El buzón de los latidos perdidos - Capítulo 2: "El eco en el vacío y el roce del desprecio"


La jornada escolar en la Academia Gekkou transcurrió para Mizuki Hoshino como un desfile interminable de rostros borrosos y voces distantes. A pesar de estar físicamente sentada en su pupitre de la primera fila, con la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse y los ojos fijos en la pizarra, su mente estaba a kilómetros de distancia. Por primera vez en su vida académica, las explicaciones sobre la restauración Meiji le parecían ruidos de fondo, ecos de un mundo al que ya no sentía que pertenecía del todo.

Cada vez que el reloj de pared del aula avanzaba un minuto, Mizuki sentía una punzada de arrepentimiento mezclada con una ansiedad punzante. ¿En qué había estado pensando? Haber dejado aquella nota en el viejo buzón de la biblioteca era, analizado bajo la luz fría de la mañana, un acto de negligencia absoluta. Ella, la delegada perfecta, la "muñeca de hielo", había dejado evidencia física de su debilidad en un lugar que, aunque olvidado, seguía siendo terreno de la academia. Si alguien la encontraba, si alguien reconocía su caligrafía... el edificio de cristal que era su reputación se haría añicos.

—Hoshino-san, ¿podrías repartir los folletos de la próxima excursión cultural? —La voz del profesor de historia la devolvió bruscamente a la realidad.

Mizuki parpadeó, recuperando su máscara en un suspiro.

—Por supuesto, profesor.

Se levantó con la gracia de una bailarina y tomó los papeles. Mientras caminaba por las hileras de pupitres, evitó mirar a sus compañeros. Sin embargo, al llegar al fondo del salón, no pudo evitar que su vista se desviara hacia la última fila, junto a la ventana. Allí, Ren Kazama estaba hundido en su silla, con los cascos de música rodeando su cuello y la mirada perdida en el patio. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero no era el de texto; era una edición de bolsillo desgastada.

Al dejar el folleto sobre su mesa, el papel rozó accidentalmente la mano de Ren. Él reaccionó como si lo hubiera quemado una brasa, retirando el brazo con brusquedad y clavando sus ojos oscuros en ella. Por un segundo, Mizuki se sintió desnuda ante esa mirada. Era una mirada que no buscaba admirar su perfección, sino que parecía escudriñar las grietas que ella tanto se esforzaba por ocultar.

—Ten más cuidado, Hoshino —gruñó Ren con voz ronca—. Casi me cortas con tu eficiencia de papel.

—Si estuvieras prestando atención a la clase en lugar de perder el tiempo, no te asustarías por un simple folleto, Kazama-kun —respondió Mizuki, recuperando su tono gélido y cortante—. Y abróchate la corbata. Estás dando una imagen lamentable de nuestra clase.

Ren soltó una risa seca, una que no llegó a sus ojos.

—Mi imagen es lo último que debería preocuparte. Preocúpate por no congelarte tú misma con ese aire de superioridad. Me das escalofríos.

Mizuki apretó los dientes, sintiendo cómo el calor subía por su cuello, y se dio la vuelta sin decir nada más. Odiaba a Ren Kazama. Representaba todo lo que ella despreciaba: desorden, rebeldía, falta de disciplina. Pero, sobre todo, odiaba que él pareciera ser el único capaz de ver a través de su armadura, aunque solo fuera para burlarse de ella.



A las 4:30 p. m. exactas, Mizuki se encontró de nuevo frente a la pesada puerta de madera de la antigua biblioteca. Había pasado toda la tarde convenciéndose de que solo iba allí para recuperar su nota y destruirla. No podía permitir que ese error permaneciera en el buzón ni un minuto más.

El ala sur estaba sumida en una penumbra dorada. El silencio era tan denso que podía escuchar el latido desbocado de su propio corazón. Se acercó al viejo buzón de caoba con paso rápido, extendiendo la mano para buscar el papel que, según su lógica, debería estar exactamente donde lo dejó.

Pero sus dedos se congelaron a medio camino.

Allí estaba. Pero no era solo su papel. La esquina que asomaba por la ranura estaba en una posición diferente, más visible, casi como si la estuviera llamando. Con el aliento contenido, Mizuki tiró del papel y lo sacó. Al desdoblarlo, sintió un vuelco en el estómago que la dejó sin aire.

En el reverso de su confesión desesperada, una caligrafía nueva, fuerte y desordenada, le respondía.

"Te leí. Y, aunque te cueste creerlo... te entiendo perfectamente".

