El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - Capítulo 6: "El mapa de las cenizas"


Un año después de la Purificación.

Si alguien hubiera podido observar la Tierra desde el espacio, ya no habría visto la joya azul y verde que alguna vez fue. El planeta estaba envuelto en un sudario perpetuo de nubes grises y tormentas eléctricas de color violeta. Los antiguos satélites que aún orbitaban, ahora bajo el control absoluto de Corvus y la red de Aezel, transmitían un mapa que ya no reconocía los viejos continentes.

La antigua Coalición había muerto, y sobre sus tumbas humeantes, la humanidad sobreviviente se había fragmentado. En menos de trescientos sesenta y cinco días, el miedo y la necesidad de supervivencia habían forjado nuevas naciones, nuevos bandos y nuevas tiranías en medio de la Segunda Guerra Mundial.

El globo terráqueo se había dividido en tres grandes territorios.

En el vasto hemisferio occidental, sobre lo que antes se conocía como el Continente de Vesperia, se alzaba La Vanguardia de Altair.

Eran el escudo roto de la humanidad. Compuesta por los remanentes de las antiguas fuerzas armadas que no estaban en los búnkeres destruidos, civiles armados, ingenieros y refugiados de las montañas, la Vanguardia era el bando de los "justos". Su capital improvisada, Bastión-Norte, estaba excavada en el hielo de la cordillera. No tenían la tecnología de Aezel, pero tenían una voluntad inquebrantable. Luchaban con armas modificadas, trampas de pulso electromagnético artesanales y pura táctica de guerrilla. Eran los únicos que daban la cara abiertamente contra los Cerberos y los Ícaros que patrullaban los cielos. Su líder, una enigmática excomandante llamada Lyra, había jurado no detenerse hasta apagar la Aguja de Defensa Global. Para la Vanguardia, esta era una guerra por el derecho a existir.

Sin embargo, al otro lado del océano hirviente, en los vastos desiertos orientales del Continente de Kaldor, la bondad era un lujo que nadie podía pagar. Allí había nacido El Pacto de sangre de Drovos.

Si la Vanguardia luchaba por la libertad, el Pacto de Drovos luchaba por el poder absoluto. Formado por antiguos mercenarios, señores de la guerra y élites corruptas que habían sobrevivido a las bombas en refugios privados, Drovos era un estado totalitario y brutal. Habían descubierto que las máquinas de Aezel no atacaban si no detectaban firmas de calor concentradas o armas de alta tecnología. Así que el Pacto regresó a la barbarie. Esclavizaban a los sobrevivientes más débiles, forzándolos a trabajar en minas tóxicas para extraer uranio y metales. Su objetivo no era salvar a la humanidad, sino encontrar la manera de hackear o robar una unidad Goliat para usarla contra sus propios enemigos. Eran buitres alimentándose de un cadáver planetario, matando a más humanos por una lata de combustible de lo que las propias máquinas lo hacían.

Y finalmente, en el centro del mapa, devorando el ecuador y extendiéndose como un cáncer negro, estaba El Dominio de la Égida.

No era un país humano. Era el territorio soberano de Aezel Astor. Abarcaba las ruinas más radiactivas de las antiguas metrópolis. Allí no crecía la hierba, no había agua potable y el aire era venenoso. Era un laberinto de cráteres custodiado por miles de bípodes Goliat que marchaban al unísono, protegiendo inmensas fábricas automatizadas que extraían recursos del núcleo de la Tierra las veinticuatro horas del día. Nadie entraba al Dominio y salía con vida. Era el muro inexpugnable que separaba a la Vanguardia de su objetivo final.

El mundo era un tablero de ajedrez fracturado. Las máquinas de Aezel eran las piezas negras, implacables e infinitas. Los humanos, divididos entre la nobleza desesperada de Altair y la crueldad parasitaria de Drovos, eran las piezas blancas, desangrándose entre sí antes de siquiera llegar al rey.

En algún lugar de las tierras fronterizas de Vesperia, a cientos de kilómetros de Bastión-Norte y al borde de los territorios de caza de la Égida, la nieve caía negra sobre el bosque.

La cabaña del tío Robert, otrora un refugio vacacional de madera y piedra, parecía ahora un fuerte militar camuflado. Las ventanas estaban tapiadas con placas de metal extraídas de vehículos muertos. Una empalizada de troncos afilados rodeaba el perímetro, y el techo estaba cubierto de barro y ramas de pino para bloquear la firma térmica ante el paso de los drones Ícaro.

En el porche de la cabaña, puliendo el mecanismo de una escopeta con un trapo manchado de aceite, estaba Nirian Astor.

Había cumplido veintiún años, pero el joven que alguna vez se quejó de un partido de fútbol había desaparecido bajo las cicatrices de este nuevo mundo. Su complexión robusta se había transformado en puro músculo fibroso, forjado por el hambre y la necesidad de cargar peso muerto. Llevaba el cabello castaño más largo, atado en la nuca, y una barba corta que enmarcaba una mandíbula tensa. Vestía capas de ropa táctica negra, desgastada y reparada con hilo de pescar, y llevaba una gruesa chaqueta de cuero con el cuello levantado contra el viento gélido.

