La sala de mando en la cúspide de la Aguja de Defensa Global se había
convertido en un mausoleo digital.
Afuera, más allá de los inmensos ventanales blindados, la atmósfera
terrestre estaba envenenada, teñida de un violeta amoratado y gris ceniza.
Adentro, el único sonido era el zumbido hipnótico de los servidores
cuánticos y el sistema de ventilación purificando el aire.
Aezel Astor estaba de pie frente a la pantalla panorámica principal.
Llevaba las manos entrelazadas a la espalda, con una postura de absoluta e
inquebrantable rectitud. Su abrigo oscuro, de cuello alto, seguía
impecable, pero el costo de sus acciones empezaba a asomarse en detalles
minúsculos que solo alguien que lo conociera íntimamente podría
notar.
Había unas sombras casi imperceptibles bajo sus insondables ojos oscuros.
Llevaba más de cien horas sin dormir. No había sonreído, no había temblado
y no se había permitido apartar la mirada de las pantallas ni un solo
segundo. Sentía que debía ser el testigo absoluto de su propio
pecado.
El mapamundi digital frente a él era un mar de luces rojas intermitentes.
Cada luz representaba un cráter donde antes latía una metrópolis.
Norteamérica, Europa, gran parte de Asia... los pilares de la civilización
humana habían sido reducidos a polvo radiactivo en menos de setenta y dos
horas.
Aezel parpadeó lentamente. Su rostro seguía siendo de hielo, pero su
mente brillante y estructurada cargaba con el peso matemático de tres mil
quinientos millones de almas extinguidas. Había hecho lo necesario. Había
salvado a la especie de un destino infinitamente más cruel y oscuro, pero
eso no lo eximía de ser un monstruo. Y él lo aceptaba.
Soltó las manos de su espalda y se acercó a la consola principal. Con un
par de tecleos rápidos, cerró el informe de bajas globales y abrió un
canal encriptado directo a un satélite militar de órbita baja que había
sobrevivido al pulso electromagnético.
Ingresó unas coordenadas muy específicas: una cordillera boscosa,
atravesada por una vieja vía de tren de carga, a cientos de kilómetros de
una de las zonas cero.
La pantalla cambió al espectro térmico. El bosque muerto apareció en
tonos de azul y negro gélido. Aezel hizo zoom. El satélite atravesó la
densa capa de cenizas en la atmósfera y enfocó la vieja estación de
mantenimiento ferroviario.
Dos firmas de calor residual, débiles y desvaneciéndose en el suelo,
aparecieron junto al tanque de agua. Cadáveres recientes.
Aezel movió el visor táctico unos doscientos metros hacia el oeste. Allí,
avanzando lentamente entre los árboles azules, había cinco firmas de
calor. Cuatro de ellas eran débiles, moviéndose con torpeza. Pero la
quinta firma, que caminaba al frente, brillaba con una intensidad rojiza,
llena de vitalidad, fuerza y furia.
El dedo índice de Aezel quedó suspendido sobre el teclado.
Por una fracción de segundo, la máscara inquebrantable del Verdugo se
resquebrajó. Una tensión que había estado aplastando su esternón durante
tres días cedió minúsculamente.
Estás vivo.
Aezel observó la firma térmica de Nirian. Analizó los dos cadáveres que
su hermano había dejado atrás en la estación. El prodigio matemático hizo
el cálculo instantáneo: su hermano menor acababa de cruzar la línea del
asesinato para mantener a sus padres y abuelos con vida.
—Sobrevive, Nirian —murmuró Aezel a la pantalla vacía, con una voz tan
baja que casi se confundió con el zumbido de los servidores—. Únete a la
oscuridad. Sobrevive para odiarme. Tienes que ser lo suficientemente
fuerte para el mundo que voy a dejarte.
El sutil siseo hidráulico de las compuertas principales a sus espaldas lo
alertó.
