El buzón de los latidos perdidos - Capítulo 7: "La frecuencia de la penumbra y el cerco de las sospechas"


La lluvia de la noche anterior había dejado paso a una mañana gélida y húmeda. La Academia Gekkou se alzaba entre jirones de niebla que subían del suelo, como si el campus entero intentara ocultarse del mundo exterior. Para Mizuki Hoshino, las paredes de hormigón y cristal del instituto nunca se habían sentido tan estrechas. Cada rincón del edificio principal parecía tener ojos; cada murmullo en los pasillos sonaba como una acusación.

En su mano izquierda, oculta en el bolsillo de su abrigo, Mizuki apretaba la pequeña llave metálica que Ren Kazama le había entregado. Sus dedos recorrían los números de la frecuencia grabados en el metal, memorizándolos como si fueran un mantra de salvación. Ya no había dudas en su mente. La trampa de la cita literaria había destruido la última barrera de su escepticismo: el paria, el delincuente que todos evitaban, era su "Poeta Roto".

—Hoshino-san, el profesor Kimura solicita los registros de asistencia del mes pasado —la voz de Seiya Arisugawa la sacó de sus pensamientos.

Mizuki se sobresaltó sutilmente, pero recuperó su postura antes de que Seiya pudiera notar la grieta. El presidente del consejo estaba apoyado contra la mesa de la oficina, sosteniendo una taza de porcelana blanca. Su uniforme lucía, como siempre, impecable, pero había algo en la fijeza de su mirada que hacía que la atmósfera de la habitación fuera asfixiante.

—Los tengo listos aquí, Arisugawa-san —respondió Mizuki, extendiendo una carpeta azul—. Todo está en orden.

Seiya tomó la carpeta, pero no la abrió de inmediato. La dejó sobre la mesa y dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia con esa familiaridad aristocrática que a Mizuki le helaba la sangre.

—Me alegra oír eso. Aunque... anoche me preocupé un poco —dijo Seiya, ladeando la cabeza con una sonrisa que no reflejaba calidez alguna—. Cuando subí a la oficina de delegados para buscarte, ya te de bías marchado. Dejaste las luces encendidas y la puerta sin asegurar. Es un descuido muy extraño en ti, Hoshino-san. Casi como si hubieras salido huyendo de algo... o de alguien.

Mizuki mantuvo la mirada fija en los ojos de Seiya. Sabía que parpadear o desviar la vista sería admitir la culpa ante un depredador que olía el miedo.

—El dolor de cabeza volvió, Arisugawa-san. Olvidé apagar el interruptor por la prisa de tomar el último transporte. Lamento la negligencia.

—No te preocupes. Solo me aseguro de que nuestra delegada estrella esté a salvo —Seiya tomó el bolígrafo de plata que estaba sobre el escritorio y comenzó a girarlo entre sus dedos con movimientos rítmicos—. Sin embargo, el guardia del turno nocturno me dio un informe interesante esta mañana. Vio a Kazama-kun salir del edificio administrativo casi al mismo tiempo que tú. Es curioso cómo un chico que odia tanto el estudio pasa tantas horas merodeando por las oficinas del consejo, ¿no crees?

—Kazama-kun no es de mi interés, Arisugawa-san. Si viola las normas de permanencia, es un asunto de la junta disciplinaria, no del consejo estudiantil.

Seiya soltó una pequeña risa, un sonido seco que se disipó en el aire frío de la oficina.

—Tienes toda la razón. De hecho, ya he programado una audiencia con la junta para el final de la semana. Solo necesito un testimonio más para proceder con la suspensión definitiva. Alguien que confirme que sus constantes merodeos constituyen un riesgo para los estudiantes. Tu palabra sería más que suficiente, Hoshino-san. Piénsalo. Al fin y a cabo, ambos queremos lo mejor para la Gekkou.

Mizuki sintió que el metal de la llave en su bolsillo le quemaba la piel. Seiya no estaba investigando; estaba acorralando. Quería obligarla a firmar la sentencia de Ren, usando su propia rectitud como el arma del crimen.

