Un año después de la Purificación.
Si alguien hubiera podido observar la Tierra desde el espacio, ya no
habría visto la joya azul y verde que alguna vez fue. El planeta estaba
envuelto en un sudario perpetuo de nubes grises y tormentas eléctricas de
color violeta. Los antiguos satélites que aún orbitaban, ahora bajo el
control absoluto de Corvus y la red de Aezel, transmitían un mapa que ya
no reconocía los viejos continentes.
La antigua Coalición había muerto, y sobre sus tumbas humeantes, la
humanidad sobreviviente se había fragmentado. En menos de trescientos
sesenta y cinco días, el miedo y la necesidad de supervivencia habían
forjado nuevas naciones, nuevos bandos y nuevas tiranías en medio de la
Segunda Guerra Mundial.
El globo terráqueo se había dividido en tres grandes territorios.
En el vasto hemisferio occidental, sobre lo que antes se conocía como el
Continente de Vesperia, se alzaba La Vanguardia de Altair.
Eran el escudo roto de la humanidad. Compuesta por los remanentes de las
antiguas fuerzas armadas que no estaban en los búnkeres destruidos,
civiles armados, ingenieros y refugiados de las montañas, la Vanguardia
era el bando de los "justos". Su capital improvisada, Bastión-Norte,
estaba excavada en el hielo de la cordillera. No tenían la tecnología de
Aezel, pero tenían una voluntad inquebrantable. Luchaban con armas
modificadas, trampas de pulso electromagnético artesanales y pura táctica
de guerrilla. Eran los únicos que daban la cara abiertamente contra los
Cerberos y los Ícaros que patrullaban los cielos. Su líder, una enigmática
excomandante llamada Lyra, había jurado no detenerse hasta apagar la Aguja
de Defensa Global. Para la Vanguardia, esta era una guerra por el derecho
a existir.
Sin embargo, al otro lado del océano hirviente, en los vastos desiertos
orientales del Continente de Kaldor, la bondad era un lujo que nadie podía
pagar. Allí había nacido El Pacto de sangre de Drovos.
Si la Vanguardia luchaba por la libertad, el Pacto de Drovos luchaba por
el poder absoluto. Formado por antiguos mercenarios, señores de la guerra
y élites corruptas que habían sobrevivido a las bombas en refugios
privados, Drovos era un estado totalitario y brutal. Habían descubierto
que las máquinas de Aezel no atacaban si no detectaban firmas de calor
concentradas o armas de alta tecnología. Así que el Pacto regresó a la
barbarie. Esclavizaban a los sobrevivientes más débiles, forzándolos a
trabajar en minas tóxicas para extraer uranio y metales. Su objetivo no
era salvar a la humanidad, sino encontrar la manera de hackear o robar una
unidad Goliat para usarla contra sus propios enemigos. Eran buitres
alimentándose de un cadáver planetario, matando a más humanos por una lata
de combustible de lo que las propias máquinas lo hacían.
Y finalmente, en el centro del mapa, devorando el ecuador y extendiéndose
como un cáncer negro, estaba El Dominio de la Égida.
No era un país humano. Era el territorio soberano de Aezel Astor.
Abarcaba las ruinas más radiactivas de las antiguas metrópolis. Allí no
crecía la hierba, no había agua potable y el aire era venenoso. Era un
laberinto de cráteres custodiado por miles de bípodes Goliat que marchaban
al unísono, protegiendo inmensas fábricas automatizadas que extraían
recursos del núcleo de la Tierra las veinticuatro horas del día. Nadie
entraba al Dominio y salía con vida. Era el muro inexpugnable que separaba
a la Vanguardia de su objetivo final.
El mundo era un tablero de ajedrez fracturado. Las máquinas de Aezel eran
las piezas negras, implacables e infinitas. Los humanos, divididos entre
la nobleza desesperada de Altair y la crueldad parasitaria de Drovos, eran
las piezas blancas, desangrándose entre sí antes de siquiera llegar al
rey.
En algún lugar de las tierras fronterizas de Vesperia, a cientos de
kilómetros de Bastión-Norte y al borde de los territorios de caza de la
Égida, la nieve caía negra sobre el bosque.
La cabaña del tío Robert, otrora un refugio vacacional de madera y
piedra, parecía ahora un fuerte militar camuflado. Las ventanas estaban
tapiadas con placas de metal extraídas de vehículos muertos. Una
empalizada de troncos afilados rodeaba el perímetro, y el techo estaba
cubierto de barro y ramas de pino para bloquear la firma térmica ante el
paso de los drones Ícaro.
En el porche de la cabaña, puliendo el mecanismo de una escopeta con un
trapo manchado de aceite, estaba Nirian Astor.
Había cumplido veintiún años, pero el joven que alguna vez se quejó de un
partido de fútbol había desaparecido bajo las cicatrices de este nuevo
mundo. Su complexión robusta se había transformado en puro músculo
fibroso, forjado por el hambre y la necesidad de cargar peso muerto.