En un milisegundo, la debilidad desapareció. Aezel presionó una tecla,
borrando el rastro del satélite y volviendo a proyectar el mapa global
ensangrentado. Cuando se giró para encarar a los recién llegados, sus ojos
volvieron a ser dos abismos insondables de pura frialdad y cálculo.
Dos figuras entraron en la inmensa sala. Eran las únicas personas en el
mundo a las que Aezel había permitido conservar sus vidas y sus
identidades. Sus discípulos. Sus herramientas de reconstrucción.
A la izquierda caminaba Valera. Era una mujer de unos treinta años, alta,
con el cabello rapado a los lados y una cicatriz pálida que le cruzaba la
mandíbula inferior. Vestía un uniforme táctico negro, sin insignias de
ningún país extinto. Valera había sido una de las estrategas de
operaciones negras más letales de la Coalición, traicionada y abandonada
para morir por los mismos líderes corruptos que Aezel acababa de
incinerar. Le debía su vida, su venganza y su lealtad fanática a Aezel
Astor.
A la derecha iba Corvus. Apenas superaba los veinte años, un genio
sociópata de la informática que Aezel había reclutado en las profundidades
de la Deep Web durante sus cinco años de anonimato. Corvus era pálido,
esquelético, y sus ojos se movían con una velocidad nerviosa y
espasmódica, asimilando datos constantemente. Llevaba un implante neural
improvisado en la nuca que lo mantenía conectado a las redes de baja
frecuencia de la Aguja.
Ambos se detuvieron a tres metros de Aezel, en un silencio
reverencial.
—Señor Astor —habló Valera. Su voz era áspera, carente de cualquier
emoción, una herramienta militar perfectamente afilada—. El recuento
primario ha finalizado. La red de silos nucleares está vacía. El noventa
por ciento de la infraestructura militar de las naciones primarias ha sido
neutralizada. El viejo mundo ha dejado de existir, tal y como lo
ordenó.
Aezel no asintió ni celebró. Se limitó a mirarla con una calma
sepulcral.
—Bajas estimadas.
—Las bajas civiles por el impacto inicial y las ondas de choque rondan
los tres mil quinientos millones —respondió Corvus, con una sonrisa
ladeada y escalofriante, como si estuviera leyendo la puntuación más alta
de un videojuego—. Calculamos que la lluvia radiactiva y el colapso de las
cadenas de suministro elevarán ese número a cinco mil millones en los
próximos cuarenta días. El sistema ha sido formateado, Jefe.
Aezel miró de reojo la pantalla del continente americano, recordando la
pequeña firma térmica de su hermano abriéndose paso entre las cenizas. El
mundo que alguna vez conoció ya era solo un cementerio inmenso.
—El fuego purificador fue el primer paso. El caos de las masas es
irrelevante; se extinguirán o se someterán a la nueva ley térmica natural
—dijo Aezel, su voz resonando con la autoridad inquebrantable de un dios
castigador—. Pero los remanentes del antiguo orden no caerán tan
fácilmente.
Aezel caminó hacia ellos, y la presión que ejercía su sola presencia hizo
que incluso Valera se tensara ligeramente.
—Los gobiernos cobardes que orquestaron esta realidad están escondidos en
sus búnkeres de alta profundidad —continuó Aezel, deteniéndose a un metro
de su estratega—. Creen que pueden esperar a que la tormenta pase para
volver a reclamar las ruinas. Valera, quiero la ubicación de cada
instalación subterránea clasificada de Nivel 6.
—Ya las tenemos mapeadas, Señor. Sus sistemas de comunicación están
ciegos, pero sus muros son gruesos. Requeriremos fuerza bruta.
—La tendrán —Aezel levantó la barbilla, mirando hacia los gigantescos
ventanales que daban a las nubes de ceniza—. Iniciamos la Fase Dos,
Protocolo Égida. Despierten a los batallones automatizados. Quiero los
cielos patrullados y las entradas de cada búnker militar selladas o
destruidas. Que ningún líder del viejo mundo vuelva a ver la luz del
sol.
