La tarde del viernes cayó sobre la Academia Gekkou con una pesadez
inusual, como si el cielo mismo supiera que algo estaba a punto de morir.
El aire estaba cargado de una humedad eléctrica que anunciaba tormenta,
pero para Mizuki Hoshino, la verdadera tempestad se libraba en el interior
de su pecho. Estaba sentada en la oficina del consejo estudiantil, rodeada
de carpetas perfectamente apiladas y el suave zumbido del aire
acondicionado, pero sus manos, ocultas bajo el escritorio, no dejaban de
juguetear con una pesada llave de hierro antiguo que Seiya Arisugawa le
había entregado esa misma mañana.
Esa llave era el verdugo del ala oeste.
—¿Hoshino-san? Los informes de la inspección preliminar están listos.
Solo falta tu firma para oficializar el precinto —la voz de Seiya, tan
melódica y perfecta como siempre, rompió el silencio.
Mizuki levantó la vista. Seiya estaba de pie junto al ventanal,
observando el patio con esa expresión de serenidad absoluta que a ella
empezaba a parecerle una máscara de porcelana demasiado fina.
—Lo haré ahora mismo, Arisugawa-san —respondió ella, forzando a sus dedos
a soltar la llave y tomar el bolígrafo de plata que él le había
regalado.
Firmó. El trazo de su nombre en el papel oficial se sintió como una
traición. Cada letra era un clavo más en la puerta del refugio que
compartía con "Poeta Roto". Al terminar, Seiya se acercó y tomó el
documento, rozando deliberadamente sus dedos con los de ella. Mizuki
contuvo un escalofrío. El contacto de Seiya no era cálido; era posesivo,
como el de un coleccionista asegurándose de que su pieza más valiosa
seguía en su lugar.
—Excelente. Eres tan eficiente como siempre —dijo él, dedicándole una
sonrisa que no llegó a sus ojos—. Recuerda, a las 4:30 p. m. debes estar
allí. Yo me encargaré de los últimos detalles en el edificio principal.
Confío en que cerrarás todo correctamente. No queremos que ningún
"elemento disruptivo" se cuele en un área peligrosa, ¿verdad?
Mizuki asintió mecánicamente. Sabía exactamente a quién se refería con
"elemento disruptivo". Seiya no mencionaba nombres, pero la forma en que
su mirada se endurecía cuando Ren Kazama pasaba cerca era suficiente
respuesta.
Cuando Seiya salió de la oficina, Mizuki se hundió en su silla. Miró el
reloj. 4:10 p. m. El tiempo se le escapaba entre los dedos como arena.
Sacó de su maletín la que sospechaba sería su última carta. No era una
hoja de cuaderno común; había elegido un papel de hilo que guardaba para
ocasiones especiales, un papel que se sentía real al tacto.
"Si esta es la última vez, que al menos sea inolvidable", pensó mientras
se levantaba y guardaba la llave en su bolsillo.
En el otro extremo del campus, Ren Kazama caminaba por el borde del
bosque que rodeaba la academia. Llevaba la chaqueta del uniforme abierta
al viento y las manos hundidas en los bolsillos. Su mente era un caos de
citas literarias y una urgencia visceral que no lograba silenciar.
"Hoy a las 4:30 p. m. Será la última vez".
Había escrito ese mensaje en un arrebato de desesperación. Sabía que
Mizuki era la encargada de cerrar el edificio, y sabía que la "Chica de
Hielo" llegaría antes para dejar su mensaje final. El riesgo era inmenso.
Si Seiya lo encontraba allí, no solo sería su expulsión definitiva; sería
el fin del secreto de ella. Pero Ren no podía simplemente dejar que el
silencio se tragara su conexión.
—Ren, vas en dirección contraria a la salida —la voz de Kenji Sato lo
detuvo cerca del gimnasio—. Los profesores están patrullando. Arisugawa ha
dado órdenes estrictas de que nadie se acerque al edificio viejo hoy. Dice
que es "por nuestro bien".
Ren se detuvo, pero no miró a su amigo.
—Ya sabes que el concepto de "bien" de Arisugawa y el mío son galaxias
distintas, Kenji. Tengo algo que terminar.
