La lluvia de la noche anterior había dejado paso a una mañana gélida y
húmeda. La Academia Gekkou se alzaba entre jirones de niebla que subían
del suelo, como si el campus entero intentara ocultarse del mundo
exterior. Para Mizuki Hoshino, las paredes de hormigón y cristal del
instituto nunca se habían sentido tan estrechas. Cada rincón del edificio
principal parecía tener ojos; cada murmullo en los pasillos sonaba como
una acusación.
En su mano izquierda, oculta en el bolsillo de su abrigo, Mizuki apretaba
la pequeña llave metálica que Ren Kazama le había entregado. Sus dedos
recorrían los números de la frecuencia grabados en el metal,
memorizándolos como si fueran un mantra de salvación. Ya no había dudas en
su mente. La trampa de la cita literaria había destruido la última barrera
de su escepticismo: el paria, el delincuente que todos evitaban, era su
"Poeta Roto".
—Hoshino-san, el profesor Kimura solicita los registros de asistencia del
mes pasado —la voz de Seiya Arisugawa la sacó de sus pensamientos.
Mizuki se sobresaltó sutilmente, pero recuperó su postura antes de que
Seiya pudiera notar la grieta. El presidente del consejo estaba apoyado
contra la mesa de la oficina, sosteniendo una taza de porcelana blanca. Su
uniforme lucía, como siempre, impecable, pero había algo en la fijeza de
su mirada que hacía que la atmósfera de la habitación fuera
asfixiante.
—Los tengo listos aquí, Arisugawa-san —respondió Mizuki, extendiendo una
carpeta azul—. Todo está en orden.
Seiya tomó la carpeta, pero no la abrió de inmediato. La dejó sobre la
mesa y dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia con esa
familiaridad aristocrática que a Mizuki le helaba la sangre.
—Me alegra oír eso. Aunque... anoche me preocupé un poco —dijo Seiya,
ladeando la cabeza con una sonrisa que no reflejaba calidez alguna—.
Cuando subí a la oficina de delegados para buscarte, ya te de bías
marchado. Dejaste las luces encendidas y la puerta sin asegurar. Es un
descuido muy extraño en ti, Hoshino-san. Casi como si hubieras salido
huyendo de algo... o de alguien.
Mizuki mantuvo la mirada fija en los ojos de Seiya. Sabía que parpadear o
desviar la vista sería admitir la culpa ante un depredador que olía el
miedo.
—El dolor de cabeza volvió, Arisugawa-san. Olvidé apagar el interruptor
por la prisa de tomar el último transporte. Lamento la negligencia.
—No te preocupes. Solo me aseguro de que nuestra delegada estrella esté a
salvo —Seiya tomó el bolígrafo de plata que estaba sobre el escritorio y
comenzó a girarlo entre sus dedos con movimientos rítmicos—. Sin embargo,
el guardia del turno nocturno me dio un informe interesante esta mañana.
Vio a Kazama-kun salir del edificio administrativo casi al mismo tiempo
que tú. Es curioso cómo un chico que odia tanto el estudio pasa tantas
horas merodeando por las oficinas del consejo, ¿no crees?
—Kazama-kun no es de mi interés, Arisugawa-san. Si viola las normas de
permanencia, es un asunto de la junta disciplinaria, no del consejo
estudiantil.
Seiya soltó una pequeña risa, un sonido seco que se disipó en el aire
frío de la oficina.
—Tienes toda la razón. De hecho, ya he programado una audiencia con la
junta para el final de la semana. Solo necesito un testimonio más para
proceder con la suspensión definitiva. Alguien que confirme que sus
constantes merodeos constituyen un riesgo para los estudiantes. Tu palabra
sería más que suficiente, Hoshino-san. Piénsalo. Al fin y a cabo, ambos
queremos lo mejor para la Gekkou.
Mizuki sintió que el metal de la llave en su bolsillo le quemaba la piel.
Seiya no estaba investigando; estaba acorralando. Quería obligarla a
firmar la sentencia de Ren, usando su propia rectitud como el arma del
crimen.
Al mediodía, el cerco de Seiya comenzó a moverse fuera de los límites del
consejo. En el patio trasero, cerca de las canchas de baloncesto, Kenji
Sato fue interceptado por dos miembros del comité de disciplina. Ren, que
observaba la escena oculto bajo la sombra del pasillo del gimnasio, vio
cómo Seiya Arisugawa se acercaba a su amigo con paso tranquilo y las manos
metidas en los bolsillos.
