El sonido cristalino de la campana resonó por los pasillos inmaculados
de la Academia Gekkou, anunciando el final de las clases. Para la
inmensa mayoría de los estudiantes, aquel repique representaba la
ansiada libertad; el inicio de una tarde llena de paseos por el centro
comercial, visitas a los salones recreativos o simples charlas animadas
en las cafeterías cercanas a la estación de tren. Sin embargo, para
Mizuki Hoshino, ese sonido no era más que el pistoletazo de salida para
su segundo y más extenuante turno del día.
Mientras el resto del aula número tres se sumía en un caótico bullicio
de sillas arrastradas y mochilas cerradas a toda prisa, Mizuki guardaba
sus pertenencias con una lentitud meticulosa, casi robótica. Sus
movimientos eran precisos y calculados. Su espalda se mantenía
rígidamente recta, trazando una línea perfecta desde la base de su
columna hasta su nuca. Su uniforme, de un azul marino profundo y blanco
nieve, lucía inmaculado, sin la más mínima arruga o doblez fuera de
lugar. Su rostro, enmarcado por un sedoso cabello oscuro que caía lacio
hasta la mitad de su espalda, mantenía esa inexpresividad gélida y
distante que le había ganado su famoso apodo en los murmullos de los
pasillos.
—¡Mizuki! —La voz vibrante y aguda de Yui Moriyama cortó el murmullo
general del aula como un cuchillo caliente en mantequilla. La chica de
cabello castaño y corto se apoyó pesadamente sobre el pupitre de Mizuki,
invadiendo su espacio personal con esa energía inagotable y desbordante
que la caracterizaba—. ¡Vamos a tomar un helado! Abrieron un local nuevo
a unas cuantas calles de la estación principal y tienen ese sabor a té
verde que tanto te gusta. ¡Di que sí, por favor! ¡Te invito!
Mizuki detuvo sus pálidas manos sobre el cierre metálico de su maletín
de cuero negro. Por un instante efímero, una fracción de segundo tan
diminuta que resultó imperceptible para cualquiera que no la conociera
de toda la vida, sus oscuros ojos desearon ceder ante la tentación.
Deseó con todas sus fuerzas ser una chica normal de dieciséis años que
podía permitirse el lujo de perder un par de horas comiendo un dulce con
su mejor amiga, riendo de trivialidades sin importancia. Pero entonces,
el teléfono móvil en el bolsillo de su falda vibró con un zumbido seco.
La notificación que había estado temiendo en secreto acababa de
llegar.
No necesitaba sacar el aparato de su bolsillo para saber que era un
mensaje de su madre. El contenido sería el mismo de siempre, una letanía
de recordatorios sobre cómo los exámenes simulados a nivel nacional
estaban a escasas tres semanas de distancia, y cómo el indiscutible
primer lugar de la prestigiosa Academia Gekkou no se mantenía perdiendo
el tiempo en actividades mundanas.
—No puedo, Yui —respondió Mizuki. Su voz salió en un tono monótono,
plano y carente de cualquier emoción visible—. Tengo que adelantar el
temario completo de historia moderna y revisar las fórmulas de física
avanzada antes del anochecer. Quizás podamos dejarlo para otra
ocasión.
El rostro pecoso de Yui cayó ligeramente, formando un leve puchero de
decepción, aunque recuperó su sonrisa luminosa casi de inmediato.
Estaba más que acostumbrada a estrellarse contra la infranqueable
barrera de hielo de su amiga.
—Siempre estás estudiando, Mizuki. ¡Te vas a enfermar de tanto leer
esos libros gigantescos! —Yui cruzó los brazos sobre su pecho, pero
antes de que pudiera iniciar su habitual y bienintencionada perorata
sobre los peligros del exceso de estudio, una presencia deslumbrante
se detuvo junto a ellas.
Era Seiya Arisugawa, el presidente del consejo estudiantil. Con su
cabello rubio cenizo perfectamente peinado, su porte aristocrático y
una sonrisa afable que parecía irradiar una calidez genuina e
inagotable, Seiya era la encarnación absoluta del estudiante ideal.
Inteligente, empático, atlético y admirado sin reservas por toda la
academia, desde los alumnos de primer año hasta el director del
plantel.
—Moriyama tiene mucha razón, Hoshino —dijo Seiya. Su tono de voz era
suave, aterciopelado y sumamente conciliador—. La dedicación que
muestras hacia tu futuro académico es una virtud admirable, y todos en
el consejo estudiantil estamos profundamente orgullosos de tus
calificaciones perfectas. Eres el mayor orgullo de la Academia Gekkou.