Kenji suspiró, frotándose la nuca.
—Es por la chica de la biblioteca, ¿verdad? No sé quién es, pero te ha
cambiado, hermano. Tienes esa mirada de quien está dispuesto a saltar al
vacío. Solo... ten cuidado. Ese tipo, Seiya, no juega limpio. Detrás de
esa cara de ángel hay un depredador.
—Lo sé —respondió Ren, y por primera vez en el día, una pequeña y
genuina sonrisa curvó sus labios—. Pero incluso los depredadores temen a
lo que no pueden controlar. Nos vemos mañana.
Ren se internó en la espesura de los árboles, usando el camino que solo
los que odiaban las reglas conocían, esquivando las cámaras de seguridad
que el consejo estudiantil había instalado recientemente. Su corazón
golpeaba sus costillas con el ritmo de un tambor de guerra.
A las 4:20 p. m., Mizuki entró en la antigua biblioteca.
El edificio se sentía diferente hoy. El silencio ya no era reconfortante;
era fúnebre. Las estanterías de madera, cargadas de conocimiento olvidado,
parecían inclinarse hacia ella, despidiéndose. Caminó hacia el ala sur,
sus pasos resonando en el suelo de madera como disparos en una catedral
vacía.
Llegó al buzón. Estaba allí, imperturbable, esperando como un viejo amigo
que sabe que su tiempo ha terminado. Mizuki sacó su carta, pero antes de
deslizarla, sus dedos rozaron algo dentro de la ranura.
Un papel.
Lo sacó con urgencia. Era la respuesta que "Poeta Roto" había dejado esa
mañana. Sus ojos recorrieron las palabras con avidez, devorando cada trazo
desordenado de tinta.
"...Si esta es la última carta... quiero que sepas esto: no estás
vacía. Un ser vacío no podría escribir palabras que duelen tanto como
las tuyas".
Mizuki sintió que una lágrima solitaria escapaba de su control y caía
sobre el papel, emborronando ligeramente la última palabra. Se apoyó
contra el buzón, dejando que el sol del atardecer, que entraba con una
intensidad roja y violenta por el ventanal gótico, la bañara por
completo.
—No quiero cerrar esta puerta —susurró, y su voz se quebró en la
inmensidad del salón—. No quiero volver a los espejos.
Rápidamente, tomó su bolígrafo y escribió al margen de su propia carta de
hilo, con una caligrafía que por primera vez perdía su perfección
geométrica:
"Poeta Roto, estoy aquí. Son las 4:25 p. m. y tengo la llave en mi
mano. Siento que voy a enterrar a la única persona que me conoce de
verdad. Me dijiste que te buscara en el eco de los libros. Enséñame
cómo. Enséñame a no desaparecer cuando este candado se cierre. Si estás
cerca, si puedes oírme... no dejes que el silencio gane".
Deslizó la carta con manos febriles. Estaba a punto de darse la vuelta
cuando escuchó un sonido.
Crack.
Una tabla del suelo de madera había crujido al otro lado de la estantería
de literatura clásica.
Mizuki se quedó helada. Sus sentidos se agudizaron. Podía oír una
respiración, pesada y rítmica, no muy lejos de ella. ¿Era él? ¿Era "Poeta
Roto"? ¿O era Seiya, que la había seguido para confirmar sus
sospechas?
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Mizuki, y su voz de "muñeca de hielo"
flaqueó, revelando a la chica asustada que vivía debajo.
Silencio.
Mizuki dio un paso hacia el pasillo de los libros de poesía. Su corazón
latía tan fuerte que le zumbaban los oídos. Al doblar la esquina, vio una
sombra. Una figura alta, con el uniforme desaliñado y el cabello oscuro
que conocía demasiado bien.
Era Ren Kazama.
Él estaba de pie junto a la sección de poesía existencialista, con una
mano apoyada en un estante y la otra sosteniendo un libro que parecía
haber tomado al azar para disimular su presencia. Sus ojos oscuros se
clavaron en los de ella, y por un segundo, el tiempo se detuvo. No había
máscaras, no había delegada perfecta ni delincuente escolar. Solo dos
adolescentes atrapados en un edificio que estaba a punto de ser
sellado.
