El eco del aullido metálico murió entre los abetos, pero el silencio que
siguió fue aún más asfixiante. No era el silencio de un bosque dormido;
era la contención de la respiración antes de una ejecución.
Nirian Astor no perdió ni un segundo en entrar en pánico. Su mente,
entrenada durante un año de supervivencia extrema bajo la constante
amenaza de su hermano mayor, fraccionó el problema en variables tácticas
puras.
—A las trincheras de la línea de árboles —ordenó Nirian, señalando un
montículo de tierra y nieve endurecida a unos veinte metros de la
empalizada—. ¡Muévanse, ahora! Si esa cosa tiene línea de visión directa
con la cabaña, abrirá fuego contra la madera y matará a mi familia. Hay
que atraerla hacia el bosque espeso.
Kaelen, el sargento de la Vanguardia, no discutió. Había visto la
frialdad en los ojos de ese joven de veintiún años y reconoció
instintivamente a un cazador que conocía su propio territorio. Hizo una
seña rápida a sus dos subordinados, Elara y un soldado joven llamado Jax.
Los tres corrieron encorvados por la nieve y se arrojaron detrás del
montículo, apuntando sus rifles de asalto hacia la bruma gris del
este.
Nirian se deslizó a su lado, sus movimientos fluidos y silenciosos a
pesar de la pesada escopeta y la chaqueta de cuero.
El suelo comenzó a vibrar. Un temblor rítmico, pesado, antinatural.
—Sargento —susurró Nirian sin apartar la vista de la espesura—, sus balas
de calibre estándar solo van a arañar el blindaje de esa cosa. He visto
los restos de un Cerbero que un convoy de Drovos logró derribar hace
meses. Tienen blindaje de titanio reforzado en el pecho y el lomo.
—Tenemos munición de punta perforante, pero no tenemos explosivos
pesados, chico —gruñó Kaelen, quitando el seguro de su rifle—. Usamos la
última granada EMP para escapar de la emboscada en el valle. Si esa
máquina nos fija, estamos muertos.
—No apunten al centro de masa —indicó Nirian, su voz plana y calculadora,
casi recordando a la lógica matemática de Aezel—. Apunten a las
articulaciones de las patas delanteras, donde los pistones hidráulicos
están expuestos, o al visor óptico rojo. Yo me encargaré del daño
masivo.
Elara miró a Nirian de reojo. —¿Con una escopeta de corredera? Esa
chatarra no le hará ni cosquillas.
Nirian no sonrió. Simplemente metió la mano en el bolsillo profundo de su
chaqueta táctica y sacó dos cartuchos de escopeta modificados. No eran
rojos ni verdes como los de perdigones convencionales; estaban encintados
con cinta negra aislante y la punta había sido rellenada con una pasta
grisácea y un fulminante artesanal.
—Termita casera —explicó brevemente Nirian, cargando los dos cartuchos
letales en la recámara—. Óxido de hierro, polvo de aluminio y magnesio. Si
logro meter uno de estos en sus sistemas internos, arderá a dos mil grados
centígrados. Fundirá el bloque del motor.
Kaelen parpadeó, sorprendido. Ese joven no solo era un superviviente
rudo; era un estratega letal.
Antes de que el sargento pudiera preguntar cómo planeaba acercarse lo
suficiente para usar esa munición, la línea de árboles a cincuenta metros
de distancia explotó.
Tres gruesos troncos de pino se astillaron hacia afuera como si fueran
palillos de dientes. La unidad Cerbero emergió de la bruma invernal con la
fuerza de un meteorito negro.
Era una pesadilla de ingeniería. El cuadrúpedo de acero y titanio se
movía con una agilidad espeluznante para su tamaño, sus garras triturando
la nieve y la roca por igual. La torreta de la ametralladora pesada en su
lomo giraba erráticamente, escaneando el perímetro, mientras su enorme
visor óptico en forma de franja carmesí cortaba la penumbra del
bosque.
—¡Fuego de supresión! ¡Atraigan su atención! —bramó Kaelen.
Los tres rifles de la Vanguardia rugieron al unísono. Las ráfagas de
balas trazadoras rasgaron el aire y llovieron sobre la máquina. Las
chispas saltaron violentamente cuando el plomo impactó contra el cráneo y
el pecho de titanio del Cerbero, rebotando inofensivamente en todas
direcciones.
Pero cumplieron su objetivo.