Sin embargo, el descanso es igual de vital para mantener la mente
aguda y el espíritu tranquilo. Aunque, conociéndote tan bien como lo
hacemos, sé que tienes tus propios métodos para gestionar tu tiempo.
No la presiones demasiado, Moriyama.
Mizuki asintió levemente hacia él, agradeciendo de forma interna la
oportuna intervención. Era imposible encontrar un solo defecto en
Seiya Arisugawa; era comprensivo, sumamente atento y siempre sabía
exactamente qué palabras pronunciar para disipar cualquier atisbo de
tensión en el ambiente. Era el compañero ejemplar, el líder nato en el
que cualquiera podía confiar con los ojos cerrados.
—Agradezco su preocupación, Arisugawa. Con su permiso, me retiro.
Mizuki tomó su maletín por el asa de cuero y salió del aula sin mirar
atrás, dejando a Yui suspirando con resignación y a Seiya
despidiéndola con un gesto amable. Caminó con paso firme por los
pasillos inmaculados del edificio principal de la academia. Las
paredes estaban adornadas con vitrinas que exhibían trofeos dorados y
reconocimientos a la excelencia. Mientras avanzaba, sentía el peso
físico de las miradas de los demás estudiantes clavándose en su
espalda.
Algunos susurraban con abierta admiración; otros, incapaces de lidiar
con su propia mediocridad, lo hacían con evidente resentimiento. "La
máquina de calificaciones", "La muñeca de hielo", "El robot sin
corazón". Escuchaba aquellos comentarios envenenados a diario. Con el
paso de los años, había aprendido a bloquearlos, a erigir un muro de
contención emocional a su alrededor donde ninguna palabra hiriente
pudiera penetrar.
Sin embargo, ese día en particular, el muro estaba profundamente
agrietado.
La presión en su pecho se volvía más densa, más oscura y asfixiante
con cada paso que daba alejándose de su salón. Sus pulmones parecían
negarse a recibir la cantidad suficiente de oxígeno. Necesitaba
escapar de manera urgente. No podía ir a su casa todavía; no estaba
mentalmente preparada para enfrentar la mirada escrutadora e
implacable de su madre, quien seguramente ya tendría listos los
temarios de la semana sobre la mesa del comedor. Tampoco podía
quedarse en la biblioteca principal del instituto, aquel moderno
edificio de cristal y acero donde decenas de ojos la observarían
estudiar en silencio, esperando pacientemente a que cometiera un
error, a que mostrara una señal de debilidad.
Casi guiada por un instinto primitivo de supervivencia, sus ágiles
pies la llevaron en dirección opuesta al flujo de estudiantes, hacia
el ala oeste del inmenso campus. Esa era la parte más antigua y
olvidada de la academia, una imponente estructura de piedra gris y
madera oscura que desentonaba drásticamente con las modernas
instalaciones del resto del recinto. Allí se encontraba la antigua
biblioteca, un lugar que había sido reemplazado años atrás por el
nuevo centro de recursos digitales y que en la actualidad solo
servía como un inmenso almacén para libros de texto obsoletos,
enciclopedias acumuladoras de polvo y archivos históricos que a
nadie le importaban. La encargada, Hasegawa, una mujer de edad
avanzada y mirada severa, nunca patrullaba esa zona, prefiriendo
quedarse en la comodidad de la recepción principal ordenando
ficheros.
Mizuki empujó la pesada puerta de roble macizo con ambas manos. Las
bisagras oxidadas crujieron en una queja prolongada que hizo eco en
el silencio absoluto del lugar. El olor a papel añejo, a tinta seca
y a encuadernaciones desgastadas por el tiempo la recibió como un
abrazo familiar y reconfortante. El aire en aquel edificio era más
denso, bailando perezosamente con miles de partículas de polvo que
se iluminaban bajo los tenues rayos anaranjados del sol del
atardecer, los cuales lograban filtrarse a duras penas por los altos
y estrechos ventanales de estilo gótico.
Caminó lentamente por los pasillos angostos, bordeando las
interminables estanterías de madera tallada que se alzaban hasta el
techo, hasta llegar al fondo del ala sur. Era el rincón más aislado,
silencioso y sombrío de todo el instituto. Allí, resguardado por las
sombras y ubicado justo debajo de un ventanal con el cristal
ligeramente manchado, había un pupitre solitario, rayado y olvidado.