Llevaba el cabello castaño más largo, atado en la nuca, y una barba corta
que enmarcaba una mandíbula tensa. Vestía capas de ropa táctica negra,
desgastada y reparada con hilo de pescar, y llevaba una gruesa chaqueta de
cuero con el cuello levantado contra el viento gélido.
Pero el mayor cambio estaba en sus ojos avellana. Eran faros de una
frialdad gélida, siempre alerta, siempre calculando. Durante el último
año, Nirian había tenido que cazar, robar, esconderse y, en tres ocasiones
distintas, matar para evitar que los saqueadores de Drovos o las máquinas
de Aezel llegaran a su familia.
La puerta de la cabaña se abrió a sus espaldas con un leve
chirrido.
Arthur salió al porche, apoyándose pesadamente en un bastón tallado a
mano. El padre de Nirian había envejecido diez años en doce meses. Su
cabello estaba completamente canoso y tenía una tos persistente que los
remedios naturales no lograban curar.
—Hace demasiado frío aquí afuera, hijo —dijo Arthur, con voz rasposa—. Tu
madre logró encender el horno de leña sin hacer mucho humo. Entra antes de
que se te congelen los dedos.
Nirian no dejó de limpiar el cañón del arma. Su movimiento era rítmico,
casi hipnótico.
—El frío mantiene la mente despierta —respondió, sin mirarlo, con una voz
profunda que resonaba en el pecho—. Esta mañana escuché los propulsores de
un Ícaro patrullando el valle este. Y ayer encontré huellas de botas
militares en el barro cerca del río. No son huellas de refugiados. Tienen
un patrón de suela unificada.
Arthur suspiró, apretando el agarre de su bastón.
—Crees que son exploradores de... ¿de esos tipos de Drovos?
—O son del Pacto buscando esclavos, o son de la Vanguardia buscando
reclutas —Nirian cerró la recámara de la escopeta con un chasquido
metálico letal—. De cualquier forma, no me fío de ninguno de los dos. Si
cruzan nuestro perímetro, no haré preguntas.
Nirian se detuvo. El trapo engrasado quedó inmóvil sobre el cañón de la
escopeta. No giró la cabeza, pero sus ojos avellana se desviaron hacia la
línea de abetos ennegrecidos que flanqueaba el este de la propiedad.
Arthur frunció el ceño, notando el repentino cambio en la postura de su
hijo. La tensión en los hombros de Nirian era palpable; parecía un lobo
que acababa de oler sangre en el viento.
—Adentro —ordenó Nirian. Su voz fue un susurro áspero que no admitía
réplica—. Ahora, papá. Pon la tranca de acero y dile a mamá que lleve a
los abuelos al sótano. No hagan ruido. No enciendan velas.
—Nirian, ¿qué...?
—¡Adentro! —siseó Nirian, poniéndose de pie de un salto ágil, sin hacer
crujir las tablas del porche.
Arthur tragó saliva, asintió torpemente y entró en la cabaña. El pesado
cerrojo metálico resonó un segundo después.
Nirian bajó los escalones del porche y, en lugar de refugiarse dentro con
su familia, se fundió con las sombras del bosque. Conocía cada roca, cada
raíz y cada montículo de nieve de su perímetro. Se movía con un silencio
fantasmal, una habilidad nacida de cazar ciervos famélicos y esquivar los
barridos infrarrojos de los Ícaros.
Se agachó detrás del grueso tronco de un pino caído, a unos treinta metros
de la empalizada de la cabaña, y esperó. Quitó el seguro de la escopeta
con un clic casi inaudible.
Tres minutos después, las figuras emergieron de la bruma invernal.
Eran tres. Avanzaban en una formación de cuña táctica, cubriéndose los
flancos mutuamente con rifles de asalto modificados. No vestían harapos ni
pieles de animales como los carroñeros habituales. Llevaban ropa de
camuflaje invernal gris y blanco, desgastada pero profesional, y en el
hombro derecho de sus chaquetas llevaban cosido un parche descolorido: una
espada alada de color azul.
La Vanguardia de Altair.
Nirian apretó la mandíbula. Había escuchado las transmisiones de radio
de onda corta que la Vanguardia emitía esporádicamente, llamando a los
sobrevivientes a unirse a su resistencia en las montañas del norte.
Nunca había respondido. Para Nirian, la guerra entre Altair y Aezel era
un ruido de fondo; su única misión era mantener a los suyos respirando.
El líder del grupo, un hombre alto con una cicatriz cruzándole el puente
de la nariz, levantó un puño cerrado. Los otros dos soldados se
detuvieron en seco, arrodillándose en la nieve.
—Hay humo en el aire —susurró el líder, revisando un escáner térmico de
mano—. Madera de pino quemada. La firma de calor es débil, deben tener
el techo aislado, pero hay una estructura detrás de esa empalizada.
—¿Creéis que sean escoria de Drovos, Sargento? —preguntó la soldado a su
izquierda, sin bajar el rifle.
—No. Drovos no es tan sutil. Si fueran del Pacto, ya habríamos pisado
alguna mina o tendrían cabezas empaladas en la cerca —el Sargento guardó
el escáner—. Deben ser refugiados civiles. Necesitamos esa cabaña. El
Cerbero que nos emboscó en el valle nos pisará los talones antes del
anochecer. Revisad el perímetro.
