La jornada escolar en la Academia Gekkou transcurrió para Mizuki Hoshino
como un desfile interminable de rostros borrosos y voces distantes. A
pesar de estar físicamente sentada en su pupitre de la primera fila, con
la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse y los ojos fijos en
la pizarra, su mente estaba a kilómetros de distancia. Por primera vez en
su vida académica, las explicaciones sobre la restauración Meiji le
parecían ruidos de fondo, ecos de un mundo al que ya no sentía que
pertenecía del todo.
Cada vez que el reloj de pared del aula avanzaba un minuto, Mizuki sentía
una punzada de arrepentimiento mezclada con una ansiedad punzante. ¿En qué
había estado pensando? Haber dejado aquella nota en el viejo buzón de la
biblioteca era, analizado bajo la luz fría de la mañana, un acto de
negligencia absoluta. Ella, la delegada perfecta, la "muñeca de hielo",
había dejado evidencia física de su debilidad en un lugar que, aunque
olvidado, seguía siendo terreno de la academia. Si alguien la encontraba,
si alguien reconocía su caligrafía... el edificio de cristal que era su
reputación se haría añicos.
—Hoshino-san, ¿podrías repartir los folletos de la próxima excursión
cultural? —La voz del profesor de historia la devolvió bruscamente a la
realidad.
Mizuki parpadeó, recuperando su máscara en un suspiro.
—Por supuesto, profesor.
Se levantó con la gracia de una bailarina y tomó los papeles. Mientras
caminaba por las hileras de pupitres, evitó mirar a sus compañeros. Sin
embargo, al llegar al fondo del salón, no pudo evitar que su vista se
desviara hacia la última fila, junto a la ventana. Allí, Ren Kazama estaba
hundido en su silla, con los cascos de música rodeando su cuello y la
mirada perdida en el patio. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero
no era el de texto; era una edición de bolsillo desgastada.
Al dejar el folleto sobre su mesa, el papel rozó accidentalmente la mano
de Ren. Él reaccionó como si lo hubiera quemado una brasa, retirando el
brazo con brusquedad y clavando sus ojos oscuros en ella. Por un segundo,
Mizuki se sintió desnuda ante esa mirada. Era una mirada que no buscaba
admirar su perfección, sino que parecía escudriñar las grietas que ella
tanto se esforzaba por ocultar.
—Ten más cuidado, Hoshino —gruñó Ren con voz ronca—. Casi me cortas con
tu eficiencia de papel.
—Si estuvieras prestando atención a la clase en lugar de perder el
tiempo, no te asustarías por un simple folleto, Kazama-kun —respondió
Mizuki, recuperando su tono gélido y cortante—. Y abróchate la corbata.
Estás dando una imagen lamentable de nuestra clase.
Ren soltó una risa seca, una que no llegó a sus ojos.
—Mi imagen es lo último que debería preocuparte. Preocúpate por no
congelarte tú misma con ese aire de superioridad. Me das
escalofríos.
Mizuki apretó los dientes, sintiendo cómo el calor subía por su cuello, y
se dio la vuelta sin decir nada más. Odiaba a Ren Kazama. Representaba
todo lo que ella despreciaba: desorden, rebeldía, falta de disciplina.
Pero, sobre todo, odiaba que él pareciera ser el único capaz de ver a
través de su armadura, aunque solo fuera para burlarse de ella.
A las 4:30 p. m. exactas, Mizuki se encontró de nuevo frente a la pesada
puerta de madera de la antigua biblioteca. Había pasado toda la tarde
convenciéndose de que solo iba allí para recuperar su nota y destruirla.
No podía permitir que ese error permaneciera en el buzón ni un minuto
más.
El ala sur estaba sumida en una penumbra dorada. El silencio era tan
denso que podía escuchar el latido desbocado de su propio corazón. Se
acercó al viejo buzón de caoba con paso rápido, extendiendo la mano para
buscar el papel que, según su lógica, debería estar exactamente donde lo
dejó.
Pero sus dedos se congelaron a medio camino.
Allí estaba. Pero no era solo su papel. La esquina que asomaba por la
ranura estaba en una posición diferente, más visible, casi como si la
estuviera llamando. Con el aliento contenido, Mizuki tiró del papel y lo
sacó. Al desdoblarlo, sintió un vuelco en el estómago que la dejó sin
aire.
En el reverso de su confesión desesperada, una caligrafía nueva, fuerte y
desordenada, le respondía.
"Te leí. Y, aunque te cueste creerlo... te entiendo
perfectamente".
