El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - Capítulo 10: "El nexo de Drovos"


El agua caliente era un lujo que Nirian había olvidado. Bajo las duchas de descontaminación del Nivel Uno, dejó que el chorro a presión arrastrara la sangre reseca, la ceniza negra y el sudor de las últimas veinticuatro horas. Observó cómo el agua sucia se arremolinaba en el desagüe de acero, llevándose consigo los restos de la vida que había llevado en el bosque.

Cuando salió, encontró un uniforme táctico limpio doblado sobre un banco de metal. Era del gris y blanco característico de la Vanguardia, confeccionado con fibras térmicas para soportar el hielo perpetuo. A su lado, estaba su escopeta, cuidadosamente limpiada y aceitada por los armeros de la base. Nirian se vistió en silencio. El equipo le quedaba a la medida; no sentía el peso aplastante del frío, pero la tela reforzada era un recordatorio constante de que acababa de alistarse en un ejército.

Caminó por los pasillos iluminados con luces halógenas hasta el pabellón médico. El lugar olía a antiséptico y yodo. Las hileras de camillas estaban llenas de soldados heridos por congelación o por encuentros con la infantería de la Égida, pero al fondo, en una zona aislada por cortinas de plástico transparente, encontró a su familia.

Arthur estaba sentado en el borde de una cama clínica, respirando a través de una mascarilla de oxígeno que finalmente había silenciado su tos húmeda. Su madre sostenía un vaso de té caliente, y los abuelos dormían profundamente bajo gruesas mantas térmicas, monitoreados por sensores de constantes vitales.

Nirian apartó la cortina. Arthur se quitó la mascarilla lentamente, y por primera vez en un año, sus ojos no reflejaban terror. Había color en sus mejillas.

—Los doctores dicen que el abuelo necesita antibióticos, pero que tienen reservas de sobra —dijo Arthur, con la voz aún ronca pero firme—. Y a mí me van a tratar los pulmones. Nos han asignado un cubículo habitacional en el Nivel Tres. Estamos a salvo, hijo.

Nirian asintió, deteniéndose a los pies de la cama. Quería sentir alivio, quería sonreír y abrazarlos, pero su mente seguía en la cámara de contención, desarmando la trampa de Aezel. El monstruo que lo habitaba no se había apagado; solo había cambiado de objetivo.

—Me alegro, papá. Se lo merecen —Nirian metió la mano en el bolsillo de su nuevo pantalón táctico y sacó el viejo cuchillo de caza que Lyra le había devuelto. Avanzó un paso y se lo tendió a su padre por el mango—. Quédatelo. La Vanguardia tiene muros altos, pero quiero que tengas esto.

Arthur miró el cuchillo, luego el uniforme militar de su hijo menor, y finalmente sus ojos avellana, que ahora lucían más fríos que el glaciar que los rodeaba. El anciano no tomó el arma.

—No te vas a quedar en Bastión-Norte, ¿verdad? —preguntó Arthur, y la madre de Nirian dejó el vaso de té en una mesa, llevándose una mano al pecho.

—Mi lugar no está aquí —respondió Nirian, con voz monocorde—. Ustedes ya no tienen que correr. Pero mientras él siga respirando en esa Aguja, nadie en este planeta estará realmente a salvo. Aezel no se detendrá hasta que el mundo sea un cementerio perfecto.

—Es tu hermano, Nirian —susurró su madre, con lágrimas asomando en sus ojos cansados—. Es tu sangre. Si te enfrentas a él... uno de mis hijos matará al otro.

Nirian apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Se inclinó, dejó el cuchillo sobre las mantas al lado de su padre y dio un paso atrás.

—El hijo que ustedes criaron murió el día que cayeron las bombas, mamá —dijo Nirian, y aunque sus palabras fueron crueles, su tono estaba cargado de una tristeza infinita—. El que está en esa torre es el Verdugo. Y el que está frente a ti es el único que puede cazarlo. Adiós.

Sin esperar respuesta, para no permitir que la culpa fracturara su resolución, Nirian se dio la vuelta y salió del pabellón médico a zancadas. Enterró su humanidad en lo más profundo de su pecho. El tablero de ajedrez lo estaba esperando.

Cuando Nirian cruzó las puertas de la Sala de Mando Central, el ambiente había cambiado drásticamente. La hostilidad inicial había sido reemplazada por una tensión profesional. La Comandante Lyra estaba de pie frente al mapa holográfico, flanqueada por Kaelen —quien había recuperado sus insignias de Sargento— y varios estrategas veteranos.

Al ver a Nirian acercarse, Lyra hizo un gesto con su mano intacta y el mapa holográfico se amplió, centrando la imagen en la Aguja de Defensa Global, rodeada por un domo de luz roja intermitente.