Ren apretó los puños, listo para intervenir, pero la mano de Kenji,
extendida sutilmente hacia atrás en un gesto de "quédate ahí", lo
detuvo.
—Sato-kun —dijo Seiya, su voz proyectando una amabilidad forzada que los
estudiantes de disciplina imitaban a la perfección—. Solo queríamos
hacerte un par de preguntas de rutina. Sabemos que eres el compañero más
cercano de Kazama-kun.
—No sé mucho, presidente —respondió Kenji, manteniendo una actitud
relajada que contrastaba con la rigidez de los inspectores—. Ren y yo solo
compartimos notas de clase y bollos de melón. No soy su niñera.
—Nadie sugiere eso, Sato-kun —Seiya sonrió, pero sus ojos permanecieron
fríos y calculadores—. Sin embargo, se le ha visto merodear por zonas
restringidas, como el sótano de la biblioteca nueva y el edificio este
antes de su clausura. También nos preocupa que esté involucrado en el
vandalismo de algunas instalaciones. Si sabes algo y lo ocultas, tu propio
expediente podría verse afectado. Sería una lástima que perdieras tu lugar
en el equipo de atletismo por una lealtad mal dirigida hacia alguien que
no tiene futuro en esta academia.
Kenji miró a Seiya directamente a los ojos. Su tono habitual de broma
desapareció, reemplazado por una seriedad tosca.
—Ren tiene mejor futuro del que muchos creen, Arisugawa-san. Y en cuanto
a las zonas restringidas, los libros están para leerse, ¿no? Si la Gekkou
no quiere que los estudiantes busquen respuestas, tal vez deberían cerrar
la escuela entera, no solo la biblioteca.
Los inspectores dieron un paso al frente, pero Seiya levantó una mano,
deteniéndolos. Su sonrisa se volvió un poco más delgada, casi
afilada.
—Agradezco tu honestidad, Sato-kun. Puedes retirarte.
Desde la distancia, Ren vio a Kenji caminar de regreso al edificio.
Cuando pasó cerca de su escondite, Kenji no lo miró, pero murmuró entre
dientes:
—El Príncipe está buscando sangre, Ren. Ya no le importa disimular. Ten
cuidado.
Esa noche, a las 11:30 p. m., la casa de la familia Hoshino estaba sumida
en un silencio sepulcral. Los tutores se habían marchado hacía horas y las
luces del piso inferior estaban apagadas. En su habitación, Mizuki estaba
sentada en el suelo, de espaldas a la puerta, con las luces apagadas. La
única iluminación provenía de la pantalla de una vieja radio de
transistores que había rescatado del desván de su abuelo semanas
atrás.
Con los auriculares puestos para no hacer el menor ruido, Mizuki giró el
dial de sintonización con dedos temblorosos. El siseo del estática llenaba
sus oídos, un ruido blanco que aumentaba su ansiedad.
Shhh... shhh...
Giró el dial un milímetro más, ajustándolo exactamente a la frecuencia
que Ren había grabado en la llave inglesa. El estática continuó por unos
segundos que parecieron eternos, hasta que de repente, el ruido se cortó
bruscamente, reemplazado por un zumbido limpio.
Mizuki contuvo el aliento. Acercó el pequeño micrófono de cable a sus
labios.
—¿...Poeta Roto? —susurró, y su propia voz se sintió extraña, flotando en
las ondas invisibles de la noche.
Pasaron cinco segundos de silencio absoluto. El corazón de Mizuki latía
con tanta fuerza que temía que el micrófono captara el sonido. De repente,
una voz distorsionada por la interferencia, pero inconfundiblemente ronca
y profunda, respondió al otro lado.
—Te escucho, Chica de Hielo.
Mizuki cerró los ojos, sintiendo que una oleada de alivio absoluto
recorría su cuerpo. La distancia y el metal de la radio no podían enfriar
la calidez de esa voz. Era él. Estaba allí, en algún lugar del tejado del
edificio de artes, desafiando el frío y la prohibición de la academia solo
para escucharla.