El Sargento dio un paso hacia la empalizada.
Sintió el cañón helado de la escopeta de Nirian presionando directamente
contra la base de su cráneo antes de siquiera escuchar el crujido de la
nieve.
—Tira el arma o tu cerebro decorará este pino —dijo Nirian. Su tono era
plano, glacial, completamente desprovisto de humanidad.
Los dos soldados de la Vanguardia giraron sobre sus talones, apuntando
sus rifles hacia la sombra que había aparecido de la nada detrás de su
líder. Pero Nirian había usado el cuerpo del Sargento como escudo; no
tenían un ángulo de tiro limpio.
—¡Tranquilos! ¡Bajad las armas! —gritó el Sargento, levantando las manos
lentamente y dejando caer su rifle de asalto a la nieve—. Tranquilo,
hijo. No venimos a saquearte. Somos de la Vanguardia de Altair.
—Me importa un carajo de dónde sean —escupió Nirian, apretando el cañón
con más fuerza contra la nuca del hombre—. Están en mi propiedad. Su
presencia atrae drones y atrae a las máquinas de mi her... a las
máquinas de la Égida. Recojan su basura y lárguense por donde vinieron.
—No podemos volver por donde vinimos —respondió el Sargento, intentando
mantener la calma a pesar de tener la muerte respirándole en la nuca—.
Mi nombre es Kaelen. Escucha, tienes buen camuflaje, pero tu aislamiento
no te salvará. Un convoy del Pacto de Drovos entró a este sector hace
dos días buscando esclavos. Una patrulla de Cerberos de la
Égida los interceptó en el valle. Todo el cuadrante sur es un
matadero ahora mismo.
Nirian no movió un milímetro el arma, pero su mente procesó la
información a la velocidad del rayo. Si una jauría de Cerberos estaba
barriendo el valle tras masacrar a los esclavistas de Drovos, los
sensores térmicos de las máquinas terminarían detectando la cabaña en
cuestión de horas. La falsa paz de su refugio acababa de caducar.
—Sobrevivimos a la escaramuza, pero tenemos heridos kilómetros atrás
—continuó Kaelen, sintiendo la duda en el silencio de Nirian—. Tenemos
un vehículo de transporte camuflado escondido a media jornada de aquí,
con combustible suficiente para llegar a Bastión-Norte. Te ofrezco un
trato: ayúdanos a asegurar esta posición para pasar la noche, y mañana
tú y tu familia tendréis pasaje directo a nuestra capital. Estarán a
salvo de las máquinas.
Nirian miró de reojo a los otros dos soldados. Estaban exhaustos,
tiritando bajo sus uniformes tácticos. Sabía que Kaelen no mentía sobre
la amenaza en el valle; el sonido lejano que había escuchado por la
mañana no era un simple dron, era el preludio de una cacería.
Bastión-Norte. La fortaleza de la resistencia. El único lugar en la
Tierra que estaba reuniendo un ejército y tecnología para atacar
directamente a la Aguja de Defensa Global. Para llegar a Aezel, Nirian
sabía que no podría cruzar el mundo solo, armado apenas con una escopeta
y cargando con sus padres ancianos.
La oportunidad acababa de llamar a su puerta, disfrazada de soldados
desesperados.
Nirian bajó lentamente la escopeta, rompiendo el contacto con la nuca de
Kaelen, pero mantuvo el dedo peligrosamente cerca del gatillo. Dio un
paso atrás, emergiendo de las sombras para que los soldados pudieran ver
bien al joven de veintiún años que los había emboscado con la destreza
de un fantasma.
Kaelen se giró, masajeándose el cuello, e inspeccionó a Nirian de arriba
abajo. Vio los nudillos curtidos, la mirada gélida y la postura de
alguien que había dejado de ser una presa hacía mucho tiempo.
—¿Tenemos un trato? —preguntó el Sargento de la Vanguardia.
Antes de que Nirian pudiera responder, un sonido agudo, metálico y
antinatural rasgó el viento helado del bosque. No venía del valle al
sur. Venía de la cresta al este, a menos de un kilómetro de distancia.
Era el aullido hidráulico de una unidad Cerbero fijando un objetivo.
Los tres soldados palidecieron.
—Nos siguieron... —susurró la mujer de la Vanguardia, apretando su
rifle.
Nirian miró hacia la cabaña donde su familia estaba escondida, y luego
hacia la cresta nevada. La guerra había llegado a su puerta. El año de
aislamiento había terminado. Aezel, a través de sus sabuesos de acero,
lo había encontrado.
Nirian bombeó la corredera de la escopeta, escupiendo un cartucho
vacío a la nieve con un clic definitivo.
—El trato empieza ahora, Sargento —dijo Nirian, con los ojos avellana
ardiendo con una furia fría y contenida—. Cubran el flanco derecho.
Que ninguna de esas malditas máquinas toque la empalizada.
Capítulo siguienteCapítulo anterior