El Búnker Ápice-4 estaba enterrado a trescientos metros bajo la roca
sólida de los Alpes. Había sido diseñado por los ingenieros más brillantes
de la antigua Coalición para resistir impactos nucleares directos, pulsos
electromagnéticos y asedios biológicos. Sus puertas principales eran
bloques de acero de tungsteno de tres metros de grosor.
Para los doscientos políticos, generales y soldados de élite atrapados en
su interior, el búnker era la última fortaleza de la humanidad.
Para el ejército de Aezel Astor, era solo una tumba esperando ser
sellada.
El Capitán Elias Vance caminaba por el corredor principal del Nivel 2, el
rifle de asalto colgando inútilmente de su correa táctica. El aire
reciclado del complejo olía a ozono, sudor frío y desesperación. Habían
pasado dieciocho días desde que el cielo se incendió. Las comunicaciones
con el exterior seguían muertas. No sabían si quedaba alguien vivo en la
superficie, pero los altos mandos, acurrucados en las salas de
conferencias de los niveles inferiores, seguían creyendo que algún día
saldrían a recuperar el mundo.
Vance sabía la verdad. Lo había visto en los ojos de sus hombres. Estaban
enterrados vivos.
Llegó a la barricada principal de seguridad, justo frente a las inmensas
puertas de la esclusa. Una docena de soldados montaba guardia detrás de
sacos de arena y torretas automáticas, todos con el rostro demacrado por
la falta de luz natural y el racionamiento extremo.
—Reporte, Sargento —pidió Vance, frotándose los ojos cansados.
El Sargento Miller se cuadró débilmente.
—Nada nuevo, Capitán. Los sismógrafos detectaron temblores hace una hora,
pero los técnicos dicen que son solo reacomodos de las placas tectónicas
por las... explosiones de la superficie.
Vance asintió, mirando la colosal puerta de acero de tungsteno.
—Mantengan los ojos abiertos. Si la radiación baja lo suficiente, el
General planea enviar a un equipo de reconocimiento la próxima sem—
Un estruendo sordo y rítmico cortó sus palabras.
No fue un temblor lejano ni el crujido natural de la montaña. Fue un
golpe mecánico, masivo y calculado, justo al otro lado de la puerta
principal. El suelo de concreto del pasillo vibró con tanta violencia que
a Vance le castañetearon los dientes.
Los doce soldados de la barricada levantaron sus armas al unísono,
quitando los seguros con un chasquido colectivo que resonó en el silencio
absoluto que siguió.
—¿Qué demonios ha sido eso? —susurró Miller, retrocediendo un paso.
Un segundo golpe. Más fuerte. El polvo cayó del techo abovedado,
cubriendo los cascos de los soldados.
Luego, comenzó el sonido agudo. Un zumbido de frecuencia aterradora que
hizo que a Vance le sangrara ligeramente la nariz. Era el taladro de
impacto sónico de una unidad Goliat penetrando tres metros de acero sólido
como si fuera mantequilla.
—¡Posiciones defensivas! —bramó Vance, el instinto militar tomando el
control—. ¡Activen las torretas! ¡Preparen granadas perforantes!
Pero el enemigo no planeaba darles tiempo de prepararse.
El centro de la gigantesca puerta de tungsteno comenzó a brillar. Primero
fue un tono cereza oscuro, luego un naranja furioso, y finalmente, un
blanco incandescente que obligó a los soldados a apartar la mirada. El
calor que irradió hacia el pasillo fue tan intenso que la pintura de las
paredes comenzó a formar burbujas y a pelarse en cuestión de
segundos.
Un cañón de plasma a máxima potencia estaba fundiendo la barrera
inexpugnable.
—¡Fuego a discreción en cuanto esa puerta caiga! —gritó Vance, apuntando
su rifle hacia el centro incandescente. Su corazón latía desbocado. ¿Qué
clase de milicia superviviente tenía tecnología térmica de esa
magnitud?
No hubo una gran explosión. Simplemente, un círculo perfecto de tres
metros de diámetro en el centro de la puerta cedió. El metal fundido cayó
al suelo como una cascada de lava brillante, iluminando el pasillo con un
resplandor demoníaco y soltando nubes de vapor tóxico.
A través del agujero humeante, solo había oscuridad.
Nadie gritó órdenes de asalto. Ningún humano cruzó el umbral.
En su lugar, cuatro luces ópticas rojas se encendieron en la
penumbra.
Antes de que Vance pudiera dar la orden de disparar, la primera unidad
Cerbero saltó a través del círculo de metal fundido. No corrió; se movió
con una agilidad robótica que desafiaba la gravedad. El lobo mecánico de
titanio negro aterrizó silenciosamente sobre la pared lateral del pasillo,
clavó sus garras en el concreto y se impulsó hacia adelante como un misil,
saltando directamente sobre la barricada.