—Llegas a tiempo, Astor. Acerquémonos al problema —dijo la Comandante, señalando el holograma—. Durante diez meses, hemos estado construyendo un pulso electromagnético de clase titán, apodado El Martillo. Es lo suficientemente potente como para freír los servidores cuánticos de la Aguja y desactivar a todo el ejército de la Égida en el planeta simultáneamente.

—Pero no pueden acercarlo lo suficiente —dedujo Nirian, estudiando el domo rojo que rodeaba la torre en el mapa.

—Exacto —intervino Kaelen, cruzándose de brazos—. La Aguja está protegida por un escudo térmico de frecuencia variable y un enjambre de diez mil drones Ícaro que patrullan en un radio de cincuenta kilómetros. Si enviamos El Martillo en un avión o en un convoy terrestre, lo evaporarán antes de que estemos a distancia de detonación.

Nirian apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa, su mente operando a una velocidad vertiginosa.

—Aezel es un perfeccionista obsesivo. Un escudo de esa magnitud requiere un flujo constante de recalibración desde los centros de datos exteriores. No es un muro sólido; es una red celular. La única forma de atravesar la red sin activar las alarmas es si el sistema cree que eres parte del propio escudo.

Lyra asintió lentamente, impresionado de nuevo por la capacidad del joven para leer la tecnología enemiga.

—Necesitamos un Código de Acceso Maestro. Una firma cuántica que convenza al enjambre y al escudo de que nuestro convoy es, de hecho, un transporte de alto mando de la Égida.

—Si desarman a un Cerbero o a un Ícaro, no lo encontrarán —advirtió Nirian—. Esas son unidades de infantería básica. Operan con comandos de red locales. Para engañar a la Aguja, necesitan el núcleo de procesamiento de una unidad de mando. Un Goliat Alfa.

La sala quedó en un silencio sepulcral. Los Goliats eran los búnkeres andantes de cinco metros de altura, monstruosidades de artillería pesada casi imposibles de derribar.

—Sabemos dónde hay uno —dijo Lyra, y el mapa holográfico se desplazó violentamente hacia el este, cruzando el océano hirviente, hasta aterrizar en los desiertos y ruinas tóxicas del continente de Kaldor—. Hace dos semanas, interceptamos una transmisión de radio analógica. El Pacto de Drovos logró atrapar a un Goliat Alfa en una emboscada dentro de un cañón estrecho. Lo inmovilizaron sepultándolo bajo miles de toneladas de roca detonada.

Nirian frunció el ceño, observando la marca verde brillante que parpadeaba en el territorio enemigo.
—Si Drovos tiene un núcleo maestro de la Égida, tienen la llave para anular a las máquinas en su territorio. ¿Por qué no lo han usado?

—Porque no tienen tu cerebro, chico —respondió Lyra con una sonrisa afilada—. Son señores de la guerra, saqueadores y tiranos. Saben cómo usar la fuerza bruta, pero sus ingenieros terminan evaporados cada vez que intentan extraer el núcleo cuántico de la máquina sin detonar las salvaguardas térmicas. Tienen el botín, pero no saben cómo abrir la caja fuerte.

La Comandante clavó su único ojo intacto en Nirian.

—Tú desactivaste un núcleo en cuenta regresiva en menos de cuatro minutos, enfrentándote a la lógica de tu hermano. Eres el único ser humano en el planeta capaz de extraer ese núcleo maestro sin hacerlo volar en pedazos.

Nirian comprendió la magnitud de la misión al instante. No iban a marchar hacia la Aguja de inmediato. Iban a tener que descender al mismísimo infierno.

—Quieren que cruce el océano, me infiltre en el territorio de los psicópatas más grandes que dejó la guerra, robe la pieza tecnológica más valiosa del mundo y vuelva con ella para activar su bomba —resumió Nirian, su voz inquietantemente calmada.

—No lo harás solo —Kaelen dio un paso al frente, con el rostro endurecido por la determinación—. Lideraré a los mejores operativos del Escuadrón Sombra. Elara y Jax vienen con nosotros, además de seis especialistas en demolición e infiltración. Te daremos cobertura total. Tu único trabajo es llegar a la máquina, extraer el núcleo y no morir en el intento.

Lyra se inclinó sobre la mesa.

—Si conseguimos ese núcleo maestro, Astor, la Vanguardia marchará directamente hacia la Aguja y yo misma te entregaré la detonación de El Martillo. Podrás ponerle fin a la dictadura de tu hermano. ¿Aceptas la misión?

Nirian miró el holograma del mapa de Kaldor, teñido de verde tóxico. Recordó los cadáveres de los saqueadores que había dejado en la estación de trenes al comienzo de todo, y cómo la brutalidad del mundo lo había forjado a golpes. Iba a adentrarse en el corazón de la barbarie humana para obtener la llave que destruiría a la perfección mecánica.

—Preparen el transporte —dijo Nirian, levantando la vista hacia la Comandante—. Nos vamos a Drovos.



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