El lunes por la mañana, la Academia Gekkou se sentía como un escenario de
teatro al que le hubieran apagado la mitad de las luces. Mizuki Hoshino
caminaba por el sendero principal, pero sus ojos se desviaban, casi de
forma involuntaria, hacia la silueta gris del edificio oeste. Allí, las
grandes puertas de roble estaban cruzadas por una cinta amarilla de
"Prohibido el paso", y el pesado candado que ella misma había cerrado
brillaba bajo el sol matutino como un ojo metálico que la juzgara.
Para el resto de los estudiantes, la clausura de la vieja biblioteca era
una nota al pie de página, una noticia irrelevante en sus agitadas vidas
sociales. Pero para Mizuki, era como si alguien hubiera levantado un muro
de hormigón en medio de su pecho, dividiendo su ser en dos mitades que ya
no podían comunicarse.
—Mizuki-chan, ¡estás mirando ese edificio otra vez! —Yui Moriyama
apareció a su lado, enganchando su brazo con el de ella—. En serio,
pareces una viuda de guerra despidiéndose del frente. ¡Es solo una
biblioteca vieja llena de ácaros! Deberías alegrarte, ahora Arisugawa-san
nos dará un presupuesto extra para el club de cocina ya que no hay que
gastar en el mantenimiento de esa ruina.
Mizuki forzó una sonrisa, esa expresión ensayada que utilizaba como un
escudo.
—Solo me aseguraba de que el precinto estuviera intacto, Yui. Es mi
responsabilidad como delegada.
—Eres demasiado dedicada —suspiró Yui, negando con la cabeza—. Por cierto,
¿viste a Kazama-kun hoy? Dicen que llegó a la escuela empapado por la
lluvia del viernes y que casi se pelea con un profesor en la entrada. Está
más insoportable que de costumbre.
El corazón de Mizuki dio un vuelco. Recordó la respiración de Ren en el
cuarto de mantenimiento, el calor de su presencia en la oscuridad y la
forma en que sus ojos la habían mirado antes de que ella lo encerrara.
¿Cómo había logrado salir? ¿Estaría resentido con ella por haberlo dejado
allí para salvar su propia reputación?
Al entrar al aula, la tensión se podía cortar con un hilo. Ren Kazama
estaba sentado en su lugar habitual, con los pies sobre el pupitre y la
mirada perdida en algún punto del horizonte. Tenía un pequeño vendaje en
el dorso de la mano derecha, algo que Mizuki notó de inmediato. Al sentir
su presencia, Ren giró la cabeza. Sus ojos se encontraron, y por un
segundo eterno, Mizuki sintió que el aula desaparecía. No había
compañeros, no había pizarras; solo estaba el eco de aquel "No dejes que
el silencio gane".
Ren no hizo ningún gesto. No se burló, ni la saludó. Simplemente volvió a
mirar por la ventana, pero Mizuki notó cómo sus dedos tamborileaban
rítmicamente sobre la madera del pupitre. Era un ritmo extraño, constante,
como un mensaje en Morse que ella no lograba descifrar.
La mañana avanzó entre fórmulas químicas y análisis sintácticos. Durante
el descanso, Seiya Arisugawa interceptó a Mizuki en el pasillo. Como
siempre, estaba rodeado de un aura de perfección que atraía las miradas de
todos los que pasaban.
—Hoshino-san, necesito que me acompañes a la oficina del consejo —dijo
Seiya con su tono de voz más amable—. He recibido un informe del guardia
nocturno. Parece que el viernes por la noche se activó una de las alarmas
de proximidad en el segundo piso del edificio oeste.
Mizuki sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Trató de mantener la
calma, apretando los libros contra su pecho.
—¿Una alarma? Pero yo cerré la puerta principal personalmente,
Arisugawa-san.
—Lo sé, lo sé —respondió Seiya, guiándola por el pasillo—. Por eso es tan
extraño. El guardia dice que vio una sombra saltar desde una de las
ventanas del segundo piso. No pudo atraparlo, pero encontró algo en el
suelo, justo debajo de la ventana.
