El cielo sobre el continente de Kaldor no era gris como el de las
regiones del norte; era de un tono amarillento y enfermo, cargado de
vapores de azufre y tormentas de polvo que arañaban las pocas estructuras
que seguían en pie. Aquí, el apocalipsis de Aezel no solo había destruido
las ciudades, sino que había evaporado los ríos, dejando en su lugar
llanuras agrietadas y desiertos de arena tóxica donde respirar sin un
filtro era una sentencia de muerte lenta.
El aerodeslizador de asalto de la Vanguardia, camuflado con pintura
absorbente de radar y paneles antirreflexión, volaba a ras de suelo,
esquivando las dunas y los esqueletos de metal de antiguas refinerías de
petróleo.
En el compartimento de carga, sumidos en una penumbra verdosa, Nirian y
los miembros del Escuadrón Sombra revisaban sus armas por última vez.
Todos llevaban máscaras de gas de rostro completo, con lentes oscuras que
les daban un aspecto de insectos gigantes. El zumbido del motor era lo
único que llenaba el espacio, interrumpido ocasionalmente por el traqueteo
del vehículo al golpear contra las corrientes de aire térmico del
desierto.
Nirian se ajustó las correas de su chaleco táctico. Sobre su uniforme de
la Vanguardia llevaba ahora un capote de lona desgastada, cubierto de
polvo para mimetizarse con el entorno de Kaldor. En su espalda, además de
su fiel escopeta de corredera, cargaba con un maletín de titanio
acolchado: el contenedor magnético donde debía asegurar el Núcleo Maestro
del Goliat.
Kaelen se acercó a él, apoyándose en uno de los pasamanos de acero del
techo. A través del cristal de su máscara, sus ojos reflejaban la seriedad
de la misión.
—Estamos a cinco minutos del Punto de Inserción, Astor —informó el
Sargento, su voz distorsionada por el modulador de la radio interna—. El
piloto nos dejará en la base de la Garganta del Diablo, el cañón donde los
hombres de Drovos tienen atrapado al bípode. A partir de ahí, nos
moveremos a pie. Elara y Jax cubrirán las alturas con rifles de precisión;
tú, yo y los de demolición entraremos al fondo del cañón.
—¿Cuál es la situación de las patrullas de Drovos? —preguntó Nirian,
manteniendo su voz completamente plana.
—Nuestros satélites espías captaron movimiento hace tres horas. Tienen un
campamento minero improvisado justo en la boca del cañón —intervino Elara
desde el fondo, golpeando el cargador de su rifle de francotirador contra
su rodilla—. Usan a cientos de esclavos para excavar la roca que sepultó
al Goliat. Esos bastardos no tienen prisa porque saben que nadie más en el
planeta se atrevería a entrar a su territorio. Para ellos, esa máquina es
un dios de metal que están desenterrando.
—No son soldados entrenados, Nirian —añadió Jax, intentando aligerar la
tensión—. Son criminales, carroñeros y mercenarios. Disparan primero y
preguntan nunca. Si nos ven, darán la alarma y nos lloverá fuego desde
toda la provincia.
Nirian miró el maletín de titanio en sus manos.
—No nos verán. Aezel me enseñó que el caos humano siempre tiene un
patrón. Los hombres de Drovos son indisciplinados; se confían porque creen
que el miedo es su mejor defensa. Usaremos el entorno en su contra.
El aerodeslizador dio un giro brusco y descendió de golpe, haciendo que
los estómagos de los soldados flotaran por un instante. Las luces rojas
del habitáculo parpadearon tres veces, la señal de que las compuertas
estaban listas para abrirse.
—¡Máscaras selladas! ¡Armas listas! —bramó Kaelen—. Recuerden, entramos
como sombras y salimos como fantasmas. Si el plan falla, no hay rescate.
Estamos por nuestra cuenta.
La rampa trasera se abatió con un golpe sordo, e inmediatamente una
ráfaga de aire ardiente y sofocante, con un fuerte olor a azufre y metal
fundido, invadió la cabina. La visibilidad afuera era de apenas veinte
metros debido a la densa bruma amarilla.
Nirian fue el primero en saltar a la arena ardiente. Sus botas se
hundieron unos centímetros en el polvo fino de Kaldor. Se agachó de
inmediato, apuntando su escopeta hacia la penumbra mientras el
aerodeslizador elevaba el vuelo en completo silencio, desapareciendo en el
cielo tóxico como un depredador nocturno.
