El buzón de los latidos perdidos - Capítulo 1: "El peso de la perfección y el rincón del polvo"


El sonido cristalino de la campana resonó por los pasillos inmaculados de la Academia Gekkou, anunciando el final de las clases. Para la inmensa mayoría de los estudiantes, aquel repique representaba la ansiada libertad; el inicio de una tarde llena de paseos por el centro comercial, visitas a los salones recreativos o simples charlas animadas en las cafeterías cercanas a la estación de tren. Sin embargo, para Mizuki Hoshino, ese sonido no era más que el pistoletazo de salida para su segundo y más extenuante turno del día.

Mientras el resto del aula número tres se sumía en un caótico bullicio de sillas arrastradas y mochilas cerradas a toda prisa, Mizuki guardaba sus pertenencias con una lentitud meticulosa, casi robótica. Sus movimientos eran precisos y calculados. Su espalda se mantenía rígidamente recta, trazando una línea perfecta desde la base de su columna hasta su nuca. Su uniforme, de un azul marino profundo y blanco nieve, lucía inmaculado, sin la más mínima arruga o doblez fuera de lugar. Su rostro, enmarcado por un sedoso cabello oscuro que caía lacio hasta la mitad de su espalda, mantenía esa inexpresividad gélida y distante que le había ganado su famoso apodo en los murmullos de los pasillos.

—¡Mizuki! —La voz vibrante y aguda de Yui Moriyama cortó el murmullo general del aula como un cuchillo caliente en mantequilla. La chica de cabello castaño y corto se apoyó pesadamente sobre el pupitre de Mizuki, invadiendo su espacio personal con esa energía inagotable y desbordante que la caracterizaba—. ¡Vamos a tomar un helado! Abrieron un local nuevo a unas cuantas calles de la estación principal y tienen ese sabor a té verde que tanto te gusta. ¡Di que sí, por favor! ¡Te invito!

Mizuki detuvo sus pálidas manos sobre el cierre metálico de su maletín de cuero negro. Por un instante efímero, una fracción de segundo tan diminuta que resultó imperceptible para cualquiera que no la conociera de toda la vida, sus oscuros ojos desearon ceder ante la tentación. Deseó con todas sus fuerzas ser una chica normal de dieciséis años que podía permitirse el lujo de perder un par de horas comiendo un dulce con su mejor amiga, riendo de trivialidades sin importancia. Pero entonces, el teléfono móvil en el bolsillo de su falda vibró con un zumbido seco. La notificación que había estado temiendo en secreto acababa de llegar.

No necesitaba sacar el aparato de su bolsillo para saber que era un mensaje de su madre. El contenido sería el mismo de siempre, una letanía de recordatorios sobre cómo los exámenes simulados a nivel nacional estaban a escasas tres semanas de distancia, y cómo el indiscutible primer lugar de la prestigiosa Academia Gekkou no se mantenía perdiendo el tiempo en actividades mundanas.

—No puedo, Yui —respondió Mizuki. Su voz salió en un tono monótono, plano y carente de cualquier emoción visible—. Tengo que adelantar el temario completo de historia moderna y revisar las fórmulas de física avanzada antes del anochecer. Quizás podamos dejarlo para otra ocasión.


El rostro pecoso de Yui cayó ligeramente, formando un leve puchero de decepción, aunque recuperó su sonrisa luminosa casi de inmediato. Estaba más que acostumbrada a estrellarse contra la infranqueable barrera de hielo de su amiga.

—Siempre estás estudiando, Mizuki. ¡Te vas a enfermar de tanto leer esos libros gigantescos! —Yui cruzó los brazos sobre su pecho, pero antes de que pudiera iniciar su habitual y bienintencionada perorata sobre los peligros del exceso de estudio, una presencia deslumbrante se detuvo junto a ellas.

Era Seiya Arisugawa, el presidente del consejo estudiantil. Con su cabello rubio cenizo perfectamente peinado, su porte aristocrático y una sonrisa afable que parecía irradiar una calidez genuina e inagotable, Seiya era la encarnación absoluta del estudiante ideal. Inteligente, empático, atlético y admirado sin reservas por toda la academia, desde los alumnos de primer año hasta el director del plantel.

