estaría limpia de la lluvia radiactiva.

Se dispuso a salir de su escondite, pero un sonido afilado lo congeló en su lugar.

El crujido de una bota militar pisando grava.


Nirian contuvo la respiración y se aplanó contra el suelo húmedo. A través de las ramas del arbusto, vio salir a dos hombres del edificio de ladrillo.

No eran supervivientes asustados ni oficinistas que huían de la ciudad. Llevaban ropa de caza, chalecos tácticos sucios y pañuelos cubriéndoles la nariz y la boca contra la ceniza. Pero lo que hizo que la sangre de Nirian se helara no fue su aspecto, sino lo que llevaban en las manos.

El hombre más alto sostenía una escopeta de corredera, apoyada casualmente sobre su hombro. El segundo jugaba con un cuchillo de combate de hoja aserrada.

—Te digo que no hay nada más adentro, Marcus —se quejó el hombre del cuchillo, escupiendo en el suelo—. Solo herramientas oxidadas y un par de latas de grasa para engranajes. Este lugar es un asco.

—Calla y ayúdame a abrir la válvula de este tanque —gruñó el hombre llamado Marcus, acercándose a la reserva de agua—. Si tiene líquido, podremos cobrar peaje a cualquier rata de ciudad que intente cruzar por esta zona de las vías. Tarde o temprano empezarán a pasar por aquí.

Nirian apretó los dientes. Saqueadores. La civilización había caído hacía solo setenta y dos horas, pero las bestias ya habían salido de sus jaulas. Esos hombres no iban a compartir el agua. Y lo que era peor: su familia estaba a menos de quinientos metros de distancia, en la ruta directa de esa estación. Si su abuelo sufría otro ataque de tos severo, el sonido viajaría a través del bosque muerto y los alertaría.

Nirian se enfrentó a la primera gran encrucijada del nuevo mundo. Podía retroceder en silencio, reunir a su familia y dar un rodeo de kilómetros a través del espeso bosque, arriesgándose a que su abuelo no soportara el esfuerzo y muriendo de sed en el proceso.


O podía hacer lo que su hermano Aezel siempre le había enseñado: No te concentres en la pelota, concéntrate en los puntos ciegos.

Nirian miró la gruesa piedra del tamaño de un puño que descansaba a centímetros de su mano derecha. Luego miró a los dos hombres armados. El miedo era una punzada fría en su estómago, pero la imagen de su madre llorando y su abuelo tosiendo sangre era más fuerte que cualquier terror.

Si el mundo era ahora un tablero de ajedrez donde las únicas piezas eran depredadores y presas, Nirian se negaba a ser un peón sacrificable.

Levantó la piedra, pesándola en su mano. Su pulso se calmó de forma casi antinatural. Respiró hondo y, con un movimiento rápido, arrojó la piedra con todas sus fuerzas hacia el techo de chapa de uno de los vagones abandonados, a unos veinte metros a la izquierda de los saqueadores.

El impacto metálico resonó como un disparo en el sepulcral silencio del bosque.

—¡Allí! —gritó Marcus, bajando la escopeta de su hombro y apuntando frenéticamente hacia los vagones—. ¡Revisa ese lado, rápido!

El hombre del cuchillo asintió y echó a correr hacia la izquierda, separándose de su compañero.

Nirian no lo dudó. Salió de su escondite y se movió como una sombra letal a espaldas del hombre armado con la escopeta.

Nirian no tenía su barra de acero; se la había dejado a su padre para que protegiera a la familia. Sus únicas armas eran sus propias manos, su envergadura física y la pura y desesperada necesidad de mantener a los suyos con vida.

El hombre llamado Marcus apenas tuvo tiempo de girar la cabeza al escuchar el crujido de la grava a sus espaldas.

Nirian impactó contra él con la fuerza de un tren de mercancías descarrilado. El choque de sus cuerpos sonó como un saco de cemento golpeando el suelo. Marcus soltó un gruñido ahogado cuando el aire abandonó sus pulmones y la escopeta salió volando de sus manos, cayendo a un par de metros de distancia con un traqueteo metálico.