El visor óptico de la máquina dejó de escanear la cabaña y se fijó en el
destello de las bocas de los rifles detrás del montículo de nieve. El
sistema de procesamiento de la Égida calculó la amenaza en milisegundos.
El Cerbero bajó su centro de gravedad, clavó las patas traseras en la
tierra y saltó hacia adelante, cubriendo casi quince metros en un solo
brinco parabólico.
Al mismo tiempo, la ametralladora de su lomo cobró vida. Una lluvia de
balas de grueso calibre destrozó la cima del montículo de tierra,
obligando a los soldados de la Vanguardia a agachar la cabeza mientras los
proyectiles silbaban a centímetros de sus cascos.
—¡Nos va a aplastar! —gritó Jax, cubriéndose los oídos por el
estruendo.
Nirian no estaba detrás del montículo.
En el instante en que los soldados habían abierto fuego, Nirian se había
deslizado por la izquierda, rodando por una zanja de drenaje oculta bajo
la nieve que él mismo había cavado meses atrás. Se movió paralelo a la
trayectoria de salto de la máquina, completamente fuera del cono de visión
primario del sensor rojo.
El Cerbero aterrizó pesadamente a solo cinco metros de los soldados,
destrozando la tierra helada, y se preparó para abalanzarse sobre Kaelen
con sus fauces hidráulicas abiertas.
—¡Ahora! —gritó Nirian, emergiendo de la zanja justo en el flanco ciego
de la máquina.
Nirian apuntó la escopeta y no dudó. Apretó el gatillo.
El estruendo fue sordo. El cartucho modificado con termita impactó
directamente en la gruesa junta de rotación de la pata trasera izquierda
del Cerbero. Al principio, no pareció haber ninguna explosión masiva. Pero
un segundo después, un resplandor blanco e incandescente brotó de la
articulación metálica.
La reacción química había comenzado. La termita comenzó a comerse el
titanio y el acero reforzado como si fuera cera bajo un soplete.
La máquina emitió un chirrido de estática agudo y distorsionado, el
equivalente robótico a un grito de dolor. Su pata trasera colapsó, fundida
hasta el núcleo, y las casi dos toneladas de peso de la unidad se
desplomaron hacia la izquierda. La ametralladora de su lomo disparó
erráticamente hacia las copas de los árboles, cortando ramas que cayeron
sobre la nieve.
El Cerbero, arrastrándose sobre tres patas, giró su torreta
frenéticamente para fijar a Nirian.
Nirian bombeó la escopeta. Sabía que si esa ametralladora lo apuntaba, lo
partiría por la mitad.
—¡Sargento! —rugió Nirian.
Kaelen entendió la orden. Se levantó de un salto sobre el montículo,
apoyó su rifle en el hombro y apuntó con absoluta precisión al cuello de
la máquina, donde el blindaje era ligeramente más delgado para permitir la
rotación de la cabeza.
Vació medio cargador en ráfagas cortas. Las balas perforantes golpearon
el cuello metálico justo cuando la máquina intentaba alinear su cañón con
Nirian. Los impactos desviaron el sensor óptico unos centímetros, haciendo
que la ráfaga de la ametralladora pesada pasara rozando el hombro
izquierdo de Nirian, desgarrándole la chaqueta de cuero, pero fallando en
la carne.
Nirian no retrocedió. Cerró la distancia, corriendo directamente hacia el
monstruo de acero cojo.
Se deslizó de rodillas por la nieve en los últimos dos metros, esquivando
las fauces hidráulicas que se cerraron a milímetros de su rostro, y metió
el cañón de la escopeta justo debajo del blindaje del pecho de la máquina,
apuntando hacia arriba, directo a la placa del núcleo de procesamiento
primario.
—De parte de tu creador —susurró Nirian.
Apretó el gatillo.
El segundo cartucho de termita se incrustó en el núcleo de la máquina. El
estallido incandescente iluminó la oscuridad del bosque desde el interior
del cuadrúpedo. El Cerbero se convulsionó violentamente. Sus luces rojas
parpadearon frenéticamente antes de apagarse de golpe en un silbido final
de presión hidráulica liberada.
La bestia de Aezel cayó inerte sobre la nieve.
Nirian se puso de pie lentamente, con la respiración agitada, el humo
blanco del cañón de su escopeta mezclándose con el aire gélido. Se tocó el
hombro izquierdo; la bala le había raspado la piel, un recordatorio de lo
cerca que había estado de la muerte.
Kaelen, Elara y Jax salieron de su cobertura, acercándose con cautela al
coloso de metal humeante. Miraron la junta fundida y el pecho destrozado
por la termita. Luego miraron a Nirian, con un respeto recién forjado que
rozaba el temor.
