Determinismo: Zero Variable - Capítulo 4: "Interferencia de Fase"


La Gran Academia de Aethelgard no era solo un edificio; era un manifiesto. Construida con una geometría que desafiaba la percepción visual, sus techos se curvaban en arcos catenarios perfectos, distribuyendo el peso de toneladas de mármol hacia pilares ocultos que daban la ilusión de que el salón principal flotaba sobre el distrito financiero. Para Leo Nader, caminar por esos pasillos era como caminar por el interior de una ecuación de estado sólido. Sin embargo, mientras la élite de la ciudad brindaba con champán bajo lámparas que colgaban de pernos magnéticos, Leo sentía que el aire se volvía más denso, cargado de una estática que su pequeño escáner detectaba como un murmullo constante de 1420.4 MHz.

Elena lo mantenía sujeto del brazo, su mano apretando su bíceps con una firmeza que servía tanto para guiarlo como para evitar que saliera corriendo hacia el laboratorio. Leo no estaba acostumbrado a la ropa formal; el traje que Elena le había proporcionado se sentía como una restricción a sus grados de libertad cinemáticos.

—La señal se ha estabilizado en el ala oeste —susurró Leo, su voz apenas un hilo bajo el estruendo de la orquesta de cuerdas—. Si ese grupo de técnicos se refería a un "Sector 43", significa que lo de Maya no fue un evento aislado. Fue una calibración. Estamos en medio de una secuencia de pruebas a gran escala.

—Cálmate, Leo. Si entramos ahí sin un plan, seremos una variable eliminada antes de que puedas decir 'termodinámica' —respondió Elena, sus ojos verdes escaneando el entorno con la precisión de un cazador—. Necesitamos una distracción. Mira ese panel de control de incendios en el pasillo de servicio.

Leo observó el panel. Estaba protegido por un sistema de encriptación básico de grado civil. Para él, aquello era tan complejo como un puzzle para niños de tres años.

—No necesitamos un incendio, Elena. Solo necesitamos alterar el índice de refracción del aire en el pasillo para que los sensores de humo ópticos crean que hay una combustión —dijo Leo, su mente ya trazando el cortocircuito necesario—. Si logro sobrecargar el humidificador del sistema de ventilación del laboratorio, el vapor de agua condensado dispersará los haces láser de los detectores. La alarma se activará por dispersión de Rayleigh, no por fuego.



Mientras Elena se posicionaba cerca de la puerta del laboratorio para actuar como vigía, Leo se deslizó hacia un registro de mantenimiento. Su desapego por las normas sociales se convirtió en su mayor activo: no sentía miedo, solo una concentración absoluta en la tarea técnica. Abrió el panel con una pequeña herramienta multiusos que siempre llevaba consigo. Sus dedos se movieron entre los cables de fibra óptica y cobre con una velocidad asombrosa.

—Sobrecarga de la resistencia térmica en tres, dos, uno... —murmuró.

Un siseo casi imperceptible recorrió los conductos de ventilación. En cuestión de segundos, una fina niebla blanca empezó a emanar de las rejillas del ala oeste. No era humo, sino vapor de agua puro, pero para los sensores fotoeléctricos del edificio, la interrupción del haz de luz era indistinguible de una emergencia real.

Las luces de emergencia ámbar comenzaron a girar, acompañadas por un tono de alerta de baja frecuencia. En el salón principal, el murmullo de la gala se transformó en una confusión organizada. Los guardias de seguridad, con sus uniformes grises y rostros de piedra, comenzaron a dirigir a los invitados hacia las salidas de emergencia.

—Es ahora o nunca —dijo Elena, aprovechando el caos para deslizarse junto a Leo hacia la puerta de vidrio esmerilado que los técnicos habían dejado atrás.

El lector biométrico parpadeaba en rojo. Leo sacó el "Sniffer" modificado de su bolsillo. No iba a intentar hackear la huella dactilar; iba a usar la propia resonancia del dispositivo.

—Cada sistema electrónico tiene una frecuencia de reloj —explicó Leo mientras pegaba el escáner al lector—. Si inyecto un pulso electromagnético en la frecuencia armónica del procesador del cierre, puedo provocar un desbordamiento de búfer en el hardware. El sistema entrará en modo de seguridad y, por protocolo de incendios, todas las puertas deben desbloquearse automáticamente para evitar que alguien quede atrapado.

Un chasquido metálico resonó en el pasillo vacío. La puerta se deslizó silenciosamente.



El interior del laboratorio era lo opuesto a la calidez de la gala. Era un espacio de un blanco clínico, iluminado por luces fluorescentes que vibraban exactamente a 60 Hz, un zumbido que Leo sentía en sus molares. El aire era frío, mantenido a una temperatura constante de 18 grados Celsius para proteger los servidores que ocupaban las paredes.