—Moriyama tiene mucha razón, Hoshino —dijo Seiya. Su tono de voz era suave, aterciopelado y sumamente conciliador—. La dedicación que muestras hacia tu futuro académico es una virtud admirable, y todos en el consejo estudiantil estamos profundamente orgullosos de tus calificaciones perfectas. Eres el mayor orgullo de la Academia Gekkou. Sin embargo, el descanso es igual de vital para mantener la mente aguda y el espíritu tranquilo. Aunque, conociéndote tan bien como lo hacemos, sé que tienes tus propios métodos para gestionar tu tiempo. No la presiones demasiado, Moriyama.

Mizuki asintió levemente hacia él, agradeciendo de forma interna la oportuna intervención. Era imposible encontrar un solo defecto en Seiya Arisugawa; era comprensivo, sumamente atento y siempre sabía exactamente qué palabras pronunciar para disipar cualquier atisbo de tensión en el ambiente. Era el compañero ejemplar, el líder nato en el que cualquiera podía confiar con los ojos cerrados.

—Agradezco su preocupación, Arisugawa. Con su permiso, me retiro.

Mizuki tomó su maletín por el asa de cuero y salió del aula sin mirar atrás, dejando a Yui suspirando con resignación y a Seiya despidiéndola con un gesto amable. Caminó con paso firme por los pasillos inmaculados del edificio principal de la academia. Las paredes estaban adornadas con vitrinas que exhibían trofeos dorados y reconocimientos a la excelencia. Mientras avanzaba, sentía el peso físico de las miradas de los demás estudiantes clavándose en su espalda.

Algunos susurraban con abierta admiración; otros, incapaces de lidiar con su propia mediocridad, lo hacían con evidente resentimiento. "La máquina de calificaciones", "La muñeca de hielo", "El robot sin corazón". Escuchaba aquellos comentarios envenenados a diario. Con el paso de los años, había aprendido a bloquearlos, a erigir un muro de contención emocional a su alrededor donde ninguna palabra hiriente pudiera penetrar.

Sin embargo, ese día en particular, el muro estaba profundamente agrietado.

La presión en su pecho se volvía más densa, más oscura y asfixiante con cada paso que daba alejándose de su salón. Sus pulmones parecían negarse a recibir la cantidad suficiente de oxígeno. Necesitaba escapar de manera urgente. No podía ir a su casa todavía; no estaba mentalmente preparada para enfrentar la mirada escrutadora e implacable de su madre, quien seguramente ya tendría listos los temarios de la semana sobre la mesa del comedor. Tampoco podía quedarse en la biblioteca principal del instituto, aquel moderno edificio de cristal y acero donde decenas de ojos la observarían estudiar en silencio, esperando pacientemente a que cometiera un error, a que mostrara una señal de debilidad.

Casi guiada por un instinto primitivo de supervivencia, sus ágiles pies la llevaron en dirección opuesta al flujo de estudiantes, hacia el ala oeste del inmenso campus. Esa era la parte más antigua y olvidada de la academia, una imponente estructura de piedra gris y madera oscura que desentonaba drásticamente con las modernas instalaciones del resto del recinto. Allí se encontraba la antigua biblioteca, un lugar que había sido reemplazado años atrás por el nuevo centro de recursos digitales y que en la actualidad solo servía como un inmenso almacén para libros de texto obsoletos, enciclopedias acumuladoras de polvo y archivos históricos que a nadie le importaban. La encargada, Hasegawa, una mujer de edad avanzada y mirada severa, nunca patrullaba esa zona, prefiriendo quedarse en la comodidad de la recepción principal ordenando ficheros.

Mizuki empujó la pesada puerta de roble macizo con ambas manos. Las bisagras oxidadas crujieron en una queja prolongada que hizo eco en el silencio absoluto del lugar. El olor a papel añejo, a tinta seca y a encuadernaciones desgastadas por el tiempo la recibió como un abrazo familiar y reconfortante. El aire en aquel edificio era más denso, bailando perezosamente con miles de partículas de polvo que se iluminaban bajo los tenues rayos anaranjados del sol del atardecer, los cuales lograban filtrarse a duras penas por los altos y estrechos ventanales de estilo gótico.

