El Despertar del Abismo: Lazos de Sangre - Capítulo 7: "Fauces de titanio"


El eco del aullido metálico murió entre los abetos, pero el silencio que siguió fue aún más asfixiante. No era el silencio de un bosque dormido; era la contención de la respiración antes de una ejecución.

Nirian Astor no perdió ni un segundo en entrar en pánico. Su mente, entrenada durante un año de supervivencia extrema bajo la constante amenaza de su hermano mayor, fraccionó el problema en variables tácticas puras.

—A las trincheras de la línea de árboles —ordenó Nirian, señalando un montículo de tierra y nieve endurecida a unos veinte metros de la empalizada—. ¡Muévanse, ahora! Si esa cosa tiene línea de visión directa con la cabaña, abrirá fuego contra la madera y matará a mi familia. Hay que atraerla hacia el bosque espeso.

Kaelen, el sargento de la Vanguardia, no discutió. Había visto la frialdad en los ojos de ese joven de veintiún años y reconoció instintivamente a un cazador que conocía su propio territorio. Hizo una seña rápida a sus dos subordinados, Elara y un soldado joven llamado Jax. Los tres corrieron encorvados por la nieve y se arrojaron detrás del montículo, apuntando sus rifles de asalto hacia la bruma gris del este.

Nirian se deslizó a su lado, sus movimientos fluidos y silenciosos a pesar de la pesada escopeta y la chaqueta de cuero.

El suelo comenzó a vibrar. Un temblor rítmico, pesado, antinatural.

—Sargento —susurró Nirian sin apartar la vista de la espesura—, sus balas de calibre estándar solo van a arañar el blindaje de esa cosa. He visto los restos de un Cerbero que un convoy de Drovos logró derribar hace meses. Tienen blindaje de titanio reforzado en el pecho y el lomo.

—Tenemos munición de punta perforante, pero no tenemos explosivos pesados, chico —gruñó Kaelen, quitando el seguro de su rifle—. Usamos la última granada EMP para escapar de la emboscada en el valle. Si esa máquina nos fija, estamos muertos.

—No apunten al centro de masa —indicó Nirian, su voz plana y calculadora, casi recordando a la lógica matemática de Aezel—. Apunten a las articulaciones de las patas delanteras, donde los pistones hidráulicos están expuestos, o al visor óptico rojo. Yo me encargaré del daño masivo.

Elara miró a Nirian de reojo. —¿Con una escopeta de corredera? Esa chatarra no le hará ni cosquillas.

Nirian no sonrió. Simplemente metió la mano en el bolsillo profundo de su chaqueta táctica y sacó dos cartuchos de escopeta modificados. No eran rojos ni verdes como los de perdigones convencionales; estaban encintados con cinta negra aislante y la punta había sido rellenada con una pasta grisácea y un fulminante artesanal.

—Termita casera —explicó brevemente Nirian, cargando los dos cartuchos letales en la recámara—. Óxido de hierro, polvo de aluminio y magnesio. Si logro meter uno de estos en sus sistemas internos, arderá a dos mil grados centígrados. Fundirá el bloque del motor.

Kaelen parpadeó, sorprendido. Ese joven no solo era un superviviente rudo; era un estratega letal.

Antes de que el sargento pudiera preguntar cómo planeaba acercarse lo suficiente para usar esa munición, la línea de árboles a cincuenta metros de distancia explotó.

Tres gruesos troncos de pino se astillaron hacia afuera como si fueran palillos de dientes. La unidad Cerbero emergió de la bruma invernal con la fuerza de un meteorito negro.

Era una pesadilla de ingeniería. El cuadrúpedo de acero y titanio se movía con una agilidad espeluznante para su tamaño, sus garras triturando la nieve y la roca por igual. La torreta de la ametralladora pesada en su lomo giraba erráticamente, escaneando el perímetro, mientras su enorme visor óptico en forma de franja carmesí cortaba la penumbra del bosque.

—¡Fuego de supresión! ¡Atraigan su atención! —bramó Kaelen.

Los tres rifles de la Vanguardia rugieron al unísono. Las ráfagas de balas trazadoras rasgaron el aire y llovieron sobre la máquina. Las chispas saltaron violentamente cuando el plomo impactó contra el cráneo y el pecho de titanio del Cerbero, rebotando inofensivamente en todas direcciones.

Pero cumplieron su objetivo.