—Kazama-kun... —susurró Mizuki, su mente luchando por procesar la
realidad—. ¿Qué estás haciendo aquí? El edificio está a punto de
cerrarse.
Ren cerró el libro con un golpe seco. Su expresión era una mezcla de
desafío y una vulnerabilidad que Mizuki nunca había visto en él en el
salón de clases.
—Podría preguntarte lo mismo, Hoshino —respondió él, su voz vibrando en
el espacio vacío—. No pareces alguien que venga a "inspeccionar
estructuras estructuralmente poco fiables". Pareces alguien que acaba de
perder algo importante.
Mizuki apretó la llave en su bolsillo hasta que el metal le lastimó la
palma.
—Tengo órdenes del consejo. Tengo que cerrar. Debes irte, ahora mismo.
Si Arisugawa te encuentra aquí...
—¿Arisugawa? —Ren dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia de
seguridad que siempre habían mantenido—. ¿Siempre vas a vivir bajo el
miedo a lo que él piense? ¿A lo que todos piensen?
—¡No lo entiendes! —gritó Mizuki, y el sonido de su propia voz la
asustó—. No entiendes lo que está en juego. Mi vida entera es este
orden. Si lo pierdo, no me queda nada.
—Te queda la verdad —dijo Ren, ahora a solo un metro de ella. El aroma
a jazmín y lluvia que ella siempre emanaba era embriagador en ese
espacio cerrado—. Una verdad que escribes en papel porque no te atreves
a decirla en voz alta.
Mizuki retrocedió, su espalda golpeando una estantería.
—¿De qué estás hablando?
Ren la miró fijamente, y por un momento, Mizuki creyó que él iba a
decir algo sobre el buzón, algo que revelaría que él era el "Poeta
Roto". Pero antes de que él pudiera hablar, el sonido de unos pasos
firmes y rítmicos resonó desde la entrada principal de la
biblioteca.
Eran pasos que ambos conocían. Pasos que no pedían permiso.
—¿Hoshino-san? ¿Sigues aquí? —la voz de Seiya Arisugawa, filtrada por
la acústica del edificio, sonaba como un trueno elegante—. Me pareció
escuchar voces. Espero que no estés teniendo problemas con la
cerradura.
Mizuki entró en pánico. Si Seiya encontraba a Ren allí, las
consecuencias serían catastróficas. No solo por Ren, sino porque Seiya
conectaría los puntos: las visitas de Mizuki, la presencia de Ren, el
buzón... la verdad saldría a la luz de la peor manera posible.
—¡Tienes que esconderte! —susurró Mizuki, agarrando a Ren por la
manga de su chaqueta.
Ren la miró con una mezcla de orgullo herido y comprensión.
—No voy a esconderme de él, Mizuki.
—¡Por favor! —suplicó ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. No
por ti. Por mí. Si él te ve aquí conmigo... se acabó todo.
Ren apretó los dientes, su mandíbula tensándose tanto que un músculo
saltó en su mejilla. Pero al ver la desesperación real en el rostro de
la "Chica de Hielo", su resistencia se desmoronó. Sin decir una
palabra, se dejó arrastrar por ella hacia el pequeño cuarto de
mantenimiento que estaba detrás de la sección de enciclopedias.
Mizuki cerró la puerta del cuarto justo cuando Seiya doblaba la
esquina del ala sur.
Ella se apoyó contra la pared, tratando de normalizar su respiración.
Su uniforme estaba un poco desordenado y sus mejillas ardían. Seiya se
detuvo a pocos metros, observándola con una curiosidad que la hacía
sentir como un insecto bajo un microscopio.
—Hoshino-san. Qué sorpresa encontrarte tan al fondo —dijo Seiya, sus
ojos recorriendo el área, deteniéndose un segundo más de lo necesario
en el viejo buzón de madera—. Pareces agitada. ¿Te ha ocurrido
algo?
—No... nada, Arisugawa-san —respondió ella, forzando una sonrisa que
se sentía como cristal roto en su rostro—. Solo que este lugar es más
grande de lo que recordaba y me perdí un momento entre los estantes.