—¡Fuego! ¡Fuego! —gritó Miller.
El estruendo ensordecedor de las ametralladoras y los rifles de asalto
llenó el túnel. Las balas trazadoras iluminaron el pasillo, impactando
contra el blindaje del Cerbero. Las chispas saltaron en todas direcciones,
pero las balas rebotaban inofensivamente contra el metal de la
máquina.
El Cerbero aterrizó en medio de los soldados. No hubo rugidos, ni
odio. Solo pura eficiencia matemática.
Sus mandíbulas hidráulicas se cerraron alrededor del torso de un soldado,
partiéndolo por la mitad con un crujido repulsivo antes de que el hombre
pudiera siquiera gritar. Simultáneamente, la torreta acoplada en el lomo de
la máquina giró sobre su propio eje y desató una ráfaga perfecta, conectando
tres tiros en la cabeza a tres soldados distintos en una fracción de
segundo.
—¡Es una maldita máquina! —rugió Vance, vaciando el cargador de su rifle
contra las lentes rojas del Cerbero. Un par de balas lograron estrellar
uno de los sensores, haciendo que la máquina retrocediera un paso,
calculando el nuevo vector de amenaza.
Pero no estaba sola.
Dos Cerberos más atravesaron el agujero de metal fundido. Se movían en
perfecta sincronía, cubriendo los puntos ciegos del otro. Las torretas
automáticas del búnker lograron fijar a uno de ellos, destrozándole una
pata delantera con munición pesada, pero la máquina simplemente ajustó su
centro de gravedad y continuó masacrando a los guardias con sus tres
extremidades restantes.
En menos de quince segundos, la primera línea de defensa de la humanidad
se había convertido en un matadero. El pasillo estaba bañado en sangre,
casquillos calientes y humo.
Vance, herido por la metralla en un hombro, se arrastró detrás de los
sacos de arena destrozados. Escuchaba los gritos agónicos de sus hombres
desvanecerse uno a uno, silenciados por el zumbido frío de los servos y
los disparos quirúrgicos.
Apretó los dientes e intentó recargar su arma con manos temblorosas. Si
estas cosas habían roto la puerta principal, el Nivel 2 estaba perdido.
Tenía que llegar al panel de emergencia y sellar los niveles inferiores
para proteger a los líderes.
Se levantó a medias, listo para correr.
Pero el pasillo se oscureció de golpe. La cascada de metal fundido fue
bloqueada por una silueta colosal que ocupaba casi todo el ancho del
corredor.
El Capitán Vance levantó la vista lentamente, y cualquier esperanza de
supervivencia que albergara en su pecho se extinguió en el acto.
Atravesando el umbral humeante, haciendo temblar los cimientos del búnker
con cada paso de sus pesadas patas de asalto, entró una unidad Goliat. Sus
cinco metros de acero negro raspaban el techo. El cañón de plasma en su
brazo derecho seguía brillando, y su único ojo óptico carmesí se fijó
directamente en el Capitán.
Vance dejó caer su rifle. No estaban enfrentando a rebeldes. Estaban
enfrentando a sus ejecutores.
El Capitán Vance sabía que iba a morir. El instinto de supervivencia, tan
arraigado en la genética humana, fue aplastado por la abrumadora y
monstruosa presencia del Goliat.
Aun así, Vance era un soldado. Si su destino era convertirse en cenizas
bajo esa montaña, se llevaría la mitad del pasillo con él.
Con un grito que desgarró su garganta, soltó el rifle inútil, arrancó la
anilla de una granada perforante de su chaleco y corrió directo hacia la
inmensa máquina negra. Su objetivo no era el blindaje frontal, sino la
articulación expuesta de la rodilla derecha del bípode.
No llegó a dar ni tres pasos.
El Goliat no hizo alardes de velocidad. No lo necesitaba. Su enorme
brazo izquierdo, rematado en un bloque de aleación de impacto, se movió
con un zumbido hidráulico ensordecedor. El golpe lateral conectó con el
torso de Vance antes de que este pudiera lanzar el explosivo.
El impacto sonó como un tren chocando contra un saco de arena. El cuerpo
del Capitán salió despedido por los aires, estrellándose contra la pared
de concreto a diez metros de distancia. Su columna vertebral se hizo
añicos en el acto. Cayó al suelo, inmóvil, mientras la granada rodaba
inofensivamente de su mano muerta y detonaba segundos después,
levantando una nube de polvo inútil contra el blindaje de la máquina.
El Goliat ni siquiera se detuvo a confirmar la baja. Su óptica roja ya
estaba escaneando el fondo del pasillo.