El visor óptico de la máquina dejó de escanear la cabaña y se fijó en el destello de las bocas de los rifles detrás del montículo de nieve. El sistema de procesamiento de la Égida calculó la amenaza en milisegundos. El Cerbero bajó su centro de gravedad, clavó las patas traseras en la tierra y saltó hacia adelante, cubriendo casi quince metros en un solo brinco parabólico.

Al mismo tiempo, la ametralladora de su lomo cobró vida. Una lluvia de balas de grueso calibre destrozó la cima del montículo de tierra, obligando a los soldados de la Vanguardia a agachar la cabeza mientras los proyectiles silbaban a centímetros de sus cascos.

—¡Nos va a aplastar! —gritó Jax, cubriéndose los oídos por el estruendo.

Nirian no estaba detrás del montículo.

En el instante en que los soldados habían abierto fuego, Nirian se había deslizado por la izquierda, rodando por una zanja de drenaje oculta bajo la nieve que él mismo había cavado meses atrás. Se movió paralelo a la trayectoria de salto de la máquina, completamente fuera del cono de visión primario del sensor rojo.

El Cerbero aterrizó pesadamente a solo cinco metros de los soldados, destrozando la tierra helada, y se preparó para abalanzarse sobre Kaelen con sus fauces hidráulicas abiertas.

—¡Ahora! —gritó Nirian, emergiendo de la zanja justo en el flanco ciego de la máquina.

Nirian apuntó la escopeta y no dudó. Apretó el gatillo.

El estruendo fue sordo. El cartucho modificado con termita impactó directamente en la gruesa junta de rotación de la pata trasera izquierda del Cerbero. Al principio, no pareció haber ninguna explosión masiva. Pero un segundo después, un resplandor blanco e incandescente brotó de la articulación metálica.

La reacción química había comenzado. La termita comenzó a comerse el titanio y el acero reforzado como si fuera cera bajo un soplete.

La máquina emitió un chirrido de estática agudo y distorsionado, el equivalente robótico a un grito de dolor. Su pata trasera colapsó, fundida hasta el núcleo, y las casi dos toneladas de peso de la unidad se desplomaron hacia la izquierda. La ametralladora de su lomo disparó erráticamente hacia las copas de los árboles, cortando ramas que cayeron sobre la nieve.

El Cerbero, arrastrándose sobre tres patas, giró su torreta frenéticamente para fijar a Nirian.

Nirian bombeó la escopeta. Sabía que si esa ametralladora lo apuntaba, lo partiría por la mitad.

—¡Sargento! —rugió Nirian.

Kaelen entendió la orden. Se levantó de un salto sobre el montículo, apoyó su rifle en el hombro y apuntó con absoluta precisión al cuello de la máquina, donde el blindaje era ligeramente más delgado para permitir la rotación de la cabeza.

Vació medio cargador en ráfagas cortas. Las balas perforantes golpearon el cuello metálico justo cuando la máquina intentaba alinear su cañón con Nirian. Los impactos desviaron el sensor óptico unos centímetros, haciendo que la ráfaga de la ametralladora pesada pasara rozando el hombro izquierdo de Nirian, desgarrándole la chaqueta de cuero, pero fallando en la carne.

Nirian no retrocedió. Cerró la distancia, corriendo directamente hacia el monstruo de acero cojo.

Se deslizó de rodillas por la nieve en los últimos dos metros, esquivando las fauces hidráulicas que se cerraron a milímetros de su rostro, y metió el cañón de la escopeta justo debajo del blindaje del pecho de la máquina, apuntando hacia arriba, directo a la placa del núcleo de procesamiento primario.

—De parte de tu creador —susurró Nirian.

Apretó el gatillo.

El segundo cartucho de termita se incrustó en el núcleo de la máquina. El estallido incandescente iluminó la oscuridad del bosque desde el interior del cuadrúpedo. El Cerbero se convulsionó violentamente. Sus luces rojas parpadearon frenéticamente antes de apagarse de golpe en un silbido final de presión hidráulica liberada.

La bestia de Aezel cayó inerte sobre la nieve.

Nirian se puso de pie lentamente, con la respiración agitada, el humo blanco del cañón de su escopeta mezclándose con el aire gélido. Se tocó el hombro izquierdo; la bala le había raspado la piel, un recordatorio de lo cerca que había estado de la muerte.