Corvus dejó escapar una risa aguda y áspera que resonó de forma
antinatural en la inmensidad de la sala de mando. Sus dedos, largos y
esqueléticos, comenzaron a volar sobre su tableta táctica holográfica con
la velocidad de un depredador desentrañando a su presa.
—El Protocolo Égida... Oh, llevo soñando con este momento desde que
infiltramos los primeros códigos en las fábricas automatizadas de la
Coalición —murmuró el joven hacker, con los ojos brillando de euforia
febril—. Iniciando secuencia de despertar global. Desvinculando protocolos
de seguridad de las trescientas instalaciones de manufactura subterráneas.
Valera se cruzó de brazos, su postura militar impecable. Aunque era una
veterana curtida en las peores zonas de guerra del viejo mundo, incluso
ella sentía un escalofrío de anticipación ante lo que estaba a punto de
desatarse.
Aezel caminó lentamente hacia el inmenso ventanal, dando la espalda a sus
lugartenientes. Observó las nubes de ceniza radiactiva que se
arremolinaban sobre las ruinas de Ginebra.
—La humanidad siempre ha sido arrogante —habló Aezel, su voz profunda y
carente de inflexiones flotando en el aire purificado—. Los líderes de las
grandes potencias gastaron trillones en desarrollar armamento autónomo.
Querían ejércitos de silicio y acero para no tener que lidiar con la
opinión pública cuando los ataúdes regresaran a casa. Crearon las
fábricas, diseñaron los planos y extrajeron los minerales.
Aezel giró el rostro ligeramente, mirando a Valera por encima del hombro.
—Lo único que yo hice fue entrar en sus redes, reescribir su código fuente
y hacerles creer que sus líneas de producción estaban detenidas por fallas
presupuestarias. Durante cinco años, mientras el mundo dormía, sus propias
máquinas construían a sus verdugos en la oscuridad.
Corvus presionó la tecla final con un golpe seco.
—Enlace maestro establecido, Jefe. Están en línea.
Las pantallas panorámicas de la sala de mando parpadearon, abandonando el
mapamundi ensangrentado para dividirse en cientos de transmisiones de
video en vivo. Las imágenes provenían de cámaras de seguridad dentro de
hangares subterráneos gigantescos, repartidos por los rincones más remotos
y desolados del planeta: desde el hielo perpetuo de Siberia hasta los
desiertos de Nevada y las montañas de Asia.
En las pantallas, el silencio absoluto de las instalaciones muertas se
rompió.
Una tras otra, millones de luces ópticas de un rojo carmesí letal se
encendieron en la penumbra. El zumbido mecánico de miles de reactores de
núcleo frío activándose simultáneamente hizo vibrar el suelo de la Aguja
de Defensa Global, como si el propio planeta estuviera gruñendo.
Valera dio un paso al frente, sus ojos fríos analizando la inmensa fuerza
militar que acababa de despertar.
—El batallón Égida se divide en tres falanges operativas —explicó Corvus,
moviendo las manos en el aire para expandir los diagramas holográficos de
las máquinas—. La primera capa: las unidades Ícaro.
En las pantallas, miles de drones aéreos del tamaño de un automóvil
pequeño comenzaron a levitar, impulsados por motores antigravitacionales
silenciosos. Su diseño era liso, negro como la obsidiana, con forma de
punta de lanza. No tenían rotores ni alas, solo pura aerodinámica letal.
Estaban equipados con cañones de pulso electromagnético y láseres de
perforación térmica.
—Los Ícaro patrullarán la estratosfera y las nubes de ceniza
—continuó Corvus, maravillado por su propio sistema—. Son los ojos de
Aezel. Rastrearán cualquier firma térmica, comunicación de radio o
intento de vuelo en el mundo exterior.
