La mañana en la Academia Gekkou comenzó con una neblina densa que
envolvía los edificios de piedra, dándole al campus un aire aún más irreal
y cerrado. Para Mizuki Hoshino, esa niebla era el reflejo exacto de su
estado mental. Llevaba la carta escondida en el compartimento secreto de
su maletín, y sentía que el papel emitía un calor casi físico que le
quemaba el costado.
En el aula, el ambiente estaba cargado. Seiya Arisugawa había convocado
una reunión de emergencia del Consejo Estudiantil antes del inicio de las
clases. Mizuki, como delegada de tercer año, debía estar presente. Se
sentó a la derecha de Seiya en la mesa de roble pulido de la oficina del
consejo, un lugar que olía a cera de muebles cara y a una autoridad
impecable.
—Gracias por venir tan temprano —dijo Seiya, recorriendo a los presentes
con su mirada magnética. Incluso a esa hora, no tenía ni un solo cabello
fuera de lugar—. He estado revisando los informes de mantenimiento del ala
oeste, específicamente de la antigua biblioteca. Parece que hay informes
de "actividad inusual". Algunos estudiantes dicen haber visto sombras
moviéndose allí después de las horas permitidas.
Mizuki sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Mantuvo su
expresión de mármol, pero sus dedos se apretaron bajo la mesa, hundiendo
las uñas en sus palmas.
—Es un edificio viejo y estructuralmente poco fiable —continuó Seiya,
entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Como presidente, mi prioridad es la
seguridad de todos. He decidido que, a partir de la próxima semana, el
acceso al ala oeste quedará restringido por completo hasta que se realice
una inspección a fondo. Hoshino-san, como delegada, me gustaría que te
encargues de redactar el comunicado y de supervisar que nadie entre allí
durante los descansos.
El silencio que siguió fue asfixiante. Mizuki sintió que el aire se le
escapaba. Clausurar el ala oeste significaba el fin del buzón. El fin de
sus latidos perdidos.
—¿Hoshino-san? —Seiya la miró con una ceja ligeramente levantada, su
sonrisa aún presente pero con un matiz de curiosidad inquisitiva—. ¿Pasa
algo? Te has quedado pálida.
—No es nada, Arisugawa-san —respondió ella, forzando a su voz a sonar
firme y profesional—. Me encargaré del comunicado hoy mismo. Es una medida
sensata.
—Sabía que estarías de acuerdo. Siempre eres tan razonable —concluyó
Seiya.
Al salir de la reunión, Mizuki caminó por el pasillo sintiendo que el
suelo se movía bajo sus pies. Tenía menos de tres días antes de que
sellaran su único refugio. Tenía que entregar esa carta. Tenía que
advertirle a "Poeta Roto".
Mientras tanto, en el patio trasero, lejos de las miradas de los
"estudiantes modelo", Ren Kazama estaba sentado sobre el muro de piedra,
observando la niebla disiparse. Kenji Sato estaba a su lado, intentando
infructuosamente hacer equilibrio con una lata de café vacía sobre su
rodilla.
—Oye, Ren, ¿te enteraste? —preguntó Kenji sin mirarlo—. Dicen que el
"Príncipe" va a cerrar la biblioteca vieja. Al parecer, no le gusta que
haya rincones en esta escuela que no estén bajo su control directo.
Ren se tensó. Sus ojos oscuros se entrecerraron.
—¿Cerrar la biblioteca? ¿Por qué ahora?
—Ya conoces a Arisugawa. Si no brilla bajo su luz, para él es basura o un
peligro —Kenji se encogió de hombros—. Es una pena, sé que te gusta ir
allí a leer tus libros raros. Tendrás que buscarte otro escondite,
amigo.
Ren no respondió. Un sentimiento de urgencia, algo que no había sentido
en años, comenzó a burbujear en su interior. No era solo por sus libros.
