La mañana del miércoles en la Academia Gekkou trajo consigo un sol pálido
que se filtraba a través de las altas ventanas del aula, pero para Mizuki
Hoshino, la luz era demasiado brillante, casi agresiva. Pasó la primera
hora de matemáticas fingiendo tomar apuntes, aunque su cuaderno estaba
lleno de ecuaciones que no tenían sentido. En su mente, solo se repetía
una imagen: el trazo suave y preciso del lápiz sobre el papel de la
fotografía que había encontrado en el sótano.
"Esto es lo que veo cuando te miro".
Mizuki apretó el bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron
blancos. No podía ser él. Era estadísticamente imposible. Ren Kazama era
un delincuente juvenil que apenas llegaba a tiempo a clase, que vestía
como si acabara de salir de una pelea callejera y cuya máxima aspiración
parecía ser molestar a los profesores. En cambio, "Poeta Roto" era alguien
que conocía la melancolía de Dostoievski, que entendía el vacío de la
perfección y que dibujaba con la delicadeza de un alma herida.
—Hoshino-san, ¿podrías resolver el problema de la pizarra? —La voz del
profesor Kimura la sacó de su trance.
Mizuki se levantó automáticamente. Sus pies la llevaron al frente de la
clase como si fuera un autómata. Tomó la tiza y, en menos de treinta
segundos, resolvió una ecuación diferencial compleja. El silencio en el
aula era absoluto.
—Impecable, como siempre —comentó el profesor, aunque Mizuki notó un
matiz de extrañeza en su voz—. Aunque... has usado un método que no hemos
visto en clase. Un método abreviado de ingeniería avanzada. ¿Dónde lo
aprendiste?
Mizuki parpadeó, mirando los números en la pizarra. Ni siquiera sabía que
lo había hecho.
—Lo leí en un libro de la biblioteca vieja, señor —respondió, y el nombre
de la biblioteca salió de sus labios como un susurro prohibido.
—Ya veo. Bueno, vuelve a tu asiento.
Mientras regresaba, sus ojos se cruzaron inevitablemente con los de Ren.
Él estaba apoyado en su mano, observándola con una ceja levantada. No
había burla en su rostro, sino algo parecido a la curiosidad científica.
Mizuki se sentó rápidamente, sintiendo que el calor le subía a las
mejillas. "Es solo una coincidencia", se repitió. "Él solo estaba en la
biblioteca porque es un lugar para esconderse, no porque sea él quien
escribe".
Al sonar la campana del almuerzo, Mizuki intentó escabullirse, pero una
mano firme y familiar se posó en su hombro.
—Hoshino-san, ¿tienes un momento? —Seiya Arisugawa le dedicó su sonrisa
de "Príncipe", esa que hacía que la mitad de las chicas del pasillo
suspiraran, pero que a Mizuki ahora le provocaba una punzada de
alarma.
—Tengo que ir a la sala de delegados, Arisugawa-san. Tengo informes
pendientes.
—Esto es sobre los informes —dijo él, caminando a su lado con una
elegancia natural—. He estado revisando los registros de entrada a la
biblioteca nueva. Me di cuenta de que ayer estuviste en el sótano de
archivos. Es extraño, porque ese sector solo contiene libros de estética y
poesía antigua. No sabía que tu ensayo de historia requiriera bibliografía
sobre El elogio de la sombra.
Seiya no la miraba; mantenía la vista al frente, saludando con la cabeza
a los estudiantes que pasaban. Su tono era casual, pero Mizuki sentía el
peso de un interrogatorio de alta seguridad.
—A veces el contexto estético de una época ayuda a entender su política,
Arisugawa-san —respondió ella, tratando de mantener su voz plana.
—Por supuesto. Eres muy concienzuda. Pero —Seiya se detuvo frente a la
fuente del patio central—, también me di cuenta de que Kazama-kun salió de
la biblioteca apenas dos minutos después que tú. Y que hoy tiene un golpe
en el hombro, como si hubiera chocado contra algo... o alguien. ¿No es una
coincidencia fascinante?
Mizuki sintió que el aire se volvía pesado. Seiya no solo estaba
vigilando el edificio; estaba vigilando las horas, los minutos y las
interacciones. Era un ajedrecista que no permitía que ninguna pieza se
moviera sin su permiso.
—La biblioteca es un espacio público, incluso el sótano —dijo Mizuki,
enfrentando la mirada de Seiya—. Si Kazama-kun decide perder su tiempo
allí, no es asunto mío.