—Cobertura aérea absoluta —asintió Valera, evaluando el aspecto
táctico—. ¿Y para el trabajo sucio en tierra?
Corvus sonrió, mostrando sus dientes disparejos, e hizo un gesto en su
consola. Las pantallas cambiaron, enfocando a las unidades terrestres
que empezaban a marchar fuera de los hangares en formación matemática
perfecta.
—Para cazar a las ratas en las ruinas, tenemos a las unidades Cerbero.
Las máquinas terrestres no tenían forma humana. Eran cuadrúpedos
mecánicos, similares a lobos de titanio reforzado. Ágiles, implacables y
diseñados para atravesar terrenos destruidos donde un tanque o un
soldado se atascaría. Sus "cabezas" eran agrupaciones de sensores
infrarrojos y cámaras de visión nocturna. Llevaban ametralladoras
pesadas acopladas en sus lomos y mandíbulas hidráulicas capaces de
triturar hueso y acero por igual.
—Y finalmente —la voz de Aezel cortó la explicación técnica de Corvus,
atrayendo la atención de ambos—, el martillo de nuestra purificación.
Las unidades Goliat.
Valera abrió los ojos con asombro militar. De las sombras de los
hangares más grandes emergieron figuras imponentes. Eran bípodes de
asalto pesado, de casi cinco metros de altura. Su blindaje era tan
grueso que parecían búnkeres andantes. No estaban diseñados para ser
rápidos, sino para ser indestructibles. Portaban artillería de plasma
capaz de fundir titanio a nivel molecular y taladros de impacto sónico
masivos en lugar de brazos derechos.
—Los humanos dudan —sentenció Aezel, volviéndose por completo hacia las
pantallas, observando a su ejército marchar hacia los ascensores de
superficie—. Sienten frío. Necesitan comida, agua y horas de sueño. Su
moral se quiebra al ver la sangre de sus compañeros. Sienten lástima,
sienten terror.
Aezel caminó lentamente hasta quedar justo frente a la proyección de un
Goliat, cuya luz óptica roja parecía mirarlo directamente.
—La Égida no siente nada. No se retira. No negocia y no se
detiene hasta que el objetivo es reducido a átomos. Son el sistema
inmunológico perfecto para un mundo enfermo.
Valera se cuadró, sintiendo el verdadero poder táctico que ahora
residía en las manos de ese hombre pálido y calmado.
—¿Órdenes de despliegue, Señor Astor? —preguntó la estratega—. Los
objetivos de Nivel 6 están fortificados, pero con esta fuerza, es solo
cuestión de matemáticas.
Aezel asintió milimétricamente.
—Desplieguen las unidades Cerbero y Goliat hacia el sector europeo y
norteamericano. Identifiquen la entrada de los tres búnkeres
principales donde se ocultan los remanentes del Alto Mando de la
Coalición. Bloqueen sus salidas y comiencen la perforación. Quiero que
el viejo mundo experimente su propio entierro.
—Entendido —respondió Valera, girando sobre sus talones para dirigirse
a su consola de mando militar.
—Corvus —llamó Aezel.
El joven hacker se tensó. —¿Sí, Jefe?
—Establece un perímetro de vigilancia pasiva con unidades Ícaro sobre
la cordillera norte. Rastrea firmas térmicas pequeñas, grupos de
civiles rezagados. Observa, pero no ataques a menos que yo lo ordene
directamente.
Corvus frunció el ceño, confundido por una orden tan poco letal, pero
asintió rápidamente. Nunca cuestionaba a la mente maestra.
Aezel volvió a mirar por la ventana hacia la negrura absoluta del
exterior. Había desatado a sus bestias de acero sobre el mundo. Sabía
que Nirian estaba allí afuera, caminando directamente hacia el
infierno.
El gran juego de ajedrez había comenzado, y el tablero ya estaba
bañado en sangre.
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