Al llegar a la oficina, Seiya cerró la puerta con un clic que sonó
definitivo. Sobre su escritorio, entre carpetas de cuero y plumas
estilográficas, había un pequeño objeto que hizo que a Mizuki se le helara
la sangre: un pequeño marcapáginas de tela azul, el que ella solía usar en
sus libros de texto.
—¿Es tuyo, Hoshino-san? —preguntó Seiya, observándola con una intensidad
que la hacía sentir desnuda—. El guardia dice que estaba en el barro,
justo donde la sombra aterrizó.
Mizuki tragó saliva. Su mente trabajaba a mil por hora. Si decía que era
suyo, tendría que explicar qué hacía fuera de la biblioteca cuando ella
supuestamente estaba cerrando la puerta. Si decía que no era suyo, Seiya
podría investigar más a fondo.
—Es mío —dijo ella finalmente, con la voz un poco temblorosa pero firme—.
Debió caerse de mi maletín mientras inspeccionaba las ventanas antes de
cerrar. Había mucho viento, Arisugawa-san. Siento haber causado una falsa
alarma.
Seiya guardó silencio. Caminó alrededor de su escritorio, deteniéndose a
pocos centímetros de ella. El aroma cítrico y frío de su colonia la rodeó
como una red.
—Ya veo. Un descuido. Es inusual en ti, Hoshino-san. Eres la persona más
meticulosa que conozco. Pero supongo que incluso las máquinas tienen
fallos de vez en cuando.
Seiya tomó el marcapáginas y se lo entregó. Sus dedos rozaron la palma de
Mizuki, y ella sintió una presión fría y dominante.
—Ten más cuidado de ahora en adelante. No me gustaría que algo... o
alguien... manchara tu expediente perfecto. La Academia Gekkou necesita
que su delegada sea un ejemplo intachable. Especialmente ahora que estamos
por decidir quién recibirá la beca de excelencia para la universidad
internacional.
Mizuki asintió, incapaz de decir nada más. Sabía que aquello no era una
advertencia amistosa; era una amenaza. Seiya sospechaba, y ahora la tenía
vigilada más de cerca que nunca.
A la hora del almuerzo, Mizuki se refugió en la biblioteca nueva. Era un
edificio de cristal y acero, lleno de computadoras y luz blanca
artificial. No había rincones oscuros, ni olor a papel viejo, ni buzones
de madera. Se sentó en una mesa apartada, tratando de concentrarse en su
almuerzo, pero su mente no dejaba de repetir la advertencia de
Seiya.
¿Cómo iba a comunicarse con "Poeta Roto" ahora? La biblioteca vieja
estaba sellada, y Seiya estaba patrullando sus movimientos.
De repente, un libro aterrizó sobre su mesa con un golpe seco. Mizuki dio
un respingo y levantó la vista. Era Ren Kazama. Se veía cansado, con las
ojeras más marcadas de lo habitual, pero sus ojos brillaban con una
determinación feroz.
—Te dejaste esto en el salón, Hoshino —dijo Ren en voz alta, para que
cualquiera que estuviera cerca pudiera escucharlo—. Como eres tan
perfecta, supuse que entrarías en crisis si te faltaba tu preciado libro
de literatura clásica.
Ren dejó el libro y se dio la vuelta sin esperar respuesta. Mizuki
observó el volumen: era una edición de poemas de la era Heian, un libro
que ella no recordaba haber sacado de su maletín. Con las manos
temblorosas, lo abrió.
Entre las páginas 124 y 125, había una pequeña nota escrita en un trozo
de papel de envolver, probablemente de un pan dulce de la cafetería. La
caligrafía era la de él: desordenada, urgente y cargada de una energía que
ella ya conocía bien.
"El Príncipe ha puesto trampas en el bosque, pero se olvida de que las
raíces siguen conectadas bajo tierra. Si la luna no puede brillar en el
edificio oeste, buscará otro reflejo".