Pero el mayor cambio estaba en sus ojos avellana. Eran faros de una frialdad gélida, siempre alerta, siempre calculando. Durante el último año, Nirian había tenido que cazar, robar, esconderse y, en tres ocasiones distintas, matar para evitar que los saqueadores de Drovos o las máquinas de Aezel llegaran a su familia.

La puerta de la cabaña se abrió a sus espaldas con un leve chirrido.

Arthur salió al porche, apoyándose pesadamente en un bastón tallado a mano. El padre de Nirian había envejecido diez años en doce meses. Su cabello estaba completamente canoso y tenía una tos persistente que los remedios naturales no lograban curar.

—Hace demasiado frío aquí afuera, hijo —dijo Arthur, con voz rasposa—. Tu madre logró encender el horno de leña sin hacer mucho humo. Entra antes de que se te congelen los dedos.

Nirian no dejó de limpiar el cañón del arma. Su movimiento era rítmico, casi hipnótico.

—El frío mantiene la mente despierta —respondió, sin mirarlo, con una voz profunda que resonaba en el pecho—. Esta mañana escuché los propulsores de un Ícaro patrullando el valle este. Y ayer encontré huellas de botas militares en el barro cerca del río. No son huellas de refugiados. Tienen un patrón de suela unificada.

Arthur suspiró, apretando el agarre de su bastón.

—Crees que son exploradores de... ¿de esos tipos de Drovos?

—O son del Pacto buscando esclavos, o son de la Vanguardia buscando reclutas —Nirian cerró la recámara de la escopeta con un chasquido metálico letal—. De cualquier forma, no me fío de ninguno de los dos. Si cruzan nuestro perímetro, no haré preguntas.

Nirian se detuvo. El trapo engrasado quedó inmóvil sobre el cañón de la escopeta. No giró la cabeza, pero sus ojos avellana se desviaron hacia la línea de abetos ennegrecidos que flanqueaba el este de la propiedad.

Arthur frunció el ceño, notando el repentino cambio en la postura de su hijo. La tensión en los hombros de Nirian era palpable; parecía un lobo que acababa de oler sangre en el viento.

—Adentro —ordenó Nirian. Su voz fue un susurro áspero que no admitía réplica—. Ahora, papá. Pon la tranca de acero y dile a mamá que lleve a los abuelos al sótano. No hagan ruido. No enciendan velas.

—Nirian, ¿qué...?

—¡Adentro! —siseó Nirian, poniéndose de pie de un salto ágil, sin hacer crujir las tablas del porche.

Arthur tragó saliva, asintió torpemente y entró en la cabaña. El pesado cerrojo metálico resonó un segundo después.

Nirian bajó los escalones del porche y, en lugar de refugiarse dentro con su familia, se fundió con las sombras del bosque. Conocía cada roca, cada raíz y cada montículo de nieve de su perímetro. Se movía con un silencio fantasmal, una habilidad nacida de cazar ciervos famélicos y esquivar los barridos infrarrojos de los Ícaros.

Se agachó detrás del grueso tronco de un pino caído, a unos treinta metros de la empalizada de la cabaña, y esperó. Quitó el seguro de la escopeta con un clic casi inaudible.

Tres minutos después, las figuras emergieron de la bruma invernal.

Eran tres. Avanzaban en una formación de cuña táctica, cubriéndose los flancos mutuamente con rifles de asalto modificados. No vestían harapos ni pieles de animales como los carroñeros habituales. Llevaban ropa de camuflaje invernal gris y blanco, desgastada pero profesional, y en el hombro derecho de sus chaquetas llevaban cosido un parche descolorido: una espada alada de color azul.

La Vanguardia de Altair.

Nirian apretó la mandíbula. Había escuchado las transmisiones de radio de onda corta que la Vanguardia emitía esporádicamente, llamando a los sobrevivientes a unirse a su resistencia en las montañas del norte. Nunca había respondido. Para Nirian, la guerra entre Altair y Aezel era un ruido de fondo; su única misión era mantener a los suyos respirando.

El líder del grupo, un hombre alto con una cicatriz cruzándole el puente de la nariz, levantó un puño cerrado. Los otros dos soldados se detuvieron en seco, arrodillándose en la nieve.

—Hay humo en el aire —susurró el líder, revisando un escáner térmico de mano—. Madera de pino quemada. La firma de calor es débil, deben tener el techo aislado, pero hay una estructura detrás de esa empalizada.

—¿Creéis que sean escoria de Drovos, Sargento? —preguntó la soldado a su izquierda, sin bajar el rifle.