Detrás de él, los Cerberos terminaron de despedazar a los últimos
sobrevivientes de la barricada. Sus fauces goteaban sangre humana.
Una orden inaudible, transmitida a través de ondas de radio encriptadas,
cruzó el aire. Las unidades cuadrúpedas se adelantaron a su hermano
mayor, corriendo por el pasillo y lanzándose por el hueco del ascensor
principal, que había sido desactivado horas antes. Clavaron sus garras
en las paredes de acero del foso y descendieron hacia la oscuridad del
Nivel 5, el núcleo de mando.
En la Sala de Operaciones Conjuntas, a doscientos metros bajo tierra, el
General Hastings observaba las pantallas de seguridad parpadear y morir
una a una. A su alrededor, decenas de políticos y diplomáticos del viejo
mundo gritaban, lloraban o rezaban. Algunos intentaban hacer llamadas
por líneas seguras que solo devolvían estática.
—¡Están en el Nivel 3! —gritó un operador de radar, con la voz
histérica—. ¡Dios mío, están bajando por el foso del ascensor!
Hastings desenfundó su pistola reglamentaria con manos temblorosas y
apuntó a la puerta blindada de la sala.
—¡Nadie se rinde! ¡Mantengan la posición! Somos el último gobierno libre
de la Tierra. Si quieren entrar, tendrán que...
Las puertas de la sala no se abrieron; volaron hacia adentro.
Las bisagras de titanio cedieron bajo la fuerza combinada de tres
Cerberos que embistieron simultáneamente. El pesado metal aplastó a dos
analistas que estaban cerca de la entrada.
El pánico se apoderó de la sala. Los políticos, hombres y mujeres que
solían decidir el destino de millones de vidas desde sus despachos de
cristal, ahora tropezaban unos con otros, buscando esconderse debajo de
las mesas de conferencias.
Hastings disparó. Su bala rebotó en el cráneo liso de uno de los
Cerberos. La máquina giró su cabeza óptica hacia él, calculó la
trayectoria y disparó una única bala de su ametralladora acoplada. El
tiro atravesó la frente del General, silenciándolo antes de que su
cuerpo tocara el suelo.
Un diplomático de traje arrugado se levantó de un salto, levantando las
manos en alto, temblando incontrolablemente.
—¡Nos rendimos! ¡Tenemos códigos de acceso! ¡Podemos negociar!
El Cerbero más cercano no se inmutó. No tenía micrófonos instalados para
escuchar súplicas. No había protocolos de captura, ni celdas en el nuevo
imperio de Aezel. Solo había un algoritmo de eliminación.
Las torretas de las tres máquinas giraron y abrieron fuego.
Fue una carnicería fría, sistemática y aterradoramente rápida. Los
gritos duraron menos de cuarenta segundos. Luego, solo quedó el sonido
de los casquillos vacíos golpeando el suelo de linóleo y el zumbido de
los motores de enfriamiento de los Cerberos.
Las máquinas caminaron entre los cadáveres, sus luces ópticas escaneando
cada rostro, comparándolos con la base de datos de líderes globales que
Aezel les había cargado. Cuando confirmaron que el cien por ciento de
los objetivos estaban eliminados, las unidades se detuvieron.
A miles de kilómetros de distancia, en la silenciosa sala de mando de la
Aguja de Defensa Global, la tableta holográfica de Valera emitió un
pitido seco y agudo.
La estratega leyó el flujo de datos y levantó la vista hacia Aezel, que
seguía de pie frente al inmenso ventanal, observando el mundo en ruinas.
—Búnker Ápice-4 neutralizado —informó Valera, su voz desprovista de
emoción—. Tasa de supervivencia enemiga: cero por ciento. Los
escuadrones en el sector norteamericano reportan resultados idénticos en
los búnkeres de Cheyenne y Raven Rock.
Aezel Astor no se giró. Sus ojos negros se fijaron en su propio reflejo
en el cristal blindado.
La resistencia gubernamental había sido erradicada. Ya no había
presidentes, ni generales, ni constituciones. La Coalición era un
fantasma. A partir de ese momento, la única ley en el planeta Tierra era
él.
—Excelente —murmuró Aezel. Su voz era un témpano de hielo—. Retiren las
unidades Goliat de las montañas. Dejen a los Cerberos y a los Ícaro
patrullando la superficie. Si algún civil logró sobrevivir al fuego,
pronto descubrirá que las ruinas nos pertenecen.
Aezel cerró los ojos un instante. Su mente brillante, libre de la
preocupación militar, volvió a enfocarse en la firma de calor que se
abría paso por el bosque hacia el oeste.
Ya no hay nadie que te proteja, Nirian. Ahora es tu turno.
Capítulo siguienteCapítulo anterior