Kaelen, Elara y Jax salieron de su cobertura, acercándose con cautela al coloso de metal humeante. Miraron la junta fundida y el pecho destrozado por la termita. Luego miraron a Nirian, con un respeto recién forjado que rozaba el temor.

—Hijo... —respiró Kaelen, bajando el rifle—. No sé cómo lo hiciste, pero acabas de salvar a mi escuadrón. Tienes nuestro pase directo a Bastión-Norte. Te llevaremos a ti y a tu familia tan pronto como recojamos a nuestros heridos.

Nirian asintió, dándose la vuelta para mirar hacia la empalizada de su cabaña. Estaba intacta. Sus padres y abuelos estaban a salvo en el sótano. Lo había logrado.

Pero la victoria se sintió como ceniza en su boca.

De repente, un pitido de alta frecuencia comenzó a emanar del interior del Cerbero muerto. Un sonido rítmico, como un latido digital.

Nirian se congeló. Kaelen retrocedió un paso, frunciendo el ceño.
—¿Qué es eso? ¿Una baliza de autodestrucción?

—No —susurró Nirian, con los ojos muy abiertos, dándose cuenta del verdadero horror del Protocolo Égida—. Es una baliza de señalización de enjambre.

Desde las profundidades del valle, oculto por la niebla invernal, llegó la respuesta.

No fue un solo aullido hidráulico. Fueron cinco.

Cinco aullidos metálicos que rasgaron el viento de la tarde, superponiéndose unos a otros, resonando con una sed de sangre puramente matemática. La manada completa había sido convocada, y venían directamente hacia la cabaña.

El eco de los cinco aullidos metálicos heló la sangre de los soldados de la Vanguardia. Kaelen apretó los dientes, mirando hacia la espesura del bosque que ahora parecía latir con una amenaza invisible.

—¡Retirada! —rugió el Sargento, girándose hacia Nirian—. ¡No tenemos potencia de fuego para detener a una manada entera! ¡Saca a tu familia de ahí, nos vamos a nuestro transporte!

Nirian no necesitó que se lo repitieran. El año de aislamiento, las paredes que había reforzado con sus propias manos, la falsa sensación de seguridad... todo se había evaporado.

—¡Cúbranme la entrada! —gritó Nirian, echando a correr a toda velocidad hacia la cabaña, pateando la nieve a su paso.

Kaelen, Elara y Jax se posicionaron detrás de los restos de la empalizada exterior, apuntando sus rifles hacia los árboles, listos para descargar hasta la última bala de punta perforante para ganarles unos segundos vitales.

Nirian subió los escalones del porche de un salto, abrió la pesada tranca de acero y entró. El interior de la cabaña estaba a oscuras, iluminado solo por el resplandor rojizo del horno de leña.

—¡Papá! ¡Mamá! —Nirian corrió hacia la puerta del sótano y la abrió de un tirón—. ¡Salgan, ahora! ¡Nos vamos!

Arthur asomó la cabeza por la escalera, pálido como la cera, sosteniendo su bastón. Detrás de él, la madre de Nirian ayudaba a los abuelos a subir los peldaños con desesperación.

—¿Qué pasa afuera, Nirian? Escuchamos disparos... —preguntó su madre, temblando de pies a cabeza.

—Nos encontraron. Aezel nos encontró —fue la única explicación que Nirian dio. No había tiempo para suavizar el golpe—. Tomen solo los abrigos. Dejen la comida, dejen todo. Correremos hacia el oeste con los soldados.

Mientras su familia salía del sótano a trompicones, el primer impacto sacudió los cimientos de la cabaña.

Afuera, el sonido de los rifles de asalto de la Vanguardia estalló en un coro ensordecedor. A través de las rendijas de las ventanas tapiadas, Nirian vio destellos de luz roja y balas trazadoras cortando la oscuridad.

El primer Cerbero había irrumpido en el claro, embistiendo la empalizada de troncos afilados como si fuera de cartón. La madera se astilló con un crujido espeluznante. Elara logró acertar una ráfaga en la pata delantera de la máquina, haciéndola tropezar, pero un segundo Cerbero saltó por encima de su compañero caído, aterrizando directamente en el porche de la cabaña.

El peso del bípode de titanio hizo que las tablas de madera cedieran. La máquina giró su ametralladora pesada hacia la puerta principal.

—¡Al suelo! —rugió Nirian, empujando a sus padres y abuelos hacia el suelo de la cocina justo cuando una tormenta de balas de grueso calibre atravesaba la puerta principal, destrozando las paredes de madera, los muebles y los platos en una explosión de astillas y cerámica.

