La Gran Academia de Aethelgard no era solo un edificio; era un
manifiesto. Construida con una geometría que desafiaba la percepción
visual, sus techos se curvaban en arcos catenarios perfectos,
distribuyendo el peso de toneladas de mármol hacia pilares ocultos que
daban la ilusión de que el salón principal flotaba sobre el distrito
financiero. Para Leo Nader, caminar por esos pasillos era como caminar por
el interior de una ecuación de estado sólido. Sin embargo, mientras la
élite de la ciudad brindaba con champán bajo lámparas que colgaban de
pernos magnéticos, Leo sentía que el aire se volvía más denso, cargado de
una estática que su pequeño escáner detectaba como un murmullo constante
de 1420.4 MHz.
Elena lo mantenía sujeto del brazo, su mano apretando su bíceps con una
firmeza que servía tanto para guiarlo como para evitar que saliera
corriendo hacia el laboratorio. Leo no estaba acostumbrado a la ropa
formal; el traje que Elena le había proporcionado se sentía como una
restricción a sus grados de libertad cinemáticos.
—La señal se ha estabilizado en el ala oeste —susurró Leo, su voz apenas
un hilo bajo el estruendo de la orquesta de cuerdas—. Si ese grupo de
técnicos se refería a un "Sector 43", significa que lo de Maya no fue un
evento aislado. Fue una calibración. Estamos en medio de una secuencia de
pruebas a gran escala.
—Cálmate, Leo. Si entramos ahí sin un plan, seremos una variable
eliminada antes de que puedas decir 'termodinámica' —respondió Elena, sus
ojos verdes escaneando el entorno con la precisión de un cazador—.
Necesitamos una distracción. Mira ese panel de control de incendios en el
pasillo de servicio.
Leo observó el panel. Estaba protegido por un sistema de encriptación
básico de grado civil. Para él, aquello era tan complejo como un puzzle
para niños de tres años.
—No necesitamos un incendio, Elena. Solo necesitamos alterar el índice de
refracción del aire en el pasillo para que los sensores de humo ópticos
crean que hay una combustión —dijo Leo, su mente ya trazando el
cortocircuito necesario—. Si logro sobrecargar el humidificador del
sistema de ventilación del laboratorio, el vapor de agua condensado
dispersará los haces láser de los detectores. La alarma se activará por
dispersión de Rayleigh, no por fuego.
Mientras Elena se posicionaba cerca de la puerta del laboratorio para
actuar como vigía, Leo se deslizó hacia un registro de mantenimiento. Su
desapego por las normas sociales se convirtió en su mayor activo: no
sentía miedo, solo una concentración absoluta en la tarea técnica. Abrió
el panel con una pequeña herramienta multiusos que siempre llevaba
consigo. Sus dedos se movieron entre los cables de fibra óptica y cobre
con una velocidad asombrosa.
—Sobrecarga de la resistencia térmica en tres, dos, uno...
—murmuró.
Un siseo casi imperceptible recorrió los conductos de ventilación. En
cuestión de segundos, una fina niebla blanca empezó a emanar de las
rejillas del ala oeste. No era humo, sino vapor de agua puro, pero para
los sensores fotoeléctricos del edificio, la interrupción del haz de luz
era indistinguible de una emergencia real.
Las luces de emergencia ámbar comenzaron a girar, acompañadas por un tono
de alerta de baja frecuencia. En el salón principal, el murmullo de la
gala se transformó en una confusión organizada. Los guardias de seguridad,
con sus uniformes grises y rostros de piedra, comenzaron a dirigir a los
invitados hacia las salidas de emergencia.
—Es ahora o nunca —dijo Elena, aprovechando el caos para deslizarse junto
a Leo hacia la puerta de vidrio esmerilado que los técnicos habían dejado
atrás.
El lector biométrico parpadeaba en rojo. Leo sacó el "Sniffer" modificado
de su bolsillo. No iba a intentar hackear la huella dactilar; iba a usar
la propia resonancia del dispositivo.
—Cada sistema electrónico tiene una frecuencia de reloj —explicó Leo
mientras pegaba el escáner al lector—. Si inyecto un pulso
electromagnético en la frecuencia armónica del procesador del cierre,
puedo provocar un desbordamiento de búfer en el hardware. El sistema
entrará en modo de seguridad y, por protocolo de incendios, todas las
puertas deben desbloquearse automáticamente para evitar que alguien quede
atrapado.
Un chasquido metálico resonó en el pasillo vacío. La puerta se deslizó
silenciosamente.
El interior del laboratorio era lo opuesto a la calidez de la gala. Era
un espacio de un blanco clínico, iluminado por luces fluorescentes que
vibraban exactamente a 60 Hz, un zumbido que Leo sentía en sus molares. El
aire era frío, mantenido a una temperatura constante de 18 grados Celsius
para proteger los servidores que ocupaban las paredes.