Caminó lentamente por los pasillos angostos, bordeando las interminables estanterías de madera tallada que se alzaban hasta el techo, hasta llegar al fondo del ala sur. Era el rincón más aislado, silencioso y sombrío de todo el instituto. Allí, resguardado por las sombras y ubicado justo debajo de un ventanal con el cristal ligeramente manchado, había un pupitre solitario, rayado y olvidado. Y, colgando en la pared de piedra justo frente al pupitre, descansaba un viejo buzón de sugerencias hecho de madera de caoba oscura. Tenía una ranura estrecha en la parte superior y un candado de bronce completamente oxidado en el frente. Nadie en la academia había utilizado aquel artefacto en décadas.

Mizuki se dejó caer en la silla del pupitre y soltó su maletín en el suelo de madera con un golpe sordo que reverberó en el pasillo vacío. Levantó su muñeca izquierda para mirar la esfera de su reloj. Eran exactamente las 4:30 p. m.


El silencio abrumador y absoluto del lugar fue el detonante final. La férrea barrera de hielo se fracturó por completo, desmoronándose en un millón de pedazos imaginarios. Mizuki apoyó los codos sobre la superficie rugosa de la mesa y escondió el rostro entre sus palmas temblorosas. De sus labios escapó un suspiro irregular que rápidamente se transformó en un sollozo ahogado, profundo y doloroso. Estaba tan cansada. Cansada hasta los huesos de ser el modelo perfecto, cansada de no tener permiso para fallar, cansada de la terrible y gélida soledad que siempre acompañaba a quienes estaban en la cima de la montaña.

Sentía la necesidad imperiosa de decírselo a alguien, de gritar su frustración a los cuatro vientos, pero no podía destruir la impecable imagen que había construido con tantos años de sangre, sudor y lágrimas. No podía cargar a Yui, con su corazón amable y ligero, con las oscuridades y neurosis que la atormentaban.

Con las manos aún temblando levemente, sacó un bloc de notas de su maletín y un fino bolígrafo de tinta negra. Sin pensarlo dos veces, sin planear la estructura del texto, la gramática o el vocabulario como solía hacer meticulosamente con cada ensayo escolar, comenzó a escribir. Dejó que la tinta fluyera sobre la blancura del papel con la misma desesperación y prisa con la que las lágrimas calientes resbalaban sin control por sus mejillas.

«A quien sea que lea esto, si es que alguien lo hace alguna vez:

Hoy siento que no puedo respirar. Siento que tengo una soga atada al cuello y cada día se aprieta un poco más. Todo el mundo me mira esperando ver a una estatua impecable, a una máquina que no comete errores, que no siente cansancio ni tristeza. Pero me estoy ahogando en silencio. Estoy aterrada de fracasar, de sacar una nota que no sea perfecta, porque si no soy la mejor de esta academia, siento que no soy absolutamente nada. Siento que decepcionaré a todos y perderé mi valor como persona. No sé cuánto tiempo más podré mantener esta estúpida farsa sin volverme loca. A veces, en momentos como este, desearía poder gritar hasta quedarme sin voz y destrozarlo todo a mi alrededor, pero me limito a asentir, a mostrar cortesía y a sacar notas perfectas. Me siento tan patética, tan cobarde y vacía por dentro.

Ojalá pudiera ser transparente. Ojalá alguien en este mundo pudiera ver el desastre caótico que soy por dentro y no salir corriendo en dirección contraria».

Se detuvo de golpe, respirando con agitación, como si acabara de correr un maratón. Sus pulmones exigían aire. Leyó sus propias palabras escritas en el papel y sintió una extraña mezcla de profunda vergüenza y un alivio embriagador. Era la primera vez en años que era verdaderamente honesta consigo misma y con el mundo exterior. Miró la hoja manchada por un par de lágrimas y, esbozando una sonrisa triste, irónica y cargada de autodesprecio, firmó en el extremo inferior derecho:

«—Chica de Hielo».

Dobló el papel con cuidado por la mitad, se levantó de la silla empujándola hacia atrás y deslizó la nota por la estrecha ranura del antiguo buzón de caoba. Escuchó el leve y áspero roce del papel cayendo hasta el fondo vacío del cajón. Era un acto completamente absurdo e irracional, lo sabía perfectamente. Nadie iba a leer jamás esa nota. Era el equivalente literario a gritar en el vacío del espacio, pero, por primera vez en todo aquel largo y tormentoso día, sintió que el peso invisible sobre sus hombros disminuía lo suficiente como para permitirle llenar sus pulmones de aire fresco. Mizuki sacó un pañuelo de tela, limpió su rostro con cuidado para no dejar rastro de su debilidad, ajustó los pliegues de su falda y volvió a colocarse su pesada máscara de inexpresividad antes de salir de la vieja biblioteca, dejando su mayor secreto encerrado en la oscuridad de la madera.