En el centro de la habitación, sobre una mesa de amortiguación neumática, descansaba el objeto de sus pesadillas: un generador de ondas de radiofrecuencia de alta potencia, conectado a una serie de antenas parabólicas de bolsillo. En las pantallas de los monitores, Leo vio diagramas que le helaron la sangre. No eran planos de edificios, sino mapas de densidad poblacional de Aethelgard, con círculos rojos marcando puntos de "optimización".

—No son accidentes —susurró Elena, fotografiando frenéticamente los monitores—. Mira estos nombres de archivos: Proyecto Seleccionador, Subrutina de Limpieza del Sector 42.

Leo se acercó a la terminal principal. Sus dedos volaron sobre el teclado, buscando el origen de las órdenes.

—El software está firmado por una empresa llamada Aethel-Core Solutions —dijo Leo, frunciendo el ceño—. Es una subsidiaria de tercer nivel que supuestamente se encarga del mantenimiento de alcantarillas. Nadie los vigila. Nadie sospecharía de ellos.

De repente, un archivo llamó su atención. Tenía un sello de seguridad que no pertenecía a ninguna empresa, sino a un departamento gubernamental desaparecido hace décadas: La Oficina de Estabilidad Social.

—Elena, mira esto. El algoritmo no busca destruir edificios al azar. Busca "variables disruptivas". Maya no murió porque estuviera investigando; murió porque su perfil psicológico y sus acciones recientes la clasificaron como un "ruido innecesario" para el crecimiento proyectado de la ciudad. El sistema la eliminó automáticamente basándose en un cálculo de costo-beneficio.

[ARCHIVO ENCRIPTADO DETECTADO: OPERACIÓN ARQUITECTO]

  • Objetivo: Mitigación de la entropía social mediante ingeniería de fallos.
  • Método: Resonancia armónica selectiva.
  • Estatus Sector 42: Completado (Eficiencia del 99.8%).
  • Siguiente Objetivo: Sector 43 - Estación Central.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Leo, sintiendo por primera vez una punzada de algo parecido al pavor—. Si el Sector 43 es la Estación Central, y el ataque es mañana, miles de personas morirán en un "fallo de frenos" o un "colapso de plataforma".



Un sonido de pasos pesados resonó en el pasillo. La alarma de incendios se detuvo abruptamente. Alguien había anulado el sistema manualmente.

—¡Escondete! —susurró Elena, arrastrando a Leo tras un rack de servidores justo cuando la puerta se abría de nuevo.

Dos hombres entraron. No eran técnicos, ni guardias de la Academia. Vestían trajes de combate tácticos sin insignias, y sus movimientos tenían la eficiencia mecánica de quienes están entrenados para matar sin dejar rastro. Uno de ellos sostenía un escáner similar al de Leo, pero mucho más avanzado.

—Alguien ha manipulado el sistema de ventilación —dijo uno de ellos, su voz filtrada por un modulador que la hacía sonar inhumana—. La huella térmica indica dos intrusos. Procedan a la eliminación. No podemos permitir que el Arquitecto sea molestado durante el discurso de Varkas.

Leo y Elena se miraron. En el exterior, a través de las paredes insonorizadas, se escuchaba el estruendo de los aplausos. Julian Varkas acababa de subir al escenario principal. Leo podía imaginarlo: el hombre de cabellos blancos, el visionario que hablaba de un mundo donde la ciencia servía a la humanidad, dando esperanza a miles, mientras que a escasos cincuenta metros de él, un grupo de sombras planeaba una masacre en su nombre.

—Varkas no sabe esto —susurró Leo para sí mismo, tratando de convencerse—. Él cree en el orden puro. Estos tipos... son parásitos en su sistema.

Elena le entregó una tarjeta de memoria que había extraído de una de las cámaras de seguridad del laboratorio.

—Si sobrevivimos a los próximos cinco minutos, esto cambiará la historia de Aethelgard. Pero Leo, para salir de aquí, vas a tener que hacer algo más que calcular trayectorias. Vas a tener que romper algo.

Leo miró el tanque de nitrógeno líquido que enfriaba los servidores. Sus cálculos mentales se dispararon. Presión, volumen, temperatura. La ley de los gases ideales era su única aliada.

—Si rompo esa válvula, la expansión súbita del nitrógeno creará una pantalla de vapor helado y una onda de choque sónica que los desorientará por doce segundos —dijo Leo, su rostro recuperando esa frialdad técnica que lo caracterizaba—. Elena, cuando el tanque explote, corre hacia el conducto de ventilación del techo. No mires atrás.

—¿Y tú? —preguntó ella, preocupada.

Leo ajustó sus gafas, que reflejaban la luz roja de la terminal.

—Yo soy el error de redondeo de este sistema. Y es hora de que el Arquitecto aprenda que los errores no siempre se pueden eliminar.



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Kevin Vega

Administrador principal de MangaLatam. Ingeniero industrial y escritor en mi tiempo libre. twitter instagram

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