Mizuki sintió un escalofrío de emoción. "Poeta Roto" no se había rendido.
Continuó leyendo:
"En esta biblioteca de cristal, hay una sección que nadie toca porque
los libros no tienen códigos de barras digitales: el archivo de
donaciones del sótano. Mañana, a las 4:00 p. m., busca el libro 'El
elogio de la sombra'. No dejes que la luz te ciegue, Chica de Hielo. El
silencio no ha ganado".
Mizuki cerró el libro de golpe, ocultando la nota en su bolsillo. Miró
hacia la salida de la biblioteca y vio la espalda de Ren desapareciendo por
la puerta. Por primera vez en su vida, sintió que las reglas que siempre
había seguido no eran más que cadenas, y que Ren Kazama era el único que
tenía la llave para romperlas.
Esa tarde, Mizuki se obligó a actuar con normalidad. Asistió a la reunión
del consejo, revisó los presupuestos y se aseguró de que Seiya no viera
ninguna grieta en su comportamiento. Sin embargo, su mente era un
torbellino. ¿Cómo sabía Ren sobre el archivo del sótano? ¿Y cómo lograba
moverse por la escuela con tanta libertad a pesar de su reputación?
Al salir de la academia, la lluvia había vuelto. Mizuki caminaba bajo su
paraguas transparente, observando cómo las gotas resbalaban por el
plástico. Al pasar cerca del edificio administrativo, vio el coche de lujo
de la familia Arisugawa esperando a Seiya. Él salió del edificio, rodeado
de profesores que lo despedían con reverencias.
Seiya se detuvo un momento y miró en dirección a Mizuki. Le dedicó una
inclinación de cabeza perfecta, pero ella sintió que sus ojos la seguían
incluso después de que él entrara en el coche. Seiya no era solo un
estudiante perfecto; era un arquitecto del orden, y cualquier cosa que no
encajara en sus planos era algo que debía ser eliminado.
Mizuki llegó a su casa, una residencia elegante y silenciosa donde el
éxito se medía en trofeos y cartas de recomendación. Su madre la recibió
con una lista de nuevos tutores para el fin de semana.
—Mizuki, he hablado con el profesor de matemáticas avanzadas. Dice que tu
rendimiento ha bajado un 2 % en el último examen parcial. No podemos
permitirnos distracciones, especialmente con Seiya Arisugawa compitiendo
por la misma beca. Los Arisugawa son una familia influyente, y no dudarán
en usar cualquier ventaja para que su hijo sea el número uno.
—Lo sé, madre —respondió Mizuki, sintiendo que las paredes de su
habitación se cerraban sobre ella—. No habrá distracciones.
Se encerró en su cuarto y sacó la nota de Ren. "El silencio no ha
ganado". Esas cuatro palabras eran lo único que la mantenía cuerda en
medio de tanta perfección asfixiante. Tomó un papel y comenzó a escribir
su respuesta, pero esta vez no era solo una confesión de tristeza. Era un
plan.
Al día siguiente, a las 3:55 p. m., Mizuki entró en la biblioteca nueva.
Se dirigió al mostrador y pidió acceso al archivo de donaciones del
sótano, alegando que necesitaba investigar una bibliografía antigua para
su ensayo de historia. El bibliotecario, un hombre joven distraído por su
computadora, le entregó una tarjeta de acceso sin apenas mirarla.
El sótano de la biblioteca nueva era el único lugar que recordaba al
viejo edificio. Era oscuro, frío y olía a humedad. Las estanterías eran de
metal, pero los libros que contenían eran reliquias que la academia no se
había atrevido a tirar pero que tampoco quería exhibir.
Caminó por los pasillos numerados hasta encontrar la sección de estética
japonesa. Allí, en un rincón cubierto de polvo, estaba el libro: El elogio
de la sombra.
