El aire en el laboratorio de alta seguridad de la Academia no solo estaba
frío; estaba muerto. Era una atmósfera artificialmente controlada,
despojada de humedad para proteger los racks de servidores que procesaban
los algoritmos de "limpieza" de la ciudad. Leo Nader, agazapado tras una
torre de procesamiento de datos, sentía cómo el frío penetraba a través de
la fina seda del traje de gala. Sus pulmones ardían con cada inhalación de
aire gélido, pero su mente estaba operando a una frecuencia de
procesamiento mucho más alta que la de los hombres armados que lo
buscaban.
A escasos metros, los dos operativos tácticos se movían con una
sincronización hidrodinámica. No hablaban. No lo necesitaban. Sus visores
térmicos escaneaban el espectro infrarrojo, buscando la firma de calor de
dos intrusos en un entorno de dieciocho grados bajo cero.
—Elena, prepárate —susurró Leo, su voz tan baja que apenas era una
vibración en el aire—. La válvula de alivio del tanque de nitrógeno
líquido tiene un pasador de seguridad de aluminio de tres milímetros. Si
aplico un pulso de calor localizado con la batería de litio de mi escáner,
puedo provocar una expansión térmica diferencial. El aluminio fallará
antes que el acero del tanque.
Elena, cuya respiración era lo único que delataba su nerviosismo, asintió
mientras sostenía la tarjeta de memoria contra su pecho como si fuera un
escudo. Ella no entendía la termodinámica del plan, pero confiaba en la
frialdad de Leo. El chico que hace una semana se quejaba de la
ineficiencia de los semáforos estaba ahora calculando una explosión
controlada para salvar sus vidas.
Leo manipuló los cables de su dispositivo "Sniffer". Había puenteado la
batería para crear un cortocircuito controlado, transformando el escáner
en una resistencia de alta temperatura. Con un movimiento rápido y
preciso, se asomó y lanzó el dispositivo hacia la base del tanque
criogénico de quinientos litros que alimentaba los servidores.
El contacto fue instantáneo. Un destello naranja iluminó la base del
tanque. Leo no esperó a ver el resultado; sabía que las leyes de la física
no se toman vacaciones. El nitrógeno líquido, mantenido a -196 °C, tiene una relación de expansión de aproximadamente 1 a 694 al pasar a
estado gaseoso a temperatura ambiente.
—¡Ahora! —gritó Leo, empujando a Elena hacia el conducto de ventilación
justo cuando el metal cedía.
El estallido no fue una explosión de fuego, sino una liberación violenta
de presión. Una nube blanca y espesa de nitrógeno vaporizado inundó la
habitación en milisegundos, creando una pantalla de invisibilidad
absoluta para los visores térmicos de los guardias. El gas helado
desplazó el oxígeno, y la onda de choque sónica —calculada por Leo para
alcanzar los 140 decibelios— golpeó los tímpanos de los operativos,
desorientándolos instantáneamente.
[DATOS TÉCNICOS RECUPERADOS - EVENTO DE SOBREPRESIÓN]
- Agente: Nitrógeno Líquido (LN₂).
- Ecuación de Estado: PV = nRT (Ley de los gases ideales).
- Ratio de Expansión: 694.7 veces su volumen líquido.
- Efecto Secundario: Opacidad infrarroja total por condensación de humedad ambiente.
- Presión Acústica: ≈ 150 Pa (Umbral de desorientación).
Leo trepó tras Elena hacia el conducto de ventilación, sintiendo cómo sus
dedos se entumecían por el frío extremo. Mientras se arrastraban por el
estrecho túnel de metal, el sonido amortiguado del discurso de Julian
Varkas volvía a filtrarse a través de las paredes.
—"...porque el orden no es una imposición, sino un regalo que la ciencia
le hace a la humanidad para liberarla de la tiranía del azar..." —la voz
de Varkas resonaba con una convicción que, en cualquier otra
circunstancia, Leo habría encontrado inspiradora.
—¿Cómo puede hablar así mientras abajo están planeando masacres? —susurró
Elena, su voz quebrada por el esfuerzo físico mientras avanzaba por el
conducto—. Ese hombre es un ídolo para millones, Leo. Si supieran lo que
hay en esta tarjeta...
—Ese es el problema, Elena —respondió Leo, su mente analizando la
jerarquía de la señal que había detectado—. Varkas vive en la superficie,
en el mundo de las constantes y la belleza arquitectónica. Pero la
ingeniería de este laboratorio es... diferente. Es cruda, es pragmática.
