El agua caliente era un lujo que Nirian había olvidado. Bajo las duchas
de descontaminación del Nivel Uno, dejó que el chorro a presión arrastrara
la sangre reseca, la ceniza negra y el sudor de las últimas veinticuatro
horas. Observó cómo el agua sucia se arremolinaba en el desagüe de acero,
llevándose consigo los restos de la vida que había llevado en el
bosque.
Cuando salió, encontró un uniforme táctico limpio doblado sobre un banco
de metal. Era del gris y blanco característico de la Vanguardia,
confeccionado con fibras térmicas para soportar el hielo perpetuo. A su
lado, estaba su escopeta, cuidadosamente limpiada y aceitada por los
armeros de la base. Nirian se vistió en silencio. El equipo le quedaba a
la medida; no sentía el peso aplastante del frío, pero la tela reforzada
era un recordatorio constante de que acababa de alistarse en un
ejército.
Caminó por los pasillos iluminados con luces halógenas hasta el pabellón
médico. El lugar olía a antiséptico y yodo. Las hileras de camillas
estaban llenas de soldados heridos por congelación o por encuentros con la
infantería de la Égida, pero al fondo, en una zona aislada por cortinas de
plástico transparente, encontró a su familia.
Arthur estaba sentado en el borde de una cama clínica, respirando a
través de una mascarilla de oxígeno que finalmente había silenciado su tos
húmeda. Su madre sostenía un vaso de té caliente, y los abuelos dormían
profundamente bajo gruesas mantas térmicas, monitoreados por sensores de
constantes vitales.
Nirian apartó la cortina. Arthur se quitó la mascarilla lentamente, y por
primera vez en un año, sus ojos no reflejaban terror. Había color en sus
mejillas.
—Los doctores dicen que el abuelo necesita antibióticos, pero que tienen
reservas de sobra —dijo Arthur, con la voz aún ronca pero firme—. Y a mí
me van a tratar los pulmones. Nos han asignado un cubículo habitacional en
el Nivel Tres. Estamos a salvo, hijo.
Nirian asintió, deteniéndose a los pies de la cama. Quería sentir alivio,
quería sonreír y abrazarlos, pero su mente seguía en la cámara de
contención, desarmando la trampa de Aezel. El monstruo que lo habitaba no
se había apagado; solo había cambiado de objetivo.
—Me alegro, papá. Se lo merecen —Nirian metió la mano en el bolsillo de
su nuevo pantalón táctico y sacó el viejo cuchillo de caza que Lyra le
había devuelto. Avanzó un paso y se lo tendió a su padre por el mango—.
Quédatelo. La Vanguardia tiene muros altos, pero quiero que tengas
esto.
Arthur miró el cuchillo, luego el uniforme militar de su hijo menor, y
finalmente sus ojos avellana, que ahora lucían más fríos que el glaciar
que los rodeaba. El anciano no tomó el arma.
—No te vas a quedar en Bastión-Norte, ¿verdad? —preguntó Arthur, y la
madre de Nirian dejó el vaso de té en una mesa, llevándose una mano al
pecho.
—Mi lugar no está aquí —respondió Nirian, con voz monocorde—. Ustedes ya
no tienen que correr. Pero mientras él siga respirando en esa Aguja, nadie
en este planeta estará realmente a salvo. Aezel no se detendrá hasta que
el mundo sea un cementerio perfecto.
—Es tu hermano, Nirian —susurró su madre, con lágrimas asomando en sus
ojos cansados—. Es tu sangre. Si te enfrentas a él... uno de mis hijos
matará al otro.
Nirian apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Se inclinó,
dejó el cuchillo sobre las mantas al lado de su padre y dio un paso
atrás.
—El hijo que ustedes criaron murió el día que cayeron las bombas, mamá
—dijo Nirian, y aunque sus palabras fueron crueles, su tono estaba cargado
de una tristeza infinita—. El que está en esa torre es el Verdugo. Y el
que está frente a ti es el único que puede cazarlo. Adiós.
Sin esperar respuesta, para no permitir que la culpa fracturara su
resolución, Nirian se dio la vuelta y salió del pabellón médico a
zancadas. Enterró su humanidad en lo más profundo de su pecho. El tablero
de ajedrez lo estaba esperando.
Cuando Nirian cruzó las puertas de la Sala de Mando Central, el ambiente
había cambiado drásticamente. La hostilidad inicial había sido reemplazada
por una tensión profesional. La Comandante Lyra estaba de pie frente al
mapa holográfico, flanqueada por Kaelen —quien había recuperado sus
insignias de Sargento— y varios estrategas veteranos.
Al ver a Nirian acercarse, Lyra hizo un gesto con su mano intacta y el
mapa holográfico se amplió, centrando la imagen en la Aguja de Defensa
Global, rodeada por un domo de luz roja intermitente.