Era por ella. Por la "Chica de Hielo" que le había confiado su asfixia. Si
cerraban la biblioteca, ella volvería a estar sola en su torre de cristal,
y él volvería a ser solo el delincuente que todos veían.
La campana de la primera hora sonó, un eco metálico que parecía una
sentencia.
El día avanzó con una lentitud tortuosa. En la clase de literatura, el
profesor estaba analizando los poemas de desamor de la era Heian. Mizuki y
Ren estaban en polos opuestos del aula, pero por primera vez, ambos
compartían el mismo pensamiento, aunque no lo supieran.
Mizuki miraba la nuca de Ren. Se preguntaba si un chico tan rudo como él
alguna vez habría sentido la necesidad de esconderse del mundo. Recordó lo
que Arisugawa dijo sobre las notas de Ren en literatura. ¿Era posible que
detrás de esa fachada de indiferencia hubiera un alma que comprendiera la
poesía del dolor? Sacudió la cabeza internamente. No, era una tontería.
Ren era real, tangible y hostil. "Poeta Roto" era una sombra amable en un
buzón de madera.
Por su parte, Ren sentía la mirada de Mizuki en su espalda. Odiaba cómo
ella siempre parecía estar juzgándolo, incluso cuando estaba en silencio.
Se imaginaba a Mizuki redactando el comunicado para cerrar la biblioteca
con esa caligrafía perfecta que tanto detestaba en clase, pero que tanto
lo fascinaba en el papel. "Si tan solo supieras lo que hay en ese buzón,
Hoshino", pensó con amargura, "serías la primera en quemarlo todo para
mantener tu orden perfecto".
A las 4:15 p. m., quince minutos antes de su hora habitual, Mizuki se
escabulló hacia el edificio oeste. Evitó los caminos principales,
moviéndose como una sombra entre los árboles del campus. Sus manos
temblaban mientras abría la puerta de la biblioteca vieja.
El lugar estaba más frío que de costumbre. Corrió hacia el ala sur, hacia
el buzón. Sacó la carta de su maletín y la deslizó con dedos febriles por
la ranura.
—Por favor, léela —susurró al aire polvoriento—. Por favor, responde
antes de que sea tarde.
Se quedó allí un momento, apoyando la frente contra la madera fría del
buzón. En ese silencio, se permitió llorar por un segundo. Solo un
segundo. Luego, se limpió las lágrimas, se puso su máscara de delegada y
salió del edificio.
No se dio cuenta de que, desde la ventana del tercer piso del edificio
administrativo, alguien la observaba. Seiya Arisugawa sostenía una taza de
té, mirando hacia el ala oeste con una expresión de absoluta
serenidad.
—Así que es allí a donde vas, Hoshino-san —murmuró Seiya para sí mismo—.
¿Qué tesoro guardas en ese edificio moribundo que te hace arriesgar tu
perfección?
Ren llegó a la biblioteca diez minutos después de que Mizuki se fuera.
Entró con la guardia alta, sintiendo que el aire mismo del lugar había
cambiado. Había un rastro casi imperceptible de perfume en el aire: jazmín
y algo parecido a la lluvia. Era el mismo aroma que emanaba de Mizuki
Hoshino cuando pasaba por su lado en el salón.
Ren sacudió la cabeza, irritado por la comparación. Se dirigió al buzón y
encontró la nota de la "Chica de Hielo". La leyó rápidamente, y su corazón
se aceleró al ver la urgencia en sus palabras.
"¿Qué es peor? ¿Ser temido por lo que creen que eres o ser adorado por
algo que no eres en absoluto?".
Ren se sentó en el pupitre rayado. El sol se estaba poniendo, tiñendo la
biblioteca de un rojo sangriento. Tomó su bolígrafo y escribió con una
intensidad que casi rompe el papel.
