El jueves amaneció con un cielo de plomo que presagiaba una jornada
sofocante. En el aula número tres de la Academia Gekkou, el ambiente no
era menos denso. Faltaban diez minutos para el inicio del primer período
cuando dos miembros del comité de disciplina, acompañados por el propio
Seiya Arisugawa, entraron en el salón. El murmullo habitual de las
conversaciones juveniles se apagó al instante.
Seiya avanzó hasta el estrado del profesor con su elegancia habitual.
Llevaba una carpeta verde bajo el brazo y una expresión de serena
gravedad.
—Buenos días a todos —dijo Seiya, modulando la voz para que resonara con
perfecta claridad en el aula—. Lamento interrumpir el inicio de la
jornada, pero por órdenes de la junta directiva y el consejo estudiantil,
debemos llevar a cabo una inspección extraordinaria de seguridad en los
casilleros del pabellón de tercer año. Se ha detectado la presencia de
dispositivos electrónicos no autorizados y material no regulado que
compromete la disciplina del campus.
Un murmullo de protestas ahogadas corrió entre los estudiantes. Mizuki,
sentada en la primera fila, sintió que el pulso se le aceleraba
violentamente. Sus ojos se dirigieron de inmediato, casi por reflejo,
hacia el fondo del salón.
Ren Kazama no se inmuta. Mantenía la espalda apoyada en la pared y la
mirada fija en el techo, como si el anuncio no tuviera nada que ver con
él. Sin embargo, Mizuki notó cómo su mano derecha, oculta dentro del
bolsillo de la chaqueta, se apretaba en un puño tenso. La radio de
transistores que usaban para comunicarse... ¿dónde la tenía? Si estaba en
su casillero, el comité la encontraría en cuestión de minutos.
—Hoshino-san —la voz de Seiya la llamó con suavidad—. Como delegada de la
clase, me gustaría que me acompañes durante la revisión de este pabellón.
Tu presencia garantizará que el proceso sea transparente y conforme al
reglamento.
Mizuki se puso de pie. Sus piernas se sentían rígidas, pero su rostro no
mostró la menor emoción.
—Por supuesto, Arisugawa-san.
—Excelente. Empezaremos por la hilera posterior —anunció Seiya,
dirigiendo una mirada significativa hacia el fondo del aula—.
Específicamente, por el casillero de Kazama-kun. Queremos despejar
cualquier sospecha sobre las irregularidades recientes.
Los inspectores se desplazaron hacia el pasillo trasero. Los estudiantes
se hicieron a un lado, temerosos de quedar atrapados en el fuego cruzado.
Ren se levantó despacio de su asiento. Su altura e imponente postura
hacían que los dos miembros del comité dieran un paso atrás por instinto,
pero él simplemente caminó hacia su casillero, ubicado en la pared del
fondo, y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Abre el casillero, Kazama-kun —ordenó uno de los inspectores, sacando
una planilla.
—No tengo la llave —respondió Ren con tono plano y despectivo—. La perdí
la semana pasada.
—El consejo tiene llaves maestras para todas las unidades, Kazama-kun. La
falta de llave no detendrá la inspección —intervino Seiya, sacando un aro
de llaves de su bolsillo y tendiéndoselo a uno de los guardias.
Mizuki estaba a menos de dos metros de distancia. Su mente trabajaba a
una velocidad vertiginosa. Si encontraban la radio en el casillero de Ren,
Seiya no solo tendría la excusa perfecta para expulsarlo, sino que al
examinar la frecuencia fijada en el dial, podría vincularla con la radio
del abuelo de Mizuki si llegaba a registrar su casa o investigar sus
antecedentes. El cerco se cerraría por completo.
El inspector introdujo la llave maestra en el candado del casillero de
Ren. El mecanismo giró con un chasquido metálico.
En ese preciso instante, Mizuki tomó una decisión que desafiaba dieciséis
años de obediencia ciega a las reglas.
Con un movimiento calculado de su brazo, tropezó deliberadamente contra
la mesa auxiliar donde descansaban los registros de asistencia y el
proyector pesado del aula. El dispositivo se desequilibró y cayó al suelo
de madera con un estruendo ensordecedor, golpeando la estructura metálica
de los pupitres cercanos. La pila de carpetas oficiales se esparció por
todo el pasillo, llenando el aire de hojas sueltas.
—¡Ah! —dejo escapar Mizuki, dejándose caer sobre una rodilla como si
hubiera perdido el equilibrio de forma torpe.
El estrépito hizo que los inspectores y Seiya giraran la cabeza
bruscamente hacia ella, pausando la apertura del casillero. Varios alumnos
soltaron exclamaciones de sorpresa. La "muñeca de hielo", la chica que
jamás cometía un error torpe, estaba en el suelo rodeada de papeles.
—Hoshino-san, ¿estás bien? —Seiya se acercó a ella rápidamente,
extendiendo una mano para ayudarla a levantarse. Su expresión de control
absoluto se agrietó por un segundo con desconcierto.
—Lo siento mucho... tropiezo con el cable del proyector —dijo Mizuki con
voz temblorosa, manteniendo la cabeza baja para fingir una profunda
vergüenza—. Me he torcido ligeramente el tobillo. Qué torpeza la
mía.
—No te muevas, déjame ayudarte —Seiya se agachó a su lado para recoger
los documentos dispersos.