—Hijo... —respiró Kaelen, bajando el rifle—. No sé cómo lo hiciste, pero
acabas de salvar a mi escuadrón. Tienes nuestro pase directo a
Bastión-Norte. Te llevaremos a ti y a tu familia tan pronto como recojamos
a nuestros heridos.
Nirian asintió, dándose la vuelta para mirar hacia la empalizada de su
cabaña. Estaba intacta. Sus padres y abuelos estaban a salvo en el sótano.
Lo había logrado.
Pero la victoria se sintió como ceniza en su boca.
De repente, un pitido de alta frecuencia comenzó a emanar del interior
del Cerbero muerto. Un sonido rítmico, como un latido digital.
Nirian se congeló. Kaelen retrocedió un paso, frunciendo el ceño.
—¿Qué es eso? ¿Una baliza de autodestrucción?
—No —susurró Nirian, con los ojos muy abiertos, dándose cuenta del
verdadero horror del Protocolo Égida—. Es una baliza de señalización de
enjambre.
Desde las profundidades del valle, oculto por la niebla invernal, llegó
la respuesta.
No fue un solo aullido hidráulico. Fueron cinco.
Cinco aullidos metálicos que rasgaron el viento de la tarde,
superponiéndose unos a otros, resonando con una sed de sangre puramente
matemática. La manada completa había sido convocada, y venían directamente
hacia la cabaña.
El eco de los cinco aullidos metálicos heló la sangre de los soldados de
la Vanguardia. Kaelen apretó los dientes, mirando hacia la espesura del
bosque que ahora parecía latir con una amenaza invisible.
—¡Retirada! —rugió el Sargento, girándose hacia Nirian—. ¡No tenemos
potencia de fuego para detener a una manada entera! ¡Saca a tu familia de
ahí, nos vamos a nuestro transporte!
Nirian no necesitó que se lo repitieran. El año de aislamiento, las
paredes que había reforzado con sus propias manos, la falsa sensación de
seguridad... todo se había evaporado.
—¡Cúbranme la entrada! —gritó Nirian, echando a correr a toda velocidad
hacia la cabaña, pateando la nieve a su paso.
Kaelen, Elara y Jax se posicionaron detrás de los restos de la empalizada
exterior, apuntando sus rifles hacia los árboles, listos para descargar
hasta la última bala de punta perforante para ganarles unos segundos
vitales.
Nirian subió los escalones del porche de un salto, abrió la pesada tranca
de acero y entró. El interior de la cabaña estaba a oscuras, iluminado
solo por el resplandor rojizo del horno de leña.
—¡Papá! ¡Mamá! —Nirian corrió hacia la puerta del sótano y la abrió de un
tirón—. ¡Salgan, ahora! ¡Nos vamos!
Arthur asomó la cabeza por la escalera, pálido como la cera, sosteniendo
su bastón. Detrás de él, la madre de Nirian ayudaba a los abuelos a subir
los peldaños con desesperación.
—¿Qué pasa afuera, Nirian? Escuchamos disparos... —preguntó su madre,
temblando de pies a cabeza.
—Nos encontraron. Aezel nos encontró —fue la única explicación que Nirian
dio. No había tiempo para suavizar el golpe—. Tomen solo los abrigos.
Dejen la comida, dejen todo. Correremos hacia el oeste con los
soldados.
Mientras su familia salía del sótano a trompicones, el primer impacto
sacudió los cimientos de la cabaña.
Afuera, el sonido de los rifles de asalto de la Vanguardia estalló en un
coro ensordecedor. A través de las rendijas de las ventanas tapiadas,
Nirian vio destellos de luz roja y balas trazadoras cortando la
oscuridad.
El primer Cerbero había irrumpido en el claro, embistiendo la empalizada
de troncos afilados como si fuera de cartón. La madera se astilló con un
crujido espeluznante. Elara logró acertar una ráfaga en la pata delantera
de la máquina, haciéndola tropezar, pero un segundo Cerbero saltó por
encima de su compañero caído, aterrizando directamente en el porche de la
cabaña.
El peso del bípode de titanio hizo que las tablas de madera cedieran. La
máquina giró su ametralladora pesada hacia la puerta principal.
—¡Al suelo! —rugió Nirian, empujando a sus padres y abuelos hacia el
suelo de la cocina justo cuando una tormenta de balas de grueso calibre
atravesaba la puerta principal, destrozando las paredes de madera, los
muebles y los platos en una explosión de astillas y cerámica.