Ambos rodaron por el suelo cubierto de ceniza y tierra húmeda. Marcus era mayor y probablemente tenía experiencia en peleas de bar, pero Nirian tenía la fuerza explosiva de la juventud y el terror inyectando adrenalina pura en sus venas.

Nirian logró quedar encima. Sin dudarlo un segundo, levantó el puño derecho y golpeó el rostro del saqueador. El impacto le despellejó los nudillos, pero la cabeza de Marcus rebotó contra la grava. El hombre rugió de dolor y furia, lanzando un rodillazo ciego que impactó en las costillas de Nirian, sacándole el aire.

Marcus aprovechó el momento de debilidad, empujó a Nirian a un lado y se abalanzó hacia la escopeta. Sus dedos rozaron la culata de madera.

Si la agarra, mi familia está muerta, pensó Nirian.

Un instinto primitivo y salvaje tomó el control. Nirian se impulsó hacia adelante, agarró a Marcus por el tobillo y tiró de él con todas sus fuerzas. El saqueador cayó de bruces contra los rieles del tren, escupiendo sangre y ceniza. Nirian no se detuvo. Se arrojó sobre la espalda del hombre, le rodeó el cuello con el antebrazo derecho y apretó, cerrando una llave de estrangulamiento perfecta.

Marcus comenzó a retorcerse frenéticamente. Arañó el brazo de Nirian, clavándole las uñas sucias, intentando desesperadamente abrir espacio para respirar. Pero el agarre del joven Astor era un torniquete de hierro.

—¡Marcus! ¿Qué diablos pasa? —La voz del segundo hombre sonó desde el otro lado de los vagones, acercándose rápidamente. Había escuchado el forcejeo.

El pánico estalló en el pecho de Nirian. Si el otro hombre llegaba con el cuchillo, estaba muerto. Apretó los dientes, cerró los ojos y flexionó cada músculo de su espalda y brazos. Marcus convulsionó una última vez bajo él, soltó un estertor ahogado y su cuerpo quedó completamente inerte y flácido.

Nirian lo soltó de inmediato, jadeando, con el corazón latiéndole en la garganta a mil por hora. No sabía si lo había matado o solo desmayado, y no tenía tiempo para averiguarlo.

Agarró la escopeta del suelo justo en el instante en que el segundo saqueador doblaba la esquina del vagón de carga.

El hombre del cuchillo se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a su compañero tendido en el suelo y a un joven robusto, cubierto de polvo y sangre, apuntándole al pecho con el cañón del arma.

El silencio del bosque pareció volverse aún más pesado. Una fina lluvia de ceniza gris caía entre los dos.

—Suelta el cuchillo —ordenó Nirian. Su voz salió ronca, irreconocible para sí mismo. Le temblaban ligeramente las manos, pero mantuvo el cañón nivelado—. Suéltalo y lárgate. No quiero matarte.

El hombre miró la escopeta, luego a Marcus, y finalmente a los ojos avellana de Nirian. Esbozó una sonrisa torcida, mostrando unos dientes amarillentos. Era un depredador midiendo a su presa, y notó el temblor en las manos del chico. Sabía que Nirian nunca había disparado a una persona.

—Esa arma tiene el seguro puesto, niñato —escupió el hombre, apretando el mango del cuchillo—. Y acabas de romperle el cuello a mi hermano.

Antes de que Nirian pudiera procesar la información o buscar el pestillo del seguro, el hombre se abalanzó sobre él con un grito gutural, lanzando una estocada letal directa a su estómago.

Nirian reaccionó por puro instinto de conservación. Usó la escopeta no para disparar, sino como un bate. Giró el torso violentamente, esquivando el filo del cuchillo por milímetros —sintiendo cómo la hoja rasgaba la tela de su chaqueta— y golpeó el rostro del atacante con la pesada culata de madera.

El impacto fue brutal, un sonido sordo de hueso fracturándose. El hombre salió despedido hacia atrás, escupiendo sangre y dientes, y cayó de espaldas contra la grava. El cuchillo resbaló de su mano, cayendo entre los rieles.

Nirian se quedó de pie, con la respiración entrecortada, sosteniendo el arma como un garrote. El hombre en el suelo gemía, llevándose las manos al rostro destrozado, incapaz de levantarse.