En el centro de la habitación, sobre una mesa de amortiguación neumática,
descansaba el objeto de sus pesadillas: un generador de ondas de
radiofrecuencia de alta potencia, conectado a una serie de antenas
parabólicas de bolsillo. En las pantallas de los monitores, Leo vio
diagramas que le helaron la sangre. No eran planos de edificios, sino
mapas de densidad poblacional de Aethelgard, con círculos rojos marcando
puntos de "optimización".
—No son accidentes —susurró Elena, fotografiando frenéticamente los
monitores—. Mira estos nombres de archivos: Proyecto Seleccionador,
Subrutina de Limpieza del Sector 42.
Leo se acercó a la terminal principal. Sus dedos volaron sobre el
teclado, buscando el origen de las órdenes.
—El software está firmado por una empresa llamada Aethel-Core Solutions
—dijo Leo, frunciendo el ceño—. Es una subsidiaria de tercer nivel que
supuestamente se encarga del mantenimiento de alcantarillas. Nadie los
vigila. Nadie sospecharía de ellos.
De repente, un archivo llamó su atención. Tenía un sello de seguridad que
no pertenecía a ninguna empresa, sino a un departamento gubernamental
desaparecido hace décadas: La Oficina de Estabilidad Social.
—Elena, mira esto. El algoritmo no busca destruir edificios al azar.
Busca "variables disruptivas". Maya no murió porque estuviera
investigando; murió porque su perfil psicológico y sus acciones recientes
la clasificaron como un "ruido innecesario" para el crecimiento proyectado
de la ciudad. El sistema la eliminó automáticamente basándose en un
cálculo de costo-beneficio.
[ARCHIVO ENCRIPTADO DETECTADO: OPERACIÓN ARQUITECTO]
- Objetivo: Mitigación de la entropía social mediante ingeniería de fallos.
- Método: Resonancia armónica selectiva.
- Estatus Sector 42: Completado (Eficiencia del 99.8%).
- Siguiente Objetivo: Sector 43 - Estación Central.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Leo, sintiendo por primera vez una punzada
de algo parecido al pavor—. Si el Sector 43 es la Estación Central, y el
ataque es mañana, miles de personas morirán en un "fallo de frenos" o un
"colapso de plataforma".
Un sonido de pasos pesados resonó en el pasillo. La alarma de incendios
se detuvo abruptamente. Alguien había anulado el sistema
manualmente.
—¡Escondete! —susurró Elena, arrastrando a Leo tras un rack de servidores
justo cuando la puerta se abría de nuevo.
Dos hombres entraron. No eran técnicos, ni guardias de la Academia.
Vestían trajes de combate tácticos sin insignias, y sus movimientos tenían
la eficiencia mecánica de quienes están entrenados para matar sin dejar
rastro. Uno de ellos sostenía un escáner similar al de Leo, pero mucho más
avanzado.
—Alguien ha manipulado el sistema de ventilación —dijo uno de ellos, su
voz filtrada por un modulador que la hacía sonar inhumana—. La huella
térmica indica dos intrusos. Procedan a la eliminación. No podemos
permitir que el Arquitecto sea molestado durante el discurso de
Varkas.
Leo y Elena se miraron. En el exterior, a través de las paredes
insonorizadas, se escuchaba el estruendo de los aplausos. Julian Varkas
acababa de subir al escenario principal. Leo podía imaginarlo: el hombre
de cabellos blancos, el visionario que hablaba de un mundo donde la
ciencia servía a la humanidad, dando esperanza a miles, mientras que a
escasos cincuenta metros de él, un grupo de sombras planeaba una masacre
en su nombre.
—Varkas no sabe esto —susurró Leo para sí mismo, tratando de
convencerse—. Él cree en el orden puro. Estos tipos... son parásitos en su
sistema.
Elena le entregó una tarjeta de memoria que había extraído de una de las
cámaras de seguridad del laboratorio.
—Si sobrevivimos a los próximos cinco minutos, esto cambiará la historia
de Aethelgard. Pero Leo, para salir de aquí, vas a tener que hacer algo
más que calcular trayectorias. Vas a tener que romper algo.
Leo miró el tanque de nitrógeno líquido que enfriaba los servidores. Sus
cálculos mentales se dispararon. Presión, volumen, temperatura. La ley de
los gases ideales era su única aliada.
—Si rompo esa válvula, la expansión súbita del nitrógeno creará una
pantalla de vapor helado y una onda de choque sónica que los desorientará
por doce segundos —dijo Leo, su rostro recuperando esa frialdad técnica
que lo caracterizaba—. Elena, cuando el tanque explote, corre hacia el
conducto de ventilación del techo. No mires atrás.
—¿Y tú? —preguntó ella, preocupada.
Leo ajustó sus gafas, que reflejaban la luz roja de la terminal.
—Yo soy el error de redondeo de este sistema. Y es hora de que el
Arquitecto aprenda que los errores no siempre se pueden eliminar.
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