Y, colgando en la pared de piedra justo frente al pupitre,
descansaba un viejo buzón de sugerencias hecho de madera de caoba
oscura. Tenía una ranura estrecha en la parte superior y un candado
de bronce completamente oxidado en el frente. Nadie en la academia
había utilizado aquel artefacto en décadas.
Mizuki se dejó caer en la silla del pupitre y soltó su maletín en el
suelo de madera con un golpe sordo que reverberó en el pasillo
vacío. Levantó su muñeca izquierda para mirar la esfera de su reloj.
Eran exactamente las 4:30 p. m.
El silencio abrumador y absoluto del lugar fue el detonante final.
La férrea barrera de hielo se fracturó por completo, desmoronándose
en un millón de pedazos imaginarios. Mizuki apoyó los codos sobre la
superficie rugosa de la mesa y escondió el rostro entre sus palmas
temblorosas. De sus labios escapó un suspiro irregular que
rápidamente se transformó en un sollozo ahogado, profundo y
doloroso. Estaba tan cansada. Cansada hasta los huesos de ser el
modelo perfecto, cansada de no tener permiso para fallar, cansada de
la terrible y gélida soledad que siempre acompañaba a quienes
estaban en la cima de la montaña.
Sentía la necesidad imperiosa de decírselo a alguien, de gritar su
frustración a los cuatro vientos, pero no podía destruir la
impecable imagen que había construido con tantos años de sangre,
sudor y lágrimas. No podía cargar a Yui, con su corazón amable y
ligero, con las oscuridades y neurosis que la atormentaban.
Con las manos aún temblando levemente, sacó un bloc de notas de su
maletín y un fino bolígrafo de tinta negra. Sin pensarlo dos veces,
sin planear la estructura del texto, la gramática o el vocabulario
como solía hacer meticulosamente con cada ensayo escolar, comenzó a
escribir. Dejó que la tinta fluyera sobre la blancura del papel con
la misma desesperación y prisa con la que las lágrimas calientes
resbalaban sin control por sus mejillas.
«A quien sea que lea esto, si es que alguien lo hace alguna
vez:
Hoy siento que no puedo respirar. Siento que tengo una soga
atada al cuello y cada día se aprieta un poco más. Todo el mundo
me mira esperando ver a una estatua impecable, a una máquina que
no comete errores, que no siente cansancio ni tristeza. Pero me
estoy ahogando en silencio. Estoy aterrada de fracasar, de sacar
una nota que no sea perfecta, porque si no soy la mejor de esta
academia, siento que no soy absolutamente nada. Siento que
decepcionaré a todos y perderé mi valor como persona. No sé
cuánto tiempo más podré mantener esta estúpida farsa sin
volverme loca. A veces, en momentos como este, desearía poder
gritar hasta quedarme sin voz y destrozarlo todo a mi alrededor,
pero me limito a asentir, a mostrar cortesía y a sacar notas
perfectas. Me siento tan patética, tan cobarde y vacía por
dentro.
Ojalá pudiera ser transparente. Ojalá alguien en este mundo
pudiera ver el desastre caótico que soy por dentro y no salir
corriendo en dirección contraria».
Se detuvo de golpe, respirando con agitación, como si acabara de
correr un maratón. Sus pulmones exigían aire. Leyó sus propias
palabras escritas en el papel y sintió una extraña mezcla de
profunda vergüenza y un alivio embriagador. Era la primera vez
en años que era verdaderamente honesta consigo misma y con el
mundo exterior. Miró la hoja manchada por un par de lágrimas y,
esbozando una sonrisa triste, irónica y cargada de
autodesprecio, firmó en el extremo inferior derecho:
«—Chica de Hielo».
Dobló el papel con cuidado por la mitad, se levantó de la silla
empujándola hacia atrás y deslizó la nota por la estrecha ranura
del antiguo buzón de caoba. Escuchó el leve y áspero roce del
papel cayendo hasta el fondo vacío del cajón. Era un acto
completamente absurdo e irracional, lo sabía perfectamente.