—Llegas a tiempo, Astor. Acerquémonos al problema —dijo la Comandante,
señalando el holograma—. Durante diez meses, hemos estado construyendo un
pulso electromagnético de clase titán, apodado El Martillo. Es lo
suficientemente potente como para freír los servidores cuánticos de la
Aguja y desactivar a todo el ejército de la Égida en el planeta
simultáneamente.
—Pero no pueden acercarlo lo suficiente —dedujo Nirian, estudiando el
domo rojo que rodeaba la torre en el mapa.
—Exacto —intervino Kaelen, cruzándose de brazos—. La Aguja está protegida
por un escudo térmico de frecuencia variable y un enjambre de diez mil
drones Ícaro que patrullan en un radio de cincuenta kilómetros. Si
enviamos El Martillo en un avión o en un convoy terrestre, lo evaporarán
antes de que estemos a distancia de detonación.
Nirian apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa, su mente operando a
una velocidad vertiginosa.
—Aezel es un perfeccionista obsesivo. Un escudo de esa magnitud requiere
un flujo constante de recalibración desde los centros de datos exteriores.
No es un muro sólido; es una red celular. La única forma de atravesar la
red sin activar las alarmas es si el sistema cree que eres parte del
propio escudo.
Lyra asintió lentamente, impresionado de nuevo por la capacidad del joven
para leer la tecnología enemiga.
—Necesitamos un Código de Acceso Maestro. Una firma cuántica que convenza
al enjambre y al escudo de que nuestro convoy es, de hecho, un transporte
de alto mando de la Égida.
—Si desarman a un Cerbero o a un Ícaro, no lo encontrarán —advirtió
Nirian—. Esas son unidades de infantería básica. Operan con comandos de
red locales. Para engañar a la Aguja, necesitan el núcleo de procesamiento
de una unidad de mando. Un Goliat Alfa.
La sala quedó en un silencio sepulcral. Los Goliats eran los búnkeres
andantes de cinco metros de altura, monstruosidades de artillería pesada
casi imposibles de derribar.
—Sabemos dónde hay uno —dijo Lyra, y el mapa holográfico se desplazó
violentamente hacia el este, cruzando el océano hirviente, hasta aterrizar
en los desiertos y ruinas tóxicas del continente de Kaldor—. Hace dos
semanas, interceptamos una transmisión de radio analógica. El Pacto de
Drovos logró atrapar a un Goliat Alfa en una emboscada dentro de un cañón
estrecho. Lo inmovilizaron sepultándolo bajo miles de toneladas de roca
detonada.
Nirian frunció el ceño, observando la marca verde brillante que
parpadeaba en el territorio enemigo.
—Si Drovos tiene un núcleo maestro de la Égida, tienen la llave para
anular a las máquinas en su territorio. ¿Por qué no lo han usado?
—Porque no tienen tu cerebro, chico —respondió Lyra con una sonrisa
afilada—. Son señores de la guerra, saqueadores y tiranos. Saben cómo usar
la fuerza bruta, pero sus ingenieros terminan evaporados cada vez que
intentan extraer el núcleo cuántico de la máquina sin detonar las
salvaguardas térmicas. Tienen el botín, pero no saben cómo abrir la caja
fuerte.
La Comandante clavó su único ojo intacto en Nirian.
—Tú desactivaste un núcleo en cuenta regresiva en menos de cuatro
minutos, enfrentándote a la lógica de tu hermano. Eres el único ser humano
en el planeta capaz de extraer ese núcleo maestro sin hacerlo volar en
pedazos.
Nirian comprendió la magnitud de la misión al instante. No iban a marchar
hacia la Aguja de inmediato. Iban a tener que descender al mismísimo
infierno.
—Quieren que cruce el océano, me infiltre en el territorio de los
psicópatas más grandes que dejó la guerra, robe la pieza tecnológica más
valiosa del mundo y vuelva con ella para activar su bomba —resumió Nirian,
su voz inquietantemente calmada.
—No lo harás solo —Kaelen dio un paso al frente, con el rostro endurecido
por la determinación—. Lideraré a los mejores operativos del Escuadrón
Sombra. Elara y Jax vienen con nosotros, además de seis especialistas en
demolición e infiltración. Te daremos cobertura total. Tu único trabajo es
llegar a la máquina, extraer el núcleo y no morir en el intento.
Lyra se inclinó sobre la mesa.
—Si conseguimos ese núcleo maestro, Astor, la Vanguardia marchará
directamente hacia la Aguja y yo misma te entregaré la detonación de El
Martillo. Podrás ponerle fin a la dictadura de tu hermano. ¿Aceptas la
misión?
Nirian miró el holograma del mapa de Kaldor, teñido de verde tóxico.
Recordó los cadáveres de los saqueadores que había dejado en la estación
de trenes al comienzo de todo, y cómo la brutalidad del mundo lo había
forjado a golpes. Iba a adentrarse en el corazón de la barbarie humana
para obtener la llave que destruiría a la perfección mecánica.
—Preparen el transporte —dijo Nirian, levantando la vista hacia la
Comandante—. Nos vamos a Drovos.
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