"Para la Chica de Hielo:
Me preguntas qué es peor. Te diré la verdad: ambos son prisiones de
cristal. La diferencia es que mi prisión tiene muros de espinas que
alejan a la gente, y la tuya tiene muros de espejos que solo te
devuelven la imagen que los demás quieren ver. Al menos a mí me dejan
solo en mi oscuridad. A ti te obligan a brillar hasta que te quemas.
He oído los rumores. El 'Príncipe' de esta escuela quiere cerrar este
lugar. Quiere apagar la luz de la luna que nos permite ser nosotros
mismos. No podemos permitirlo. Si este lugar muere, nuestra verdad muere
con él.
No me importa quién seas en la vida real. No me importa si eres la
delegada perfecta o la chica más popular. Aquí, eres la única persona
que me ha visto sin miedo. Si esta es la última carta que podemos
intercambiar en este buzón, quiero que sepas esto: no estás vacía. Un
ser vacío no podría escribir palabras que duelen tanto como las
tuyas.
Si cierran este lugar, búscame en el eco de los libros. Encontraré una
forma de seguir respondiendo, incluso si tengo que escribir en las
paredes de esta academia.
—Poeta Roto".
Ren dejó la carta en el buzón, pero esta vez no dejó la esquina asomando.
La empujó hasta el fondo, como si quisiera protegerla de la luz que Seiya
Arisugawa estaba a punto de derramar sobre sus secretos.
Al día siguiente, el comunicado oficial fue pegado en todas las puertas
de la academia.
"AVISO OFICIAL: CLAUSURA DEL ALA OESTE POR MOTIVOS DE SEGURIDAD E
INSPECCIÓN ESTRUCTURAL. PROHIBIDO EL PASO A PARTIR DEL LUNES".
Mizuki leyó el aviso frente a la entrada principal. A su lado, Seiya se
detuvo, colocando una mano suave sobre su espalda.
—Buen trabajo con el comunicado, Hoshino-san. Muy claro y directo —dijo
Seiya. Luego, bajó la voz hasta que fue solo un susurro que le erizó los
cabellos de la nuca—. Por cierto, ayer te busqué para entregarte unos
informes después de clases, pero no estabas en el salón de delegados. ¿Te
fuiste temprano a casa?
Mizuki sintió que el hielo se le metía en los huesos.
—Sí, Arisugawa-san. Tenía un fuerte dolor de cabeza y decidí retirarme
antes. Siento no haber avisado.
—No te preocupes —respondió él, y por un momento, sus ojos parecieron
brillar con una luz depredadora—. La salud es lo primero. Pero me alegra
que ya estés mejor. No querría que te perdieras la ceremonia de clausura
del ala oeste. Como delegada, tendrás que cerrar la puerta principal
personalmente el viernes por la tarde.
Mizuki asintió mecánicamente. Cerrar la puerta personalmente. Ser ella
misma quien pusiera el candado a su propio corazón.
En ese momento, Ren pasó por su lado. No la miró, pero al pasar, dejó
caer un pequeño trozo de papel arrugado sobre el pupitre de Mizuki antes
de seguir de largo hacia el fondo del salón.
Mizuki lo recogió rápidamente, ocultándolo bajo su libro de texto. Lo
abrió con manos temblorosas. Solo había una frase escrita con esa letra
desordenada y potente que ya conocía tan bien:
"Hoy a las 4:30 p. m. Será la última vez".
Mizuki miró hacia el fondo del aula. Ren estaba mirando por la ventana,
pero su reflejo en el cristal parecía estar observándola. Entre el control
absoluto de Seiya y la desesperación de Ren, Mizuki se dio cuenta de que
el juego de las cartas estaba a punto de transformarse en algo mucho más
peligroso: una realidad que ninguno de los dos estaba preparado para
afrontar.
El vals de las máscaras estaba llegando a su clímax, y en la Academia
Gekkou, el silencio del buzón estaba a punto de convertirse en un grito
que cambiaría sus vidas para siempre.
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