A la mañana siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a calentar el asfalto del patio central, Ren Kazama cruzó las enormes y ornamentadas puertas principales de la Academia Gekkou. Su apariencia era un desafío silencioso y constante a las estrictas normativas del reglamento escolar. Llevaba la corbata del uniforme completamente desatada colgando del cuello, los primeros tres botones de la camisa blanca abiertos, el faldón por fuera del pantalón y la obligatoria chaqueta azul marino sujeta perezosamente sobre un solo hombro. Su cabello oscuro, espeso y ligeramente más largo de lo permitido, caía desordenadamente sobre sus ojos oscuros, otorgándole una expresión perpetuamente sombría, aburrida y francamente intimidante.

A su paso por el sendero arbolado, los estudiantes de grados inferiores se apartaban instintivamente hacia los lados, abriéndole paso como si temieran contagiarse de alguna enfermedad peligrosa si lo rozaban. Los murmullos habituales comenzaron a flotar en el aire fresco de la mañana, zumbando como un enjambre de avispas molestas.

—Ahí va Kazama... —susurró una chica de primer año de aspecto frágil, aferrándose al brazo de su amiga con evidente nerviosismo—. Dicen los rumores que anoche se peleó a puñetazo limpio con una banda de delincuentes universitarios cerca de los callejones de la estación.
—Da muchísimo miedo. Es un delincuente en toda regla. No logro entender cómo el director y los profesores le permiten seguir pisando los terrenos de esta academia.

Ren no modificó su expresión ni ralentizó su marcha. Ni siquiera parpadeó ante los murmullos. Estaba más que acostumbrado a la ridícula sinfonía de historias infundadas y exageradas que componían su infame reputación. A la gente en aquel lugar le encantaba juzgar un libro por su cubierta desgastada, y él, sinceramente, no tenía la paciencia, las ganas ni la energía mental para desmentir las estupideces de un grupo de adolescentes aburridos. En el fondo, era mucho más fácil y práctico dejar que todos pensaran que era un joven peligroso y violento; de esa manera lograba que lo dejaran en absoluta paz.

—¡Oye, Ren! —Una voz masculina, fuerte y familiar, lo sacó abruptamente de sus reflexiones internas. Kenji Sato, un muchacho robusto de cabello alborotado, trotó hasta alcanzarlo, masticando ruidosamente un enorme pan dulce relleno de crema—. Qué cara de pocos amigos traes esta mañana. Toma, agarra esto, parece que te hace falta una buena dosis de azúcar en la sangre para despertar de una vez.

Ren levantó una mano y atrapó en el aire el pan empaquetado que su amigo le lanzó con destreza.

—No tengo cara de pocos amigos, Kenji. Solo tengo sueño. Anoche me quedé despierto hasta tarde y me duele la cabeza.


—¿Te quedaste despierto planeando asaltos nocturnos o peleando en callejones oscuros para mantener intacto tu aterrador reinado del terror sobre los de primer año? —bromeó Kenji con una sonrisa amplia, dándole un amistoso codazo en las costillas que a cualquier otro estudiante le habría costado un buen susto.

—Estaba leyendo a Dostoievski —corrigió Ren soltando un largo suspiro, mientras guardaba el bollo en el bolsillo de su pantalón—. Es verdaderamente fascinante cómo el autor logra retratar la culpa y el aislamiento psicológico del individuo marginado por la sociedad, pero te aseguro que la traducción de la edición que conseguí en la tienda de segunda mano era un completo desastre ortográfico. Me pasé la mitad de la noche corrigiendo los errores con un lápiz.

Kenji soltó una carcajada fuerte y resonante que atrajo un par de miradas escandalizadas de los estudiantes cercanos.

—Te juro por mi vida que si el resto de los idiotas de esta escuela te escuchara hablar de esa manera, tu imagen de chico malo, rudo y peligroso se desmoronaría en menos de tres segundos. En fin, nos vemos en el salón principal. Voy a las máquinas expendedoras a comprar una caja de jugo de manzana antes de que suene la primera campana.