—Lo sé todo, Ren —dijo ella, usando su nombre real por primera vez en una
comunicación directa—. Sé que eres tú. La cita de Raskólnikov... el
dibujo... todo.
Se produjo una pausa al otro lado de la línea. Cuando Ren volvió a
hablar, su tono carecía de la hostilidad defensiva que usaba en el aula;
sonaba extrañamente vulnerable.
—Lamento que hayas tenido que descubrirlo en medio de este desastre,
Mizuki. Hubiera preferido que las cosas fueran distintas. Pero el tiempo
se nos está acabando. El Príncipe interrogó a Kenji hoy. Está buscando
cualquier pretexto para sacarme de la Gekkou antes de que terminen los
exámenes simulados.
—Me pidió que firmara un testimonio en tu contra —confesó Mizuki,
apretando el cable del micrófono—. Dijo que si mi palabra respaldaba la
queja, la junta disciplinaria te expulsaría de inmediato de forma
permanente.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Ren. No había reproche en su voz, solo una
curiosidad resignada, como si ya supiera la respuesta del mundo
real.
Mizuki apretó los dientes, y por primera vez en su vida, la rigidez de su
educación no sirvió para contener sus verdaderos sentimientos.
—No voy a firmar nada, Ren. No voy a ser la pieza que él necesita para
ganar su juego estúpido. Pero tienes que entenderlo... Seiya no va a
detenerse. Tiene tu marcapáginas, sabe que entraste al edificio oeste
después de la clausura. Si descubre que nos estamos comunicando por
radio...
—No lo descubrirá —la interrumpió Ren con firmeza—. Esta frecuencia está
fuera de los canales comerciales de la academia. Las ondas viajan limpias
por la noche. Escúchame bien, Chica de Hielo: la beca de excelencia es lo
único que te importa a ti y a tu familia para salir de esa presión,
¿verdad? No dejes que Arisugawa te use para distraerte. Estudia. Gana ese
lugar. Déjame el desorden a mí.
—No puedes enfrentarlo solo, Ren. Seiya controla el consejo, los
inspectores y tiene el respaldo de la junta escolar. Si te expulsan por mi
culpa...
—No será tu culpa —la voz de Ren sonó más cerca, como si estuviera
susurrándole al oído en la penumbra de la biblioteca—. Si me voy de esta
escuela, me iré sabiendo que por lo menos una persona me vio por lo que
realmente soy, y no por el monstruo que pintan en las paredes. Eso ya es
más de lo que esperaba de este lugar.
Mizuki sintió que una lágrima resbalaba por su mejilla, cayendo sobre el
plástico de la radio.
—Mañana en el salón... ¿cómo actuaremos? —preguntó, tratando de
estabilizar su voz.
—Como siempre —respondió Ren con una leve e irónica inflexión—. Sigue
siendo la delegada perfecta que me odia por llevar la corbata desatada.
Sigue mirándome con desprecio desde la primera fila. Cuanto más actúes
como la "muñeca de hielo", más seguro estará nuestro secreto.
—Odio tener que fingir contigo —susurró ella, apoyando la cabeza contra
sus rodillas.
—No estás fingiendo ahora. Esto es lo que cuenta. El resto es solo el
escenario. Buenas noches, Chica de Hielo. Sobrevive al día de
mañana.
La línea se cortó con un leve chasquido metálico y el estática regresó,
inundando sus auriculares con su siseo indiferente. Mizuki apagó la radio
de transistores y se quedó en la oscuridad de su habitación, mirando el
reflejo de la luna en los cristales de su ventana. El "vals de las
máscaras" se había vuelto más complejo y peligroso: ahora debían odiarse
con más fuerza en la luz para poder proteger el frágil lazo que los unía
en la penumbra.
Mientras tanto, en el edificio de administración, una luz seguía
encendida en la oficina del presidente. Seiya Arisugawa revisaba un mapa
del campus sobre su escritorio. Sus dedos trazaron una línea desde la
biblioteca nueva hasta el edificio de artes.
—Las voces siempre dejan un eco, Kazama-kun —murmuró Seiya, levantando su
taza de té con una sonrisa serena—. Solo necesito encontrar el micrófono
adecuado.
El cerco se estaba cerrando, y en la Academia Gekkou, la noche ya no era
un escondite seguro para los latidos que intentaban escapar del orden
establecido.
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