—Tienes razón. No debería serlo —Seiya se acercó un paso más, bajando la
voz—. Pero como presidente del consejo, me preocupa que "elementos
negativos" influyan en nuestros mejores estudiantes. Si alguna vez sientes
que alguien te está acosando o siguiendo, Hoshino-san, prométeme que seré
el primero en saberlo. Yo me encargaré de que ese "desorden" sea eliminado
de la Gekkou de forma permanente.
El mensaje era claro: Seiya estaba listo para expulsar a Ren si
encontraba la más mínima excusa. Y Mizuki sabía que Seiya era capaz de
fabricar esa excusa si era necesario.
Durante la tarde, Mizuki decidió que necesitaba una prueba definitiva. Si
Ren Kazama era "Poeta Roto", tenía que haber una forma de confirmarlo sin
exponerse ante Seiya.
Ideó una trampa literaria.
En la clase de Literatura Avanzada, el profesor pidió que cada alumno
eligiera una cita de un autor clásico para el próximo mural de la
academia. Mizuki, que era la encargada de recoger las propuestas, escribió
la suya en una hoja y la dejó sobre su escritorio, de forma que fuera
visible para cualquiera que pasara por allí.
La cita que eligió no era de un libro de texto. Era una frase de un autor
oscuro que "Poeta Roto" había mencionado en su tercera carta, una que solo
alguien con un conocimiento profundo de la literatura existencialista
reconocería.
Esperó.
A mitad del descanso, Ren pasó por su lado para ir a buscar agua. No se
detuvo, no miró el papel de forma obvia, pero Mizuki notó cómo sus pasos
se ralentizaban apenas un milímetro al leer la frase. Cinco minutos
después, cuando Ren regresó a su asiento, dejó caer un pequeño papel
doblado sobre el escritorio de Mizuki mientras fingía tropezar con su
propia mochila.
Mizuki esperó a estar sola en el baño para abrirlo. El corazón le latía
con una fuerza que le dolía.
Dentro del papel, solo había una palabra escrita con esa caligrafía
rasgada y potente:
"Raskólnikov".
Mizuki tuvo que apoyarse contra la pared del cubículo. Esa era la
respuesta a la cita. El protagonista de Crimen y Castigo. La pieza final
del rompecabezas.
—Es él... —susurró, y la realidad la golpeó como un cubo de agua fría—.
El delincuente que todos odian es el único que me ha visto de
verdad.
Pero la revelación no trajo paz. Trajo terror. Si ella sabía quién era
él, era cuestión de tiempo para que Seiya, con sus recursos y su obsesión
por el control, también lo descubriera. Y Seiya no veía a un "Poeta Roto";
veía una mancha en su academia perfecta que debía ser borrada.
Esa tarde, la lluvia regresó con una furia renovada. Mizuki se quedó en
la sala de delegados hasta tarde, redactando informes innecesarios solo
para evitar ir a casa y enfrentar el silencio de su habitación. De
repente, la puerta se abrió.
No era Seiya. Era Ren.
Estaba empapado, con el cabello pegado a la frente y la mirada más
sombría que nunca. Se quedó bajo el marco de la puerta, sin entrar del
todo, como si supiera que su presencia allí era un sacrilegio.
—Hoshino —dijo, y su voz sonaba cansada—. Tienes que dejar de jugar a los
espías. La cita en el mural, el sótano... estás dejando demasiados
rastros.
Mizuki se levantó, sintiendo que sus piernas temblaban.
—¿De qué estás hablando, Kazama-kun?
Ren cerró la puerta detrás de él y caminó hacia ella. El olor a ozono,
lluvia y un ligero rastro de tabaco (el "rastro de la pólvora" que siempre
lo seguía) inundó la habitación.
—Hablo de que el "Príncipe" no es ciego —Ren se detuvo a un metro de
ella, sus ojos oscuros fijos en los de Mizuki—. Ayer, cuando causé ese
ruido en el sótano, no fue solo para que escaparas. Fue porque él ya
estaba a punto de rodearte. Seiya Arisugawa no quiere protegerte, Mizuki.
Quiere poseerte como si fueras un trofeo de caza. Y si para hacerlo tiene
que aplastar a cualquiera que se acerque a ti, lo hará.
Mizuki dio un paso hacia él, perdiendo por fin su compostura.