Mizuki leyó la carta una, dos, tres veces. Sus ojos se humedecieron involuntariamente al llegar a la frase: "No eres patética por estar cansada. Eres simplemente humana". Nadie le había dicho eso nunca. Ni sus padres, que solo veían sus trofeos; ni sus profesores, que solo veían sus notas; ni siquiera Yui, que aunque la quería, no comprendía la carga que Mizuki llevaba sobre los hombros.

¿Quién era "Poeta Roto"?

Miró a su alrededor, medio esperando que alguien saliera de entre las sombras de las estanterías. Pero estaba sola. Alguien había estado allí, en su refugio, y en lugar de juzgarla o exponerla, le había tendido una mano invisible a través de las palabras. Un "delincuente" literario que decía entender el aislamiento y el peso de las etiquetas.

Un sentimiento de calidez, extraño y ajeno, se expandió por su pecho. Por un momento, el hielo que rodeaba su corazón pareció evaporarse. No estaba sola. En la inmensa y competitiva Academia Gekkou, había otra alma que gritaba en silencio.



—Mizuki-chan, ¿estás bien? Estás muy distraída hoy —Yui la observaba con genuina preocupación mientras caminaban hacia la salida de la academia al finalizar el club—. Incluso Arisugawa-san me preguntó si te pasaba algo. Dijo que te vio salir muy apurada hacia el edificio oeste ayer y hoy.

Mizuki se tensó. Seiya Arisugawa era demasiado observador para su propio bien.
—No es nada, Yui. Solo necesitaba un lugar tranquilo para estudiar. La biblioteca nueva está demasiado concurrida últimamente.

—Bueno, si tú lo dices... ¡Ah, mira! Ahí está el "Príncipe" —Yui señaló hacia la entrada principal.

Seiya Arisugawa estaba rodeado, como siempre, de un grupo de estudiantes que reían ante algo que él decía. Al ver a Mizuki, se despidió del grupo con elegancia y se acercó a ellas. Su sonrisa era tan perfecta que casi parecía diseñada por un artista.

—Hoshino-san, me alegra encontrarte antes de que te vayas —dijo Seiya, colocándose a su lado con naturalidad—. Me di cuenta de que te dejaste olvidado este bolígrafo en el aula de delegados. Es el que usas para los documentos oficiales, ¿verdad? No querría que lo perdieras.

Le tendió un bolígrafo de plata grabado con sus iniciales. Mizuki lo tomó, sintiendo un leve escalofrío al rozar los dedos de Seiya. Sus manos estaban extrañamente frías.

—Muchas gracias, Arisugawa-san. Fue un descuido por mi parte.

—No hay de qué. Por cierto —Seiya bajó un poco la voz, dándole un tono de confidencia íntima—, si alguna vez necesitas hablar de algo que te abrume, sabes que mi puerta siempre está abierta. Ser la delegada de tercer año y mantener ese promedio es una carga que pocos entienden. No tienes que llevarla sola.

Sus palabras eran amables, casi idénticas en sentimiento a las de la carta, pero por alguna razón, no causaron en Mizuki el mismo alivio. Las palabras de Seiya sonaban ensayadas, como parte de su papel de presidente perfecto. Las palabras de "Poeta Roto", en cambio, se sentían como una herida abierta.

—Lo tendré en cuenta. Gracias —respondió ella con una leve inclinación de cabeza.

Mientras Seiya se alejaba, Mizuki sintió una mirada clavada en ella desde la distancia. Cerca de las puertas de la cafetería, Ren Kazama estaba apoyado contra una columna, observando la escena con una expresión indescifrable. Cuando sus ojos se encontraron con los de Mizuki, él no apartó la vista. En su lugar, hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza, una mezcla de burla y algo más que ella no pudo identificar, antes de darse la vuelta y desaparecer entre la multitud.



Esa noche, Mizuki no pudo estudiar historia. En su lugar, se sentó en su escritorio, frente al ventanal de su habitación que daba al jardín, y sacó una hoja de papel en blanco. La luz de la luna —la luz de Gekkou— bañaba la mesa.

Tomó su bolígrafo y comenzó a escribir. Ya no era una nota de suicidio social; era una conversación.