Ren se despidió de su amigo con un vago gesto de la mano y levantó la vista para mirar el enorme reloj analógico empotrado en la torre central del edificio administrativo. Eran exactamente las 8:15 a. m. Aún faltaban cuarenta y cinco minutos eternos para que comenzara el primer periodo de clases, el infame y tedioso salón de orientación. No tenía ni la más mínima intención de entrar temprano al aula para sentarse en su pupitre del fondo y soportar estoicamente las miradas de reojo de sus compañeros. Y, desde luego, mucho menos le apetecía tener que lidiar a primera hora con la actitud insufrible, mandona y ridículamente perfecta de Mizuki Hoshino, la gélida delegada de su clase que, sin lugar a dudas, aprovecharía la oportunidad para reprenderlo por no llevar la corbata ajustada y tener el uniforme desaliñado.

Cambiando repentinamente de rumbo, giró sobre sus talones y se dirigió a paso lento hacia el edificio oeste. La antigua biblioteca era su verdadero y único santuario dentro de la prisión que consideraba que era la academia. A diferencia del resto de los pabellones de la escuela, allí no existían los prejuicios hirientes, las expectativas irreales ni las miradas cargadas de terror infundado. Allí solo habitaba el silencio puro y reconfortante de mil historias marginadas y olvidadas por el tiempo.

Empujó la gruesa puerta de roble y cerró los ojos un instante para respirar hondo, llenando sus pulmones del aroma a polvo y papel envejecido. Caminó por el pasillo central, disfrutando en silencio del rítmico crujir de las tablas de madera bajo las suelas de sus zapatos escolares, hasta llegar a su rincón habitual, el lugar de siempre en el ala sur, justo al lado del inmenso ventanal gótico. Metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta, sacó su desgastado libro de bolsillo con obras clásicas y se dispuso a sentarse en el pupitre solitario, listo para perderse en la lectura. Sin embargo, antes de poder tomar asiento, algo peculiar y fuera de lugar llamó su atención de inmediato.


Sobresaliendo ligeramente por la estrecha ranura del viejo y estropeado buzón de sugerencias colgado en la pared, había una pequeña esquina de papel blanco, inmaculado y pulcro. Era un contraste visual tan evidente y chocante contra la madera oscura, rugosa y cubierta de una fina capa de polvo, que Ren frunció el ceño instintivamente. Intrigado, dio un par de pasos hacia la pared y, usando los dedos índice y medio, tiró suavemente de la esquina del papel hasta sacarlo por completo de su escondite.

Era una sencilla hoja de cuaderno rayada, doblada por la mitad con una precisión geométrica que evidenciaba el cuidado de quien la había manipulado.

La curiosidad natural venció rápidamente a cualquier noción de privacidad o buenos modales que pudiera tener. Ren desdobló el papel con cuidado de no rasgarlo. Su aguda mirada recorrió al instante la elegante, fluida y precisa caligrafía escrita en tinta negra. Al principio, leyó las primeras líneas con una ceja levantada y evidente escepticismo, sospechando que se trataría de alguna broma pesada elaborada por los de tercer año, o quizás un reclamo ridículo e infantil de algún estudiante aburrido. Pero a medida que sus ojos avanzaban por las sentidas líneas del texto, su expresión facial se fue suavizando de manera gradual.

La cruda vulnerabilidad que destilaban aquellas palabras cargadas de desesperación le golpeó el centro del pecho con una fuerza física y emocional que lo tomó completamente por sorpresa.

«Ojalá pudiera ser transparente. Ojalá alguien en este mundo pudiera ver el desastre caótico que soy por dentro y no salir corriendo en dirección contraria».

Ren Kazama conocía esa asfixiante sensación demasiado bien. Él también vivía todos los días atrapado en el interior de una jaula invisible que los demás, con sus habladurías y prejuicios, habían construido a su alrededor sin pedirle permiso. Comprendió en ese instante, con una claridad deslumbrante, que mientras la autora anónima de aquella carta vivía prisionera en una torre de marfil de expectativas inalcanzables y dolorosa perfección, él se encontraba sepultado en el fondo de un foso lleno de prejuicios oscuros y etiquetas injustas. Ambos, cada uno a su propia y retorcida manera, estaban siendo ahogados sistemáticamente por las exigencias que la implacable sociedad de la Academia Gekkou les imponía a diario.

Llegó al final del texto y leyó la enigmática firma: «—Chica de Hielo».