Ya terminé la inspección.
Seiya dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Estaba
tan cerca que Mizuki podía oler su colonia cara, un aroma cítrico y
frío que le revolvía el estómago.
—¿De verdad? —Seiya extendió la mano y, con una delicadeza que
ocultaba una amenaza, apartó un mechón de cabello del rostro de
Mizuki—. Tienes polvo en la mejilla. Y pareces estar ocultando algo.
¿Segura que no hay nadie más aquí? Me pareció escuchar otra voz. Una
voz masculina.
Mizuki sintió que el mundo se desvanecía. Detrás de la puerta de
madera, Ren estaba a escasos centímetros. Podía imaginarlo, con los
puños cerrados, listo para salir y golpear a Seiya.
—Era... era el eco, Arisugawa-san. El edificio es viejo y el viento
se cuela por las rendijas de las ventanas —mintió ella, manteniendo el
contacto visual con un esfuerzo sobrehumano—. Por favor, salgamos.
Este lugar me da escalofríos.
Seiya la observó en silencio durante lo que parecieron siglos. Su
sonrisa no flaqueó, pero sus ojos se entrecerraron, procesando la
información. Sabía que ella mentía. Pero Seiya no era de los que
precipitaban las cosas; prefería dejar que su presa se enredara sola
en su propia red.
—Tienes razón. Es un lugar deprimente —dijo finalmente Seiya,
retrocediendo—. Vamos. Tienes una llave que usar.
Caminaron juntos hacia la salida. Mizuki no se atrevió a mirar atrás.
Al llegar a la gran puerta de roble, Seiya se hizo a un lado,
cediéndole el paso con una galantería burlona.
Mizuki sacó la llave de hierro. Su mano temblaba de forma visible.
Insertó la llave en el candado pesado que el equipo de mantenimiento
ya había instalado. Con un giro seco, el mecanismo se cerró con un
sonido metálico definitivo.
Clack.
Ese sonido fue el final. Mizuki sintió que algo se desgarraba dentro
de ella. Había encerrado a Ren dentro, y con él, había encerrado la
única parte de sí misma que se sentía viva.
—Perfecto —dijo Seiya, tomando la llave de las manos de Mizuki—.
Ahora, el ala oeste es solo un recuerdo. Vamos, te invito a un té en
el salón de delegados para celebrar el éxito de la clausura.
Mizuki caminó junto a él, sintiéndose como un autómata. Mientras se
alejaban por el sendero arbolado, la primera gota de lluvia cayó sobre
su frente. Luego otra. Y otra.
Detrás de ellos, en las sombras de la biblioteca sellada, Ren Kazama
salió del cuarto de mantenimiento. Caminó hacia el buzón y, con un
golpe de frustración, golpeó la madera. No podía salir por la puerta
principal, pero conocía una ventana en el segundo piso que no cerraba
bien desde hacía años.
Antes de irse, metió la mano en la ranura del buzón. Sus dedos
encontraron la última carta de Mizuki, la de papel de hilo manchada
con una lágrima. La tomó y, bajo la tenue luz de la luna que empezaba
a filtrarse por las nubes, leyó la postdata desesperada:
"No dejes que el silencio gane".
Ren guardó la carta contra su pecho, bajo el uniforme. La lluvia
golpeaba los cristales góticos, creando una cortina de agua que
aislaba el edificio del resto del mundo.
—No ganará, Mizuki —susurró Ren en la oscuridad—. Te lo prometo.
Aunque tenga que quemar esta academia para que me escuches.
Esa noche, la Academia Gekkou durmió bajo una tormenta feroz. En su
habitación, Mizuki Hoshino lloró en silencio, rodeada de sus libros de
texto perfectos. En su cuarto lleno de literatura prohibida, Ren
Kazama empezó a planear su respuesta. Y en su oficina privada, Seiya
Arisugawa miraba la llave de hierro sobre su escritorio, con una
expresión de triunfo que ocultaba una sospecha creciente.
La biblioteca estaba cerrada, pero la comunicación apenas comenzaba a
encontrar caminos más oscuros y peligrosos.
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