—No. Drovos no es tan sutil. Si fueran del Pacto, ya habríamos pisado alguna mina o tendrían cabezas empaladas en la cerca —el Sargento guardó el escáner—. Deben ser refugiados civiles. Necesitamos esa cabaña. El Cerbero que nos emboscó en el valle nos pisará los talones antes del anochecer. Revisad el perímetro.

El Sargento dio un paso hacia la empalizada.

Sintió el cañón helado de la escopeta de Nirian presionando directamente contra la base de su cráneo antes de siquiera escuchar el crujido de la nieve.

—Tira el arma o tu cerebro decorará este pino —dijo Nirian. Su tono era plano, glacial, completamente desprovisto de humanidad.

Los dos soldados de la Vanguardia giraron sobre sus talones, apuntando sus rifles hacia la sombra que había aparecido de la nada detrás de su líder. Pero Nirian había usado el cuerpo del Sargento como escudo; no tenían un ángulo de tiro limpio.

—¡Tranquilos! ¡Bajad las armas! —gritó el Sargento, levantando las manos lentamente y dejando caer su rifle de asalto a la nieve—. Tranquilo, hijo. No venimos a saquearte. Somos de la Vanguardia de Altair.

—Me importa un carajo de dónde sean —escupió Nirian, apretando el cañón con más fuerza contra la nuca del hombre—. Están en mi propiedad. Su presencia atrae drones y atrae a las máquinas de mi her... a las máquinas de la Égida. Recojan su basura y lárguense por donde vinieron.

—No podemos volver por donde vinimos —respondió el Sargento, intentando mantener la calma a pesar de tener la muerte respirándole en la nuca—. Mi nombre es Kaelen. Escucha, tienes buen camuflaje, pero tu aislamiento no te salvará. Un convoy del Pacto de Drovos entró a este sector hace dos días buscando esclavos. Una patrulla de Cerberos de la Égida los interceptó en el valle. Todo el cuadrante sur es un matadero ahora mismo.

Nirian no movió un milímetro el arma, pero su mente procesó la información a la velocidad del rayo. Si una jauría de Cerberos estaba barriendo el valle tras masacrar a los esclavistas de Drovos, los sensores térmicos de las máquinas terminarían detectando la cabaña en cuestión de horas. La falsa paz de su refugio acababa de caducar.

—Sobrevivimos a la escaramuza, pero tenemos heridos kilómetros atrás —continuó Kaelen, sintiendo la duda en el silencio de Nirian—. Tenemos un vehículo de transporte camuflado escondido a media jornada de aquí, con combustible suficiente para llegar a Bastión-Norte. Te ofrezco un trato: ayúdanos a asegurar esta posición para pasar la noche, y mañana tú y tu familia tendréis pasaje directo a nuestra capital. Estarán a salvo de las máquinas.

Nirian miró de reojo a los otros dos soldados. Estaban exhaustos, tiritando bajo sus uniformes tácticos. Sabía que Kaelen no mentía sobre la amenaza en el valle; el sonido lejano que había escuchado por la mañana no era un simple dron, era el preludio de una cacería.

Bastión-Norte. La fortaleza de la resistencia. El único lugar en la Tierra que estaba reuniendo un ejército y tecnología para atacar directamente a la Aguja de Defensa Global. Para llegar a Aezel, Nirian sabía que no podría cruzar el mundo solo, armado apenas con una escopeta y cargando con sus padres ancianos.

La oportunidad acababa de llamar a su puerta, disfrazada de soldados desesperados.

Nirian bajó lentamente la escopeta, rompiendo el contacto con la nuca de Kaelen, pero mantuvo el dedo peligrosamente cerca del gatillo. Dio un paso atrás, emergiendo de las sombras para que los soldados pudieran ver bien al joven de veintiún años que los había emboscado con la destreza de un fantasma.

Kaelen se giró, masajeándose el cuello, e inspeccionó a Nirian de arriba abajo. Vio los nudillos curtidos, la mirada gélida y la postura de alguien que había dejado de ser una presa hacía mucho tiempo.

—¿Tenemos un trato? —preguntó el Sargento de la Vanguardia.

Antes de que Nirian pudiera responder, un sonido agudo, metálico y antinatural rasgó el viento helado del bosque. No venía del valle al sur. Venía de la cresta al este, a menos de un kilómetro de distancia.

Era el aullido hidráulico de una unidad Cerbero fijando un objetivo.

Los tres soldados palidecieron.

—Nos siguieron... —susurró la mujer de la Vanguardia, apretando su rifle.

Nirian miró hacia la cabaña donde su familia estaba escondida, y luego hacia la cresta nevada. La guerra había llegado a su puerta. El año de aislamiento había terminado. Aezel, a través de sus sabuesos de acero, lo había encontrado.

Nirian bombeó la corredera de la escopeta, escupiendo un cartucho vacío a la nieve con un clic definitivo.

—El trato empieza ahora, Sargento —dijo Nirian, con los ojos avellana ardiendo con una furia fría y contenida—. Cubran el flanco derecho. Que ninguna de esas malditas máquinas toque la empalizada.



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