Ren soltó una risa nasal, corta, grave y completamente carente de humor. Quienquiera que fuera esta chica atormentada que vagaba por los pasillos de la escuela, poseía un sentido de la ironía bastante agudo, trágico y poético a la vez.

Ren giró la cabeza para mirar de nuevo el reloj de la torre a través del ventanal sucio. Aún le quedaba tiempo de sobra antes de que la campana arruinara la paz de la mañana. Movido por un impulso extraño e indescifrable, una necesidad imperiosa de conectar con aquel fantasma hecho de papel y tinta, sacó su propio bolígrafo del bolsillo superior de la camisa. Dio la vuelta a la hoja de papel blanco, la apoyó con firmeza sobre la superficie rayada y desigual de la madera del pupitre, y comenzó a escribir su respuesta. Su letra, a diferencia diametral de la caligrafía bella y perfecta de la misteriosa chica, era inclinada hacia la derecha, algo rasgada, con trazos fuertes y un tanto desordenada, pero innegablemente llena de fuerza, pasión y sinceridad.

«Para la enigmática Chica de Hielo:

Te leí. Y, aunque te cueste creerlo viniendo de un completo desconocido, te entiendo perfectamente. Entiendo cada maldita palabra que escribiste. Las personas, por regla general, son idiotas, ciegas y superficiales por naturaleza; siempre prefieren quedarse mirando la cáscara atractiva de las cosas porque es un trabajo mucho más fácil y cómodo que tratar de entender lo que realmente hay roto y escondido en el interior. Si la gente te ve perfecta, no es porque te admiren de verdad, es sencillamente porque no quieren tomarse la molestia de ayudarte a recoger los pedazos cuando finalmente te rompas por la mitad. Te lo digo por experiencia propia. Si me vieras a mí caminar por los pasillos de esta escuela, probablemente cruzarías la calle de puro miedo para evitarme, todo por una imagen estúpida, violenta y falsa que me han impuesto y que ni siquiera pedí tener. Escúchame bien: no eres patética, ni cobarde, ni vacía por estar mortalmente cansada de fingir. Eres simplemente humana. Y si de verdad necesitas un lugar seguro y oculto en este infierno disfrazado de academia, un rincón donde no tengas la obligación de fingir que todo está bajo control, puedes seguir dejando tus palabras desordenadas aquí dentro. Tienes mi palabra de que, de este lado de la madera vieja, nadie se atreverá a juzgar tus cicatrices. Respira profundo hoy. Sobrevive al día. Yo haré lo mismo».

Ren se detuvo un momento, golpeando suavemente el extremo del bolígrafo contra sus labios, buscando en su mente un seudónimo adecuado que estuviera a la altura de la situación. Si ella había decidido bautizarse como la Chica de Hielo, fría, perfecta y prisionera de su propia brillantez, él sería el contrapeso natural. Sería el desastre caótico que todos estaban convencidos de que era, pero fusionado con la sensibilidad melancólica que escondía del mundo.

Concluida su reflexión, firmó el reverso de la nota con un trazo firme y oscuro que casi perforó el papel:

«—Poeta Roto».

Satisfecho con su pequeña rebelión literaria matutina, Ren dobló la hoja de papel exactamente por el mismo pliegue original y la deslizó de vuelta por la ranura del buzón de madera. Esta vez, se aseguró deliberadamente de dejar una pequeña esquina asomando hacia el exterior, lo suficientemente visible para que la misteriosa dueña de la carta la encontrara sin dificultad cuando decidiera regresar a su solitario refugio. Guardó su bolígrafo, tomó su libro de Dostoievski, se colgó la chaqueta al hombro y salió de la antigua biblioteca a paso tranquilo. Mientras caminaba de regreso hacia el caótico edificio principal para enfrentar el inicio de las clases, sintió en el pecho algo que llevaba años sin experimentar: por primera vez en muchísimo tiempo, tuvo la extraña pero reconfortante certeza de que no estaba completamente solo vagando por los interminables pasillos de aquella asfixiante academia.

Ninguno de los dos lo sabía, pero a las 8:15 a. m. de aquella mañana de primavera, un lazo invisible acababa de atar sus destinos, tejiendo una historia entre el polvo y el silencio, muy lejos de las miradas de quienes creían conocerlos.



Capítulo siguiente

MangaLatam

Administrador y editor.

Artículo Anterior Artículo Siguiente

ANUNCIO

ANUNCIO

نموذج الاتصال