El joven Astor miró sus propias manos temblorosas, luego miró los dos cuerpos en el suelo. Hasta hacía tres días, su mayor preocupación era un partido de fútbol injusto. Ahora, acababa de neutralizar brutalmente a dos seres humanos.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Se acordó de Aezel. De la fría lógica de su hermano. El universo no entiende de justicia, solo de sistemas. Sobrevive el que controla el tablero.

Nirian tragó saliva, empujando la bilis y el remordimiento hacia el fondo de su estómago. Ya no había espacio para la moralidad del viejo mundo. El viejo mundo se había evaporado bajo un hongo nuclear.

Se acercó al cuerpo inconsciente de Marcus, le registró los bolsillos y sacó tres cartuchos de escopeta adicionales y una cantimplora militar abollada. Luego, caminó hacia el enorme tanque de reserva.

Las manos todavía le temblaban cuando giró la pesada válvula de hierro. Por un instante, temió que solo saliera aire seco o lodo tóxico.

Pero entonces, un chorro de agua transparente y gélida brotó de la tubería.

Nirian soltó un suspiro que sonó casi como un sollozo. Se inclinó, pegó la boca al metal oxidado y bebió. El agua estaba fría, pura, sin el sabor metálico de la ceniza. Le lavó la sangre de los labios y le devolvió la vida al cuerpo. Bebió hasta que el estómago le dolió, y luego procedió a llenar rápidamente su propia botella y la cantimplora que acababa de robar.

Diez minutos más tarde, Nirian emergió de la espesura del bosque y volvió a la línea de árboles donde había dejado a su familia.

Arthur fue el primero en verlo. El padre de Nirian se puso de pie lentamente, apoyándose en el tronco del roble, y dejó caer la barra de acero al suelo. Su esposa ahogó un grito, llevándose las manos a la boca.

Nirian parecía una aparición de pesadilla. Tenía un corte sangrante en el pómulo, los nudillos en carne viva, la chaqueta rasgada, y estaba cubierto de polvo gris y barro. En su mano izquierda sostenía dos recipientes llenos de agua. En su mano derecha, empuñaba una escopeta de corredera.

Sus ojos, sin embargo, eran lo que más había cambiado. La calidez avellana se había endurecido. Había una frialdad nueva en ellos, un destello que a Arthur le recordó, de forma aterradora, a la mirada insondable de Aezel.

—Encontré agua —dijo Nirian, con voz monocorde.

Caminó hacia su abuelo, se arrodilló frente a él y le ofreció la cantimplora abierta. El anciano, ajeno a la sangre en las manos de su nieto, la tomó con desesperación y bebió.

La madre de Nirian dio un paso al frente, con lágrimas en los ojos, sin atreverse a mirar el arma que su hijo llevaba.
—Nirian... ¿qué te pasó? ¿De dónde sacaste eso? ¿Acaso tú...?

—Me encontré con unos animales —la interrumpió Nirian, poniéndose de pie y colgándose la escopeta al hombro con la correa de lona—. Ya no son un problema.

Arthur miró a su hijo menor. Quiso reprenderlo, quiso preguntarle qué había hecho, exigirle explicaciones como lo haría cualquier padre. Pero las palabras murieron en su garganta. Arthur se dio cuenta, con una mezcla de horror y alivio absoluto, de que él ya no era el líder de esa familia. El hombre que pagaba los impuestos y conducía la camioneta no servía de nada en este infierno. Necesitaban un soldado. Necesitaban a alguien dispuesto a mancharse las manos.

Y Nirian acababa de asumir ese papel.

—Recoge la barra de acero, papá —ordenó Nirian, ajustándose la mochila a la espalda y mirando hacia el oeste, hacia la cordillera lejana oculta tras las nubes de ceniza—. Tienen cinco minutos para terminar de beber. Nos vamos de aquí. El camino a la cabaña del tío Robert acaba de volverse más largo.

Nirian Astor le dio la espalda a su familia y miró el bosque marchito. La Segunda Guerra Mundial no solo había destruido las ciudades; acababa de asesinar al adolescente que alguna vez fue, dejando en su lugar a un cazador que no se detendría hasta encontrar a su hermano mayor.


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