Nadie iba a leer jamás esa nota. Era el equivalente literario a
gritar en el vacío del espacio, pero, por primera vez en todo
aquel largo y tormentoso día, sintió que el peso invisible sobre
sus hombros disminuía lo suficiente como para permitirle llenar
sus pulmones de aire fresco. Mizuki sacó un pañuelo de tela,
limpió su rostro con cuidado para no dejar rastro de su
debilidad, ajustó los pliegues de su falda y volvió a colocarse
su pesada máscara de inexpresividad antes de salir de la vieja
biblioteca, dejando su mayor secreto encerrado en la oscuridad
de la madera.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a calentar el
asfalto del patio central, Ren Kazama cruzó las enormes y ornamentadas
puertas principales de la Academia Gekkou. Su apariencia era un desafío
silencioso y constante a las estrictas normativas del reglamento
escolar. Llevaba la corbata del uniforme completamente desatada colgando
del cuello, los primeros tres botones de la camisa blanca abiertos, el
faldón por fuera del pantalón y la obligatoria chaqueta azul marino
sujeta perezosamente sobre un solo hombro. Su cabello oscuro, espeso y
ligeramente más largo de lo permitido, caía desordenadamente sobre sus
ojos oscuros, otorgándole una expresión perpetuamente sombría, aburrida
y francamente intimidante.
A su paso por el sendero arbolado, los estudiantes de grados inferiores
se apartaban instintivamente hacia los lados, abriéndole paso como si
temieran contagiarse de alguna enfermedad peligrosa si lo rozaban. Los
murmullos habituales comenzaron a flotar en el aire fresco de la mañana,
zumbando como un enjambre de avispas molestas.
—Ahí va Kazama... —susurró una chica de primer año de aspecto frágil,
aferrándose al brazo de su amiga con evidente nerviosismo—. Dicen los
rumores que anoche se peleó a puñetazo limpio con una banda de
delincuentes universitarios cerca de los callejones de la
estación.
—Da muchísimo miedo. Es un delincuente en toda regla. No logro entender
cómo el director y los profesores le permiten seguir pisando los
terrenos de esta academia.
Ren no modificó su expresión ni ralentizó su marcha. Ni siquiera
parpadeó ante los murmullos. Estaba más que acostumbrado a la ridícula
sinfonía de historias infundadas y exageradas que componían su infame
reputación. A la gente en aquel lugar le encantaba juzgar un libro por
su cubierta desgastada, y él, sinceramente, no tenía la paciencia, las
ganas ni la energía mental para desmentir las estupideces de un grupo de
adolescentes aburridos. En el fondo, era mucho más fácil y práctico
dejar que todos pensaran que era un joven peligroso y violento; de esa
manera lograba que lo dejaran en absoluta paz.
—¡Oye, Ren! —Una voz masculina, fuerte y familiar, lo sacó abruptamente
de sus reflexiones internas. Kenji Sato, un muchacho robusto de cabello
alborotado, trotó hasta alcanzarlo, masticando ruidosamente un enorme
pan dulce relleno de crema—. Qué cara de pocos amigos traes esta mañana.
Toma, agarra esto, parece que te hace falta una buena dosis de azúcar en
la sangre para despertar de una vez.
Ren levantó una mano y atrapó en el aire el pan empaquetado que su
amigo le lanzó con destreza.
—No tengo cara de pocos amigos, Kenji. Solo tengo sueño. Anoche me
quedé despierto hasta tarde y me duele la cabeza.
—¿Te quedaste despierto planeando asaltos nocturnos o peleando en
callejones oscuros para mantener intacto tu aterrador reinado del
terror sobre los de primer año? —bromeó Kenji con una sonrisa amplia,
dándole un amistoso codazo en las costillas que a cualquier otro
estudiante le habría costado un buen susto.
—Estaba leyendo a Dostoievski —corrigió Ren soltando un largo suspiro,
mientras guardaba el bollo en el bolsillo de su pantalón—. Es
verdaderamente fascinante cómo el autor logra retratar la culpa y el
aislamiento psicológico del individuo marginado por la sociedad, pero
te aseguro que la traducción de la edición que conseguí en la tienda
de segunda mano era un completo desastre ortográfico. Me pasé la mitad
de la noche corrigiendo los errores con un lápiz.
Kenji soltó una carcajada fuerte y resonante que atrajo un par de
miradas escandalizadas de los estudiantes cercanos.
—Te juro por mi vida que si el resto de los idiotas de esta escuela
te escuchara hablar de esa manera, tu imagen de chico malo, rudo y
peligroso se desmoronaría en menos de tres segundos. En fin, nos
vemos en el salón principal. Voy a las máquinas expendedoras a
comprar una caja de jugo de manzana antes de que suene la primera
campana.