Uno a uno, los ocho miembros del Escuadrón Sombra se agruparon en la base
de una inmensa pared de roca rojiza que se alzaba hacia el cielo como el
colmillo de un monstruo. Era la entrada a la Garganta del Diablo.
Nirian levantó la vista. Las nubes de ceniza azufrada se movían
rápidamente sobre sus cabezas, bloqueando la poca luz solar que lograba
filtrarse. A lo lejos, el eco de golpes metálicos, gritos humanos y el
rugido de excavadoras diésel comenzó a filtrarse a través del viento del
desierto.
El campamento del Pacto de Drovos estaba cerca.
—Elara, Jax, busquen un vector de ascenso por la cresta este —ordenó
Kaelen a través del canal de radio encriptado—. Dennos ojos desde
arriba.
—Entendido, Sargento. Moviéndonos —respondió Elara. Las dos siluetas
blancas y grises de los francotiradores se separaron del grupo principal,
trepando por las rocas agrietadas con una velocidad asombrosa.
Nirian se giró hacia Kaelen, ajustándose el filtro de la máscara que
siseaba rítmicamente con cada una de sus respiraciones. Su pulso estaba
perfectamente calmado. La adrenalina ya no lo hacía temblar; lo enfocaba.
El desierto de Kaldor era el escenario perfecto para el monstruo que su
hermano lo había obligado a ser.
—Es hora de ver qué tan fuerte es el Pacto de sangre —susurró Nirian,
bombeando la corredera de su escopeta—. Síganme.
El grupo avanzó pegado a las sombras de la pared del cañón, adentrándose
en las fauces del territorio enemigo. La Segunda Guerra Mundial los había
llevado a los rincones más oscuros del planeta, y Nirian Astor estaba
listo para prenderle fuego a la oscuridad.
El cañón de la Garganta del Diablo se estrechaba a medida que avanzaban,
convirtiéndose en un pasillo de rocas afiladas que canalizaba el viento
tóxico en un aullido constante. El equipo Sombra se movía en una formación
de cuña perfecta, sus botas pisando con cuidado para no hacer rodar las
piedras sueltas.
La radio encriptada chasqueó en los oídos de Nirian.
—Sargento, tenemos visual —la voz de Elara sonó distante pero
nítida por el auricular—.
Estamos posicionados en la cornisa superior, a cuatrocientos metros del
objetivo. El campamento es un matadero.
Nirian y Kaelen llegaron a una curva en el cañón y se asomaron detrás de
una inmensa roca de basalto.
Frente a ellos, el desfiladero se abría en un inmenso cráter natural
excavado en la montaña. El campamento del Pacto de Drovos era una
pesadilla de óxido, lonas mugrientas y humo de diésel. Decenas de focos
halógenos amarillentos iluminaban la zona de excavación, donde cientos de
hombres y mujeres, vestidos con harapos y cubiertos de llagas por la
radiación, picaban la roca sólida bajo la amenaza constante de los látigos
y las culatas de los rifles.
Los capataces de Drovos patrullaban los bordes del cráter. Eran enormes,
cubiertos de tatuajes y cicatrices, armados con ametralladoras oxidadas y
machetes hechos con chatarra industrial. No llevaban uniformes, sino
trofeos: cascos perforados, collares de dientes y pedazos de blindaje
arrancados a otros supervivientes.
Pero lo que robó el aliento de todo el escuadrón no fue la brutalidad de
los esclavistas, sino el dios mecánico que estaban desenterrando.
En el centro de la excavación, semienterrado bajo un alud masivo de
toneladas de roca y escombros, yacía el Goliat Alfa. Incluso derrotada y
aplastada, la máquina de cinco metros de altura irradiaba una presencia
aterradora. Su blindaje negro, aunque rayado y abollado por el derrumbe,
permanecía intacto en su mayor parte. Su inmenso brazo derecho, rematado
en un cañón de plasma, asomaba entre las piedras como un monolito
oscuro.
—Están usando martillos neumáticos en la base del pecho —susurró Kaelen,
ajustando los binoculares integrados en su máscara—. Intentan llegar al
panel de acceso principal, pero el blindaje es demasiado grueso para sus
herramientas civiles.
—Si siguen golpeando con esa fuerza bruta, detonarán las salvaguardas
térmicas del núcleo —murmuró Nirian, evaluando la situación con frialdad—.
Nos queda poco tiempo. Tenemos que limpiar el anillo interior.
—Hay un nido de ametralladoras pesadas en la torre de vigilancia sur
—informó Jax desde las alturas—.
Si dan la alarma, esa torreta los partirá en dos antes de que lleguen a
la máquina.