Al mediodía, el cerco de Seiya comenzó a moverse fuera de los límites del consejo. En el patio trasero, cerca de las canchas de baloncesto, Kenji Sato fue interceptado por dos miembros del comité de disciplina. Ren, que observaba la escena oculto bajo la sombra del pasillo del gimnasio, vio cómo Seiya Arisugawa se acercaba a su amigo con paso tranquilo y las manos metidas en los bolsillos.

Ren apretó los puños, listo para intervenir, pero la mano de Kenji, extendida sutilmente hacia atrás en un gesto de "quédate ahí", lo detuvo.

—Sato-kun —dijo Seiya, su voz proyectando una amabilidad forzada que los estudiantes de disciplina imitaban a la perfección—. Solo queríamos hacerte un par de preguntas de rutina. Sabemos que eres el compañero más cercano de Kazama-kun.

—No sé mucho, presidente —respondió Kenji, manteniendo una actitud relajada que contrastaba con la rigidez de los inspectores—. Ren y yo solo compartimos notas de clase y bollos de melón. No soy su niñera.

—Nadie sugiere eso, Sato-kun —Seiya sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos y calculadores—. Sin embargo, se le ha visto merodear por zonas restringidas, como el sótano de la biblioteca nueva y el edificio este antes de su clausura. También nos preocupa que esté involucrado en el vandalismo de algunas instalaciones. Si sabes algo y lo ocultas, tu propio expediente podría verse afectado. Sería una lástima que perdieras tu lugar en el equipo de atletismo por una lealtad mal dirigida hacia alguien que no tiene futuro en esta academia.

Kenji miró a Seiya directamente a los ojos. Su tono habitual de broma desapareció, reemplazado por una seriedad tosca.

—Ren tiene mejor futuro del que muchos creen, Arisugawa-san. Y en cuanto a las zonas restringidas, los libros están para leerse, ¿no? Si la Gekkou no quiere que los estudiantes busquen respuestas, tal vez deberían cerrar la escuela entera, no solo la biblioteca.

Los inspectores dieron un paso al frente, pero Seiya levantó una mano, deteniéndolos. Su sonrisa se volvió un poco más delgada, casi afilada.

—Agradezco tu honestidad, Sato-kun. Puedes retirarte.

Desde la distancia, Ren vio a Kenji caminar de regreso al edificio. Cuando pasó cerca de su escondite, Kenji no lo miró, pero murmuró entre dientes:

—El Príncipe está buscando sangre, Ren. Ya no le importa disimular. Ten cuidado.

Esa noche, a las 11:30 p. m., la casa de la familia Hoshino estaba sumida en un silencio sepulcral. Los tutores se habían marchado hacía horas y las luces del piso inferior estaban apagadas. En su habitación, Mizuki estaba sentada en el suelo, de espaldas a la puerta, con las luces apagadas. La única iluminación provenía de la pantalla de una vieja radio de transistores que había rescatado del desván de su abuelo semanas atrás.

Con los auriculares puestos para no hacer el menor ruido, Mizuki giró el dial de sintonización con dedos temblorosos. El siseo del estática llenaba sus oídos, un ruido blanco que aumentaba su ansiedad.

Shhh... shhh...

Giró el dial un milímetro más, ajustándolo exactamente a la frecuencia que Ren había grabado en la llave inglesa. El estática continuó por unos segundos que parecieron eternos, hasta que de repente, el ruido se cortó bruscamente, reemplazado por un zumbido limpio.

Mizuki contuvo el aliento. Acercó el pequeño micrófono de cable a sus labios.

—¿...Poeta Roto? —susurró, y su propia voz se sintió extraña, flotando en las ondas invisibles de la noche.

Pasaron cinco segundos de silencio absoluto. El corazón de Mizuki latía con tanta fuerza que temía que el micrófono captara el sonido. De repente, una voz distorsionada por la interferencia, pero inconfundiblemente ronca y profunda, respondió al otro lado.

—Te escucho, Chica de Hielo.

Mizuki cerró los ojos, sintiendo que una oleada de alivio absoluto recorría su cuerpo. La distancia y el metal de la radio no podían enfriar la calidez de esa voz. Era él. Estaba allí, en algún lugar del tejado del edificio de artes, desafiando el frío y la prohibición de la academia solo para escucharla.