Nirian se arrastró por el suelo cubierto de escombros. Sabía que la
puerta no aguantaría una embestida. Tenía que tomar una decisión extrema.
El refugio que había construido para mantener a los suyos con vida se
había convertido en una trampa mortal.
—¡Por la puerta trasera! —le gritó a su padre—. ¡Llévalos hacia el río,
el Sargento los cubrirá!
—¡Nirian, no te dejaremos! —gritó su madre por encima del estruendo
ensordecedor de las ametralladoras.
—¡Váyanse! —Nirian los empujó hacia la salida trasera, sus ojos avellana
brillando con una determinación fiera—. Tengo que cerrar la puerta detrás
de nosotros.
Arthur asintió con lágrimas en los ojos, agarró a su esposa del brazo y
tiró de los abuelos hacia la puerta trasera que daba al bosque
oeste.
Nirian se quedó solo en el centro de la cabaña destrozada. Se acercó
rápidamente al horno de leña. Al lado, había dos tanques de gas propano de
veinte kilos que había guardado celosamente durante un año, usándolos solo
para emergencias extremas.
Abrió las válvulas de ambos tanques al máximo. El siseo del gas
presurizado llenando la habitación fue casi inmediato.
La puerta principal voló en pedazos.
El Cerbero metió su cráneo de titanio y sus fauces hidráulicas en la sala
de estar, su visor óptico rojo escaneando la habitación en busca de firmas
de calor.
Nirian no intentó dispararle. En su lugar, agarró un leño encendido del
interior del horno con su mano enguantada, sintiendo el calor abrasador a
través del cuero. Miró directamente a la lente roja de la máquina de su
hermano.
—Dile a Aezel que voy por él —susurró Nirian.
Lanzó el leño en llamas hacia el centro de la sala, justo donde el gas
propano se estaba acumulando, y se lanzó de cabeza por la ventana trasera,
rompiendo el cristal que quedaba y cayendo de bruces sobre la nieve.
La explosión fue cataclísmica.
Los dos tanques de propano detonaron simultáneamente. Una bola de fuego
naranja y amarilla engulló la cabaña por completo, levantando el techo por
los aires y reventando las paredes desde adentro hacia afuera. La onda
expansiva arrojó a Nirian varios metros por la nieve, dejándolo aturdido y
con un pitido agudo en los oídos.
El Cerbero que había entrado en la casa fue incinerado en el acto, su
blindaje interno fundido por la presión térmica y la explosión directa. La
onda de choque también derribó a otro Cerbero que intentaba flanquear por
el este.
Nirian se incorporó a trompicones, escupiendo nieve y ceniza. A sus
espaldas, la cabaña del tío Robert era una pira funeraria colosal que
iluminaba el bosque invernal.
—¡Nirian! ¡Por aquí! —La voz de Kaelen lo sacó de su aturdimiento.
El Sargento lo estaba esperando en el límite de la línea de árboles
occidentales. Elara y Jax ya estaban escoltando a la familia de Nirian a
través de la densa maleza, alejándose del infierno.
Nirian corrió hacia Kaelen, cojeando levemente, pero empujado por la
adrenalina.
Miró hacia atrás una última vez. De entre las llamas y el humo negro,
emergieron las siluetas de los tres Cerberos restantes. Sus visores rojos
brillaban con furia mecánica. Se detuvieron en el borde del fuego,
calculando las probabilidades de persecución a través del bosque
incendiado.
Pero el plan de Nirian había funcionado. La explosión y el muro de fuego
habían borrado sus rastros térmicos inmediatos, dándoles la ventaja de
tiempo que necesitaban desesperadamente.
—Buen truco, chico —jadeó Kaelen, palmeándole el hombro sin herida—.
Acabas de dejar a la Égida ciega por un rato. Pero no tardarán en rodear
el fuego. Tenemos que movernos. El transporte está a ocho
kilómetros.
Nirian asintió en silencio. Se colgó la escopeta a la espalda y miró
hacia el oscuro y helado oeste. Había perdido su hogar, sus provisiones y
su aislamiento.
Pero a cambio, acababa de ganar un ejército. El camino hacia
Bastión-Norte, la fortaleza de la Vanguardia, estaba abierto.
Nirian Astor se adentró en el bosque oscuro, dejando atrás las cenizas de
su pasado. El cazador solitario acababa de convertirse en un soldado de la
resistencia.
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