Ren se despidió de su amigo con un vago gesto de la mano y levantó
la vista para mirar el enorme reloj analógico empotrado en la torre
central del edificio administrativo. Eran exactamente las 8:15 a. m.
Aún faltaban cuarenta y cinco minutos eternos para que comenzara el
primer periodo de clases, el infame y tedioso salón de orientación.
No tenía ni la más mínima intención de entrar temprano al aula para
sentarse en su pupitre del fondo y soportar estoicamente las miradas
de reojo de sus compañeros. Y, desde luego, mucho menos le apetecía
tener que lidiar a primera hora con la actitud insufrible, mandona y
ridículamente perfecta de Mizuki Hoshino, la gélida delegada de su
clase que, sin lugar a dudas, aprovecharía la oportunidad para
reprenderlo por no llevar la corbata ajustada y tener el uniforme
desaliñado.
Cambiando repentinamente de rumbo, giró sobre sus talones y se
dirigió a paso lento hacia el edificio oeste. La antigua biblioteca
era su verdadero y único santuario dentro de la prisión que
consideraba que era la academia. A diferencia del resto de los
pabellones de la escuela, allí no existían los prejuicios hirientes,
las expectativas irreales ni las miradas cargadas de terror
infundado. Allí solo habitaba el silencio puro y reconfortante de
mil historias marginadas y olvidadas por el tiempo.
Empujó la gruesa puerta de roble y cerró los ojos un instante para
respirar hondo, llenando sus pulmones del aroma a polvo y papel
envejecido. Caminó por el pasillo central, disfrutando en silencio
del rítmico crujir de las tablas de madera bajo las suelas de sus
zapatos escolares, hasta llegar a su rincón habitual, el lugar de
siempre en el ala sur, justo al lado del inmenso ventanal gótico.
Metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta, sacó su
desgastado libro de bolsillo con obras clásicas y se dispuso a
sentarse en el pupitre solitario, listo para perderse en la lectura.
Sin embargo, antes de poder tomar asiento, algo peculiar y fuera de
lugar llamó su atención de inmediato.
Sobresaliendo ligeramente por la estrecha ranura del viejo y
estropeado buzón de sugerencias colgado en la pared, había una
pequeña esquina de papel blanco, inmaculado y pulcro. Era un
contraste visual tan evidente y chocante contra la madera oscura,
rugosa y cubierta de una fina capa de polvo, que Ren frunció el ceño
instintivamente. Intrigado, dio un par de pasos hacia la pared y,
usando los dedos índice y medio, tiró suavemente de la esquina del
papel hasta sacarlo por completo de su escondite.
Era una sencilla hoja de cuaderno rayada, doblada por la mitad con
una precisión geométrica que evidenciaba el cuidado de quien la
había manipulado.
La curiosidad natural venció rápidamente a cualquier noción de
privacidad o buenos modales que pudiera tener. Ren desdobló el papel
con cuidado de no rasgarlo. Su aguda mirada recorrió al instante la
elegante, fluida y precisa caligrafía escrita en tinta negra. Al
principio, leyó las primeras líneas con una ceja levantada y
evidente escepticismo, sospechando que se trataría de alguna broma
pesada elaborada por los de tercer año, o quizás un reclamo ridículo
e infantil de algún estudiante aburrido. Pero a medida que sus ojos
avanzaban por las sentidas líneas del texto, su expresión facial se
fue suavizando de manera gradual.
La cruda vulnerabilidad que destilaban aquellas palabras cargadas de
desesperación le golpeó el centro del pecho con una fuerza física y
emocional que lo tomó completamente por sorpresa.
«Ojalá pudiera ser transparente. Ojalá alguien en este mundo
pudiera ver el desastre caótico que soy por dentro y no salir
corriendo en dirección contraria».
Ren Kazama conocía esa asfixiante sensación demasiado bien. Él
también vivía todos los días atrapado en el interior de una jaula
invisible que los demás, con sus habladurías y prejuicios, habían
construido a su alrededor sin pedirle permiso. Comprendió en ese
instante, con una claridad deslumbrante, que mientras la autora
anónima de aquella carta vivía prisionera en una torre de marfil
de expectativas inalcanzables y dolorosa perfección, él se
encontraba sepultado en el fondo de un foso lleno de prejuicios
oscuros y etiquetas injustas. Ambos, cada uno a su propia y
retorcida manera, estaban siendo ahogados sistemáticamente por las
exigencias que la implacable sociedad de la Academia Gekkou les
imponía a diario.
Llegó al final del texto y leyó la enigmática firma:
«—Chica de Hielo».