—Lo sé todo, Ren —dijo ella, usando su nombre real por primera vez en una comunicación directa—. Sé que eres tú. La cita de Raskólnikov... el dibujo... todo.

Se produjo una pausa al otro lado de la línea. Cuando Ren volvió a hablar, su tono carecía de la hostilidad defensiva que usaba en el aula; sonaba extrañamente vulnerable.

—Lamento que hayas tenido que descubrirlo en medio de este desastre, Mizuki. Hubiera preferido que las cosas fueran distintas. Pero el tiempo se nos está acabando. El Príncipe interrogó a Kenji hoy. Está buscando cualquier pretexto para sacarme de la Gekkou antes de que terminen los exámenes simulados.

—Me pidió que firmara un testimonio en tu contra —confesó Mizuki, apretando el cable del micrófono—. Dijo que si mi palabra respaldaba la queja, la junta disciplinaria te expulsaría de inmediato de forma permanente.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Ren. No había reproche en su voz, solo una curiosidad resignada, como si ya supiera la respuesta del mundo real.

Mizuki apretó los dientes, y por primera vez en su vida, la rigidez de su educación no sirvió para contener sus verdaderos sentimientos.

—No voy a firmar nada, Ren. No voy a ser la pieza que él necesita para ganar su juego estúpido. Pero tienes que entenderlo... Seiya no va a detenerse. Tiene tu marcapáginas, sabe que entraste al edificio oeste después de la clausura. Si descubre que nos estamos comunicando por radio...

—No lo descubrirá —la interrumpió Ren con firmeza—. Esta frecuencia está fuera de los canales comerciales de la academia. Las ondas viajan limpias por la noche. Escúchame bien, Chica de Hielo: la beca de excelencia es lo único que te importa a ti y a tu familia para salir de esa presión, ¿verdad? No dejes que Arisugawa te use para distraerte. Estudia. Gana ese lugar. Déjame el desorden a mí.

—No puedes enfrentarlo solo, Ren. Seiya controla el consejo, los inspectores y tiene el respaldo de la junta escolar. Si te expulsan por mi culpa...

—No será tu culpa —la voz de Ren sonó más cerca, como si estuviera susurrándole al oído en la penumbra de la biblioteca—. Si me voy de esta escuela, me iré sabiendo que por lo menos una persona me vio por lo que realmente soy, y no por el monstruo que pintan en las paredes. Eso ya es más de lo que esperaba de este lugar.

Mizuki sintió que una lágrima resbalaba por su mejilla, cayendo sobre el plástico de la radio.
—Mañana en el salón... ¿cómo actuaremos? —preguntó, tratando de estabilizar su voz.

—Como siempre —respondió Ren con una leve e irónica inflexión—. Sigue siendo la delegada perfecta que me odia por llevar la corbata desatada. Sigue mirándome con desprecio desde la primera fila. Cuanto más actúes como la "muñeca de hielo", más seguro estará nuestro secreto.

—Odio tener que fingir contigo —susurró ella, apoyando la cabeza contra sus rodillas.

—No estás fingiendo ahora. Esto es lo que cuenta. El resto es solo el escenario. Buenas noches, Chica de Hielo. Sobrevive al día de mañana.

La línea se cortó con un leve chasquido metálico y el estática regresó, inundando sus auriculares con su siseo indiferente. Mizuki apagó la radio de transistores y se quedó en la oscuridad de su habitación, mirando el reflejo de la luna en los cristales de su ventana. El "vals de las máscaras" se había vuelto más complejo y peligroso: ahora debían odiarse con más fuerza en la luz para poder proteger el frágil lazo que los unía en la penumbra.

Mientras tanto, en el edificio de administración, una luz seguía encendida en la oficina del presidente. Seiya Arisugawa revisaba un mapa del campus sobre su escritorio. Sus dedos trazaron una línea desde la biblioteca nueva hasta el edificio de artes.

—Las voces siempre dejan un eco, Kazama-kun —murmuró Seiya, levantando su taza de té con una sonrisa serena—. Solo necesito encontrar el micrófono adecuado.

El cerco se estaba cerrando, y en la Academia Gekkou, la noche ya no era un escondite seguro para los latidos que intentaban escapar del orden establecido.



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