Mizuki leyó la carta una, dos, tres veces. Sus ojos se humedecieron
involuntariamente al llegar a la frase: "No eres patética por estar
cansada. Eres simplemente humana". Nadie le había dicho eso nunca. Ni sus
padres, que solo veían sus trofeos; ni sus profesores, que solo veían sus
notas; ni siquiera Yui, que aunque la quería, no comprendía la carga que
Mizuki llevaba sobre los hombros.
¿Quién era "Poeta Roto"?
Miró a su alrededor, medio esperando que alguien saliera de entre las
sombras de las estanterías. Pero estaba sola. Alguien había estado allí,
en su refugio, y en lugar de juzgarla o exponerla, le había tendido una
mano invisible a través de las palabras. Un "delincuente" literario que
decía entender el aislamiento y el peso de las etiquetas.
Un sentimiento de calidez, extraño y ajeno, se expandió por su pecho. Por
un momento, el hielo que rodeaba su corazón pareció evaporarse. No estaba
sola. En la inmensa y competitiva Academia Gekkou, había otra alma que
gritaba en silencio.
—Mizuki-chan, ¿estás bien? Estás muy distraída hoy —Yui la observaba con
genuina preocupación mientras caminaban hacia la salida de la academia al
finalizar el club—. Incluso Arisugawa-san me preguntó si te pasaba algo.
Dijo que te vio salir muy apurada hacia el edificio oeste ayer y
hoy.
Mizuki se tensó. Seiya Arisugawa era demasiado observador para su propio
bien.
—No es nada, Yui. Solo necesitaba un lugar tranquilo para estudiar. La
biblioteca nueva está demasiado concurrida últimamente.
—Bueno, si tú lo dices... ¡Ah, mira! Ahí está el "Príncipe" —Yui señaló
hacia la entrada principal.
Seiya Arisugawa estaba rodeado, como siempre, de un grupo de estudiantes
que reían ante algo que él decía. Al ver a Mizuki, se despidió del grupo
con elegancia y se acercó a ellas. Su sonrisa era tan perfecta que casi
parecía diseñada por un artista.
—Hoshino-san, me alegra encontrarte antes de que te vayas —dijo Seiya,
colocándose a su lado con naturalidad—. Me di cuenta de que te dejaste
olvidado este bolígrafo en el aula de delegados. Es el que usas para los
documentos oficiales, ¿verdad? No querría que lo perdieras.
Le tendió un bolígrafo de plata grabado con sus iniciales. Mizuki lo
tomó, sintiendo un leve escalofrío al rozar los dedos de Seiya. Sus manos
estaban extrañamente frías.
—Muchas gracias, Arisugawa-san. Fue un descuido por mi parte.
—No hay de qué. Por cierto —Seiya bajó un poco la voz, dándole un tono de
confidencia íntima—, si alguna vez necesitas hablar de algo que te abrume,
sabes que mi puerta siempre está abierta. Ser la delegada de tercer año y
mantener ese promedio es una carga que pocos entienden. No tienes que
llevarla sola.
Sus palabras eran amables, casi idénticas en sentimiento a las de la
carta, pero por alguna razón, no causaron en Mizuki el mismo alivio. Las
palabras de Seiya sonaban ensayadas, como parte de su papel de presidente
perfecto. Las palabras de "Poeta Roto", en cambio, se sentían como una
herida abierta.
—Lo tendré en cuenta. Gracias —respondió ella con una leve inclinación de
cabeza.
Mientras Seiya se alejaba, Mizuki sintió una mirada clavada en ella desde
la distancia. Cerca de las puertas de la cafetería, Ren Kazama estaba
apoyado contra una columna, observando la escena con una expresión
indescifrable. Cuando sus ojos se encontraron con los de Mizuki, él no
apartó la vista. En su lugar, hizo un gesto casi imperceptible con la
cabeza, una mezcla de burla y algo más que ella no pudo identificar, antes
de darse la vuelta y desaparecer entre la multitud.
Esa noche, Mizuki no pudo estudiar historia. En su lugar, se sentó en su
escritorio, frente al ventanal de su habitación que daba al jardín, y sacó
una hoja de papel en blanco. La luz de la luna —la luz de Gekkou— bañaba
la mesa.
Tomó su bolígrafo y comenzó a escribir. Ya no era una nota de suicidio
social; era una conversación.
"Para Poeta Roto:
No sé quién eres, ni cómo encontraste ese buzón, pero gracias. Tus
palabras... fueron lo primero real que he sentido en mucho tiempo.