Lo tomó con dedos temblorosos. Al abrirlo, no encontró una carta. En su
lugar, encontró algo mucho más sorprendente: una pequeña fotografía de un
dibujo hecho a lápiz. Era un retrato de ella, de Mizuki, pero no de la
delegada impecable que todos conocían. El dibujo la mostraba sentada en el
pupitre de la vieja biblioteca, con la mirada perdida y una expresión de
infinita tristeza, bañada por la luz roja del atardecer.
En el reverso de la foto, Ren había escrito:
"Esto es lo que veo cuando te miro, Chica de Hielo. No veo notas
perfectas ni un uniforme impecable. Veo a alguien que está gritando por
dentro. El Príncipe solo quiere tu corona; yo solo quiero que vuelvas a
respirar".
Mizuki sintió que el corazón se le encogía. Nadie la había mirado nunca
de esa manera. Nadie se había tomado el tiempo de ver la tragedia detrás
de su éxito.
De repente, escuchó un ruido en el pasillo superior. Pasos firmes. Pasos
rítmicos.
Era Seiya.
Mizuki se ocultó detrás de una estantería de metal, conteniendo la
respiración. La luz de la linterna de Seiya comenzó a barrer el sótano,
creando sombras alargadas que parecían dedos intentando atraparla.
—¿Hoshino-san? Sé que estás aquí abajo —la voz de Seiya resonó en el
espacio cerrado, suave y letal—. El bibliotecario me dijo que bajaste a
buscar algo. Es un lugar muy oscuro para una chica tan brillante, ¿no
crees?
Mizuki apretó la fotografía contra su pecho. Si Seiya la encontraba allí
con ese dibujo, todo habría terminado. El dibujo era una prueba
irrefutable de su conexión con Ren, el "elemento disruptivo" que Seiya
tanto odiaba.
—Solo buscaba un libro, Arisugawa-san —respondió Mizuki, tratando de que
su voz no temblara mientras se movía sigilosamente hacia la salida de
emergencia del fondo.
—¿Ah, sí? ¿Y lo encontraste? Porque me he dado cuenta de que Kazama-kun
también ha estado muy interesado en la bibliografía antigua últimamente
—Seiya se detuvo justo al otro lado de la estantería donde ella estaba
escondida—. Es curioso cómo vuestros intereses siempre parecen coincidir
en los lugares más inesperados.
Mizuki vio la sombra de Seiya proyectada en la pared de enfrente. Se
estaba acercando. Su mano estaba a centímetros de doblar la esquina de la
estantería.
En ese momento, un fuerte estruendo sonó en el otro extremo del sótano.
El sonido de varios libros pesados cayendo al suelo distrajo a
Seiya.
—¿Quién está ahí? —gritó Seiya, dirigiendo su linterna hacia el origen
del ruido.
Mizuki aprovechó el segundo de distracción para deslizarse por el pasillo
lateral y subir por las escaleras de servicio. Al llegar a la planta
principal, salió de la biblioteca con el corazón a punto de estallar. Se
detuvo un momento para recuperar el aliento y miró hacia atrás.
A través del cristal de la biblioteca, vio a Ren Kazama apoyado en un
poste de luz, bajo la lluvia. Tenía la capucha de su chaqueta puesta y
estaba fumando un cigarrillo (algo estrictamente prohibido en el campus).
Sus ojos se encontraron con los de ella a través del cristal. Ren asintió
levemente, una señal casi imperceptible de que él había sido quien causó
la distracción para salvarla.
Mizuki se alejó rápidamente, con la fotografía de su propio rostro
escondida en su maletín. El juego se había vuelto mucho más peligroso. Ya
no eran solo cartas en un buzón; era una batalla por la supervivencia
emocional en una academia que no permitía los fallos. Y en medio de todo,
Seiya Arisugawa empezaba a comprender que para controlar a Mizuki, primero
tenía que destruir al fantasma que le estaba enseñando a sentir.
Esa noche, Mizuki no estudió. Se quedó mirando el dibujo de Ren,
comprendiendo que el "Poeta Roto" no solo entendía su dolor, sino que lo
encontraba hermoso. Y esa era la verdad más aterradora y maravillosa que
jamás había conocido.
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