Aprovechando la distracción masiva y el caos de los papeles volando por
el suelo, Ren actuó con la velocidad de quien está acostumbrado a
sobrevivir en la calle. Introdujo la mano en su casillero medio abierto,
extrajo un bulto envuelto en una tela oscura y, con un movimiento fluido e
imperceptible para el resto, lo deslizó bajo la chaqueta de Kenji Sato,
quien estaba parado justo a su lado fingiendo mirar los papeles caídos.
Kenji reaccionó sin dudar, guardando el paquete en su mochila de
entrenamiento en un par de segundos.
Cuando Seiya terminó de levantar a Mizuki y volvió la vista hacia el
casillero de Ren, la puerta ya estaba completamente abierta. El interior
contenía solo un par de zapatillas gastadas, un libro de literatura rusa
con las pastas desgastadas y dos cuadernos emborronados. Nada más.
El inspector revisó el fondo de la taquilla con minuciosidad, rozando el
metal con los dedos.
—Limpio, presidente. No hay dispositivos ni material prohibido
aquí.
Seiya contempló el interior del casillero en silencio. Su mirada se
desplazó lentamente desde la taquilla vacía hacia la figura de Ren, que
mantenía una sonrisa de fría indiferencia, y finalmente se posó sobre
Mizuki. Sus ojos amarillentos y calculadores se entrecerraron. Sabía que
el tropiezo no había sido una casualidad; la coincidencia era demasiado
perfecta para provenir de una chica tan metódica como Mizuki
Hoshino.
—Entiendo —dijo Seiya, recuperando su sonrisa de porcelana—. Parece que
los informes eran inexactos respecto a este casillero. Continuaremos con
el resto del pabellón. Hoshino-san, por favor ve a la enfermería a revisar
ese tobillo. No podemos permitir que te exijas más de la cuenta.
—Estoy bien, Arisugawa-san. Puedo continuar —respondió Mizuki,
manteniéndose erguida, aunque sentía que las rodillas le temblaban por la
descarga de adrenalina.
—Insisto —la voz de Seiya bajó un tono, volviéndose imperiosa—. Tómate un
descanso.
Durante el receso del mediodía, Mizuki permaneció en la enfermería vacía,
aplicando una compresa fría sobre su tobillo sano para mantener la farsa.
La puerta de la estancia se abrió levemente y Kenji Sato entró,
sosteniendo una caja de jugos como pretexto para estar allí.
—Hoshino-san —dijo Kenji en un susurro, asegurándose de que la enfermera
no estuviera cerca—. Ren me pidió que te diera esto.
Le entregó una pequeña nota doblada en cuatro partes. Mizuki la tomó con
prisa y la desplegó sobre su regazo. La caligrafía rasgada de Ren ocupaba
apenas dos líneas:
"Un movimiento arriesgado para alguien que odia cometer errores. La
radio está a salvo con Kenji. Gracias por el caos, Chica de Hielo.
Cuídate de él; ahora sabe que estás de mi lado".
Mizuki apretó el papel contra su pecho. La sensación de culpa por haber
roto las reglas había desaparecido por completo, reemplazada por un
extraño y profundo sentimiento de complicidad. Había cruzado la línea. Ya
no era una espectadora imparcial en el juego de Seiya; se había declarado
abiertamente parte del desorden de Ren.
Al final de las clases, Mizuki salía del edificio principal cuando Seiya
la abordó cerca de la arboleda de los cerezos. El camino estaba solitario;
la mayoría de los estudiantes ya se habían retirado a sus respectivos
clubes.
—Hoshino-san, ¿cómo se encuentra tu tobillo? —preguntó Seiya, caminándole
al paso con las manos a la espalda.
—Mucho mejor, gracias por preguntar.
—Me alegro —Seiya se detuvo y miró hacia la copa de los árboles, donde
las hojas secas caían lentamente—. Sabes, hoy me di cuenta de algo
fascinante. Durante tres años he creído que eras una persona guiada
estrictamente por la lógica y el orden. Alguien incapaz de desviarse del
camino correcto.
Mizuki no respondió, manteniendo la vista al frente.
—Pero hoy vi cómo arriesgabas tu impecable reputación por interferir en
una inspección oficial —continuó Seiya, girándose para mirarla de frente.
Su expresión ya no era amable; era la de un juez a punto de dictar
sentencia—. No sé qué tipo de influencia está ejerciendo Kazama-kun sobre
ti, pero te advierto algo, Mizuki: las piezas que no encajan en el tablero
no se reacomodan... se eliminan. Si insistes en protegerlo, terminarás
cayendo con él cuando la junta disciplinaria actúe la próxima
semana.
—No estoy protegiendo a nadie, Arisugawa-san —respondió Mizuki con voz
firme, sosteniendo la mirada del presidente—. Solo me aseguro de que la
justicia de esta academia no se convierta en una cacería de brujas
personal.
Seiya sonrió, pero sus ojos estaban helados.
—Veremos si piensas lo mismo cuando salgan los resultados de los exámenes
de preselección para la beca. Que tengas una buena tarde,
Hoshino-san.
Seiya se dio la vuelta y caminó hacia el edificio administrativo. Mizuki
permaneció inmóvil bajo los árboles, sintiendo el viento frío de la tarde
rozarle el rostro. La máscara de la "muñeca de hielo" se había roto
definitivamente ante los ojos del presidente. El conflicto ya no era
secreto ni disimulado; las cartas estaban sobre la mesa y la verdadera
batalla por su libertad y por la permanencia de Ren en la Academia Gekkou
acababa de comenzar.
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