Tienes razón, todos prefieren la cáscara. Es más seguro vivir en la
superficie que bucear en lo que realmente somos. Dijiste que te
entiendo, pero ¿cómo es tu mundo? Dices que te ven y cruzan la calle por
miedo. Yo camino por los pasillos y siento que soy un fantasma al que
todos admiran pero nadie toca. ¿Qué es peor? ¿Ser temido por lo que
creen que eres o ser adorado por algo que no eres en absoluto?
Mañana volveré a las 4:30. Si aún estás ahí, si esto no es una broma
cruel... cuéntame más sobre ese aislamiento del que hablas. Cuéntame por
qué el mundo te asusta tanto como a mí me asfixia.
—Chica de Hielo."
Dobló la carta con manos temblorosas y la guardó en su maletín. No sabía
que, al otro lado de la ciudad, en una habitación pequeña llena de libros
de segunda mano, Ren Kazama también miraba la luna, preguntándose si la
chica perfecta de la academia volvería a aquel rincón olvidado.
El juego de espejos había comenzado. Dos almas rotas empezaban a buscarse
en la oscuridad, sin saber que el mayor peligro no era el secreto que
compartían, sino la sombra perfecta que, desde el consejo estudiantil, ya
empezaba a sospechar que el orden de su academia estaba siendo perturbado
por algo tan caótico como la sinceridad.
A la mañana siguiente, la atmósfera en la Academia Gekkou se sentía
inusualmente pesada. Se habían anunciado los resultados de los exámenes de
aptitud del mes anterior, y como era de esperar, el nombre de Mizuki
Hoshino encabezaba la lista en el tablón de anuncios.
Mizuki estaba de pie frente al tablón, observando su propio nombre con
una sensación de vacío absoluto. A su lado, los estudiantes
cuchicheaban.
—Vaya, Hoshino-san lo hizo de nuevo. ¿Acaso duerme?
—Dicen que tiene un sistema de estudio que no permite ni un minuto de
descanso. Qué miedo da.
—Felicidades, Hoshino-san. Otra victoria impecable.
Seiya Arisugawa apareció a su lado, observando la lista con una sonrisa
de satisfacción, como si el éxito de Mizuki fuera un logro del que él
también era dueño.
—Gracias, Arisugawa-san —respondió ella automáticamente.
—Sin embargo —continuó Seiya, bajando el tono—, parece que Kazama-kun ha
vuelto a caer al último lugar en conducta, aunque sus notas en literatura
son... sorprendentemente altas. Casi alcanzan las tuyas. Es una lástima
que alguien con tanto potencial prefiera ser un paria social.
Mizuki sintió un vuelco. ¿Ren Kazama tenía notas altas en literatura?
Recordó la caligrafía de la carta y el libro de bolsillo que él siempre
llevaba. Un pensamiento absurdo cruzó su mente, pero lo descartó de
inmediato. No, era imposible. Ren era rudo, desaliñado y agresivo. "Poeta
Roto" era sensible, profundo y empático. No podían ser la misma
persona.
—La disciplina es lo que separa al talento del éxito, Arisugawa-san —dijo
ella, más para convencerse a sí misma que a él—. Kazama-kun ha elegido su
camino.
—Exactamente —coincidió Seiya, y por un segundo, su sonrisa pareció
volverse un poco más afilada—. Por eso es tan importante que las personas
como nosotros nos mantengamos unidas. No podemos permitir que el desorden
de otros afecte la armonía de la Gekkou.
Seiya puso una mano en el hombro de Mizuki. Fue un gesto protector, pero
ella sintió una repentina necesidad de apartarse. En ese momento, Ren
Kazama pasó por el pasillo, con las manos en los bolsillos y la mirada
baja. Al ver a Seiya y Mizuki juntos frente al tablón, se detuvo un
instante. Su mandíbula se tensó y sus ojos brillaron con una mezcla de
desprecio y dolor que Mizuki no supo interpretar.
Ren no dijo nada. Simplemente siguió caminando, golpeando accidentalmente
el hombro de un estudiante que se interponía en su camino, lo que provocó
una serie de quejas y miradas de reproche.
Mizuki lo observó alejarse. Tenía la carta en su maletín, quemándole como
si fuera fuego. A las 4:30 p. m. regresaría a la biblioteca vieja. Y por
primera vez en su vida, no iría allí para estudiar, sino para buscar una
conexión que el mundo perfecto de Seiya Arisugawa jamás podría
ofrecerle.
El destino estaba trazado. Entre el "Príncipe" que la vigilaba y el
"Delincuente" que la entendía, Mizuki Hoshino estaba a punto de descubrir
que en la Academia Gekkou, la luz de la luna a veces revela verdades que
el sol prefiere ocultar.
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