—Entonces, ¿por qué lo haces? ¿Por qué escribiste esas cartas? ¿Por qué
me dibujaste? Si sabes lo peligroso que es Arisugawa, ¿por qué te
arriesgas por alguien como yo?
Ren guardó silencio por un momento. La lluvia golpeaba con fuerza los
ventanales de la oficina, creando una barrera de sonido que los aislaba
del mundo.
—Porque eres la única cosa real en este maldito teatro de sombras
—respondió él, y por primera vez, Mizuki escuchó la voz de "Poeta Roto"
salir de sus labios—. Todos en esta escuela están interpretando un papel.
Yo soy el villano, él es el héroe, y tú eres la princesa de hielo. Pero en
ese buzón... en ese buzón no había papeles. Solo había dos personas que
querían dejar de fingir.
Mizuki sintió que las lágrimas empezaban a brotar. La negación se había
evaporado, dejando solo una verdad cruda y hermosa.
—Él tiene tu marcapáginas, Ren. Cree que eres un acosador. Está buscando
la forma de expulsarte.
Ren soltó una risa amarga.
—Que lo intente. He lidiado con tipos como él toda mi vida. Pero tú... tú
tienes mucho que perder. Si se descubre que la delegada perfecta mantiene
correspondencia secreta con el "paria" de la escuela, tus padres, tu beca,
tu futuro... todo se irá al infierno.
—Ya estoy en el infierno —respondió Mizuki con una valentía que no sabía
que poseía—. El infierno es vivir cada día siendo alguien que no soy para
complacer a gente que no me conoce. Prefiero el caos contigo que la paz de
Arisugawa.
Ren la miró con una mezcla de asombro y dolor. Extendió la mano, como si
quisiera tocarle la mejilla, pero se detuvo a milímetros de su piel,
recordando la diferencia entre sus mundos.
—Mañana no habrá cartas —dijo él, bajando la voz—. Arisugawa ha puesto
sensores de movimiento en la biblioteca nueva y ha asignado a dos guardias
para patrullar el sótano. Ha cerrado todos nuestros caminos.
—¿Entonces qué haremos? —preguntó Mizuki, sintiendo que el pánico
regresaba.
Ren sacó un pequeño objeto de su bolsillo y se lo entregó. Era una vieja
llave inglesa oxidada, pero tenía algo grabado en el mango con un punzón:
una frecuencia de radio.
—En el tejado del edificio de artes hay un viejo club de radioaficionados
abandonado. Nadie sube allí porque dicen que la estructura es inestable.
Mañana, después de la cena, si puedes escapar de tu casa... usa esta
frecuencia. No es papel, no es tinta, pero es una forma de que nuestras
voces sigan viajando.
Mizuki tomó la llave, sintiendo el metal frío contra su palma.
—Ren... ten cuidado.
—Sobrevive al día, Chica de Hielo —dijo él, usando la frase con la que
siempre cerraba sus cartas.
Ren se dio la vuelta y salió de la oficina, desapareciendo en la
oscuridad del pasillo antes de que Mizuki pudiera decir nada más. Ella se
quedó sola, con la llave en la mano y el corazón latiendo al ritmo de una
frecuencia que aún no conocía.
En ese momento, el teléfono de la oficina sonó. Era una llamada interna.
Mizuki contestó con voz temblorosa.
—¿Diga?
—Hoshino-san, soy Arisugawa —la voz de Seiya sonaba extrañamente
distorsionada por la línea—. Te vi salir de la oficina hace un momento...
o al menos eso pensé. Pero las luces siguen encendidas. ¿Te has quedado
trabajando hasta tarde otra vez? Qué coincidencia, yo también estoy en el
edificio. Voy para allá ahora mismo para que bajemos juntos. No es seguro
que una chica como tú camine sola con esta tormenta.
Mizuki colgó el teléfono, sintiendo que el aire se le escapaba de nuevo.
Seiya estaba cerca. Siempre estaba cerca. Miró hacia la puerta por donde
Ren se había ido y luego hacia la llave en su mano. El juego de las cartas
había terminado, pero la guerra por su libertad acababa de empezar.
Y en la Academia Gekkou, bajo la luz de la luna oculta por la tormenta,
Mizuki Hoshino comprendió que, para salvar al "Poeta Roto", tendría que
aprender a ser más que una estatua de hielo; tendría que aprender a ser el
fuego que Seiya Arisugawa tanto temía.
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