Nirian se arrastró por el suelo cubierto de escombros. Sabía que la puerta no aguantaría una embestida. Tenía que tomar una decisión extrema. El refugio que había construido para mantener a los suyos con vida se había convertido en una trampa mortal.

—¡Por la puerta trasera! —le gritó a su padre—. ¡Llévalos hacia el río, el Sargento los cubrirá!

—¡Nirian, no te dejaremos! —gritó su madre por encima del estruendo ensordecedor de las ametralladoras.

—¡Váyanse! —Nirian los empujó hacia la salida trasera, sus ojos avellana brillando con una determinación fiera—. Tengo que cerrar la puerta detrás de nosotros.

Arthur asintió con lágrimas en los ojos, agarró a su esposa del brazo y tiró de los abuelos hacia la puerta trasera que daba al bosque oeste.

Nirian se quedó solo en el centro de la cabaña destrozada. Se acercó rápidamente al horno de leña. Al lado, había dos tanques de gas propano de veinte kilos que había guardado celosamente durante un año, usándolos solo para emergencias extremas.

Abrió las válvulas de ambos tanques al máximo. El siseo del gas presurizado llenando la habitación fue casi inmediato.

La puerta principal voló en pedazos.

El Cerbero metió su cráneo de titanio y sus fauces hidráulicas en la sala de estar, su visor óptico rojo escaneando la habitación en busca de firmas de calor.

Nirian no intentó dispararle. En su lugar, agarró un leño encendido del interior del horno con su mano enguantada, sintiendo el calor abrasador a través del cuero. Miró directamente a la lente roja de la máquina de su hermano.

—Dile a Aezel que voy por él —susurró Nirian.

Lanzó el leño en llamas hacia el centro de la sala, justo donde el gas propano se estaba acumulando, y se lanzó de cabeza por la ventana trasera, rompiendo el cristal que quedaba y cayendo de bruces sobre la nieve.

La explosión fue cataclísmica.

Los dos tanques de propano detonaron simultáneamente. Una bola de fuego naranja y amarilla engulló la cabaña por completo, levantando el techo por los aires y reventando las paredes desde adentro hacia afuera. La onda expansiva arrojó a Nirian varios metros por la nieve, dejándolo aturdido y con un pitido agudo en los oídos.

El Cerbero que había entrado en la casa fue incinerado en el acto, su blindaje interno fundido por la presión térmica y la explosión directa. La onda de choque también derribó a otro Cerbero que intentaba flanquear por el este.

Nirian se incorporó a trompicones, escupiendo nieve y ceniza. A sus espaldas, la cabaña del tío Robert era una pira funeraria colosal que iluminaba el bosque invernal.

—¡Nirian! ¡Por aquí! —La voz de Kaelen lo sacó de su aturdimiento.

El Sargento lo estaba esperando en el límite de la línea de árboles occidentales. Elara y Jax ya estaban escoltando a la familia de Nirian a través de la densa maleza, alejándose del infierno.

Nirian corrió hacia Kaelen, cojeando levemente, pero empujado por la adrenalina.

Miró hacia atrás una última vez. De entre las llamas y el humo negro, emergieron las siluetas de los tres Cerberos restantes. Sus visores rojos brillaban con furia mecánica. Se detuvieron en el borde del fuego, calculando las probabilidades de persecución a través del bosque incendiado.

Pero el plan de Nirian había funcionado. La explosión y el muro de fuego habían borrado sus rastros térmicos inmediatos, dándoles la ventaja de tiempo que necesitaban desesperadamente.

—Buen truco, chico —jadeó Kaelen, palmeándole el hombro sin herida—. Acabas de dejar a la Égida ciega por un rato. Pero no tardarán en rodear el fuego. Tenemos que movernos. El transporte está a ocho kilómetros.

Nirian asintió en silencio. Se colgó la escopeta a la espalda y miró hacia el oscuro y helado oeste. Había perdido su hogar, sus provisiones y su aislamiento.

Pero a cambio, acababa de ganar un ejército. El camino hacia Bastión-Norte, la fortaleza de la Vanguardia, estaba abierto.

Nirian Astor se adentró en el bosque oscuro, dejando atrás las cenizas de su pasado. El cazador solitario acababa de convertirse en un soldado de la resistencia.



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