"Para Poeta Roto:

No sé quién eres, ni cómo encontraste ese buzón, pero gracias. Tus palabras... fueron lo primero real que he sentido en mucho tiempo. Tienes razón, todos prefieren la cáscara. Es más seguro vivir en la superficie que bucear en lo que realmente somos. Dijiste que te entiendo, pero ¿cómo es tu mundo? Dices que te ven y cruzan la calle por miedo. Yo camino por los pasillos y siento que soy un fantasma al que todos admiran pero nadie toca. ¿Qué es peor? ¿Ser temido por lo que creen que eres o ser adorado por algo que no eres en absoluto?

Mañana volveré a las 4:30. Si aún estás ahí, si esto no es una broma cruel... cuéntame más sobre ese aislamiento del que hablas. Cuéntame por qué el mundo te asusta tanto como a mí me asfixia.

—Chica de Hielo."

Dobló la carta con manos temblorosas y la guardó en su maletín. No sabía que, al otro lado de la ciudad, en una habitación pequeña llena de libros de segunda mano, Ren Kazama también miraba la luna, preguntándose si la chica perfecta de la academia volvería a aquel rincón olvidado.

El juego de espejos había comenzado. Dos almas rotas empezaban a buscarse en la oscuridad, sin saber que el mayor peligro no era el secreto que compartían, sino la sombra perfecta que, desde el consejo estudiantil, ya empezaba a sospechar que el orden de su academia estaba siendo perturbado por algo tan caótico como la sinceridad.



A la mañana siguiente, la atmósfera en la Academia Gekkou se sentía inusualmente pesada. Se habían anunciado los resultados de los exámenes de aptitud del mes anterior, y como era de esperar, el nombre de Mizuki Hoshino encabezaba la lista en el tablón de anuncios.

Mizuki estaba de pie frente al tablón, observando su propio nombre con una sensación de vacío absoluto. A su lado, los estudiantes cuchicheaban.
—Vaya, Hoshino-san lo hizo de nuevo. ¿Acaso duerme?
—Dicen que tiene un sistema de estudio que no permite ni un minuto de descanso. Qué miedo da.

—Felicidades, Hoshino-san. Otra victoria impecable.

Seiya Arisugawa apareció a su lado, observando la lista con una sonrisa de satisfacción, como si el éxito de Mizuki fuera un logro del que él también era dueño.
—Gracias, Arisugawa-san —respondió ella automáticamente.

—Sin embargo —continuó Seiya, bajando el tono—, parece que Kazama-kun ha vuelto a caer al último lugar en conducta, aunque sus notas en literatura son... sorprendentemente altas. Casi alcanzan las tuyas. Es una lástima que alguien con tanto potencial prefiera ser un paria social.

Mizuki sintió un vuelco. ¿Ren Kazama tenía notas altas en literatura? Recordó la caligrafía de la carta y el libro de bolsillo que él siempre llevaba. Un pensamiento absurdo cruzó su mente, pero lo descartó de inmediato. No, era imposible. Ren era rudo, desaliñado y agresivo. "Poeta Roto" era sensible, profundo y empático. No podían ser la misma persona.

—La disciplina es lo que separa al talento del éxito, Arisugawa-san —dijo ella, más para convencerse a sí misma que a él—. Kazama-kun ha elegido su camino.

—Exactamente —coincidió Seiya, y por un segundo, su sonrisa pareció volverse un poco más afilada—. Por eso es tan importante que las personas como nosotros nos mantengamos unidas. No podemos permitir que el desorden de otros afecte la armonía de la Gekkou.

Seiya puso una mano en el hombro de Mizuki. Fue un gesto protector, pero ella sintió una repentina necesidad de apartarse. En ese momento, Ren Kazama pasó por el pasillo, con las manos en los bolsillos y la mirada baja. Al ver a Seiya y Mizuki juntos frente al tablón, se detuvo un instante. Su mandíbula se tensó y sus ojos brillaron con una mezcla de desprecio y dolor que Mizuki no supo interpretar.

Ren no dijo nada. Simplemente siguió caminando, golpeando accidentalmente el hombro de un estudiante que se interponía en su camino, lo que provocó una serie de quejas y miradas de reproche.

Mizuki lo observó alejarse. Tenía la carta en su maletín, quemándole como si fuera fuego. A las 4:30 p. m. regresaría a la biblioteca vieja. Y por primera vez en su vida, no iría allí para estudiar, sino para buscar una conexión que el mundo perfecto de Seiya Arisugawa jamás podría ofrecerle.

El destino estaba trazado. Entre el "Príncipe" que la vigilaba y el "Delincuente" que la entendía, Mizuki Hoshino estaba a punto de descubrir que en la Academia Gekkou, la luz de la luna a veces revela verdades que el sol prefiere ocultar.



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