Ren soltó una risa nasal, corta, grave y completamente carente
de humor. Quienquiera que fuera esta chica atormentada que
vagaba por los pasillos de la escuela, poseía un sentido de la
ironía bastante agudo, trágico y poético a la vez.
Ren giró la cabeza para mirar de nuevo el reloj de la torre a
través del ventanal sucio. Aún le quedaba tiempo de sobra antes
de que la campana arruinara la paz de la mañana. Movido por un
impulso extraño e indescifrable, una necesidad imperiosa de
conectar con aquel fantasma hecho de papel y tinta, sacó su
propio bolígrafo del bolsillo superior de la camisa. Dio la
vuelta a la hoja de papel blanco, la apoyó con firmeza sobre la
superficie rayada y desigual de la madera del pupitre, y comenzó
a escribir su respuesta. Su letra, a diferencia diametral de la
caligrafía bella y perfecta de la misteriosa chica, era
inclinada hacia la derecha, algo rasgada, con trazos fuertes y
un tanto desordenada, pero innegablemente llena de fuerza,
pasión y sinceridad.
«Para la enigmática Chica de Hielo:
Te leí. Y, aunque te cueste creerlo viniendo de un completo
desconocido, te entiendo perfectamente. Entiendo cada maldita
palabra que escribiste. Las personas, por regla general, son
idiotas, ciegas y superficiales por naturaleza; siempre
prefieren quedarse mirando la cáscara atractiva de las cosas
porque es un trabajo mucho más fácil y cómodo que tratar de
entender lo que realmente hay roto y escondido en el interior.
Si la gente te ve perfecta, no es porque te admiren de verdad,
es sencillamente porque no quieren tomarse la molestia de
ayudarte a recoger los pedazos cuando finalmente te rompas por
la mitad. Te lo digo por experiencia propia. Si me vieras a mí
caminar por los pasillos de esta escuela, probablemente
cruzarías la calle de puro miedo para evitarme, todo por una
imagen estúpida, violenta y falsa que me han impuesto y que ni
siquiera pedí tener. Escúchame bien: no eres patética, ni
cobarde, ni vacía por estar mortalmente cansada de fingir.
Eres simplemente humana. Y si de verdad necesitas un lugar
seguro y oculto en este infierno disfrazado de academia, un
rincón donde no tengas la obligación de fingir que todo está
bajo control, puedes seguir dejando tus palabras desordenadas
aquí dentro. Tienes mi palabra de que, de este lado de la
madera vieja, nadie se atreverá a juzgar tus cicatrices.
Respira profundo hoy. Sobrevive al día. Yo haré lo mismo».
Ren se detuvo un momento, golpeando suavemente el extremo del
bolígrafo contra sus labios, buscando en su mente un seudónimo
adecuado que estuviera a la altura de la situación. Si ella
había decidido bautizarse como la Chica de Hielo, fría, perfecta
y prisionera de su propia brillantez, él sería el contrapeso
natural. Sería el desastre caótico que todos estaban convencidos
de que era, pero fusionado con la sensibilidad melancólica que
escondía del mundo.
Concluida su reflexión, firmó el reverso de la nota con un
trazo firme y oscuro que casi perforó el papel:
«—Poeta Roto».
Satisfecho con su pequeña rebelión literaria matutina, Ren
dobló la hoja de papel exactamente por el mismo pliegue
original y la deslizó de vuelta por la ranura del buzón de
madera. Esta vez, se aseguró deliberadamente de dejar una
pequeña esquina asomando hacia el exterior, lo
suficientemente visible para que la misteriosa dueña de la
carta la encontrara sin dificultad cuando decidiera regresar
a su solitario refugio. Guardó su bolígrafo, tomó su libro
de Dostoievski, se colgó la chaqueta al hombro y salió de la
antigua biblioteca a paso tranquilo. Mientras caminaba de
regreso hacia el caótico edificio principal para enfrentar
el inicio de las clases, sintió en el pecho algo que llevaba
años sin experimentar: por primera vez en muchísimo tiempo,
tuvo la extraña pero reconfortante certeza de que no estaba
completamente solo vagando por los interminables pasillos de
aquella asfixiante academia.
Ninguno de los dos lo sabía, pero a las 8:15 a. m. de
aquella mañana de primavera, un lazo invisible acababa de
atar sus destinos, tejiendo una historia entre el polvo y el
silencio, muy lejos de las miradas de quienes creían
conocerlos.
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