—Ustedes encárguense de los vigías de las torres en cuanto empiece el
asalto —ordenó Kaelen—. Nirian, necesitamos despejar a los tres capataces
que patrullan el perímetro oeste. Cero ruido.
Nirian no respondió con palabras. Deslizó la escopeta a su espalda y
desenfundó el cuchillo de caza que su padre le había devuelto, el mismo
que Lyra le había dejado conservar. El filo metálico brilló débilmente
bajo la luz tóxica del cielo de Kaldor.
Se separó del grupo, fundiéndose con las sombras proyectadas por las
maquinarias mineras abandonadas. Se movió con la gracia de un depredador,
un fantasma nacido en el aislamiento y forjado en el odio.
El primer capataz, un hombre obeso con una máscara de gas rota y un rifle
al hombro, se apartó de la zona de excavación para orinar detrás de un
camión de volteo oxidado.
Nirian emergió de la oscuridad a su espalda. Tapó la boca del respirador
del capataz con su mano izquierda enguantada y, con un movimiento
quirúrgico, hundió el cuchillo en la base de su cráneo, cortando el bulbo
raquídeo al instante. El hombre cayó inerte, sin emitir un solo sonido.
Nirian arrastró el cuerpo debajo del vehículo.
El segundo objetivo estaba fumando un cigarrillo sintético cerca de unos
barriles de combustible. Nirian trepó por los andamios de un generador
cercano y se dejó caer sobre él, usando el peso de su propio cuerpo para
romperle el cuello antes de que el capataz pudiera llevarse la mano a su
arma.
A lo lejos, Kaelen y los de demolición neutralizaron a la patrulla
restante usando garrotes de fibra de carbono. El perímetro oeste estaba
despejado.
Nirian avanzó rápidamente, deslizándose entre las rocas sueltas hasta
llegar al centro del cráter. Los esclavos, demasiado agotados y
aterrorizados, apenas notaron las sombras grises moviéndose entre ellos.
Cuando los soldados de la Vanguardia llegaron al pie del alud, Kaelen hizo
una señal táctica y sus hombres formaron un semicírculo defensivo
alrededor de la base del Goliat, apuntando hacia el campamento.
—Tienes tres minutos, Astor —susurró Kaelen por la radio—. Jax y Elara
están en posición. En cuanto las patrullas principales se den cuenta de
que faltan sus hombres, todo el infierno se desatará.
Nirian asintió y comenzó a escalar la montaña de rocas que sepultaba las
piernas de la máquina. La superficie del blindaje negro estaba caliente al
tacto, un recordatorio de que la batería de respaldo del bípode seguía
reteniendo energía residual.
Llegó a la altura del pecho masivo del Goliat. Frente a él estaba la
placa principal, sellada herméticamente.
Nirian sacó el destornillador sónico de su chaleco y ajustó la
frecuencia. Lo colocó contra los cuatro pernos de seguridad de titanio que
sujetaban la coraza. Uno por uno, los pernos giraron y saltaron con un
silbido de presión liberada.
Con un esfuerzo que le tensó los músculos de los brazos, Nirian empujó la
pesada placa hacia un lado, revelando el abismo interno de la
máquina.
Allí estaba. El Núcleo Maestro.
A diferencia del núcleo esférico del Ícaro, este era un cilindro de
cristal blindado lleno de filamentos cuánticos azules, suspendido en una
cuna de cables de refrigeración de alta presión. Emitía un zumbido bajo,
como el latido de un corazón de metal congelado.
Nirian abrió su maletín de titanio, preparándose para realizar el puente
de extracción sin detonar la alarma del sistema. Acercó sus manos al panel
de control integrado en la placa base.
Justo cuando sus dedos rozaron el cristal del núcleo, el zumbido interno
de la máquina cambió de tono. Se volvió agudo.
Las entrañas del Goliat, que segundos antes estaban bañadas en una luz
azulada y latente, parpadearon y se tornaron de un rojo sangre
intenso.
Nirian se paralizó. Esa no era una reacción de seguridad de extracción.
Esa era una secuencia de despertar lógico.
El enorme visor óptico en la cabeza del Goliat Alfa, que todos asumían
destruido bajo la roca, se encendió con un brillo carmesí cegador,
iluminando el polvo del desierto. La máquina no estaba apagada. Había
estado en modo de hibernación táctica profunda, esperando ser
desenterrada.
Un crujido ensordecedor de metal y roca destrozada sacudió todo el cañón
cuando el Goliat intentó mover su brazo sepultado.
La trampa se había cerrado.
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