El "Arquitecto" del que hablaban esos tipos está usando el prestigio de
Varkas como una pantalla de interferencia. Varkas es la luz que ciega a la
ciudad, permitiendo que las sombras operen en los cimientos.
Salieron a una terraza de servicio en el piso cuarenta, lejos de la gala.
La ciudad de Aethelgard se extendía bajo ellos como una inmensa placa base
iluminada. Leo respiró el aire nocturno, tratando de estabilizar su ritmo
cardíaco. No sentía el "subidón" de adrenalina que describen las novelas;
sentía una profunda molestia por la cantidad de variables incontrolables
que acababan de enfrentar.
Elena sacó un pequeño terminal portátil de su maletín y conectó la
tarjeta de memoria robada. Sus ojos barrieron las líneas de código hasta
que se detuvo en un mapa topográfico de la Estación Central de
Aethelgard.
—Mañana a las 08:45 a. m. —dijo ella, con el rostro iluminado por el brillo
azul de la pantalla—. Es la hora punta. El Sector 43 no es solo la
estación; es el nudo ferroviario que conecta el distrito financiero con
los barrios periféricos. Si el sistema de resonancia se activa en los
pilares de soporte de la vía elevada...
—No solo caerán los trenes —completó Leo, acercándose para ver el
diagrama—. La estructura está diseñada para ser hiperestática. Si quitas
un soporte crítico mediante resonancia armónica, el peso se redistribuirá
de forma asimétrica, provocando un fallo en cascada que derribará el techo
de la terminal sobre miles de personas. Es un colapso inducido por
gravedad, pero disfrazado de fatiga estructural.
—Tenemos que detenerlo, Leo. Tenemos que ir a la policía, al Inspector
Miller...
—Miller no pudo ver un vector de cuatro metros frente a sus ojos, Elena
—la interrumpió Leo, su tono volviendo a esa frialdad analítica—. La
policía es parte de la inercia del sistema. Si intentamos denunciar esto,
la señal será borrada y nosotros seremos clasificados como la siguiente
"variable disruptiva". El sistema de Aethel-Core Solutions ya nos tiene en
su radar.
Leo miró hacia el horizonte, donde la Torre Varkas se alzaba como un faro
de perfección. Por un momento, se preguntó si Varkas, el hombre que él
tanto admiraba, se sentiría traicionado al saber que su visión de una
ciudad sin errores estaba siendo utilizada para justificar asesinatos
preventivos. O quizás, Varkas era simplemente una constante más en una
ecuación que se le había escapado de las manos a sus propios
creadores.
—Necesitamos un inhibidor —sentenció Leo—. Un dispositivo que emita una
señal de contra-fase a 1420.4 MHz. Si puedo generar una interferencia
destructiva en el momento exacto en que activen el oscilador, la energía
de la resonancia se cancelará a sí misma. El perno no vibrará, el metal no
se romperá y el sistema creerá que el objetivo ha sido eliminado cuando en
realidad no ha pasado nada.
—¿Puedes construir algo así en menos de doce horas? —preguntó Elena,
incrédula.
Leo recordó su habitación llena de chatarra tecnológica y el perno de
neodimio que Elena le había entregado en el cementerio.
—No necesito construirlo desde cero. Solo necesito el núcleo magnético de
ese perno y un amplificador de potencia de banda ancha. El problema no es
la construcción, Elena. El problema es la posición. Para cancelar una
señal de esa magnitud, tengo que estar a menos de diez metros del
oscilador emisor.
Elena guardó su terminal y miró a Leo con una determinación que él no
pudo evitar procesar como una nueva e importante constante en su
vida.
—Entonces mañana a las ocho de la mañana estaremos en la Estación
Central. Yo me encargaré de localizar al emisor con mi cámara infrarroja.
Tú solo asegúrate de que tus cálculos sean perfectos.
—Mis cálculos siempre son perfectos, Elena —respondió Leo, ajustándose
las gafas mientras empezaban a bajar por las escaleras de emergencia—. Es
la realidad la que suele tener problemas para estar a la altura.
Caminaron hacia la oscuridad de las calles laterales, lejos de los focos
de la gala. Mientras la élite de Aethelgard seguía celebrando la "Ciudad
del Futuro", un estudiante de física y una periodista se preparaban para
enfrentar a una sombra que se hacía llamar el Arquitecto. La batalla por
el Sector 43 no se libraría con armas, sino con frecuencias, y Leo Nader
estaba decidido a que, por una vez, el resultado de la ecuación fuera la
vida.
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